Las guerras médicas V

Acerca de lo que llena un pozo vacío.

IntraMed

Cuando intentaba recuperarme del impacto que la muerte de Aurelio me había producido, una llamada telefónica me devolvió al curso de los hechos que se vivían en el hospital. Hubiese querido tener tiempo para reflexionar en soledad acerca de lo que había sucedido. Sobre las imprevisibles repercusiones que su confesión final comenzaba a producirme. ¿Qué debe hacer una persona con un secreto que no le pertenece? ¿Cuáles son las obligaciones que se contraen al recibir de manos de un moribundo semejante legado? ¿Quiso Aurelio que ese dato siniestro no muriese con él? ¿O, por el contrario, fue un acto desesperado para liberarse de la insoportable opresión que suponía llevarlo sobre sus espaldas durante décadas, justo antes de morir? No lo sabía. No pude detenerme a pensar en ello. Aún hoy lo ignoro.

La llamada provenía del improvisado comité organizador de emergencia. Se habían distribuido las tareas y nos pedían a los responsables de cada área que tomásemos conocimiento del cronograma de actividades que estaba expuesto en el auditorio. En el camino pasé a ver a María Sol a quien habíamos instalado en una pequeña oficina actualmente en desuso. Dormía profundamente con su cuerpo enorme sobrepasando los límites de la cama. El brazo derecho colgaba de modo que sus dedos rozaban el piso. Cada vez que respiraba la sábana que la cubría hacía un movimiento lento y ascendente acompañado de un soplido prolongado que salía por su boca ahora pintada de color rojo oscuro. Colgado del respaldo de la silla, un bolso viejo y gastado con el cierre completamente abierto dejaba ver algunos papeles arrugados, envases de cosméticos, una agenda diminuta y una foto en blanco y negro que tomé entre mis dedos y saqué para mirarla. La imagen mostraba a un niño de unos 7 u 8 años en brazos de un hombre joven de cabello negro muy corto. Parecían estar en un parque o una plaza. Detrás de ellos se veían varios árboles y la mitad posterior de un camión que transitaba por una avenida por lo demás vacía. El niño vestía un jardinero corto con dos tiras que ascendían hacia sus hombros y desaparecían en dirección a la espalda. El hombre miraba a la cámara con un gesto enérgico pero amable. El niño lo miraba a él. Directo a los ojos. Hipnotizado por esa actitud tan definida y segura. Es muy fácil hacer interpretaciones retrospectivas y sin más fundamento que encontrar las supuestas huellas que anticipaban el presente en los testimonios del pasado. Es tan sencillo como falso. Tan tentador como insensato. No quise caer en esa trivialidad y guardé la foto en el bolso. Mientras salía de la habitación pensé que el pasado explicaba al presente sólo a la luz de alguna teoría que los vincule. Que esas teorías son siempre ilusorias pero que por algún motivo nos seducían y nos hacían creer en ellas. La cadena de las causas y los efectos en la historia de una persona es mucho menos tonta que quienes se dedican a analizarlas. Cualquier hipótesis construida desde las consecuencias hacia los orígenes, y sin someterla a la prueba de la anticipación, no es más que una impostura. Pero, sustrayéndose al requerimiento de ofrecer pruebas de lo que se afirma, vivíamos una época en la que esas teorías se aplicaban a las personas con la mayor impunidad.

En la confección  del diagrama de actividades se habían tenido en cuenta no sólo las necesidades de los enfermos sino las afinidades personales de quienes trabajaban en el hospital.  Me pareció una actitud inteligente y un detalle que facilitaba el desempeño de las tareas en un clima amigable. Todos los comentarios apuntaban a la mañana siguiente en que se esperaba que el equipo de epidemiología desbaratara, por absurda, la situación de encierro en que nos encontrábamos.

Me encontré con Goldenstein, Eduardo, Ariel y Patricia que se disponían a pasar el período de descanso reunidos en el comedor ya que nadie parecía poder conciliar el sueño aquella noche. Me uní al grupo. Patricia desapareció durante algunos minutos mientras los demás caminábamos conversando sobre los sucesos que vivíamos. Frente a los ascensores había una máquina expendedora de café, allí nos esperaba Patricia con dos vasos en sus manos. Me los ofreció.

