Las dos mujeres del Dr. Arturo

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La felicidad es una jaula.

Arturo acaba de cumplir 58 años. Ha sido pediatra durante los últimos treinta. Desde anoche calla y mira el techo sobre la cama de la Unidad Coronaria. Atrapado en su casa, en su consultorio de barrio y en el hospital regional ha sido un hombre bueno, un médico abnegado, un padre sensible y un marido resignado. Como casi todos, aceptó el disfraz que él mismo se puso y actuó el personaje que eligió representar. Pero anoche le dolió el pecho. Un animal enorme se le sentó encima. Percibió el agrio perfume de la muerte y el estruendo del tiempo que se acaba. Lo recibió con serenidad. Como un castigo justo que él mismo reclamaba. Todos somos culpables de algo, pero Arturo tenía plena conciencia de ello y ya no podía soportarlo.

En la sala de espera su mujer llora y hace el repertorio de todo aquello que le recomendó y Arturo nunca hizo. Una serie larga y pormenorizada de trivialidades que ahora la enfermedad le cobra en su nombre. El balance minúsculo de unos pecados que no ofenden a nadie. Un cigarrito a escondidas, sus escapadas de pesca con amigos, el queso de cabra y el salame de campo, el vinito casero y la siesta del domingo. Arturo lo sabe. Y lo prefiere. Desea verse obligado a arrepentirse de sus faltas menores y guardar su auténtica condena para su propia intimidad como un secreto intransferible.

Anoche le dolió el pecho y fue un alivio enorme. Lo esperaba. Sabía que iba a llegar pero ignoraba cuándo. Recibirlo le oprimió el  tórax pero le aligeró el alma. Como un predador al que él nunca le había visto la cara pero sabía que estaba allí, acechándolo desde hacía mucho tiempo. Ese dolor siguió sus pasos hasta tomarlo por el cuello una noche cualquiera. Él necesitaba que eso ocurriera para mirarlo a los ojos y poder nombrarlo. Ahora que se siente algo mejor percibe las cosas tan claras como si una lluvia transparente y pura les hubiera lavado la cara. Piensa, pero por primera vez en décadas, vuelve a pensar en él mismo. Ya no sabe cómo hacerlo. Exiliado de sus propios sueños, exhausto después de una hemorragia que le quitó las ilusiones. Se observa a sí mismo como si fuese otro. La muerte lo rozó con sus alas y le encendió la memoria con una luz siniestra. Un resplandor minúsculo que apenas ilumina su propia derrota.

Quiere hablar. Lo escucho como a tantos otros. Como parte de una ceremonia que conozco bien. Anticipo lo que me va a decir. Cambiarán la historia y los personajes, pero el drama de una vida vista desde la perspectiva de esta cama es un guión que ya han actuado para mí muchos actores.

Hace más de veinte años comparte la vida con la familia de su amigo de la universidad. La tardes de paseo con los chicos, las cenas, los cumpleaños, las navidades y los bautismos. El espectáculo conmovedor de los hijos que crecen y de sus propias vidas que se hunden. La serenidad de los días iguales y el olvido de sí mismos. La felicidad como una jaula. El cautiverio en un mundo donde nunca pasa nada porque ya nadie espera nada. Dos familias que recorren sin sobresaltos un camino que no conduce a ningúna parte.

Apenas comenzada esa amistad tan entrañable Arturo sintió que la mujer de su amigo veía, como él, el estúpido lugar donde se estaban instalando. Como él, percibía ese naufragio voluntario y callaba. Largos silencios los sorprendían mirándose. El agobio de los festejos y las reuniones de fin de semana los ahogaban como un gas venenoso que sólo ellos respiraban.  Comenzaron a intercambiarse libros. Más tarde a subrayar fragmentos que hablaban de lo que no se animaban a decirse. Los textos iban y venían. Se acostumbraron a hablarse de aquella manera silenciosa. Dejaron que Murakami, Pavese, Saramago, Berger o Pessoa hablaran por sus bocas. Los dos se soñaron en secreto muchas madrugadas. Les gustaba coincidir en la cocina o en el pasillo del baño donde el roce fugaz de sus cuerpos les erizaba la piel. Hasta que una tarde se encontraron en la plaza empujando las hamacas de sus hijos bajo el implacable sol del verano. El sonido crujiente de las cadenas los llevó hasta sus propios corazones. Nada en sus cuerpos delataba lo que les estaba sucediendo. El temblor de la proximidad y la certeza de la infinita distancia. Los separaba sólo un paso. Pero ese paso contenía un abismo. No hubo emociones en el tono de la voz. Pero se miraron y se vieron llorar. La mujer quitó la vista como si estuviese ante un demonio. Empujó la hamaca con más fuerza. Habló con los ojos ciegos en el horizonte del domingo. “Esto no puede seguir. ¿Te das cuenta Arturo?, no puede seguir.”

