Las guerras médicas X

bernardo

Las otras víctimas

bernardoAcompañé a Mariana hasta la habitación y esperé a que se bañe y se cambie de ropa. La obligué a tomar una taza de café con leche y a comer algunas galletitas. Caminar con ella hasta los dormitorios resultó una experiencia curiosa. Cada persona con la que nos cruzamos se detuvo a observarnos asombrada por su aspecto. Con la cabeza rapada, su chaqueta empapada y una expresión que no dejaba dudas de que se encontraba sumergida en sus propios pensamientos sin advertir las reacciones que provocaba a su paso, no podía pasar inadvertida. Algunos me hicieron gestos interrogantes que, también yo, decidí ignorar. Llamé a Patricia ya que no pude imaginar a otra persona en quien pudiese confiar el acompañamiento de Mariana a quien no estaba dispuesto a dejar sola. Llegó en pocos minutos. Apenas observó la situación durante un breve lapso y se dispuso a colaborar. No hizo preguntas, no formuló comentarios. Es asombrosa la capacidad con que las mujeres comprenden las señales del ambiente y despliegan toda su destreza para el cuidado y la atención de quien las necesita. Esperó de pié mientras Mariana terminaba de comer las últimas galletitas y luego se  ubicó detrás de su silla y comenzó a hacerle masajes en los hombros, el cuello y la espalda. Ella los recibió con satisfacción y los agradeció con una sonrisa. Pasados un par de minutos Mariana me miró. Recién entonces advertí que me encontraba paralizado, apoyado contra la pared, aterrorizado y sin tener la menor idea de qué cosa debía hacer. Al parecer esa situación le causaba una gracia considerable. Comenzó a reírse en voz alta señalándome, Patricia se sumó de inmediato. Me sentí ridículo, pero no me molestó en absoluto. También pude sentir que esas risas eran el signo de una intimidad y un cariño que impedían que sienta vergüenza.

– Andate. Volvé con los demás. Te conozco tanto que sé que estás deseando salir de este lugar. No ves el momento de verte liberado de esta atmósfera demasiado femenina. ¿Es así?

– No. No es así. Ni me conocés tanto como para saberlo todo de mí, ni soy tan misógino como para que no me afecte el sufrimiento de una mujer.

– Yo no dije eso. Pero sé que tu límite para las emociones fuertes ha sido superado. Quiero que te vayas. Pero también necesito que vuelvas.

– Ok, pero conste que me voy sólo porque vos me lo pedís.

– Bueno, también podemos verlo de ese modo si vos querés.

– Ah, por cierto, si estás pensando en afeitarte alguna otra parte de tu cuerpo, por favor no dejes de avisame antes.

Mariana me arrojó una almohada por la cabeza que yo retuve entre mis manos. Patricia me guiñó un ojo cómplice. Supe que podía salir por un rato. Me acerqué a besarla para despedirme pero cuando estuve a su lado me retuvo sujetándome con una mano en mi mentón. Bebió un sorbo muy corto de la taza, y volvió a escupir un finísimo chorro de café sobre mi ojo que salió disparado como un misil entre dos de sus dientes. Alguna vez me había contado que desarrolló esa extraña habilidad, entre otras, ya que se crió con tres hermanos varones. Por ello se vio en la necesidad de adquirir destrezas que le permitieran sobrevivir a la brutalidad de los juegos de una infancia rodeada de hombres. Estaba muy orgullosa de sus aptitudes para escupir con precisión, chiflar con dos dedos en la boca,  hacer “patito” arrojando piedras sobre el agua y tantas otras cosas. Sentía un amor infinito por sus hermanos y se conmovía al recordar esos años compartidos. Salí. Apenas traspuse la puerta Mariana gritó mi nombre. Regresé de inmediato. Estiró sus brazos convocándome y me abrazó. Lloraba, pero no era un llanto triste.

– Gracias, gracias. A mi no me engañás, yo sé muy bien lo que te cuestan estas cosas. De verdad que sos un idiota. No digas nada. Andate.

