Las guerras médicas IV

sed_relato

Acerca de la imposibilidad de guardar un secreto.

“Se ha cortado la lengua para no revelar unos secretos que no conoce” Fuegos, Marguerite Yourcenar

sed_relatoSe había convocado a una reunión en el auditorio del hospital para la medianoche con el propósito de evaluar las condiciones en que nos encontrábamos. Ya que debíamos hacer un informe de la situación en nuestra área de trabajo decidí hacer una recorrida por la sala de Cuidados Intensivos antes de dirigirme hacia allí. Revisé los controles de todos los pacientes pero me detuve frente a la cama de Aurelio que había dejado para el final. Por motivos que desconozco sentía por él un afecto entrañable. Es ridículo, pero siempre había tenido la tentación de pesar una de sus manos. Hacía apuestas conmigo mismo acerca de cuál podría ser su peso. Eran enormes, de una consistencia mineral. Verdaderas herramientas. Artefactos perfectamente adaptados a su función. Pensaba que al menos tendrían el peso de uno de mis brazos completo cada una.

Tres noches y dos días había pasado Aurelio recibiendo su cuota de aire a través de un tubo. Un tentáculo mecánico que le profanaba la boca mientras desde el otro extremo algo – que semejaba a un exótico animal – le insuflaba el tórax a intervalos regulares. Un dispositivo que con enormes bocanadas de una mezcla de oxígeno le demoraba la muerte. Una multitud de sonidos periódicos, siempre idénticos, recordaban la naturaleza rítmica de lo vivo.

No importa cual haya sido tu historia, de qué lugares provengas o cuál sea tu lengua: allí te convertías en pura fisiología. Resultaba imposible obtener más datos que los signos vitales o la codificación de un diagnóstico cuando se consultaba acerca de una persona. ¿Cómo está Aurelio?, preguntabas, y alguien te respondía mediante un listado exhaustivo de valores, mediciones, cifras, que se supone contestaban a tu pregunta. La institución les amputaba el pasado, les recortaba el presente, los clasificaba y los definía como si supiera lo que estaba haciendo. Yo, aún hago lo mismo. Yo, soy un experto en esas tecnologías.

Apenas me acerqué su ojo derecho se resistió al sueño químico que lo sujetaba. Tosió con violencia. Minutos más tarde Aurelio estaba sentado en su cama. Le retiré los tubos y le ofrecí un mate. El primer sorbo fue corto y repentino. Contrajo la boca y lanzó un escupitajo. “¡Dulce!”, fue todo lo que dijo. Y fue suficiente.

– ¿Hoy también te toca quedarte?

– Sí, pero sólo porque no puedo irme.

– ¿Por qué no abren las ventanas?

– No lo sé, siempre estuvieron cerradas.

Necesitaba ver al ambiente. Tener pruebas de que al otro lado de los muros que lo encerraban el mundo -“su mundo”- aún estaba allí. Una rara forma de sed.

– Tendrás que volver a ponerme ese tubo, ¿no es verdad?

– Es posible.

– Yo estoy seguro.

– Yo también.

– Esto se va terminando.

– En tus visitas anteriores me dijiste lo mismo.

– Pero ahora lo siento en el cuerpo.

Era la cuarta vez que se internaba durante ese año. Siempre que se iba le recomendaba que permaneciera cerca del hospital –su hijo había venido a estudiar y vivía en la zona-, que viniera a los controles semanales, que cumpliera con el tratamiento, que no fumara. Nunca lo hizo. Volvía al pueblo, al caserío rural donde había vivido durante los últimos 65 años. No tenía luz, ni teléfono, ni tantas otras cosas sin las que un imbécil como yo no sobreviviría ni 24 hs. Pero Aurelio regresaba una y otra vez. Atraído por el magnetismo de la estepa más austera de la Patagonia, la nieve y las ovejas de ese páramo hostil donde él se sentía en su propia casa.

