Las Guerras Médicas VI

Burbujas dentro de burbujas

Mariana decidió acompañarme al comedor para reunirnos con el grupo que se nos había anticipado. Al menos durante un tiempo abandonaría la oscuridad de la habitación para compartir con sus compañeros el período de descanso. Nos prometimos volver a conversar acerca de lo que sentía más tarde. Tal como ocurrían los acontecimientos dudaba de encontrar un tiempo suficiente como para pensar en alguna forma de ayudarla. Del mismo modo en que aún no había podido reflexionar acerca de la muerte de Aurelio, era muy probable que no pudiese hacerlo con lo que le pasaba a Mariana. Los hechos se sucedían a una velocidad que parecía no darme tregua. Necesitaba esa pausa para pensar y atribuirles un significado.

El trayecto hasta la planta baja nos permitió registrar algunos signos de la inquietud que, pese a la hora de la noche, podía percibirse en el hospital. En cada sala grupos de enfermos, familiares y enfermeras conversaban animadamente. Los televisores permanecían encendidos a la espera de noticias que les permitieran conocer como veían desde afuera lo que allí estaba ocurriendo. A través de las ventanas podían verse algunos camiones de los canales de TV con sus enormes antenas sobre el techo. Técnicos, periodistas y policías descansaban sentados en los automóviles o fumaban recostados sobre las paredes del hall de ingreso. Mariana se detuvo durante algunos minutos a mirar lo que sucedía en el exterior elevando su cuerpo en puntas de pié y sin hacer ningún comentario. Dos médicos jóvenes recorrían las camas visitando a los pacientes y consultándolos acerca de sus necesidades. Algunos dormían ajenos a los hechos que los rodeaban. Otros, concentrados en su propio padecimiento permanecían aislados de lo que los rodeaba. Vueltos hacia el interior de sí mismos. Todo, excepto lo que ellos sentían, parecía resultarles irrelevante. Y, tal vez, lo fuera.

El murmullo de voces que llegaba desde el comedor podía escucharse desde cierta distancia. La puerta estaba cerrada pero un intenso olor a café recién hecho anticipaba el menú. Entramos. De alguna manera todos le hicieron saber a Mariana que se alegraban de verla allí. Un beso, un apretón en el brazo, un guiño cómplice, alguien que se ponía de pié para ofrecerle su silla fueron parte de la bienvenida que el grupo le brindaba. Nadie permaneció indiferente a su llegada, del mismo modo que no lo habían estado durante sus horas de aislamiento. Por otro lado aún era el día de su cumpleaños. Una solidaridad tácita hacía que lo que le ocurría a uno de nosotros en su vida personal fuese percibido por los demás. Incluso cuando nuestra relación estuviera circunscrita al ámbito del hospital y al único día a la semana que compartíamos. Ese lazo renacía una y otra vez sin que resultase necesario extenderlo hacia otras áreas de nuestras vidas. Muchas veces había pensado en ello y tenía la impresión de que el contacto restringido en el tiempo, lejos de resultar un obstáculo, reforzaba las relaciones entre todos. Como marineros que durante la travesía se hermanaban ante la necesidad de apoyo mutuo, pero que al llegar a puerto tomaban caminos diferentes. Tal vez para no encontrarse nunca más.

Apenas nos acomodamos llegó Rivarola. Prolijo, limpio, formal como siempre se lo veía. Actuaba su rol profesional con todas las señas que la tradición recomendaba. No era brillante como médico. No demostraba ni la curiosidad ni el placer que el conocimiento despertaba en casi todos los demás. No asistía a cursos de perfeccionamiento, no ejercía la docencia ni la investigación. Escapaba, cada vez que podía, de la asistencia real de los pacientes. Su interés se orientaba hacia la administración y a su propia promoción personal. Era infrecuente que compartiera con nosotros otros momentos más que los estrictamente imprescindibles. Por otra parte, su personaje, ese que él encarnaba con tanto esmero, era la síntesis de lo que mayoría de nosotros rechazaba. Una medicina burocrática, la gestión de un prestigio hueco y una preocupación constante por evaluar los costos y beneficios de cualquier acción que pudiera emprender. Sus actos tenían un objetivo claro y no se desviaban nunca del rumbo trazado. Tenía metas. Pero todas ellas nos resultaban despreciables. Quería ascender dentro de la burocracia de gerentes de la medicina. Quería tener dinero. Entendía a la profesión como un medio y no como un fin. Ninguno de sus actos quedaba al margen de lo único que consideraba valioso: su propiaa versión del éxito, mezquina y trivial. Soñaba con casi todas las cosas que a nosotros nos atemorizaban. Una práctica sin pasión, una vida entregada la banalidad de las cosas. Un perfecto imbécil.

