Las Guerras Médicas II

 Acerca de la brevedad de lo eterno

Goldenstein y yo dejamos la oscuridad de los pasillos para dirigimos al comedor del hospital donde se preparaba una fiesta sorpresa para festejar el cumpleaños de una compañera. Mariana era una mujer joven, con expresión y actitudes aniñadas. Ingenua y transparente. Una pediatra estudiosa y sensible a quien todos queríamos y protegíamos mucho. Recientemente divorciada y con dos hijos adolescentes. Siempre había sido una persona vulnerable pero su alegría natural y su entusiasmo la ponían a salvo de las cosas a las que debió enfrentar. No queríamos estar ausentes en una ocasión como ésa.

Ingresamos cuando ya se había formado un grupo de personas que conversaban mientras bebían gaseosas y comían porciones de una enorme torta de chocolate regalo de la mamá de una sus pacientes. Conocíamos el tenor de esas reuniones de madrugada. Agotados, física y mentalmente, casi todos padecíamos un curioso efecto paradojal. Nuestra sensibilidad se exasperaba, no podíamos dormir, buscábamos el encuentro con otros. Podíamos expresarnos con una sinceridad salvaje, ajena a nuestras personalidades en general contenidas y reservadas. Algo -que nunca logré explicarme- hacía que las trivialidades habituales con que se conforman las conversaciones entre compañeros de trabajo fueran reemplazas por intercambios tan fuertes que generaban una especie de “confesionario” trasnochado e hipersensible. Los temas eran siempre ásperos y conflictivos. No resultaba extraño que se produjeran discusiones violentas o expresiones de sentimientos y emociones íntimas que, por la mañana, considerábamos parte de un confuso sueño ya olvidado. Nadie recordaba bien qué cosa había dicho cada uno. O más bien, un tácito pacto de silencio nos obligaba a la discreción y al olvido.

El comedor era un largo salón descuidado y en general sucio con restos de alimentos esparcidos por el piso y sobre las mesas. Las ventanas daban a un parque sobre las espaldas del edificio del hospital. A través de ellas pude ver la sombra de un murciélago evolucionando entre los árboles como un fantasma nocturno. Un gato caminaba entre las sillas devorando las migas de pan sin que nadie le prestara atención. En general no se bebía alcohol. Cuando alguien lo hacía, el  grupo lo relevaba en la atención de los pacientes y se lo acompañaba hasta las habitaciones. Una solidaridad natural se ponía en funcionamiento teniendo como premisa la aptitud para asistir enfermos. Cuando alguna condición disminuía esas habilidades a ojos de  los demás, la red funcionaba espontáneamente protegiendo a ambos –médicos y pacientes- separando a la persona involucrada.

El grupo formado por unas seis o siete personas que se disponían, sentadas o de pié, alrededor de una mesa parecía encontrarse en medio de un diálogo intenso liderado por Eduardo pero seguido con mucha atención por todos quienes estaban allí. Eduardo era un neurocirujano del más alto nivel y un antiguo compañero de la residencia de Goldenstein y mío. Tal vez no hubiese en el hospital alguien más responsable en su trabajo ni más experto en lo que hacía pero, su permanente actitud de provocación respecto de casi todas las cosas, lo habían convertido en un personaje al que muchos rechazaban. Siempre mostró un desprecio radical hacia todo lo que el sentido común establecía. Nunca aceptaba una afirmación sin antes retorcerla hasta comprobar que resistía a sus embates. Tal vez algunos episodios de su vida personal hayan contribuido a modelar esa actitud ante la vida. Yo lo apreciaba especialmente por aquellas cosas que la mayoría consideraba sus defectos. Nos recibió con la ácida ironía que todos le conocíamos.

– Llegaron “los mellizos”. Ahora sí que la ciencia tendrá un espacio en esta mesa de perdedores e  ignorantes. Dijo, mientras nos ofrecía dos vasos y señalaba las sillas disponibles.

Goldenstein tomó asiento pero yo preferí permanecer de pié. Ambos besamos a Mariana y la saludamos por su cumpleaños. No se la veía feliz. Una mueca de agobio o de nostalgia trastornaba su habitual expresión de candidez.

– Decíamos –continuó Eduardo poniéndonos al tanto del tema de conversación- que tarde o temprano todos nos convertimos en renegados. Finalmente, algo en lo que creíamos con toda firmeza, se desmorona. No sabés cómo ni cuándo, pero una mañana cualquiera, amaneces sin esas dos o tres ideas que hasta entonces te sostenían y de las que nunca se te hubiese ocurrido dudar.