No dije nada. No hubiese sabido qué decir. Mariana tenía razón. Al salir de esa habitación sentí un alivio extraordinario. Mi capacidad para las emociones personales intensas había sido superada. Estaba agotado. Necesitaba imperiosamente zambullirme en aguas de esa masculinidad torpe a la que estaba acostumbrado. Necesitaba una buena discusión a los gritos sobre fútbol, un par de anécdotas de prostíbulo, una dosis de lenguaje grosero, empujones y amenazas viriles. Las necesitaba aunque nada de eso me importara en absoluto. Aunque jamás haya sentido ninguna atracción por el deporte, los burdeles o la pelea a puñetazos. Necesitaba ese jarabe de varones solidarios para salirme de lo que me hacía sentir tan extranjero. Me imaginé como un mono escapando de una película de Almodóvar. Como un extraterrestre confundido que volvía a su planeta luego de una exótica excursión por el gineceo.

Pasé las siguientes dos horas en la sala evaluando a los pacientes a mi cargo junto a Martín. Logré concentrarme tanto en el trabajo que por un momento olvidé lo que estaba sucediendo. Capturados por los nuevos problemas clínicos ambos actuamos como siempre lo hacíamos. Formábamos una buena pareja para asistir a enfermos graves en el área de cuidados intensivos. Nuestros juicios empleaban razonamientos semejantes, nuestras conclusiones resultaban por lo general coincidentes y la toma de decisiones era rápida y consensuada. Esas horas de trabajo intenso me resultaron, paradójicamente, reparadoras como un descanso. Salí de ellas renovado. Pero, como si encarnase a la voz de mi conciencia, Manuela esperó a que la tarea llegue a su fin y me llevó casi a los empujones a la habitación de médicos. No me dijo nada pero no era necesario. Hacía casi dos días que no dormía y era imprudente no hacerlo cuando muchas personas dependían de nosotros. Me acosté seguro de no poder conciliar el sueño. Manuela tiene una convicción imposible de erradicar. Ella supone que en determinadas circunstancias es imperativo beber té. Esa infusión aparece sin que nadie se la pida luego de todo período de trabajo extenuante, antes de dormir, después de una situación emocionalmente fuerte. Es un bálsamo al que no es posible renunciar cuando ella lo trae sin preguntarme si lo quiero. Bebí una taza caliente y apoyé la cabeza en la almohada. Los sucesos del día comenzaron a desfilar por mi mente como escenas aisladas, inconexos, cortos fragmentos de cuanto había vivido. Me dejé llevar por aquella sucesión de imágenes. Un cansancio extremo aplastó mi cuerpo contra la cama al tiempo que una pesada cortina de oscuridad me sumergió en un sueño profundo. Cuando desperté habían pasado más de cuatro horas. Me pareció imposible que el tiempo hubiese transcurrido a esa velocidad. Me levanté apurado, me bañé y me afeité. Al salir, Martín me habló sin levantar la vista de una historia clínica sobre la que escribía.

– Casi todo el hospital pasó por aquí a buscarte.

– ¿Sí?

– Sí, casi todos.

– Pero nadie me avisó nada.

– Era bastante improbable que pudieran hacerlo.

– ¿Tan dormido estaba que no podían despertarme?

– No, no es eso. Manuela se paró delante de la puerta y amenazó de muerte a quien intentara despertarte. Nadie se animó a contradecirla. No quiso escuchar razones.

Mientras dormía mis compañeros se habían reunido en un almuerzo con los epidemiólogos. Goldenstein se tomó el trabajo de ponerme al tanto de las novedades. El primer informe a las autoridades había sido enviado por la mañana indicando que la situación permanecía estable. No había indicios de que ninguna enfermedad transmisible estuviese activa en el interior del hospital. Se debían esperar los primeros resultados de los cultivos ambientales para levantar la cuarentena. No estaba previsto obtener ningún resultado antes de las próximas 24 horas. Mientras tanto todo seguiría como hasta ese momento. Fuera del hospital los periodistas y algunos familiares de enfermos y trabajadores hacían pequeños corrillos y se comunicaban por señas o gritos desde ventanas y balcones. Todos los televisores disponibles –que no eran muchos- estaban sintonizados en los canales de noticias para recibir información del exterior.