Cuando la respiración se le hacía tormentosa, repartía sus animales entre los vecinos y se tomaba el bus hacia la capital. Viajaba un día entero buscando el aire que las ventanillas abiertas de par en par ya no le podían ofrecer. Finalmente se derrumbaba en la sala de guardia del hospital. En una de aquellas ocasiones hizo el viaje acarreando una bolsa enorme pese a su dificultad para respirar. Quienes lo recibieron en Emergencias no lograron hacerlo soltar ese bulto hasta que llegué yo. Me lo entregó sin decirme nada. Lo abrí. Dentro de una caja térmica refrigerada con hielo había un cordero que me había prometido en su viaje anterior. Lo había acarreado más de 1000 km, ahogado, solo, empecinado como una mula. Con el único objeto de agradecerme lo que él imaginaba que yo le daba.

Algo en mi actitud le hizo comprender que estaba apurado. Tal vez haya mirado el reloj, no lo recuerdo. Sabía que la reunión en el auditorio estaba por comenzar y algún gesto debe haber delatado mi impaciencia.

– Más tarde, cuando vuelvas, quiero hablar con vos.

– No sé si podré. La de hoy es una noche muy particular.

– Será corto, apenas unos minutos

– Entonces tal vez sea posible. Pero no empieces con tus historias de ovejas, ya me las contaste todas.

Me tomó del brazo. Palpó con la otra mano los bolsillos de su pantalón colgado sobre una silla. Adelantó su cuerpo hasta acercarse a mí todo lo que le fue posible intentando evitar que otras personas lo oigan.

– Traeme un cigarrillo. Por lo visto otra vez me los quitaron.

– Ni lo sueñes.

Salí apurado y bajé las escaleras pensando en Aurelio. Pero muy rápido los sonidos del tumulto me distrajeron por completo. Grupos de personas llegaban desde distintos puntos del edificio muy distantes unos de otros ya que cada piso se extendía por una longitud de unos ochenta metros. Hombres y mujeres conversaban mientras ingresaban al aula que ya se encontraba colmada y sin asientos disponibles. Según mis cálculos había allí unas ochenta personas. Muchos de ellos de pié o sentados sobre el piso o en los brazos de las butacas. Al frente, en un improvisado escenario, tres empleados de mantenimiento intentaban hacer funcionar el equipo de sonido. Periódicamente un estruendo de frituras salía desde los parlantes obligando a los más sensibles a taparse los oídos mientras duraba ese ruido insoportable. Los grupos se mantenían juntos y parecían ignorar a los demás. Alternativamente fui prestando atención a varios de ellos con lo que pude comprobar que las teorías acerca de lo que estaba sucediendo eran de lo más diversas y abarcaban un espectro que iba desde lo moderadamente razonable hasta lo más insólito y disparatado.

Eduardo tomó el micrófono y pidió silencio varias veces sin que nadie bajara el tono de voz. Finalmente, Goldenstein  se puso de pié y se desplazó atravesando la sala. Lo seguí con la mirada hasta que se detuvo frente a la llave maestra del tablero de electricidad. Miró hacia el conjunto del aula para comprobar que el murmullo no cesaba pese a los desesperados pedidos de Eduardo. Entonces bajó la palanca y todo quedó a oscuras. Se produjo un silencio gradual que comenzó como una atenuación leve del volumen pero que conservaba el ritmo y la entonación de las voces hasta que finalmente nadie habló. Durante unos segundos se mantuvo la oscuridad esperando que aquél silencio quedara establecido. Nadie emitió un sonido. Goldenstein activó la palanca y la iluminación permitió ver a decenas de personas, ahora calmadas, como si esos breves instantes de oscuridad hubiesen ocasionado un efecto sedativo en el público. Eduardo alzó el micrófono. Recorrió con su mirada la platea que tenía en frente y habló.

– Compañeros, tengo algo que decirles.

Las miradas se concentraron en él con una tensión que podía palparse como una sustancia o una energía poderosa que vinculaba entre sí a esas personas a quien les dirigía la palabra.

– Varios de nosotros hemos mantenido una conversación telefónica con el secretario de salud que nos ha dado un informe acerca de los motivos del encierro en que nos encontramos. Voy a intentar transmitirles fielmente sus palabras.

Hubo algunos comentarios que no logré comprender pero que rápidamente fueron acallados por los demás mediante codazos y chistidos.