– La verdad –replicó Laura- es que discutíamos si eso incluye desde tus gustos musicales, tu ideología, tu profesión hasta tus amores.

– ¿Entonces? Pregunté. ¿Eso qué significa? ¿Cómo se sigue luego del derrumbe?

– A mí jamás me ocurrió algo así. Dijo Goldenstein con la boca llena de torta de chocolate.

Eduardo, que organizaba el debate distribuyendo los turnos para hablar y cuidando que el tema no se disperse, miró a Goldenstein como si fuese un extraño personaje.

-No te preocupes, es cuestión de tiempo. Sólo tenés que sentarte a esperar.

Por alguna coincidencia el tema del que se hablaba esa noche estaba muy vinculado con la situación personal que Goldenstein y yo atravesábamos. Pensé que debía decir algo trascendente. No sabía muy bien qué. Hablé sin meditar demasiado acerca de lo que iba a decir.

– Son como pequeñas muertecitas prematuras, anticipos de la gran muerte final.

Eduardo me miró por encima de sus anteojos:

– Puede ser. Si todo está destinado a desaparecer, si nosotros mismos nos disolveremos entre el barro y los gusanos. Por qué creer que otras cosas serían eternas. ¿Vos qué pensás Laura?

– No sé. Creo que es necesario creer que algunas de esas cosas son definitivas para seguir adelante.

– ¡No seas idiota! Ninguno de nosotros cree realmente en algo así. Simplemente nos hacemos los distraídos y vivimos simulando –incluso ante nosotros mismos- que hay cosas definitivas.

– ¡No soy idiota! Pensá un poco, ¿y el amor?

– Es la más absurda de todas esas ideas. La menos defendible, siempre que se lo entienda como algo eterno, a salvo del paso del tiempo, incorruptible.

–  Sin embargo somos capaces de entregarlo todo, incluso nuestra propia vida, cuando sentimos que eso nos acerca a la persona que amamos.

– Eso no tiene nada de extraño. Lo absurdo es que preferimos creer que lo que hacemos se debe a la fuerza irresistible de un amor que nunca se acabará, mientras nos resistimos a aceptar que lo que ahora hacemos nos sonará ridículo dentro de algún tiempo.

Apenas puede intervenir en el diálogo monopolizado por Laura y Eduardo.

– Disculpen que use una cita, pero creo que Flaubert decía que cualquier cosa observada el tiempo suficiente se vuelve a la larga interesante.

– ¡Otra tontería! Es evidente que cualquier cosa observada el tiempo suficiente se vuelve insoportable.

– Es decir que –según vos, Eduardo- el amor es un caso típico de fracaso de la razón. Una derrota de la lógica más elemental.

– ¡Exactamente!

– Puede ser. Pero, en todo caso, es una suerte que así sea. Si el amor contradice a la lógica, ¡a la mierda con ella!

– ¡Por favor!, hablamos en serio. Si vas a ocultar los hechos con el manto de frases hechas con las que habitualmente nos defendemos de la verdad esta conversación no tiene sentido.

– Bueno, tal vez, esta conversación no tenga sentido.

– O vos no tenés los huevos suficientes como para afrontarla.

Goldenstein se preocupa siempre que las emociones enturbian los argumentos. No sabe qué hacer en circunstancias como ésas. A mí, por el contrario, me estimulan y me disponen a la pelea. Pero él sintió que debía solidarizarse conmigo.

– Por qué convertís todo en una disputa Eduardo, ¿no podés hablar de otra manera?

– Porque es una disputa. Tal vez la única que vale la pena.

Retomé el diálogo con Eduardo, entre otras cosas porque conocía cómo se sentía Goldenstein en circunstancias como ésa.

Ok, no voy a discutir con vos acerca del tamaño de mis testículos. Hacerlo te concedería el poder de desviar nuestra conversación. Le respondí mirándolo a los ojos.

Qué curiosa tu incapacidad para comprender una metáfora.

Cuando los ánimos se encendían, las personas adoptaban diferentes posturas. Cruzaban las piernas sobre las sillas, se apoyaban con ambos brazos sobre la mesa y dejaban caer su cabeza sobre ellos o se ponían de pié y se recostaban sobre la pared. Otros se dedicaban a beber cortos sorbos de naranjada o a retorcer servilletas de papel. Los cuerpos requerían aliviar una tensión que los involucraba y que les resultaba excesiva. Intervine tratando de hacer una síntesis y encaminar la discusión aclarando las opiniones de cada uno para evitar malentendidos.

– Recapitulemos: las creencias y hasta los sentimientos tienen fecha de vencimiento, como la leche. Se desvanecen las certezas lo que –a tu criterio- confirma su carácter ilusorio, falso.