– Tomá, anda a ver a Mariana. Hace horas que está sola a oscuras en la habitación. Llevale un café y conversá un rato con ella.

– ¿Yo?

– Sí, vos. Andá antes de que se enfríen.

Mientras tomaba los vasos miré a Goldenstein y le dije: “Otra vez, otra evidencia por si haciera falta”, y nos reímos juntos. Ambos habíamos elaborado a lo largo de muchos años una serie de teorías acerca del comportamiento femenino y las poníamos a prueba en todo momento. Un cuerpo de hipótesis que contrastábamos con la experiencia en el trato con mujeres y que, a partir de ella, ratificábamos o rectificábamos según el caso con el mismo rigor que en una investigación científica. Hipótesis contra hechos.  Era otro de los entretenimientos secretos que compartíamos. Una de aquellas teorías decía que siempre hay que obedecer cuando una mujer nos sugiere una acción que tiene que ver con otra persona a la que queremos ya que ellas eran capaces de percibir situaciones y necesidades del otro que a nosotros nos pasaban completamente desapercibidas. Goldenstein hizo un gesto con sus brazos que indicaba que debíamos rendirnos a la veracidad de aquella sentencia. Tomé los vasos y salí en busca de Mariana obedeciendo a la recomendación de Patricia. Apenas comenzaba a caminar cuando ella se acercó, metió su mano en el bolsillo de mi chaqueta y corrió hasta alcanzar a los demás que ya se le habían adelantado sin decirme nada. Había dejado allí dos bombones de chocolate y servilletas de papel.

La habitación estaba a oscuras, apenas se distinguían las siluetas de las camas y una mesa metálica que la luz de la luna -ingresando a través de la ventana- dejaba ver. Empujé la puerta con el pie ya que tenía ambas manos ocupadas con los vasos. Mientras intentaba acomodar mi visión a la oscuridad tropecé contra las patas de una silla. La voz de Mariana me llegó desde la cama.

– Ese olorcito es de café y esa torpeza no puede ser más que de mi amigo …

Hizo una pausa en tono de burla como si estuviese eligiendo qué nombre pronunciar.

– Sentate antes de que te ocurra un accidente.

Extendí uno de los vasos que ella tomó en sus manos y me senté al borde de la cama.

– ¿Enciendo la luz? Le pregunté.

– Ni se te ocurra.

Se incorporó para tomar su café. Apenas podía ver su cara pero era evidente que no estaba bien. No podría describir los motivos pero tuve esa impresión y no dudé de ella. Nos conocíamos tanto como pueden conocerse dos personas que comparten durante años muchas horas de trabajo y de emociones fuertes, de éxitos y de fracasos. Desde hacía más de diez años, un día a la semana, convivíamos aislados en el hospital en un clima de actividad furiosa. Así, fuimos estableciendo algunos pactos, conociendo unos pocos secretos mutuos, siendo sinceros con alguien alguna vez. Así eran las cosas y no me siento capaz de explicarlas. Creo que tampoco tengo ningún interés en hacerlo.

Mariana bebió su café en silencio. Volvió a recostarse y sólo entonces habló.

– ¿Cómo anda todo allí abajo?

– Igual, sin novedades. ¿Y cómo anda todo aquí arriba?

– No sé si puedo ponerlo en palabras. Pero gracias por haber venido.

– Bueno, el mérito no es todo mío.

– Estás acá. Para mí es suficiente.

– He intentado espiar dentro de tu cabeza. Pero no logro ver nada. También allí está todo muy oscuro. Vas a tener que iluminármelo vos. Hacé la prueba.

– No sé. Creo que tampoco yo veo claro lo que pasa.

– Tal vez podamos averiguarlo juntos.

