Las Guerras Médicas I

Gulliver en Lilliput

Recordar es sólo una ilusión. La memoria evoca recuerdos y no hechos. Pero yo aún puedo ver con todo detalle –como si estuviese allí – aquellos lugares, aquella noche. Cualquier sala de hospital parece igual a otra excepto para quienes habitan en ellas. Ninguna persona que no haya vivido experiencias fuertes en su interior podría percibir el espíritu secreto que las individualiza y las hace diferentes. Un inmenso rectángulo con paredes revestidas por azulejos blancos, techos altos con manchas de humedad colonizadas por un musgo verdoso o marrón que parecía llegar desde la noche de los tiempos. De  forma simétrica, a ambos lados y opuestas por los pies, se alienaban dieciséis camas altas de hierro forjado ubicadas en dos hileras de ocho cada una dejando un amplio espacio central ocupado por tres escritorios de madera muy viejos y algunas sillas destartaladas. Dos curiosos carritos metálicos con subdivisiones identificadas por letras guardaban las historias clínicas, radiografías, planillas. Y la impresión general de que una mugre sólida yacía enquistada en el propio corazón de las cosas. Suspendido a gran altura en la pared, un televisor encendido mostraba escenas de un partido de fútbol de la liga española ensombrecido por una lluvia de partículas diminutas y el sonido de una fritura insoportable. Tras los vidrios, las últimas luces del día se filtraban atenuadas por el polvo y las copas de los árboles. Médicos y enfermeras se movían con la energía enfática de quienes llegan dispuestos a cumplir con su tarea. La mayoría de los enfermos, sin embargo, se preparaban para ingresar en el subsuelo de otra noche de soledad y desconsuelo. Algunos de sus familiares estaban ocupados en acondicionar unos bancos de madera que un rato más tarde funcionarían como precarias camas transitorias. Por la noche todo es peor. La enfermedad es más dolorosa, la soledad más intensa, el futuro más sombrío. Para unos la jornada comenzaba, para los otros, el calvario de otra noche apenas se insinuaba.

Goldenstein se inclinó sobre la cama hasta que su cabeza quedó a la altura de la de María Sol. Aclaró la voz. Hizo una pausa. Su actitud anunciaba que diría algo importante. Creó un escenario, aunque su único espectador fuese él mismo. Entonces habló con el tono paternal y comprensivo con que casi siempre lo hacía:

– Hola…, me alegro que estés mejor.

– ¡No estoy mejor!

– Puedo asegurarte que sí.

– Depende con qué lo compares.

– Hace un rato estabas inconsciente. Ahora no.

– ¡Sáquenme ahora mismo de aquí!

– Vos estás confundido, tratamos de ayudarte.

María Sol dejó ver un ojo asomando detrás de la sábana con la que ocultaba su cabeza.  Era enorme, negro. Cargado de pintura transformada en grumos dispersos desde los que partían largos trayectos oscuros dibujados por lágrimas secas sobre sus pómulos. Con ese ojo deformado por el maquillaje lo enfocó, lo apuntó, disparó…

Yo no estoy confundida. ¡Vos estás confundido! Pero estás tan ciego que no podés advertir la diferencia.

María Sol tenía 26 años, más de 1,80 m de estatura, era robusta y con manos tan grandes que resultaba imposible no detenerse en ellas . Los pies sobresalían de la cama, flotaban suspendidos en el aire. Su cuerpo resultaba tan desmesurado como el de un Guilliver atrapado en las playas de Lilliput. Imposibilitada de escapar y observada por decenas de ojos que la analizaban como a un verdadero fenómeno curioso. Había ingresado a Emergencias en coma la noche anterior intoxicada con alcohol y psicofármacos y con signos haber sido salvajemente golpeada. Llevaba menos de una hora desde el momento en que había recobrado la conciencia. Entonces se encontró en un lugar extraño. Sus ropas amontonadas sobre la silla. Desnuda. Inerme. Atrapada en una sala masculina del hospital. Pidió un espejo y lo que vio en él la enfureció. Una mano anónima había lavado torpemente su cara de manera que sólo quedaban rastros de rímel barato debajo de los ojos y un residuo rojizo en las comisuras de los labios. Dos tetas deformes -fabricadas a fuerza de inyecciones de aceite industrial- caían marchitas sobre el pecho. Sobre uno de los barrotes metálicos de la cama colgaba una peluca rubia, larga, grotesca. No encontró otra manera de expresar lo que sentía más que gritar con alaridos disfónicos. Una serie de sonidos previos al lenguaje. Largos aullidos de lobo que sobre el final se disgregaban en tonos sostenidos a veces graves y otras agudos. Le siguieron insultos y objetos arrojados en todas direcciones. Luego se volvió a tapar y se enroscó sobre sí misma debajo de las sábanas. Las enfermeras debieron atarle las manos al elástico de la cama para que no se dañe hasta que se calmara.