– Es una buena síntesis de lo que dije.

– Yo sí tengo creencias y sentimientos eternos, inmodificables y, sin ellos, no sabría cómo vivir. Afirmó Goldenstein con su mirada fija en mí.

– ¿Eternos? Pero, ¿te das cuenta de lo que decís? Si ni siquiera vos sos eterno. Para vos lo que dure tu vida es la medida de la eternidad ¡Después de mí el abismo…!. Le respondió Eduardo gesticulando exageradamente como un actor de teatro.

En ese momento se incorporaron Ariel y Patricia. No hubo tiempo para saludos, simplemente se sumaron al grupo. Les ofrecí la silla que yo no usaba mientras retomaba la palabra.

– Entonces, si afirmamos que algunas certezas finalmente resultan falsas, también deberíamos admitir que existirán otras que no lo son. Nada puede ser falso cuando todo es falso.

– La verdad…, ¿te referís a la verdad?

– Sí. Sólo es posible la idea de lo falso por oposición a la de lo verdadero.

– Bueno…no puedo asegurarte que lo verdadero exista. Pero permitime sospechar que –si así fuera- no creo que seamos capaces de distinguir entre una cosa y otra.

Ariel se tomó de esa frase para ingresar a la polémica.

¿Y eso te angustia?

Ariel es psicoanalista. Habla en una jerga que sólo convoca en los demás un rechazo casi sonoro, estético, pero que él siempre interpreta como “resistencia”. Repite las mismas cuatro o cinco ideas en las que cree con total sinceridad y que aplica a todo cuanto se le pone delante. No sabría como explicarlo, lo aprecio mucho, pero no me interesa nada de lo que su visión del mundo propone. Me aburren sus largos y crípticos discursos, la arrogancia con que se resiste a dar pruebas de lo que afirma y hasta los sujetos verborrágicos y autocentrados en que suelen convertirse las personas a las que asiste luego de un largo período de terapia. Hace años que siento un hastío rotundo por lo que dice y por el modo insoportable en que lo hace. Es una disciplina sobre la que no conservo ninguna curiosidad, sólo un tedio sin emociones, algo que ya no convoca mi atención ni siquiera para discutirlo. Casi todos allí sentíamos algo semejante.

– Si me angustia o no, resulta una pregunta irrelevante para el tema que discutimos.

– No creas, es difícil preocuparse por algo que no te conmueve.

– Es verdad, pero tampoco eso aporta nada a la cuestión sobre la que hablamos.

– Si tuvieras todas las respuestas, tu deseo dejaría de movilizarte. El tema se desvanecería por insignificante.

– No te ofendas Ariel, pero por qué no te dedicás a comer torta y nos ahorrás tu repertorio de lugares comunes del psicoanálisis.

– No me ofendo. Pero si el psicoanálisis te irrita tanto, si lo resistís, es porque en algún lugar -que no registrás- algo tuyo se siente amenazado.

– Está bien Ariel. No voy a discutir ahora sobre un tema que ya nos tiene hartos a todos. Incluso si fuese verdad lo que decís no respondería a nuestra pregunta original. Simplemente dice por qué nos la formulamos. Ok, aceptado, nos angustia, por eso pensamos en el tema. También me angustia saber si mañana va a llover, pero saberlo no me indica si debo llevar paraguas o no. Ahora continuemos…

Era siempre complejo hablar con Ariel cuando su disciplina se interponía en la conversación. Era el mejor narrador de anécdotas del hospital, un experto comentarista de fútbol, un exquisito conocedor de la historia del Jazz, una buena persona. Todos lo rodeaban cuando abordaba alguno de estos temas, pero el agobio generalizado que producía cuando el psicoanálisis hablaba por su boca no tenía remedio. Mantenía desde hacía algunos años un romance clandestino con Patricia. Su único escenario eran las 24 hs de guardia que pasaban juntos una vez a la semana. Fuera de ese día no podían verse, ni siquiera hablarse por teléfono. A muchos nos entristecía verlos tan unidos y a la vez tan separados fuera de esa breve isla de 24 hs. Sin embargo ellos parecían haberse adaptado bastante bien. Patricia lo tomó discretamente del brazo. Entendimos que lo invitaba a bajar la tensión y a derivar las cosas hacia otro lado. Ella se puso de pié y habló al grupo.

– Perdón,  pero, ¿podríamos cantarle el feliz cumpleaños a Mariana? ¿Qué les parece?