– Al parecer en la Secretaría de Salud se han evaluado algunos hechos trágicos ocurridos en este hospital durante los últimos meses. Como ustedes saben tres de nuestros compañeros han muerto recientemente. Esto ha motivado a las autoridades sanitarias a considerar que resultaba necesaria la adopción de medidas drásticas de aislamiento hasta que las causas se aclaren.

Durante los seis meses previos a esa noche, tres médicos del hospital habían fallecido en distintas circunstancias. Nada de lo que les había ocurrido hacía sospechar que se tratase de una enfermedad en común. Las causas de sus muertes resultaban bastante obvias y, si bien se relacionaban de modo más o menos directo con la profesión, no existían elementos que permitieran elaborar una hipótesis infecciosa ni nada semejante. A todas luces quien pensara de ese modo estaba construyendo una fantasía delirante y sin fundamentos. Alguien podría establecer vínculos entre esos sucesos desgraciados, pero jamás del tipo que esa gente parecía estar suponiendo. Todos habían muerto a edades tempranas y en pleno ejercicio desaforado de la medicina. Trabajaban muchas más horas de las que la prudencia recomienda, dormían menos de lo razonable, sufrían presiones laborales de todo tipo que se cobraban un precio en sus vidas personales, tenían alguna clase de adicción: tabaco, medicamentos u otras sustancias, sus relaciones familiares estaban en crisis y la frustración que la vida cotidiana les generaba los hacía sufrir una insatisfacción permanente. Como se ve, nada que permitiera distinguirlos del promedio de quienes ejercen la medicina como actividad excluyente. Por distintas circunstancias, una población sometida a condiciones propicias para que la vida corra peligro, cobra sus víctimas anticipadas entre los individuos más vulnerables. En este caso, nuestros tres compañeros habían sufrido esas consecuencias.

Las personas reunidas en el auditorio parecían haber recibido el impacto de lo que había dicho Eduardo. Según el caso, sus expresiones iban desde la consternación hasta la sorpresa. Se miraban unos a otros sin que, en muchos casos, encontraran las palabras apropiadas para comunicar lo que sentían. Eduardo respetó una pausa que se hacía necesaria para que todos asimilaran la información y luego retomó su improvisado informe.

– No tengo mucho más para decirles. Se nos garantizaron los insumos necesarios para el funcionamiento del hospital, la asistencia de los enfermos y nuestras propias necesidades. Por el momento nadie podrá salir aunque las comunicaciones telefónicas estarán habilitadas.

Goldenstein se puso de pié, esperó a que el micrófono pasara de mano en mano hasta llegar a él y habló.

– Eduardo, lo que ocurre es incomprensible. ¿Alguien se ha detenido a pensar antes de tomar una medida tan insólita como esta?

– También les hice esa pregunta. Pero para ellos la hipótesis de una enfermedad transmisible resulta razonable y buscan prevenir su expansión mientras estudian sus posibles causas. Un equipo de epidemiólogos tendrá a cargo el control sanitario y el análisis de la situación. Es todo cuanto me informaron.

– Encerrar a tantas personas no es una medida que se pueda tomar de una manera tan improvisada.

– Es verdad, pero hace muchos años que trabajamos en este ambiente y no podríamos negar que la improvisación ha sido una característica bastante regular. Tal vez la única, ¿no?

Eduardo miró hacia el auditorio y se encontró con numerosas manos que se levantaban solicitando la palabra. Señaló a la jefa de enfermería y se dispuso a escucharla.

– Por lo visto no podemos hacer mucho más que organizarnos para que mientras dure esta situación sea lo menos traumática posible. Propongo que armemos equipos de trabajo, que planifiquemos lo que vamos a hacer y que nos organicemos por turnos con períodos de descanso rotativos.

– Me parece muy bien. Tal vez si los responsables de cada área se reúnen podríamos formar esos equipos con médicos, enfermeras y personal de mantenimiento y luego hacer un cronograma de trabajo.

