Las Guerras Médicas VII

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Rayos, truenos, pánico y un raro desfile de carnaval.

Gueras_VIIBNuestro turno de trabajo comenzaba a las seis. Aún nos quedaba más de una hora. Poco tiempo como para intentar dormir. Demasiado como para quedarse sin hacer nada. Mariana bebió sus últimos sorbos de café mientras los demás se retiraban del comedor. Pensé en salir. También pensé en quedarme. Mientras me decidía la miré rozar con los dedos de su pié descalzo la superficie áspera de una pata de la mesa. Con los dedos extendidos la recorría de arriba hacia abajo una y otra vez. Los hacía con la lentitud suficiente como para percibir cada detalle de la textura de la madera. No miraba hacia ningún lado. Tal vez se estuviera mirando a sí misma. Vuelta hacia su propio interior e insensible a lo que la rodeaba. Ausente. No parecía tener apuro. Cuando di mis primeros pasos intentando no romper el hechizo en que se encontraba, me habló. Más bien me dio una orden. Su tono fue amistoso, pero francamente imperativo.

– Vos no te vas…

Supongo que me veía desde algún sitio muy periférico de su campo visual. No imagino de qué manera percibió unos movimientos tan sutiles. Me detuve. He tenido problemas durante toda mi vida por no acatar órdenes. Pero me convierto en un esclavo cuando provienen de una mujer. Disfruto de esa sumisión. Es posible que no se trate más que de un juego. Pero no me fui.

– Si es una sugerencia, mi respuesta es: no. Pero si es una orden, entonces me quedo.

– Es una orden.

Se puso de pié. Tardó algunos segundos en colocarse el zapato que no encontraba. Se dirigió hacia la puerta. Al llegar, se dio vuelta y me miró.

– ¿Y? ¿qué hacés ahí parado como una estatua?

– He recibido órdenes de no salir de aquí.

– No te hagas el tonto. Conozco el modo en que vos acatás las órdenes. Vamos a la terraza.

– ¿La terraza?

– Sí, la terraza.

– Hace más de diez años que vengo todos los días a este edificio y nunca supe que hubiese una.

– Eso no significa nada. Hay muchas cosas que de las que nunca te enteraste en estos diez años y sin embargo suceden.

– ¿Mi burbuja?

– Sí, eso. Tu burbuja es más hermética de lo que vos pensás.

– No intentes romperla. Puedo ponerme muy violento si me amenazan.

– No te tengo miedo.

– Me lo imaginaba.

La seguí. Primero hasta el ascensor, luego al octavo piso. Caminamos por un pasillo oscuro hasta dar con una puerta de chapa. Nunca había estado en ese lugar. Abrió la puerta que comunicaba con una escalera estrecha y oscura. Subí detrás de ella que parecía conocer muy bien ese laberinto. Al final, otra puerta idéntica a la anterior que también estaba cerrada. Los dos debimos empujar con fuerza para abrirla ya que estaba deformada y su borde inferior rozaba ruidosamente con el piso. Lo primero que vi fue el cielo. Negro y manchado de estrellas. Después una superficie de cemento, enorme y llena de restos de cosas en desuso. Cajones, botellas rotas, paquetes de diarios viejos atados con hilo, dos sillas con las patas quebradas. Algunas estructuras metálicas cuyo origen no pude identificar, charcos de agua de lluvia estancada en los desniveles del piso. Ninguna defensa o baranda protegía ese lugar de un abismo de nueve pisos que se extendía sobre cada uno de sus extremos. Desde niño he padecido de una intensa fobia a las alturas cuando el vacío se me ofrece sin nada que se interponga entre él y yo. Esto no incluye a los aviones o a cualquier lugar que tenga alguna mínima contención: ventanas, rejas o lo que fuese. Este era el sitio perfecto para que mi fobia se destara. Me apoyé contra la pared. Necesitaba sentir que mi cuerpo tenía contacto con alguna superficie sólida. Quedé inmovilizado a pocos pasos de la puerta de acceso. Mariana corría y daba saltos pequeños e infantiles esquivando objetos y asomándose al precipicio. Ese sitio miserable y peligroso parecía hacerla muy feliz. Se detuvo al borde de la terraza y, mirando hacia abajo, me habló como si yo aún estuviese a su lado.

– Hay una multitud allí abajo. Qué ridículo es todo esto, ¿no?