Por alguna razón -que aún ignoro- desde hace muchos años me persigue la extraña necesidad de ponerle música en mi imaginación a algunas de  las escenas que vivo. Nadie lo percibe. Pero busco y busco en mi memoria auditiva hasta que una melodía encaja con la circunstancia y sólo entonces recobro la calma. Mientras estos  sucesos tenían lugar sonaba en mi cabeza: Antony and the Johnsons-You Are My Sister. Ni siquiera hoy logro recordar los hechos sin escuchar en el fondo ese tema que por momentos adquiere un volumen tan alto que veo a las personas como en una película muda.

Goldenstein procede de una familia judía pero declaradamente atea donde recibió una educación progresista y liberal. Está seguro de albergar sentimientos solidarios y de ejercer una amplitud de criterios de la que se enorgullece. Es inteligente y estudioso. Siente que reúne los atributos que satisfacen el repertorio de valores humanitarios que lo conformaron desde la cuna. Cree que esos rasgos impugnan el orden establecido. Se ha esmerado por ser fiel a un modelo crítico que jamás se ha detenido a analizar. Puedo adivinar lo que hará, los motivos por los que lo va a hacer y las conclusiones que sacará más tarde. Hemos pasado más de una década juntos compartiendo más horas que con nuestras propias familias. Esperaba de María Sol un reconocimiento a su actitud. Está sorprendido. Se ha quedado sin palabras y mira a su alrededor en busca de solidaridad. Cree que ha actuado del mejor modo posible. Está seguro de haber representado perfectamente su papel. Sin prejuicios, tolerante. Por encima del promedio. Me mira.  Suda.

Tiene una crisis histérica. Creo que deberíamos hacer una consulta psiquiátrica.

Busca mi solidaridad, una señal que le confirme que su actuación ha sido la correcta. Siento una ternura antigua hacia él pero también una responsabilidad ineludible hacia María Sol, hacia mí mismo. Es absurdo, pero dudo.

– Dejémosla sola un rato. Tal vez eso la ayude. Busquemos un lugar más íntimo, de menor exposición para ella y luego intentamos volver a conversar. Le digo en un intento de enfriar las cosas y postergar las decisiones.

Salimos de la sala de internación. Me habla en voz baja, casi al oído. Susurra, pero exagerando la pronunciación de cada palabra y con un tono de disgusto contenido.

– Te conozco, vos pensás que lo que dice no es descabellado. ¿Es así?

– Un poco. Pero tampoco estoy muy seguro.

– Quiero un café.

Siempre pide un café cortado, mitad y mitad. Esa precisión en las proporciones me exaspera. Se lo he dicho mil veces. Él se ríe y no contesta. Revuelve el pocillo durante varios minutos. Se prepara para escuchar lo que tantas veces nos hemos dicho. Lo conoce, pero quiere que vuelva a decírselo.

– Bueno decilo de una vez. Te escucho.

– Ya sabés. Tu tolerancia a menudo resulta ofensiva. Refuerza la diferencia. Está hecha a tu medida, no a la del otro.

– ¿A mi medida?

– Sí, su objetivo es hacer ver a los demás -y a vos mismo- que sos un tipo tolerante.

– ¿Vos también crees que estoy “ciego” como dijo?

Lo miro y sonrío. Creo que es suficiente. Él no.

– Dale, contestame.

– En realidad sí, y te lo he dicho muchas veces. Cualquiera que sólo contempla su propio punto de vista y que es incapaz de ver las cosas desde el lugar en que otros las ven esta “ciego” a todo cuanto no sea él mismo.

– Así que mi tolerancia es -a tu criterio- un defecto.

– ¿Sabes una cosa? “Tolerancia” es una palabra que detesto. Sólo sirve para que se sientan bien quienes suponen ejercerla y para ofender a quienes la reciben.

– ¿Pero no es eso lo que esta clase de personas reclama todo el tiempo?

– No, lo que las personas buscan es “aceptación” no tolerancia.

– Palabras, palabras… ¿cuál es la diferencia?

– Sólo se tolera al diferente como un acto de condescendencia. Se hace un esfuerzo por tolerar. Es una forma hipócrita del perdón.