Espontáneamente se formaron grupos que deliberaban en círculos cerrados sobre sí mismos. Cada persona se integró con sus compañeros de trabajo en un debate que los involucraba por completo. Por unos momentos los intereses individuales perecían haberse disuelto en una identidad colectiva y detrás de un objetivo común. El auditorio fue poblándose de un murmullo polimorfo e incoordinado que resultaba de la suma de conversaciones que se multiplicaban pero que no se interferían mutuamente. No podría afirman cuánto tiempo más tarde comenzó el éxodo de personas que partieron en distintas direcciones. Cuando tomé conciencia de lo que ocurría me encontraba solo en medio del salón poblado de papeles en el piso, butacas levantadas y una vibración de multitudes que aún se agitaba en el ambiente como una presencia que se podía percibir a pesar de que todos habían partido. Salí.

No me siento capaz de explicarlo, pero recuerdo muy bien que lo que estaba ocurriendo me produjo en ese instante una sensación que más tarde se repetiría muchas veces. Me sentí muy  bien. A salvo. Cautivo pero aliviado. Esta vez no tendría que inventarme excusas para quedarme en ese lugar. No sería necesario justificarme, ni siquiera ante mí mismo. Estaba allí, y en ese momento de mi vida, yo no quería otra cosa. Ese pequeño infierno era mi propia versión del paraíso. Intoxicarme con los venenos que allí se respiraban me habían convertido en un adicto. Cuando me encontraba fuera de aquel edificio y pasaba en auto por la autopista -desde la que se veía el hospital sumergido en un bosque de árboles enormes- sentía el deseo urgente de abandonar lo que estaba haciendo y volver a su vientre siniestro y protector. Ignoro qué oscuros motivos me hacían preferir ese lugar a cualquier otro. En ese preciso momento hubiese querido caminar por sus pasillos escuchando música a todo volumen en mis auriculares como tantas madrugadas lo había hecho. Rondar los suburbios de la muerte en un éxtasis furioso a través del cual podía ver –como en una revelación- el menú de patéticas mentiras alrededor de las que se organizaban nuestras vidas por fuera de los límites del hospital. Leonard Cohen – Everybody Knows sonó de pronto en mi cabeza y ya no pude detenerlo más.

Volví a la sala caminando con lentitud. A través de los vidrios la noche se derramaba sobre mí. Me pareció que, a partir de mi propia experiencia, y por primera vez, comenzaba a comprender algunas cosas. Por ejemplo, porque Aurelio volvía empecinadamente a su pueblo cuando todo aconsejaba lo contrario. Incluso porque me pedía un cigarro cuando apenas era capaz de respirar por sus propios medios. Pensé que no siempre la preservación de la vida era el motivo más fuerte de la conducta humana. Intuí lo que luego los años me confirmarían cientos de veces. Mi trabajo consistía en decirles a las personas lo que ya todos sabían mientras lo que en verdad necesitaban conocer era cómo lograrlo. Así, los hacíamos responsables a ellos de lo que también nosotros ignorábamos. Protegidos por ese perverso circuito de atribución de responsabilidades a los demás, preguntarnos por lo que a todas luces era nuestro propio fracaso resultaba innecesario. Ahora lo sé con certeza, pero entonces recién comenzaba a sospecharlo.

El hijo de Aurelio dormía sobre un banco en la sala de espera. Pasé a su lado sin que él me viera. Aunque el ambiente estaba a oscuras y me había cuidado de no hacer ningún ruido, Aurelio se incorporó y encendió la luz de su cama apenas ingresé. Creí que era posible que reconociera a las personas por el sonido de sus pasos o por el olor. Toda la vida había empleado sus sentidos de un modo que yo no lograba imaginar. Estaba integrado con el ambiente a través de una sensibilidad exasperada que funcionaba como un exquisito radar. Me miró con cierta calma.

– De los cigarrillos ni hablar, ¿no?

– No

– El Roberto, ¿está afuera?

– Si, acabo de verlo dormido sobre un banco cuando llegué

Se incorporó apoyando la espalda como para una larga conversación. Bajó los ojos.

– ¿Sabés por qué se llama así?

– ¿Tu hijo, Roberto? No, no tengo idea.

– Era el nombre del patrón. La madre lo eligió y yo no puse resistencia.