Mariana se sorprendió. Hasta ese momento había permanecido sentada, la cabeza apoyada sobre su mano izquierda. Ausente, pensativa. Todos cantamos enfáticamente. Por turno abrazamos y besamos a Mariana. Cuando yo lo hice percibí la presión inusual con que se aferraba a mi brazo, el latido acelerado de su cuello. Me pareció que lloraba. Brindamos, comimos y volvimos a cantar. La conversación se atomizó en varios diálogos intrascendentes. Mariana se alejó del grupo. Pude ver  la sombra de su cuerpo en la ventana recortado sobre la oscuridad de la noche. Me acerqué. La abracé y ella dejó caer su cabeza sobre mi hombro. Nos conocíamos desde hacía más de 10 años. La había visto alternativamente: ingenua, ilusionada, feliz, embarazada, deprimida, asustada, resignada. Pero ahora era diferente.

–  ¿Qué pasa Mari? ¿Algo no anda bien?

– No sé. Creo que no quiero estar más acá, que ya no quiero nada de todo esto.

– Bueno, en algunos momentos todos sentimos algo así.

– Pero yo no aguanto más.

A través del altavoz se escucho mi nombre y luego: “presentarse con urgencia en 3º piso C”. Casi al mismo momento ingresó Manuela, la enfermera de turno, agitada y con notable dificultad para respirar. Se derrumbó sobre una silla mientras me miraba intentando hablar. Era una mujer joven, obesa y de una ternura y eficiencia admirables. Llegó desde Santiago del Estero hace muchos años a la Capital en busca de un destino menos desgraciado que el que varias generaciones de mujeres de su familia habían encarnado. Estudió de noche mientras limpiaba casas durante el día. Se recibió con enorme sacrificio. En ese momento tenía cuatro hijos pequeños, un marido alcohólico y violento que periódicamente la lastimaba con ferocidad. Cuando eso sucedía distribuía a sus hijos entre los vecinos y se tomaba el colectivo hasta el hospital. Se acostaba en una cama sin decir nada a nadie. Cuando la descubríamos, la protegíamos y la cuidábamos sin preguntas. En más de una ocasión debimos obligarla a tomarse radiografías que mostraron varias costillas fracturadas. No quería ni escuchar hablar de dar intervención a la policía o al juez ni de abandonar a su esposo. Jamás pronunció una palabra ofensiva o un juicio negativo sobre él. Lo aceptaba sin juzgarlo y no permitía que nadie lo haga en su presencia.

– ¡Doctor, el chico…se cortó! Ahora está en la ventana, no quiere salir de allí.

 

Salí sin hacer preguntas. Se aprende muy rápido a no preguntar en una emergencia lo que puede constatarse mediante la observación directa de los hechos. Sólo se registra lo fundamental, lo que representa un peligro grave e inminente, lo demás son detalles que pueden postergarse. Actuar en situaciones de emergencia requiere educar la mirada, construir un modo de juzgar que toma la preservación de la vida como su única medida.

Ingresé a la sala. Al fondo había un enorme ventanal que daba a un balcón desde el que sólo podía verse la negrura de la noche. Un sendero de gruesas gotas de sangre recorrían el piso desde la cama de María Sol. Algunos enfermos dormían, otros escuchaban radio con auriculares o permanecían ajenos a lo que sucedía a su alrededor con la mirada fija en algún punto del techo. Dos de ellos, detenidos y esposados a los barrotes de sus camas, jugaban a los naipes con  la custodia policial. Caminé hasta el balcón siguiendo el rastro de la sangre. Encendí la luz exterior. María Sol estaba sentada sobre la baranda envuelta en una sábana que el viento agitaba con una de sus piernas asomando al vacío y la otra suspendida en el aire sobre el piso. Sostenía un frasco de suero con la mano derecha y desde su muñeca izquierda goteaban, lentas y espesas, oscuras gotas de sangre. Parecía serena, en silencio. Tal vez meditaba sobre sus próximas acciones. Me detuve a pocos metros de ella. No supe qué decirle. Y dije una estupidez.

– A mí siempre me dio miedo asomarme al vacío.

Me miró. Lo hizo con una intensidad que pude sentir en todo el cuerpo.

– También a mí.

– Entonces por qué no volvés.

– Porque  que el vacío que más me asusta es el que está de tu lado.

– Es una cuestión de criterios, creo. Voy a pensarlo.

– Yo ya lo hice. Muchas veces.

– ¿No querés que lo hablemos? Me gustaría conocer tus razones.

– Eso no es verdad. Mis razones no te interesan en absoluto.

– Puede ser, pero vos sí me interesás y no quisiera verte caer desde el tercer piso.

– Tampoco eso es verdad.