No hubo más libros, ni más miradas, ni silencios compartidos. Esa mujer durmió en su cama como un fantasma y lo acunó en sus noches vacías. Dos décadas de insoportable felicidad familiar les infectaron la sangre hasta hacerlos creer que  habían olvidado lo que jamás sucedió. Una rutina sin sobresaltos los preservó de enfrentar el horror de no haberse atrevido. La sensata cordura de los cobardes los abrigó de la intemperie del mundo. Les cubrió las caras con una máscara de hierro. Les cosió el cuerpo y secó el manantial de todas sus humedades. Se entibiaron los corazones congelados bajo un sol mortífero e impiadoso. El fantasma de la traición los amordazó hasta arrancarles las lenguas. Los éxitos patéticos de la vida cotidiana los distrajeron de lo incurable. Aceptaron lo que creían inevitable. Se acomodaron sin resistencia en la provincia fatal de la desgracia que no se combate y de los sueños que no se persiguen.

Hace apenas quince días las dos familias se reunieron para celebrar la graduación de uno de los hijos de su amigo que se iba a vivir solo. Hubo comidas exquisitas y bebidas prudentes. Lágrimas de despedida y abrazos de dolor ante un hijo que se aleja. Arturo recogió en una bandeja las tazas y los platos y los llevó a la cocina donde la mujer permanecía de pié, paralizada. El chorro de agua salía de la canilla y una montaña de espuma verde desbordaba la pileta. Arturo cerró la canilla. Apoyó la mano sobre el hombro de su amiga. Sin darse vuelta ella le dijo: “¿Sabés Arturo? Vos y yo nos vamos a morir sin habernos atrevido.”  Se dio vuelta y le acarició cara. Deslizó sus dedos largos despacio desde la frente hasta el cuello. Arturo no supo qué hacer. Ella le rodeó la cabeza con los brazos y lo besó en la boca. Su lengua tibia depositó en la de Arturo el veneno mortal de la memoria. Él dejó la bandeja sobre la mesada y se fue. Ella abrió la canilla y terminó de lavar los platos. Otra vez las cosas retornaron a la normalidad. Pero para Arturo ya nada fue igual.

Los espectros del cadáver de sí mismo lo rondaron como una sombra. Volvió a ver el futuro como una alternativa pero tomó conciencia de su brevedad. Pudo ver hacia atrás sobre el camino de su propia vida y lo que vio lo estremeció. No durmió, pero pudo volver a soñar. Por primera vez en muchos años las mujeres se encendieron en la oscuridad de su deseo agonizante. Y fue feliz, y desdichado. Una ventana inesperada le hizo ver su propio cautiverio. Una ventana, como una mujer, siempre tientan a escapar. Pero la huida no es gratuita ni el coraje se encuentra a la vuelta de la esquina. Escuchó esa música prohibida que todos silenciamos pero supo que ya no se sentía capaz de bailarla. Deambuló esos pocos días como un sonámbulo. Lo sobrevolaron los pájaros negros de la autodestrucción y los mortíferos fantasmas del fracaso. Pero anoche le dolió el pecho. Desde entonces piensa, recuerda. Habla y me mira como un chico asustado. Me interroga con la mirada. No nos decimos nada. –Arturo, yo estoy más cerca de tus preguntas que de las respuestas que me pédís. Le aprieto el brazo y él apoya su mano sobre la mía. No termino de darme cuenta de quién consuela a quién. Apago la luz.

Mañana le presentaré su caso a mis compañeros. Les hablaré de moléculas y sustancias que no explican nada a ellos que suponen que lo explican todo.

D.F.

* Imagen Lucien Freud

  • Andrea.

    Me gustan sus relatos de médicos humanos. En algun punto nos hacen encontrarnos, y es lindo….

  • aflichten

    Muchas gracias Andrea. Cariños.