– ¿Un homenaje?

– Algo así

– ¿Y lo merecía?

– No, siempre fue un miserable.

– Entiendo

– Cuando tenía seis meses se lo llevé para que lo conozca.

– Un honor.

– ¿Para quién?

– Para él claro. ¿Todavía vive?

– No, hace más de 20 años lo encontraron muerto en el galpón.

– ¿Y aún lo recuerdan?

– No hay más remedio. Llevan su nombre el propio pueblo, la escuela, la plaza, la estación del tren, la biblioteca.

– Voy a descansar un rato, luego vuelvo.

– ¿Entonces me vas a negar un cigarro?

– Sí

Nunca hay silencio en una sala como ésa. Pero luego de pasar algún tiempo dentro de ellas el estruendo se hace inaudible. Hay una escucha selectiva, sólo se registran los sonidos que implican alarma. Algo parecido me contó Aurelio sobre las noches que pasaba a la intemperie cazando en el campo.

Me bañé y luego me recosté a pensar en las cosas que estaban ocurriendo en el hospital y en mí mismo. Pocos minutos más tarde Manuela entró en la habitación y se quedó parada debajo del marco de la puerta. No habló. No era necesario. La acompañé.

Aurelio estaba desnudo y buscaba aire con desesperación. Había tirado las sábanas y la ropa al piso. Me tomó del brazo con una de aquellas manos enormes.

– Tranquilo, ponete esta máscara y respira dentro de ella.

Se fue serenando de a poco. Lo suficiente como para percibir mi gesto reclamando el instrumental a Manuela con quien hacía años que nos comprendíamos casi sin necesidad de palabras.

– ¿El tubo?

– Es posible, veremos. Vamos a esperar…

Me miró directo a los ojos. Apurado. Como si el tiempo para hablar fuese cada vez más corto y él no pudiese darse el lujo de perderlo.

– ¿Sabés como murió el patrón?

– No. ¿Justicia divina tal vez?

– Lo encontraron con la cabeza destrozada cerca de su propio caballo.

– ¿Una patada? Con los caballos nunca se sabe.

– Es lo que dijeron en el pueblo.

Se sentó con las piernas colgando. Se lo veía algo mejor, aunque yo estaba seguro de que eso no duraría mucho. Con una mano se apoyaba la máscara de oxígeno sobre la boca y nariz sólo el tiempo necesario para recobrar el aliento y luego se la sacaba. Entendí que todo se estaba terminando.

– Dame un cigarrillo, por favor. No me obligues a irme de este modo.

Miré a Manuela. Buscó en su bolso, le ofreció uno y se lo encendió. Él dio una o dos pitadas para luego apagarlo dentro de un vaso con agua. Me hizo una seña apenas perceptible indicando que quería quedarse a solas conmigo. Manuela la captó de inmediato. Tomó el vaso con la colilla y salió.

– El Roberto siempre estuvo muy orgulloso de su nombre.

– Me imagino

– La madre, ella le puso esas ideas en la cabeza.

– Bueno, ya sabés, a veces los padres pensamos que el nombre fija el destino de nuestros hijos.

– Le llevaban flores al cementerio, él y la María, todos los aniversarios. Siempre. Hasta que ella murió y me quede solo con el pibe.

– Que sensibles, ¿no?

Comenzaba a respirar con dificultad otra vez pero se negó a colocarse la máscara que le ofrecí. Abrí la ventana. Nunca supe por qué.

– Al pobre caballo lo sacrificaron por la mañana.

– Así son las cosas. Alguien tiene que pagar. Eso siempre tranquiliza.

Hablaba con las intermitencias que le imponía la búsqueda de aire. Concentrado en decir lo que quería lo antes posible y del modo más preciso.

– La cabeza del patrón quedó completamente hundida. Como si fuera de goma.

– Suele ocurrir cuando te patea un caballo.

– Le mostré al bebé. Le dije que se llamaba así por él.

– Se habrá conmovido el hombre.

– Ni lo miró. Seguía de espaldas como si yo no estuviera allí.

– ¡Insensible!

– Yo lo tenía en brazos. Temblaba.