Rivarola se sentó al lado de Goldenstein. Nos cruzamos miradas de complicidad e interrogación. ¿Qué querría un tipo como él en un lugar como ése? Durante varios minutos las conversaciones continuaron su curso sin que su presencia produjera ningún efecto. Pero en cuanto se hizo una pausa, Rivarola habló.

– ¿Qué les parece si aprovechamos este momento para distribuir las funciones de cada uno?

Todos nos miramos. Nadie comprendía muy bien a qué se refería. Goldenstein le hizo esa pregunta.

– Las funciones ya fueron asignadas. Cada uno sabe qué y cuándo tiene que hacer sus cosas. ¿A qué te referís?

– Bueno…, yo más bien estaba pensando en el momento en que todo esto termine.

– En ese momento ya no será necesario asignar funciones a nadie, ¿no?

– Alguien debería ser el vocero. Enfrentar a los medios de prensa y centralizar el discurso. ¿Qué les parece?

Eduardo, que hasta ese momento parecía concentrado en resolver crucigramas, algo hacía cada vez que una conversación lo aburría, levantó la cabeza y lo miró incrédulo. Luego habló dirigiéndose al grupo con gestos exagerados y un tono teatral.

– ¡Qué buena idea! ¿Cómo no se nos ocurrió antes?

Todos entendimos lo que se avecinaba. Rivarola pareció no hacerlo.

– No sé, creo que sería oportuno tener una palabra autorizada. ¿Pensás en alguien en especial?

– No Rivarola, no pienso en nadie en especial. Pero sí conozco a la única persona que no debería asumir esa función.

– ¿Quién?

– Vos Rivarola, vos. Ni lo sueñes.

– Bueno, tengo alguna experiencia con la prensa.

– Justamente por eso Rivarola. Justamente por eso.

– No te entiendo.

– Sí, me entendés perfectamente.

Desde hacía varios años, en cada oportunidad en que la prensa se acercaba por algún motivo al hospital -accidentes, internación de alguien famoso, enfermedades infrecuentes o de riesgo social-, Rivarola aparecía allí. Sin que jamás hubiese tenido ninguna participación en la asistencia directa de los enfermos, él se ponía a disposición de cámaras y micrófonos. Elegante, perfectamente afeitado, con el nudo de su corbata impecable, su figura aparecía en la TV dando explicaciones acerca de cosas que no habían tenido nada que ver con él. Por lo general esa actitud no despertaba más que comentarios graciosos. Nadie sentía ninguna afición por aparecer en los medios de comunicación. Más bien, cuando algo así ocurría, los médicos se escondían para no tener que responder a los reclamos de la información pública. A Rivarola, por el contrario, parecía atraerle particularmente. Formaba parte de su proyecto personal. Atribuirse méritos que no tenía, apostar a la fama más que al prestigio, a la visibilidad más que a la significación eran, en todo caso, cosas que conocíamos muy bien. Existía en el ambiente un verdadero “star system” profesional que se ocupaba en sostener a ciertas figuras en la vidriera.  Sus métodos eran siempre los mismos: agentes de prensa a su servicio, participaciones auto-provocadas en congresos y simposios, presiones para que sus nombres aparecieran en investigaciones a las que nada habían aportado. La mayoría de los médicos sentían un rechazo visceral por aquellos personajes. Aunque de alguna manera, los relevaban en una tarea que no tenían ningún interés en realizar.

Rivarola sentía que lo que él representaba era tan natural que le costaba mucho comprender el rechazo que generaba en los demás. Veía a su pequeño y estúpido mundo con una coherencia tal que le impedía vislumbrar otros. Parecía no entender lo que Eduardo le decía.

– ¿No creen que sería mejor que hable con la prensa alguien que sabe como hacerlo?

– No, Rivarola, no lo creemos.

Rivarola buscó apoyo con la mirada. Recorrió todas las posiciones de quienes estaban en el lugar sin encontrar ningún signo que lo alentase a insistir en su propuesta. Pero, en una acción típica de él, se entregó de inmediato a un propósito alternativo. Nunca se resignaba a no obtener ningún beneficio de algo que hacía.

– También estuve pensando en otro tema del que no he escuchado que hablen hasta ahora en las reuniones.

– Pero, Rivarola, no hubiese sido mejor que fueses a esas reuniones en lugar de armar pequeñas redes subterráneas para influir en ellas. Tal como estás haciendo ahora mismo.

– Es que estuve muy ocupado en otras tareas.

– ¿Otras tareas? ¿Podrías contarnos en cuáles Rivarola?

– No es este el momento para eso Eduardo.