Goldenstein está seguro de todo lo que piensa. Confía en la verdad del conocimiento. Estudia con dedicación y acepta lo que aprende. Cree que su misión consiste en trasladar ese saber a la gente. Y lo hace honestamente. Ésa es su mayor recompensa. Distribuye los beneficios de la ciencia sin restricciones en lo que de él depende. Pero jamás se le ocurre dudar de ellos. Es generoso y solidario. Valoro lo que es, pero ya no puedo creer en lo que cree.

A ver, ¿qué hice ahora? ¿Dónde apareció el “buen samaritano” que tanto te molesta?

– La trataste como a un hombre.

– ¡Es un hombre!

– Allí comienzan tus problemas.

– O los tuyos. Hay cosas que son evidentes. Definiciones que no están en discusión.

– Ese núcleo de cosas que vos no discutís es lo que torna estéril lo que hacés.

Detiene el pocillo a medio camino entre la mesa y su boca. Con la mano libre apunta a sus ojos reiteradamente antes de hablar mientras mastica y traga un bombón de chocolate que acompañaba al café. Por unos instantes, que me parecen demasiado largos, deja que su gesto focalice mi atención en lo que señala.

¡Con estos ojos vi sus genitales! ¿O resulta que ahora ni siquiera soy capaz de distinguir un órgano sexual?

Bueno, según mi amigo Ricardo Coler, el verdadero órgano sexual es el cerebro.

Se calla. Siempre lo hace cuando pongo en duda sus fundamentos. No le gusta. Me respeta y me aprecia, pero hay nudos acerca de los que no puede pensar. No acepta que aquello que lo sostiene sea puesto en duda. Sobre la solidez de esas pocas certezas se instala su identidad. Y, sobre eso, no se disputa.

En cualquier caso ¿No crees que estaba confundido… o confundida?

– Es posible. Pero no por los motivos que vos imaginás.

– ¿Y yo? ¿también estoy confundido?

– Completamente.

Hemos compartido muchos años de estudio, de trabajo y de entrenamiento. Ambos padecemos una furiosa voluntad de saber. Él supone que esa sed se apaga con información precisa y metodología científica. Yo – que lo he creído durante muchos años – ya no puedo creerlo más. Él busca el núcleo más duro de la verdad. Yo comienzo a sospechar que tal cosa no existe, o que es ilusoria, o que es inútil. En cualquier caso la admito, pero no la deseo con la misma intensidad que hace unos años. Ya no nos une la búsqueda, a menudo desesperada, de los mismos objetivos. Nos acercan el afecto por lo que fuimos y la intimidad de una larga historia en común. Él cree que la verdad existe y que la injusticia radica en su desigual distribución. Yo, que lo injusto es la imposición autoritaria de una definición unívoca de verdad.

– ¡Me tenés podrido!

– Ya lo sabía.

– Tenía una crisis histérica.

– No podés evitar convertir todo en un diagnóstico en lugar de dar opiniones o registrar las emociones ajenas.

– Ese es mi trabajo.

– También tu limitación para aplicarlo a personas y no sólo a “casos”.

– ¿Cenamos o también has dejado de creer en la comida?

– He dejado de creer en muchas cosas, pero ninguna que pase por mi boca o por mi sexo.

Cenamos. En silencio. Cada uno repasó una vez más las transformaciones que  había sufrido nuestra relación durante los últimos años. Casi sin darnos cuenta nos fuimos diferenciando sin separarnos. Comimos arroz con pollo, ensalada de frutas y volvimos a tomar café.

– Hasta no hace mucho tiempo teníamos más coincidencias que ahora.

– Es verdad.

– ¿Qué pasó?

– Crecimos. En distintas direcciones.

– ¿Perdiste el entusiasmo?

– No. Sólo las certezas.

–  ¿Y eso no te paraliza?

– Un poco. A veces.

– ¿Entonces? ¿Por qué no recuperarlas?

– Porque hacerlo no las convertiría en verdaderas. Porque el entusiasmo nunca proviene del engaño. Porque nada, nunca, vuelve hacia atrás.

Nuestros diálogos eran fragmentarios. Plagados de sobreentendidos. Nos conocíamos tanto que no hacían falta mayores referencias para que cada uno comprendiese de qué hablaba el otro. Los silencios eran tan elocuentes como las palabras. Era innecesario, pero se lo pregunté:

– ¿Estás ofendido?

– Sabés que no.

– Sí, lo sé.

– ¿Debería estarlo?

– De ninguna manera. El afecto que nos tenemos nos protege de la verdad.

– Es cierto. No necesitamos mentirnos por mera cortesía.