– Imagino ese momento.

– “¡Será un negro de mierda! Otro bruto, como vos”. Me dijo mientras se reía.

– ¡No lo puedo creer!

– Puse al chico sobre la paja, lejos de las patas del caballo. No vaya a ser que lo lastimara.

– Padre prudente…

Casi no podía respirar. Se colocó la máscara mientras todo su cuerpo se esforzaba por incorporar el aire que sus pulmones ya no podían recibir. Le señalé el tubo y el respirador pero me respondió con gesto enérgico. La mano en alto, firme, pidiendo un tiempo más.

– Con una pala le pegué. Justo acá, donde termina el ojo, en la sien.

– ¿Cómo?

– Yo lo maté.

Cuando no sé qué decir, me muevo. Me puse de pie. Asomé la cabeza por la ventana. Registré la noche como si buscara algo que allí pudiese encontrar. No quise mirarlo. No fue necesario.

– “A la María la estrené yo, cuando tenía 13 años. Gritaba como loca. Linda paisanita”. Me dijo sin darse vuelta.

– ¿Eso te dijo?

– Ni una queja hubo. Cayó como una bolsa de papas.

– Aurelio…, no sé qué decir.

– Tenía que contárselo a alguien. Alguna vez.

– Entiendo. Y me tocó a mí.

Se agitaba cada vez con mayor intensidad. Manuela observaba a través del vidrio. Le señalé el catéter que ingresaba en su brazo. Ella entró y le inyectó un sedante. Cuando comprobé que estaba convenientemente dormido le inserté el tubo y lo conecté al respirador. Su corazón se detuvo casi de inmediato. Sabía que era inútil, pero intenté reanimarlo con desesperación. Sudaba y me resistía a abandonar ese procedimiento del que ya nada se podía esperar. Lo sacudí. Necesitaba decirle que lo había escuchado. Que yo no era nadie como para perdonarlo. Que lo entendía. Que ahora podía morirse liberado de ese secreto atroz que lo había envenenado durante tantos años. Que lo quería mucho. Que admiraba en él todas aquellas cosas de las que yo nuca sería capaz. Que había sido mucho mejor persona que yo. Que él sabía lo que era esencial y nunca había necesitado la infinidad de estupideces sin las que yo no podría vivir. Que había comprendido que la muerte no era un fracaso y la había aceptado, pero que yo aún no lograba entenderlo de ese modo. Que me había pasado un secreto con el que yo no sabría qué hacer.

Manuela me tomó por los hombros y me separó de su cuerpo. Lo cubrió con una sábana. Me acarició la mejilla y secó mi transpiración con una gasa humedecida en alcohol. Me acerqué. Le destapé la cara. Tomé su brazo. Sostuve su mano enorme sobre la mía. La balanceé durante algunos segundos, como pesándola. Salí.

– Roberto, despertate.

Me miró acomodando sus ojos a la escasa luz del ambiente. Hizo un movimiento como para incorporarse pero lo interrumpió a mitad de camino y se abandonó acostándose otra vez sobre el banco. Fijó la mirada en el techo. No necesité decirle nada.

– ¿Sufrió?

– Creo que no. Ni se dio cuenta.

– Siempre fue un hombre callado pero me dio todo lo que pudo. Para mí fue suficiente.

– Fue un gran tipo. Yo también lo quise mucho.

– Muchas veces creí que necesitaba decirme algo pero nunca lo hizo. Algunas noches se sentaba al lado de mi cama y me miraba hasta que yo abría los ojos. Parecía que iba a hablarme de algo muy importante. Pero no decía nada. Me abrazaba. Todavía recuerdo la fuerza de sus manos, la barba áspera sobre mi cara, el olor a ginebra. Yo sentía las palabras en su garganta queriendo salir. Pero nunca me dijo nada…

Roberto se puso de pié y luego se fue deslizando sobre su espalda apoyada en la pared hasta quedar sentado en el piso. Recogió sus rodillas y las rodeó con ambos brazos. Hundió la cabeza entre ellos.

– Doctor, ¿sabe por qué me llamo Roberto?

– No, ni me lo imagino.