Las Guerras Médicas VIII

bob-marley

¡Hey Bobby Marley!

bob-marleyDesde el momento en que los epidemiólogos se quitaron sus barbijos se transformaron en nuestros semejantes. Sólo entonces la palabra tuvo un lugar como vehículo del entendimiento y dejó de funcionar como un arma mortífera. El gesto de descubrirse fue también el símbolo que disolvió aquello que hasta ese momento nos separaba. Ahora habían modificado su identidad. Mirándonos a las caras nos vimos iguales por primera vez durante esa absurda mañana.

Virchow nos informó que sería preciso cumplir con algunos pasos que, aunque formaran parte de una gran simulación, deberían concretarse para que las cosas terminen del modo menos traumático posible para todos. Nuestro encierro iba a prolongarse al menos durante otras 24 hs con fuertes posibilidades de que, tampoco ese tiempo, resultara suficiente. Estaba previsto evacuar del hospital a una cantidad de enfermos internados por lo que nuestro trabajo se reduciría sensiblemente. También sería necesario que los investigadores se pusieran al tanto de las historias de los tres compañeros fallecidos ya que a partir de ellas justificarían las acciones a tomar en sus informes finales. Decidimos que nos encontraríamos a la hora del almuerzo para conversar acerca de estos temas. Mientras tanto, ellos completarían la recolección de las muestras para cultivos de los distintos ambientes del edificio y nosotros nos íbamos a ocupar de clasificar a los pacientes internados para su eventual evacuación. Nos despedimos con una cordialidad que hasta pocos minutos atrás parecía imposible de lograr.

La ansiedad por recibir noticias era tan generalizada que nuestra salida de la oficina de la dirección generó un tumulto de proporciones. Fuimos rodeados por decenas de nuestros compañeros ávidos por conocer de qué modo continuarían los hechos. El desorden hizo imposible cualquier intento de comunicación razonable. Goldenstein subió hasta el descanso de la escalera y, desde allí, se hizo oír. Propuso que nos desplazáramos hacia el auditorio de la biblioteca para recibir un informe de la situación y acordar los próximos pasos a seguir.

El ingreso al salón fue lento. Muchas personas se demoraron en pequeños grupos conversando o compartiendo teléfonos celulares para comunicarse con sus familias. Una vez sentados circularon de mano en mano termos con bebidas calientes y mate. Algunos pacientes y sus familias espiaban desde la puerta sin animarse a entrar a un ámbito que suponían exclusivo para quienes eran empleados del hospital. En el frente, un pizarrón verde de grandes dimensiones colgaba de manera asimétrica de la pared. Sobre esa superficie sucia sobrevivían restos de antiguas clases. El dibujo de un electrocardiograma trazado con precisión admirable pero borrado en más de la mitad de su contorno, un cuadro que mostraba las distintas vías de acceso venoso, el nombre de algunos antibióticos y su dosificación pediátrica en mg x kg de peso, una leyenda escrita de forma vertical que decía “Boca manda” y en el borde superior –a una altura que superaba la de una persona normal con el brazo extendido- una frase incompleta: “Gallega, contale a tu marido lo que hacés en el consultorio 106 con el Dr….”.  Mientras mis compañeros se instalaban en las sillas y acomodaban los micrófonos me senté sobre el piso en el fondo del salón. Eduardo me empujó al pasar a mi lado indicándome que los acompañe. No lo hice. No tenía ningún interés en participar de aquel informe. Más bien comenzaba a sentir un aburrimiento considerable. Goldenstein tomó el micrófono. Durante algunos segundos permaneció de pié, en silencio, mirando hacia las personas que se asomaban a través de la puerta. Elevó su brazo derecho flexionado y luego lo bajó muy despacio extendiéndolo con la palma hacia arriba invitándolos a ingresar. El gesto fue perfecto. La velocidad con que dejó caer su brazo acompañado de una leve inclinación de la cabeza. La ausencia de palabras que ubicaba a esa parte de su cuerpo en el centro de la escena como a una marioneta que él manejaba con una precisión exquisita. Otra vez Goldenstein actuaba su papel y disfrutaba del modo en que lo estaba haciendo. Actuaba para sí mismo. Para confirmarse que él estaba allí haciendo lo que se esperaba que hiciese. Cumpliendo con un mandato que le llegaba desde el fondo de los tiempos y acerca del cual no tenía ninguna clase de incertidumbre.

-¡Adelante! Tomen asiento. Ustedes están involucrados en esto tanto o más que nosotros y tienen los mismos derechos a recibir información.

Unas diez personas, hombres y mujeres, ingresaron con timidez y se acomodaron en los espacios libres. Algunos agradecían, otros intentaban escapar lo antes posible del foco de todas las miradas que parecían sentir como un fuego sobre la piel. A través de las ventanas dos o tres camarógrafos se esforzaban por obtener imágenes de lo que allí sucedía. Eduardo se puso de pié y corrió las cortinas una a una hasta que la sala quedó iluminada sólo por los tubos fluorescentes distribuidos sobre el techo. Imaginé los pasillos desiertos, el silencio y hasta el eco de mis propios pasos caminado por ellos mientras casi todas las personas permanecían en la biblioteca y no pude evitar el deseo imperioso de salir. Lo hice sin que casi nadie lo advirtiera. Me resultó muy raro recorrer esos lugares a una hora en la que habitualmente se encontraban repletos de personas y de sonidos, en completo silencio y sin cruzarme con nadie. Tuve la impresión de que me encontraba haciendo alguna de mis recorridas nocturnas pero a plena luz del día. Una más de las extrañas sensaciones que venía sintiendo desde hacía más de 24 hs. Pensé que casi todo lo que ocurría estaba teñido por la atmósfera fantástica de los sueños, pero que era completamente real. Esa contradicción lo hacía todo más exótico aún.