– No creas Rivarola. Siempre es un momento oportuno para saber qué hace alguien como vos con su tiempo. Yo me lo he preguntado muchas veces.

– No estoy con ánimo de responder a tus agresiones. Todos conocemos tu estilo Eduardo.

– También conocemos el tuyo Rivarola.

– ¿Han pensado en el valor económico del tiempo en que nos retienen acá? ¿No creen que deberíamos pedir una compensación por el lucro cesante?

– ¿Lucro cesante? ¿Qué maldita cosa es eso? Sólo a alguien como vos se lo podría ocurrir pensar en algo así en momentos como éste.

– Creo que es un reclamo justo.

– Rivarola, vos no tenés ni la menor idea de lo que esa palabra significa. Te voy a mostrar las opciones que tenés. Este es nuestro momento de descanso ¿sabés Rivarola? Porque eso que vos hacés todo el tiempo, “nada”, nosotros sólo podemos hacerlo durante breves intervalos como éste. Mirá, eso que está allí, es la puerta. Podés elegir  salir tranquilito a través de ella o impulsado por un puntapié que amenaza con dispararse desde mi pié derecho, pero a través de la ventana. ¿Entendés Rivarola?

Eduardo extendió su pié derecho para que todos pudieran verlo y le hablaba con el dedo índice en alto como si fuese una persona: “Tranquilo, tranquilo. No ves que el tipo ya se va. Tranquilo”.

Rivarola permaneció esperando que otra persona le arrebatase a Eduardo el monopolio de la palabra. Como en otras ocasiones, cuando las circunstancias alcanzaban cierto grado de tensión, Goldenstein sentía la necesidad de intervenir para calmarlas.

– Está bien Eduardo. Terminemos. Rivarola hizo su propuesta, nosotros no la aceptamos, ahora demos por finalizado el tema.

Alguien trajo una jarra de acero inoxidable con café caliente que fue pasando de mano en mano hasta dar una vuelta completa a la mesa. Rivarola fue el único que no se sirvió. Se pudo de pié, saludó con la mano en alto y se retiró con la misma compostura que cuando había llegado.

Hubo un silencio breve, pero intenso. Un pequeño espacio que cada uno dedicó a recapitular lo que acababa de ocurrir. No hubo comentarios. Ya los habíamos hecho muchas veces. Todos sabíamos qué opinaban los demás sobre el tema. Lo sucedido sólo confirmaba esas opiniones. Mariana cruzó una de sus piernas sobre la silla y se sentó sobre ella dejando caer su zapato al piso. Un pié flaco y descalzo asomaba hacia un costado y su rodilla lo hacía hacia delante. Mordió su lapicera con una energía que me pareció algo exagerada. Sin levantar la cabeza. Mirando a la mesa de madera sobre la que se esparcían minúsculos granos de azúcar preguntó.

– ¿Ustedes no creen que cada vez nos encerramos en mundos más pequeños?

Ariel se puso de pié y apoyó su mano sobre la espalda de Mariana antes de responderle.

– Sí, pienso lo mismo. El problema es que de ese modo cada vez nos quedamos más solos.

– Sí, eso, precisamente. Como cada mundito tiene sus propias reglas, su valores a los que no está dispuesto a renunciar, ya que son lo que lo constituye, cada vez nos resultan más ajenos los códigos de los otros.

– Entonces se nos va haciendo imposible comprender que, del mismo modo que algunas cosas son para nosotros autoevidentes hay otras, que nos resultan intolerables, pero que en el interior de esos otros munditos se ven tan lógicas como las nuestras.

La conversación pareció despertar el interés general. Las cabezas se levantaban, las miradas comenzaron a cruzarse. Un flujo sutil de comunión y expectativa circulaba entre las personas. Estabamos hablando de algo que nos convocaba más que otros temas. Quise decir lo que pensaba. O, tal vez , lo que quise fue pensarlo mientras lo decía.

– Hay algunas cosas que se reiteran. Como en el interior de un cristal de hielo. ¿Vieron esas formas geométricas que se repiten idénticas en cada nivel? Iguales, cada vez más chiquitas, pero siempre iguales. Hasta el infinito más minúsculo. Iguales, iguales, sin fin, siempre iguales. No recuerdo el nombre.

Patricia hizo un largo zumbido que indicaba que estaba pensando en algo que tenía muy cerca pero que no podía encontrar la palabra precisa con que sacarlo de su mente.

– Ehhhhhhhh…., ¡fractales! Eso, sí, fractales se llaman.