– ¿Por qué estás tan segura?

– Porque jamás un interés profesional es verdadero.

– Interesante. ¿Y cómo es un interés verdadero según vos?

– Enloquecido, furioso. Ajeno a toda razón. Monstruoso.

La sábana se agitaba cada vez más por el viento lo que le otorgaba un aspecto fantasmal. Bruscamente voló y se depositó sobre el piso. María Sol quedó desnuda, enorme y a la intemperie. Delgada, alta, tiritando por el frío. Dos pechos ridículos y llenos de hematomas violáceos colgaban, ajenos el resto del cuerpo, casi desde la altura de sus hombros. Los pies desmedidos y descalzos. Los testículos pendían del pubis como un apéndice insólito. Tristes o melancólicos. Siempre he creído que son órganos algo ridículos. Residuos del primate que hemos sido y sin ninguna elegancia. La evolución parece haberlos abandonado a su pasado simiesco. Ella ni siquiera intentó cubrirse. Es curioso, o perverso, pero tuve la sensación de que la escena era bella. Estéticamente hermosa, gótica. Pensé en qué música sería la más apropiada para acompañar ese  momento. Comenzó a sonar en mi cabeza Carmina Burana de Carl Orff.

Uno de los presos me habló sin levantar la vista de las cartas.

¡Dejala doctor! Que elija solita de qué lado caer.

– ¿Te parece?

Ahora me miraba. Una mano esposada a la cama y la otra ocultando tres cartas de la mirada de sus compañeros de juego.

– Sí, claro. Vos estás demasiado acostumbrado a elegir por los demás.

– ¿Y vos?

– Yo nunca pude elegir.

– Parece que acá son todos filósofos.

– No tanto, pero somos menos imbéciles de lo que vos imaginás.

– ¡Se va a matar! ¿no te das cuenta?

Se sentó en la cama y miró hacia el balcón.

– Che marica, decidite que no tenemos toda la noche. Te tirás o te volvés a la camita.

María Sol pereció no escucharlo. Miraba hacia el parque con curiosidad. Abajo se encendieron algunas luces cuyos reflejos llegaban atenuados elevándose entre las copas de los árboles. Escuché el ruido de varios motores de autos que se detenían. Puertas que se cerraban. Pasos. María Sol me miró señalando hacia el parque.

No puede ser. ¿Qué hacen todos esos tipos ahí abajo?

– ¿De qué hablás?

Regresó al balcón y me hizo señas para que me acercara. Lo hice. En los jardines, frente al estacionamiento del hospital, había varias camionetas de distintos canales de televisión. Una decena de personas armaban antenas enormes y distribuían por todos lados cables, pantallas de computadoras, micrófonos, cámaras.

La tomé del brazo y le apliqué un torniquete en la muñeca con la sábana que recogí del piso. Me asomé y llamé a los hombres que parecían no habernos visto aún.

– Ya está. No pasa nada. Está todo bajo control.

Un hombre obeso con un mameluco negro o azul me miró desde abajo. Parecía no entender de qué le hablaba.

– Nadie se va a triar al vacío. Creo que ya pueden irse.

El tipo llamó a una mujer rubia y elegante con un micrófono en la mano. Se encendieron luces poderosas que apuntaron directamente hacia mi cara.

– ¿Usted es médico?

– Sí

– ¿Podría explicarnos los motivos de la cuarentena?

La intensidad de las luces me encegueció. La mujer desapareció de mi vista y sólo pude ver una especie de sol que apuntaba directamente a mis ojos. Me tapé la cara con ambas manos y estiré el cuerpo hacia abajo en un intento de ver con quién hablaba. Resultó inútil.

– ¿De qué habla? ¿De qué cuarentena?

– Por favor doctor, es inútil negarlo. Ya es una información pública.

María Sol y yo ingresamos a la sala. Algunos pacientes nos miraban. Encendieron las luces. Curé los cortes de su muñeca. Luego la abracé y acomodé su cuerpo sobre la cama.

– Descansá. Te hace falta. Después hablamos,

Me miraba. Creo que esperaba una explicación que yo no tenía. Una serie de ruidos intensos llegaban desde la planta baja. Amplificados por el silencio de la noche y el vacío de los pasillos se escucharon explosiones o golpes feroces y alarmantes. Uno de los policías se puso de pié y miró hacia la puerta de la sala.

– ¿Qué pasa doctor?

– No tengo idea.

Salí. Atravesé los pasillos corriendo mientras escuchaba un murmullo que crecía y que parecía originado por una multitud. Necesitaba saber qué estaba sucediendo. Creo que sentí miedo.