Me detuve unos segundos en la puerta de la sala donde María Sol continuaba durmiendo. Se la veía serena, inmersa en un mundo privado al que nadie tenía acceso. Tal vez, pensé, no hubiese otra forma de ser uno mismo que salirse de la presión por representar el papel que los demás esperan de nosotros. Por eso el sueño es liberador y la soledad un refugio. Es tan agotador el esfuerzo por ser quienes deberíamos ser que no nos quedan energías para descubrir quienes somos. Como actores que continuaran jugando su rol fuera del escenario y que, luego de un tiempo, olvidaran quienes son. Salirse del libreto estaba penado. Desnudar el engaño ante los demás producía rechazo. Hacerlo ante uno mismo nos condenaba al secreto. Pero hacerlo cuando ya nada podía cambiarse era la antesala de la muerte. Llevaba años observando el modo dramático en que a las personas se les revelaba la inutilidad de cuanto habían hecho, justo en el instante en el que percibían que el breve viaje de sus vidas había finalizado. La manera absurda en que habían invertido su tiempo. La lista infinita de aquello a lo que nunca se habían atrevido. Pude ver, como en la pantalla de un cine, antiguas escenas en las que esas personas me decían las mismas cosas y me formulaban idénticas preguntas para las que yo no tenía respuestas. Vi el abrazo largo y callado con que ellos y yo intentábamos decirnos lo que no queríamos escuchar. Volví a tener la sensación precisa de aquellos momentos. La sospecha fundada de que no habría nadie para darme a mí ese abrazo impotente como un inútil consuelo cuando me preguntara lo mismo.

Escuché el ruido de una camilla deslizándose por el piso. La reverberación del sonido que se acercaba. Su secuencia torpe y asincrónica. La vibración del aire golpeando mi cuerpo. El vacío que se concentraba sobre mi estómago como una anunciación. La  camilla dobló el codo del pasillo y pude ver el bulto enorme que transportaba cubierto con una sábana sucia, sacudido por las irregularidades del piso. Las ruedas delanteras girando enloquecidas en todas direcciones. El curso errático que apuntaba hacia la pared y luego se rectificaba hacia el centro. Detrás, la silueta de Zipo, el pelo negro con mechones teñidos de rubio, casi amarillo, su cuerpo intentando que ese vehículo conservara la línea recta, los destellos de un aro en su oreja izquierda, su voz cantando “No woman, no cry” en un inglés ridículo que inventaba palabras inexistentes pero que se adecuaban a la melodía aunque no dijeran nada. Cuando estuvo a mi lado se detuvo. Se calló. Puso su mano sobre mi hombro y señaló con un movimiento de su cabeza hacia la camilla.

– ¡Hey Boby Marley! Era tu amigo, ¿no?

– Sí, era mi amigo. Se llamaba Aurelio y era un gran tipo.

Zipo era muy joven pero nos conocíamos bien desde hacia un par de años. Trabajaba como camillero en el hospital y en más de una ocasión lo había defendido cuando estaba a punto de ser despedido. Cantaba siempre la misma canción cuando llevaba un cadáver a la morgue. Tal vez fuese la única que sabía. Una noche le pregunté por qué lo hacía. Por qué precisamente esa canción. Me dijo que pensaba que siempre había alguna mujer que lloraba al muerto y que él creía que eso no estaba bien. Que la muerte no tenía que llorarse. Le conté lo que la letra de esa canción decía y un par de historias sobre la vida de Bob Marley que lo impresionaron mucho. Desde esa oportunidad me llamaba Bobby Marley a mí, aunque el que cantaba su canción era él. Solía distribuir algunos “cigarritos ilegales” entre los presos internados en el hospital. Curiosamente sus custodios se distraían o caían en un súbito y profundo sueño precisamente en ese momento mientras él dejaba sus cositas debajo de la almohada y recibía unos billetes que escondía en su pantalón con movimientos casi imperceptibles. –”Los pibes se fuman un ratito y la desgracia se les acorta un poco, ¿viste?, lo hago por ellos”, me respondía cuando le preguntaba acerca de esas transacciones clandestinas. Cumplía con su trabajo. Pero también hacía su tarea extra sin que ninguna advertencia hubiese podido detenerlo. Era alegre y hasta sensible al sufrimiento ajeno. A su modo ejercía una solidaridad con los enfermos, particularmente con los más viejos o los más pobres. Incluso con los muertos. Eso lo ponía bastante por encima de muchos de quienes se horrorizaban por lo que hacía y lo perseguían con un esmero que jamás ponían en otras cosas. No es que yo aprobara su actividad, pero una corriente de afecto nos unía sin que ninguno de los dos pudiese explicarse muy bien los motivos.

– El tipo se va. Y yo le daré el mejor viaje final que pueda tener sólo porque fue tu amigo. Te lo prometo.

Es muy difícil transmitir lo que sus palabras decían. Comprendo que aisladas del contexto macabro en que fueron pronunciadas suenan horribles. Pero yo entendí muy bien su significado y pude sentir que eran lo único que él tenía para darme y que eran una muestra de su sensibilidad ante mi dolor. Aurelio era ahora un bulto anónimo bajo una sábana anudada a la altura de su cabeza y de sus pies. Una cosa que nada decía de la historia de ese hombre que yo había conocido tanto. Nada del secreto insoportable que me había dejado. Nada de mí, ni de él. Zipo me acarició la mejilla con el dorso de la mano. Sentí su piel áspera sobre mi cara. El movimiento torpe de dos hombres que se tocan y que no saben como hacerlo. Le apreté la mano. Me fui.