Desde el momento en que me había despertado sentí una necesidad imperiosa de obtener noticias de Mariana. Pero por alguna extraña razón no me había animado a pedírselas a ninguna de las personas con quienes me había cruzado hasta entonces. Cierto pudor, o algo que se le parecía bastante, me impidió hacerlo. Supuse que nada grave había ocurrido. De haber pasado algo digno de mención no hubiese necesitado preguntar nada para enterarme. De todos modos quería verla pero sin que los demás conocieran ese deseo. No tenía tiempo ni ganas de analizar semejante contradicción. Y no lo hice. Comenzaba a acostumbrarme a convivir con incertidumbres y perplejidades respecto de mis propios sentimientos. Más tarde, los años harían de esa incipiente costumbre un hábito detestable. Para cuando a la pregunta por lo que sentía le sucedieron la resignación y la anestesia yo mismo me había transformado en un miserable. Pero ya era demasiado tarde. Y esa es otra historia.

Me propuse visitar a Mariana en su habitación pero en el camino fui interceptado por mis compañeros que ingresaban en la dirección del hospital para otro encuentro con los epidemiólogos. No pude negarme a acompañarlos. Ya había estado ausente de la reunión anterior que había tenido lugar mientras dormía. Formaban parte del grupo Patricia y Ariel. Antes de que pudiese asustarme porque Mariana podría haber quedado sola Patricia se acercó. En pocas palabras me informó que las dos habían dormido unas horas y que en ese momento Mariana almorzaba en el comedor con un grupo de enfermeras de la sala de pediatría. Se encontraba bien y no había motivos para preocuparse. Ingresamos.

Virchow y Carrillo nos esperaban con una cordialidad algo exagerada. Se los veía distendidos y felices de encontrarse con nosotros.

– Todo marcha muy bien. Esperamos los primeros cultivos para mañana y entonces todo esto habrá terminado.

La Dra. Carrillo asentía con la cabeza. La noticia quedaba confirmada y todos sentimos alivio. Por lo que pude constatar en ese momento, mis compañeros ya habían hecho el relato de las muertes de dos de los tres médicos fallecidos durante los últimos meses. Los sucesos que le costaron la vida al tercero –y más reciente- de ellos era el tema del encuentro que comenzaba en ese momento. Todas las miradas apuntaron hacia mí. No pude eludir una tarea que no deseaba hacer y sobre la que nadie me había advertido. Tal vez por la amistad que me había unido a Bernardo y la cercanía con que había vivido su desgraciado final, yo aparecía como la persona indicada para narrar los hechos. Lo lamenté. Pero nada pude hacer para eludir ese compromiso. Virchow se acomodó sin dejar de mirarme como esperando un relato largo y minucioso.

-Lo escucho doctor. Sus compañeros me informaron que era usted quien podría contar mejor los desgraciados acontecimientos de la tercera de las muertes que sufrió el hospital.

Goldenstein me hizo señas que indicaban que no había solución. Extendió sus brazos con las manos abiertas hacia arriba mientras fruncía los labios y elevaba las cejas.

– Intentaré ser conciso, breve, discreto. No me causa ninguna alegría contar lo que le sucedió a Bernardo. No tengo ganas de hacerlo. No creo que sirva de nada que ustedes lo conozcan. No me interesa lo que piensen o lo que hagan y no los creo capaces de sentir nada al respecto. Me gustaría dejar eso en claro antes de empezar.

– Muy bien doctor, está claro. Ahora lo escuchamos.

No es que me moleste hacer cosas inútiles. Pero cuando me obligan a hacerlas me pongo de muy mal humor. Intenté controlar mis impulsos y hacerlo de la mejor manera.