Sólo cuando no obtuvo respuesta se dio vuelta y observó aquel patético espectáculo. Yo estaba adherido a la pared con ambos brazos extendidos hacia los lados de manera de aumentar la superficie de contacto con algo que no fuese el vacío. La boca abierta y muda. Los ojos fijos ligeramente orientados hacia arriba para alejar mi vista del suelo y del vacío que lo continuaba. Me sudaban las manos y el corazón golpeaba en mi pecho como si fuese a salirse. No pensaba moverme de allí en toda la eternidad. Mariana se acercó con los mismos pasos de niña y dando saltitos ante cada charco de agua. Se paró frente a mí y me examinó detenidamente rodeando su mentón con los dedos pulgar e índice. Su cabeza se balanceaba afirmativamente. Mientras me observaba caminando a mi alrededor repetía: “Aha, aha, aha… parece que el señor se encuentra atravesando por una verdadera crisis.” Busqué fuerzas para responderle pero no pude encontrarlas. Toda mi escasa energía estaba ocupada en sostener la posición de mi cuerpo y en impedir el más mínimo movimiento. Una brisa fresca de verano se levantó en el ambiente. Un rayo enorme, largo y anfractuoso, iluminó el cielo. Me dispuse a esperar el estruendo que lo seguiría pero ese mínimo intervalo de tiempo me pareció larguísimo. Cuando llegó, el sonido del trueno se prolongó en una serie de ecos y reverberaciones muy extrañas. Luego el silencio pareció más intenso que antes. Mariana festejó ese hecho con nuevos saltos y algunos gritos agudos, insoportables. Al menos aquel fenómeno la distrajo de la burla a que me veía sometido. Una lluvia delgada se deslizaba desde el cielo. Los charcos dejaban ver el impacto de aquellas agujas líquidas sobre el agua oscura y las ondas concéntricas que se abrían desde el punto de impacto. El olor a pasto mojado anunciaba que, no lejos de allí, ya estaba lloviendo más que en ese lugar. Sobre el horizonte, una fina línea amarilla o rojiza anunciaba el día. Mariana me tomó de la mano.

– Vení, ahora yo voy a rescatarte a vos.

– Ni lo sueñes. No pienso moverme de este lugar.

– Me encanta

– ¿Qué?

– Verte así.

– ¿Cómo?

– Vulnerable, débil.

– Por favor recordame que, si alguna salgo de acá, te estrangule con mis propias manos.

Tiraba de mi brazo sin lograr moverme. Yo me oponía con decisión.

– Está bien. Quería que veamos el amanecer pero parece que no tenés ganas.

– No, no tengo ganas.

– ¿No vas a moverte?

– No

– Perfecto.

Me soltó y caminó hasta ubicarse sobre mi costado derecho. Elevó la cabeza para recibir las gotas de lluvia sobre su cara. Abrió la boca. De pronto me empujó con fuerza hacia la puerta. Di dos pasos antes de caer sentado al borde la escalera. En ese mismo instante desaparecieron todos mis síntomas. Respiré aliviado.

– ¿Se supone que debo agradecerte tu brutalidad?

– No, no hace falta. Te lo debía.

Se sentó a mi lado. Ambos estábamos de frente a la escalera en completa oscuridad.

–   ¿Tenés otras fobias?

– No que yo sepa.

– Voy a preguntarte algo que vos me preguntaste a mí hace un par de horas.

– Si no hay más remedio…

– ¿Pensaste en buscar ayuda?

– No la necesito. Esto no es un problema a menos que a algún loco se le ocurra conducirme hasta un techo lleno de desperdicios y rodeado de abismos.

– ¿Necesitás un sedante?

– No. Creo que con procurarme amigas menos excéntricas que vos estaría muy bien.

– ¿Alguna vez te conté que tengo una extraordinaria habilidad para hacer caer gotas de lluvia dentro de mi boca? Las persigo y las capturo en el lugar exacto. ¿Vos tenés alguna habilidad tan inútil como ésa?

– Bueno, la verdad es que soy bastante bueno haciendo arabescos cuando orino. Aunque dudo que vos puedas competir en ese rubro.

Mientras bajamos hasta nuestros lugares de trabajo el día se instaló sin que nos diéramos cuenta. La luz invadió el espacio hasta hacerme dudar acerca de la realidad de todo cuanto habíamos vivido durante aquella larga noche. Nos despedimos sin mayores comentarios. Minutos más tarde cada uno trabajaba como si nada hubiese ocurrido. Las tareas resultaron más bien rutinarias. Estando cerrado el ingreso de nuevos pacientes al hospital, la cantidad de cosas por hacer se reducía sensiblemente. Recorrí las camas de los pacientes que tenía asignados. Me vi obligado a repetir en cada caso que no tenía ninguna noticia e intenté llevarles tranquilidad respecto de los sucesos en que nos veíamos envueltos.