– No me pasa nada. Ese es el problema. Casi todas las cosas que me conmovían comienzan a resultarme indiferentes. Actúo guiada por el recuerdo de lo que sentía pero ya no lo siento. ¿Es raro, no? Si no pensara en qué tengo que hacer como respuesta a lo que voy viviendo no haría nada. No me sale. Tengo que ir a buscarlo. Recorrer mi memoria de situaciones semejantes y reproducir lo que se supone que debo hacer. Muy raro, todo muy raro… Con los pacientes, por ejemplo, los tengo delante de mí, los chicos, las mamás. Ellos me conocen, los conozco. Esperan de mí cosas que hasta no hace mucho me brotaban espontáneamente pero que ahora me demandan un enorme esfuerzo para ir a buscarlas al fondo de mí misma y traérselas. Ellos esperan encontrar a alguien que ya no está allí. A veces no puedo disimularlo. Me preguntan: “Doctora, ¿está bien?, ¿le pasa algo?” Y yo tengo ganas de decirles: “No, precisamente, ya no me pasa nada”. Es imposible hacer este trabajo si no sentís nada por la persona que tenés enfrente. Es una tarea que no tiene remedio. ¿Te acordás de la escena de Carlitos Chaplin en Tiempos Modernos? Llega una pieza en la cinta transportadora, la ajustás,  levantás  la herramienta, llega la siguiente; la ajustás, levantás la herramienta, llega la siguiente… Pero acá son pibes, son madres, son personas. No puedo, ya no puedo hacerlo más. No se trata de que las cosas me entristezcan o me abrumen. No, nada de eso. No me producen nada, nada. No es que la realidad me deprima. Es que pasa muy cerca de mí pero ni me toca. Es…, no sé, es como… ¿A ver? Imaginante que estás en una piscina, debajo del agua, está oscuro, muy oscuro. Vos sabés donde estás. Pero no sentís el roce del agua. No sentís la presión en tus oídos. Ni el frío, ni la ansiedad por salir a la superficie. No nadás. No te movés. Flotás a la deriva en busca de alguna sensación. Incluso la del ahogo. La asfixia que te desespere pero que te confirme que estás vivo. Y no pasa nada, nada. No te preocupa la posibilidad de ahogarte y vos te das cuenta de que eso no es normal. Que deberías enloquecer en busca del aire. Lo que te angustia, es que no te angustie. Primero sólo me sucedía con Germán, fue terrible. Todo el tiempo pensaba: ahora tengo que decirle que lo quiero, ahora gracias por cuidar a los chicos para que yo pueda ir  al curso de Neonatología, ahora tengo que llamarlo a su guardia y decirle que lo extraño, ahora besarlo porque me trajo el helado de chocolate suizo que sabe que me gusta. Era agotador, insoportable. Pensé que se trataba de nuestra relación. Entonces se fue agotando, hasta que se terminó. Me sentí aliviada. Imaginé que todo volvía a empezar. Pero no. Allí me di cuenta de que me sucedía lo mismo en todos los aspectos de mi vida. Nada, nada, nada.

Nos quedamos en silencio. Ahora podía verla con mayor definición. La cabeza apoyada en la almohada, un mechón de cabello sobre la frente, se mordía la piel del dedo meñique en un gesto que reiteraba desde que la conocía. Olía a mujer. Podía percibir esa rara sensación que una mujer siempre me había provocado. Algo inasible. Una vibración que provenía de un extraño animal. Imprevisible. Sin fundamentos. Un ser equívoco y ajeno al que muchas veces me costaba considerar un semejante. Distinto. Un abismo negro y lleno de voces que hablaban una lengua incomprensible.  Un llamado hacia ninguna parte, pero irresistible. Una lengua pegajosa a la que no me podía negar. Yo era una mosca que se posaba sobre ella pero de la que ya no podría salir. Una trampa que ofrecía esa lengua que luego cerraría su boca. Recordé los bombones que tenía en el bolsillo. Le quité el papel a uno de ellos y se lo acerqué a  los labios. El ruido de sus dientes triturando el chocolate era todo cuanto escucharía desde ese momento.

– ¿Entonces?

– Al principio, cuando advertí lo que me sucedía, quise provocarme esas sensaciones que ya no podía sentir de cualquier manera. Hice pruebas. Algunas que no debería haber hecho. Vos sabés, quería ver que ocurría. Pero fue horrible, desastroso. No me sirvió de nada. Ahora escapo cuando puedo del contacto con las personas para no tener que hacer el esfuerzo enorme de reproducir una conducta que ya no siento. Es agotador. Comprendo que algunos de ustedes piensen que estoy triste o deprimida, pero se trata de otra cosa, otra cosa…

– En realidad parece que tu insensibilidad, tu incapacidad para sentir lo mismo que antes, no puede aplicarse a la conciencia de esa misma anestesia. Saber que no sentís ciertas cosas, sí te hace sentir. Te sentís mal, asustada, desconcertada.