– ¡Exacto! Gracias. Vean lo que nos ocurre a nosotros en este lugar. Nuestro trabajo requiere que nos encerremos voluntariamente por 24 hs en este hospital. Pero hoy llega gente que a su vez nos encierra desde afuera. Mariana siente la necesidad de encerrarse algunas horas en la habitación. Rivarola, que comparte ese encierro con nosotros, vive encerrado en su propio mundito, intenta salir de él por un momento para pedirnos algo que le parece muy lógico pero que a nosotros nos enfurece. Vos Ariel, que no podés dudar del cariño que te tenemos, también estás encerrado acá con nosotros. Pero cuando sacás algunas ideas que a vos te parecen muy coherentes en tu mundito de psicoanálisis, muchos las consideramos absurdas. No sé…, burbujas dentro de burbujas.

Goldenstein volvió a mirarme de un modo que hacía indudable que lo que estaba por decir se referiría a nosotros.

– Eso no es todo. A veces una de esas burbujas se divide. Se separa lentamente de sí misma hasta hacerse dos. Y a esas dos, que antes eran una, les cuesta reconocerse.

Las personas se fueron conectando con lo que se decía y reaccionaban con frases cortas. Parecían nombrar en voz alta los ejemplos que les iban apareciendo en sus cabezas.

– Los hijos. ¿No les ha pasado algo así con sus hijos? Dijo Patricia con la expresión de alguien que acaba de tener una revelación.

– ¿Y los pacientes? Me pregunté. ¿No han sentido algunas veces que lo que les dicen se transforma en otra cosa cuando ellos lo repiten? Y se lo volvés a decir. Y vuelve a ser otra cosa. Y lo intentás otra vez, y otra, y otra. Pero siempre te vuelve irreconocible, deformado, diferente. ¡Yo no dije eso! Les aclarás. Entonces te miran sorprendidos y te dicen: Pero sí doctor, eso es lo que usted me dijo.

Mariana golpeó la mesa con su puño. Pero no denotaba una actitud de enojo. Más bien ese gesto festejaba el hecho de haber encontrado una explicación que, hasta ese momento, no lograba encontrar.

– ¡Eso! Sí, eso mismo. La pareja… Un día te despertás y la persona que esa noche durmió al lado tuyo te suena ajena. Igual, pero distinta. Cerca, pero mucho menos que antes.

– Pero, entonces –dijo Goldenstein algo sorprendido- estamos condenados a la soledad y al aislamiento. No puede ser, tiene que haber una explicación mejor que ésa.

A través de las ventanas la noche llegaba compacta. Un cielo negro y sin fisuras. Las copas de los árboles enviaban algunos destellos de luz movidas por el viento. Un silencio que podía tocarse con los dedos descendía desde alguna parte. En el comedor, por el contrario, las personas parecían encenderse. Nadie resultaba indiferente a las cosas que se estaban diciendo. Por algún secreto motivo se hablaba de temas que estremecían por igual a unos y a otros. Ariel parecía querer decirnos algo. Aunque al mismo tiempo algo en su actitud delataba el esfuerzo que hacía por evitarlo. Finalmente se decidió.

– ¿Saben? A veces me sorprendo de las cosas que a ustedes los sorprenden. Así somos las personas. Contradictorios, inestables, cambiantes. Cada vez que pretendemos que los otros copien nuestra imagen del mundo, y no estamos dispuestos a aceptar que eso es imposible, nos condenamos al fracaso, a la frustración, a la incomunicación o a la guerra.

Eduardo escuchaba con máxima atención. Pese a que no era lo habitual, había permanecido hasta ese momento atento pero sin intervenir. Él, que no solía dudar de sus ideas y que las expresaba sin piedad, parecía estar evaluando la consistencia de lo que los demás decíamos.

– Es verdad Ariel. Creo que tenés razón. Pero me gustaría decirles que esas “burbujas” que nos incluyen, que nos unen o nos separan, también están dentro de cada uno. Muchas veces algo se divide en tu interior. Dos burbujas incompatibles se disputan el poder. Entonces, vos no sabés quien sos. Qué querés. Cómo entender que estés deseando al mismo tiempo cosas tan opuestas e incompatibles. ¿Nunca les ha pasado?

Mariana se puso de pié. Sonreía. Se mostraba con esa belleza austera pero entrañable que muestra una mujer cuando algo la conmueve.

– Ok, creo que voy a llorar. Después no digan que no se los advertí. Algo se está inflando, aquí en mi garganta, y siento que va estallar. No me hago responsable por las consecuencias.

Respiró profundamente. Miró al techo durante algunos segundos. Parecía juntar valor. O intentaba controlar sus propias emociones. Estiró su mano en dirección a mí. La tomé. Me agradecía algo, pero no supe exactamente qué.

– Hablando de burbujas, sería muy oportuno abrir una botellita de champagne, ¿no?. Aunque, ya que no tenemos ninguna, los invito a otra vuelta de café.