A las 8.30 ingresó al hospital el equipo de epidemiólogos enviado por las autoridades. El espectáculo resultaba bizarro. Desproporcionado, ridículo. Seis individuos vestidos con túnicas blancas o celestes, barbijos, antiparras plásticas, botas y guantes de látex se desplazaron por el hall de ingreso hasta la sala de reuniones de la dirección. Las personas que circulábamos por el lugar tuvimos la sensación de estar asistiendo a un desfile de carnaval. Una absurda fiesta de disfraces. Una exhibición de torpeza travestida de rigor científico y prevención sanitaria. Hubo risas, silbidos y comentarios graciosos. El grupo de epidemiología se sintió avergonzado. Sus miradas delataban que entendían muy bien que formaban parte de un espectáculo montado por otros y al que no habían podido sustraerse. Sentí pena por ellos.

Eduardo y Goldenstein caminaban por el lugar anotando nombres de personas en un papel. Por lo que entendí confeccionaban una lista de interlocutores que iban a conversar con los especialistas pocos minutos después. No supe muy bien cómo, pero mi nombre estaba en aquella nómina y me vi empujado hacia la dirección. Allí, sentados alrededor de una larga mesa estaban los expertos vestidos como para enfrentar una guerra bacteriológica. Un largo ambiente rectangular de unos ocho metros de largo por tres de ancho, con muebles antiguos de madera. Herrajes de un color que alguna vez había sido dorado, armarios empotrados en la pared y un gran sillón de cuero de tres cuerpos, ajado y de color ciruela. Una biblioteca con anaqueles de caoba algo inclinados por el peso de los libros cuyos lomos de cuero estaban cubiertos de polvo y dispuestos en una hilera que finalizaba, a un lado y al otro, con dos esculturas verdes de una piedra falsa que simulaba al Jade. Sobre la pared dos espejos ahumados donde no se reflejaban nada más que el espectro de algunas sombras errantes. Todo era de tonos ocre, una variedad triste y melancólica de amarillo, quebrada a penas por el azul oscuro de las pesadas cortinas sostenidas por gruesos anillos de metal. Grandes arañas colgaban del techo con cristales que simulaban velas aunque tenían lámparas eléctricas. Más de la mitad no funcionaban por lo que las ventanas estaban abiertas para dejar paso a la luz del sol. Una serie de cuadros de gran tamaño mostraban retratos de personajes ilustres de la Medicina del siglo XIX. El olor reforzaba la sensación de decrepitud. Una alfombra antigua y muy deteriorada cubría el piso en su totalidad. Los gruesos manchones de humedad que mostraba tal vez fueran el origen de aquel olor rancio y desagradable. Una puerta apenas abierta permitía ver el interior de un baño pequeño con azulejos blancos en las paredes y una guarda azul que formaba motivos geométricos. Pensé que era inhumano que alguien habitara un espacio como aquel. Siempre he sospechado que los ambientes comunican su espíritu a las personas.

A un lado de la mesa el equipo de epidemiología permanecía sentado y en silencio. En el lado opuesto nos fuimos acomodando mis compañeros y yo. La situación evocaba a una película de ciencia ficción de bajo presupuesto. Mal iluminados, inmersos en un decorado en lamentable estado de preservación, quietos, inexpresivos, los “científicos salvadores” esperaban a que ocupáramos lugar en nuestros asientos. Nadie hablaba, el áspero ruido de las sillas sobre la alfombra era el único sonido que se podía oír. Goldenstein y yo nos miramos y, ambos, miramos a Mariana que se cubría la cara con ambas manos intentando disimular una risa que no podía contener. Al verse descubierta enfrentó al grupo con una explicación: “Bueno, disculpen, pero no pueden negar que todo esto es bastante gracioso, ¿no?” Nadie respondió. No logramos distinguir si eran todos hombres o había mujeres entre ellos hasta que comenzó su presentación formal.

– Señores, mi nombre es Rodolofo Virchow y soy el responsable de este equipo. Mis colaboradores se irán presentando por turno.

– Yo soy la doctora Ramona Carrillo y mi especialidad son las enfermedades transmisibles.

Las voces llegaban amortiguadas por los barbijos con que cubrían sus bocas. Un eco lejano acompañaba cada sondo por lo que las palabras se prolongaban hasta apagarse por completo. El resto de los integrantes del equipo eran técnicos en bacteriología que, luego de presentarse, se levantaron y se dirigieron a tomar muestras para cultivo de los distintos sectores del hospital.  El clima era tenso aunque sin agresiones hasta ese momento. El Dr. Virchow se dispuso a explicarnos cuales eran las tareas que tenían previstas.

– Colegas, nuestra intención es descartar toda enfermedad infecto-contagiosa en el ámbito de este hospital. Para ellos tomaremos muestras del edificio y de una cantidad de personas con el propósito de realizar las determinaciones necesarias de laboratorio. Si les parece bien, podríamos comenzar ahora mismo con ustedes como ejemplo para sus compañeros. ¿Están de acuerdo?

Eduardo se inclinó sobre la mesa mirando en todas direcciones como si estuviese a punto de confesar un secreto y buscara que nadie más lo escuchase.