– Sí, es verdad.

– A veces pienso que ese mandato de sinceridad que alguien nos puso en la cabeza, es un mandato imposible. Si vos no creyeras que tenés la obligación de hacerle sentir a los demás que afectan tus emociones, sin esa obligación de ser sincera en todo momento, nada de esto debería preocuparte, ¿no?

– Sí, pero es mucho más que eso. Yo misma no quiero dejar de sentir cosas. Me resisto a pasar por la vida sin sentir en el cuerpo las cosas, buenas o malas, que antes sentía. Me desconozco. Me extraño. Es como si me hubiese ido de mi cuerpo y ahora este fantasma hueco y vacío errara por mi vida sin que yo esté presente.

– ¿Pensaste en pedir ayuda?

– Es lo que estoy haciendo ahora, por primera vez, con vos.

– Claro, pero me refiero a una ayuda profesional.

– Por favor, dejá al doctor en el pasillo. Al que yo necesito ahora es a mi amigo. No hagas diagnósticos. No los necesito. No me servirían de nada.

– Es verdad. Cuando algo me desorienta y me conmueve, me sale el doctorcito. Me facilita las cosas, vos sabés…

Quería ayudarla. Pero me resultaba imposible ubicarme en su lugar y reproducir como en un espejo lo que le sucedía. Podía apelar al repertorio del saber profesional. A la palabra que hablaba por mi boca pero no por mí. Decirle lo que tantas veces decía como si creyera en ello. Pero no funcionaría. Ambos conocíamos ese idioma. Ninguno de los dos se dejaría engañar por él. No tenía más remedio que abandonarme a lo que sentía. No podría interponer entre su padecimiento y mis sensaciones el escudo protector de la medicina. Pero hacía mucho tiempo que había perdido la capacidad de permitir que lo que sentía se hiciese visible para mí mismo.

– Me estás poniendo en un aprieto. Si me quitás la biblioteca me dejás desnudo, a la intemperie.

– Te conozco. No me engañás.

– Eso me desnuda más aún.

– Hace muchos años me regalaste un libro. Tal vez para mi cumpleaños, no me acuerdo. El autor era un japonés, tampoco recuerdo el título. Pero había una escena que nunca pude olvidar. Es una lástima que no recuerde más datos.

– Contame la escena.

– Un tipo, al que creo que la mujer lo abandonaba, dejaba el trabajo, no hacía nada, caminaba por un barrio medio desierto, pero no parecía sufrir. Un día encuentra un pozo seco en una casa deshabitada. Y el tipo se mete, baja muchos metros hasta el fondo. Estaba completamente oscuro, frío. ¿Te acordás?

– Haruki Murakami, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

– ¡Exacto!, ese mismo. Allí, en el fondo del pozo, el tipo se sienta y piensa. Se pasa horas, días, aislado. Comienza a tener síntomas por la falta de agua y alimentos, pero sigue. No sabe para qué. Pero no se lo pregunta. Hasta allí no llegan los ruidos, ni la luz, nadie lo ve, él no ve a nadie. No tenía nada que hacer, ni arriba, en su mundo, ni allí abajo, en el pozo. Todo era igual, indiferenciado. El tipo estaba solo en todos lados pero no se angustiaba para nada. Repasa su situación, se da cuenta de que debería sentir más de lo que siente. No es un idiota. Comprende que está viviendo algo anormal. No puede disntiguir entre la realidad y la fantasía. Luego sale del pozo, pero todo el tiempo sueña con volver a él. Quiere estar allí. Busca reunir el dinero para comparar esa casa con el pozo en el jardín. No recuerdo más, casi nada. Pero  esas escenas están dando vueltas en mi cabeza desde hace días.

– Es un libro extraordinario. Vos sabés que ahora estamos encerrados acá adentro. No podemos salir, nadie puede entrar. Vos, a su vez, te encerrás  dentro de este encierro en una habitación. Como las matrioshkas rusas. Apagás la luz, no me permitís encenderla. No querés salir. No sé, detesto las interpretaciones y las analogías, pero podría ser que este sea tu propio pozo.

– ¿Y vos? ¿Qué hacés aquí abajo?