Caminamos por los pasillos del hospital. Pocos lugares resultan tan solitarios como ése durante la noche. Para nosotros, sin embargo, era un ambiente natural, un espacio propio donde nos sentíamos cómodos. Nos gustaba caminar y hablar en voz muy baja. Susurrar intentando no interrumpir la atmósfera de sueño y desasosiego que suele habitar esos ambientes. A veces lo hacíamos en completo silencio. Atenuábamos el impacto de nuestros pasos sobre el piso. Concentrados, registrábamos cada minúsculo ruido. Los movimientos de un cuerpo sobre la cama, el fluir del oxígeno desde alguna tubería, el canto exhausto de una madre buscando el sueño de su hijo, las sirenas de las ambulancias acercándose. Hay un tráfico de catástrofes en estos edificios. El mundo arroja sus residuos y esta casa los recibe. Los cobija entre movimientos vertiginosos y terrores contenidos. Cada uno sabe qué debe hacer y lo hace lo mejor que puede. A la tormenta de cada nuevo ingreso le sigue la calma que desciende como una atmósfera espesa mientras se espera el siguiente. Muchas noches nos sentábamos en el piso apoyados contra la pared y así permanecíamos callados escuchando los murmullos de ese mundo cerrado y misterioso. Pero lo que nos erizaba la piel eran los largos períodos de silencio tenso y cargado donde ningún sonido permitía adivinar lo que de todos modos percibíamos. Lo sentíamos con todo el cuerpo bajo la forma de alguna clase de electricidad o una presión que nos asfixiaba como si estuviésemos a muchos metros de profundidad bajo el océano. Bastaba concentrarse algunos segundos para que aquella sensación se produjera. Entonces el drama mudo que circulaba por esos pasillos llegaba hasta nosotros como una extraña conexión. Nos mirábamos o nos dábamos pequeños golpecitos en el hombro para indicarle al otro que esa secreta comunicación con el ambiente ya se había producido. Así, capturados por aquella revelación, permanecíamos en un verdadero estado gracia hasta que algo rompía ese hechizo. Era un juego, doloroso, en los límites de la perversión. Pero no era el único juego que jugábamos. Tampoco el más peligroso.

Goldenstein se sentó sobre un escalón. Yo también. Pasó su brazo sobre mis hombros. La oscuridad era absoluta.

– Temo que tarde o temprano terminemos por separarnos después de tanto tiempo.

– Es un temor razonable.

– Lo voy a lamentar.

– También yo.

– ¿Te acordás de Corina?

– Sí, claro ¿cómo olvidarla?

– Hoy no nos sucedería lo mismo que entonces.

Corina era una joven instrumentadora quirúrgica que trabajó con nosotros durante varios años. Morocha, bellísima, conmovedora. Era imposible permanecer indiferente a su lado. Un erotismo magnético encendía  todo lo que la rodeaba. Nos quería entrañablemente. A ambos, que según su propia teoría, éramos la misma persona. Un error de la naturaleza que duplicó en dos cuerpos un alma única. Clones que el azar puso en contacto por misteriosas razones que nadie podría comprender. Tal vez -decía- todos existamos en otro cuerpo pero jamás nos cruzaremos con él. Los tres conversábamos hasta altas horas de la madrugada pero ella siempre tenía la impresión de que lo hacía con una sola persona. No distinguía entre uno y otro. Cuando se acababan el café y los cigarrillos tomaba a alguno de los dos de la mano y lo llevaba a su habitación. Nunca sabíamos quién sería el elegido de esa noche y eso formaba parte del encanto de la situación. Nuestros esfuerzos por impresionarla, por destacarnos en la conversación o por seducirla de algún modo siempre resultaban inútiles. Nada permitía predecir quién se iría esa madrugada con ella que, ciertamente, estaba convencida de que no elegía. El otro, solo en la cama, cerraba los ojos y disfrutaba de la fortuna que su “otro yo” había tenido esa noche. Sabía que también él estaba -de alguna extraña manera- sobre esas caderas prodigiosas. A la mañana siguiente nadie decía nada. Los tres desayunábamos juntos como amantes agotados luego de una larga noche de pasión. Era otro de los juegos que habíamos compartido. Uno más de los rituales que nos unían en una especie de logia secreta de dos o -como en este caso- tres personas. Recordar a Corina en este momento era un modo de poner en evidencia nuestra fractura y el horizonte de una inexorable separación. Ya nadie podría suponer que éramos la misma persona. Ingresábamos en esa zona de penumbra donde dos seres se diferencian pero conservan el afecto que aún los une. Aunque, lamentablemente, no hay cariño que soporte por mucho tiempo ninguna diferencia fundamental cuando es verdadera. Y ambos lo sabíamos.