– Mi estimado Rodolfo. No, no estamos de acuerdo. No nos ofreceremos como ejemplo de nada ante nadie. En todo caso, los únicos ejemplos que hay acá son ustedes. Un ejemplo perfecto de una pantomima absurda al servicio de que todo siga igual.

– No lo comprendo doctor. ¿A qué se refiere?

– A todo esto. A lo que ustedes hacen en este lugar.

– Han muerto tres médicos en seis meses en este hospital. ¿No piensa usted que esos hechos merecen alguna investigación?

– Sí, desde ya. Pero no la que ustedes proponen.

– ¿Se le ocurre alguna otra clase de investigación doctor?

– A mí, sí, claro que se me ocurre. Pero los genios son ustedes. Y, a usted, mi querido Rodolfo, ¿no se le ocurre ninguna?

Nunca supe muy bien el motivo por el cual, conociendo la personalidad de Eduardo, siempre permitíamos que fuese él quien hablara en representación de todos. De ese modo cualquier negociación estaba condenada al fracaso. Lo que estaba asegurado era que su voz diría lo que todos pensábamos pero no siempre nos animábamos a decir. Cubierta su cara con el barbijo y con las manos escondidas tras los guantes de látex, Virchow, intentaba mantener la compostura.

– Algo mató a sus compañeros. Nosotros hemos venido para averiguar el motivo.
Ariel se reclinó sobre la silla. Las dos patas delanteras quedaron en el aire mientras se balanceaba en un equilibrio muy precario. Habló en un tono sereno y amistoso.

– Rodolfo, nuestros colegas murieron por los mismos motivos que probablemente lo maten a usted, a mí, a mis compañeros. Usted lo sabe perfectamente. Nada tiene eso que ver con infecciones ni epidemias. En todo caso la única epidemia es la de unos modos de vivir que sólo pueden anticipar la muerte. Rodolfo, no nos engañemos.

Virchow, inspiró profundamente. Se detuvo a meditar sobre las palabras de Ariel mientras miraba a la Dra. Carrillo que permanecía inmutable. Algo que ellos ya habían hablado pero que nosotros desconocíamos se confirmaba en aquellas miradas. Se desató el barbijo, tiró del gorro hasta descubrir su cabeza y se sacó las antiparras. Su compañera hizo lo mismo.  En el mismo orden, con idénticos movimientos.

– Muy bien, es verdad. Esto no tiene sentido. Ustedes y nosotros lo sabemos.

Se puso de pié y estiró el brazo ofreciendo su mano hacia el otro extremo de la mesa saludando con cordialidad a cada uno de nosotros. Carrillo repitió el gesto. Ahora que podía verlos, mi impresión se modificaba sensiblemente. Él era un hombre maduro de unos cincuenta años, con barba negra rala y ojos celestes. Se lo veía agobiado por la situación. Ramona era una mujer algo menor. De rasgos delicados y una piel extremadamente blanca y sin maquillar. Daba la impresión de que un delgado velo transparente le cubría la cara. No logré determinar que clase de sentimientos o sensaciones traducía su expresión. Parecía ajena, neutra. Un autómata que repetía lo que su jefe hacía sin poner nada de sí misma en sus actos. Rodolfo rodeó la mesa llevando su silla y se sentó atrás nuestro lo que obligó a que todos giráramos en esa dirección armando un círculo que lo incluía. Así, sin sus disfraces y sin esa horrible mesa de por medio, todos nos sentimos más cerca y menos diferentes.

Es curioso el modo en que todo espíritu de cuerpo -esa energía invisible que te vincula a tus pares- no es sólo la de un conocimiento en común sino la de la ignorancia y la impotencia que comparten. Ya lo había pensado antes, pero esa situación me lo hizo recordar. Tal vez el saber que más vincula a dos personas sea el de la conciencia de las cosas que ignoran o aquellas para las saben que no tienen solución. Hay miradas, gestos minúsculos, actitudes que otros ni siquiera advierten. Esas cosas hacen que dos médicos o dos sacerdotes o dos chamanes se transmitan entre sí el reconocimiento de lo que no son capaces de modificar pero, al mismo tiempo, sientan que deben callarlo ante quienes les atribuyen un poder que ellos saben que no tienen. Un secreto que huye de toda razón. Un silencio cómplice que preserva un misterio al que no quieren renunciar. Y no está nada mal. No tiene nada de deslealtad o de engaño. Ellos saben que ese poder que no tienen –aunque los demás lo encuentren en ellos- es un arma que sana y que consuela. Han tenido pruebas rotundas de que esa herramienta poderosa les ha sido concedida y que deben administrarla como un remedio milagroso y secreto. Por eso la preservan a toda costa. Como una cofradía que custodia un cofre que esconde un tesoro lleno de misterios. Pero que está vacío.