– Bernardo era un médico interno de 48 años de edad. Un tipo estudioso, responsable hasta la exageración. Un solitario. Tenía una experiencia hospitalaria de muchos años y una habilidad considerable para el manejo de pacientes en situaciones críticas. Nada de lo que sucedía en la guardia de la que era jefe le resultaba ajeno. La situación en ese ambiente de trabajo es, desde hace muchos años, de continua sobrecarga de tareas, insuficiencia de recursos y de una violencia que se desata ante el menor conflicto. En las primeras horas de la noche se recibió a un paciente traído en ambulancia por una colega desde otro hospital de menor complejidad. El enfermo tenía un cuadro de abdomen agudo grave que requería de una intervención quirúrgica inmediata. Bernardo lo examinó y constató su gravedad. El hospital no contaba con anestesista de guardia, cosa nada infrecuente. Le explicó a la médica que resultaba imposible resolver el caso sin anestesia y le recomendó que lleve al enfermo a otro centro. Ella interpretó el rechazo a recibirlo como una excusa que demoraba la asistencia que esa persona requería. Bernardo se lo explicó en reiteradas oportunidades a lo que siempre se le respondió con una negativa a llevarse al paciente. El tono de la conversación fue subiendo hasta hacerse violento por ambas partes. No vale la pena discutir ahora sobre lo que es evidente. Ambos tenían razón desde sus propios puntos de vista. Ninguno podía resolver el caso aunque ambos querían hacerlo. La confrontación era absurda. Ni las causas del problema ni los recursos para encontrarle alguna solución estaban en sus manos. Lamentablemente este desplazamiento de los conflictos es la regla en este medio. Médicos y pacientes o los médicos entre sí suelen acusarse mutuamente de cosas de las que todos son víctimas. Bernardo anticipó en su mente lo que sucedería si el paciente quedaba en el hospital sin poder acceder a la cirugía. Percibió la muerte que en pocas horas más él no podría evitar y perdió el control. Tomó a la colega del cuello y la sacudió mientras intentaba que de ese modo comprendiera lo que irremediablemente iba a ocurrir. Los separamos. La doctora lo amenazó con denunciarlo por agresiones, hizo firmar un acta acerca de la negativa a recibir el paciente. Lo que siguió no tiene ninguna relevancia respecto del tema de este informe. Esa noche Bernardo se encerró en su habitación hasta el momento en que se retiró a su casa. Vivía solo. Sus padres habían muerto poco tiempo antes. Nadie conoce qué ocurrió entre la hora en que llegó a su casa y la tarde de ese día en que su hermana fue a verlo ya que nadie respondía a sus llamadas telefónicas. Encontró a Bernardo acostado sobre su cama, el televisor encendido, el control remoto en la mano. Todo indicaba que llevaba varias horas muerto. El paciente, por el contrario, sobrevivió. Fue trasladado  por nuestra ambulancia hasta un hospital vecino que contaba con un anestesista y pudo ser operado. Una de las personas que durante ese día lucharon contra un obstáculo mucho más poderoso que su peritonitis murió como consecuencia directa de su voluntad de hacer lo que sabía de la mejor manera posible y la imposibilidad brutal para llevarlo a cabo.

Virchow se apoyó sobre la mesa con ambas manos, respiró profundo dos veces, se mordió el labio inferior. Meditó algunos segundos en busca de las palabras adecuadas. Las encontró.

– Doctor, no sé qué decir.

– No se preocupe. No espero que usted diga nada.

– ¿Usted supone que nuestro trabajo es inútil?

– Yo supongo que ustedes son inútiles.

– ¿Eso es personal?

– Sí, también es personal.

La imagen de Bernardo muerto sobre su cama se instaló en mi cabeza. La historia entrañable de un hombre solo que entregó su vida a estudiar y a cuidar de sus viejos con devoción en un hogar humilde. Escenas de nuestra vida en común en las que siempre era él quien más sufría ante los impedimentos para hacer lo que creía necesario. Nunca obtuvo más recompensas que su propia impotencia y su empecinada intolerancia para aceptar que aquello para lo que se había preparado con el sacrificio de toda su familia debiera rendirse ante las circunstancias. Su derrota había comenzado mucho antes que su muerte. Yo no tenía ganas de hablar. Conocía esa sensación. Deseaba escupir fuego.

-Lo comprendo doctor, lo comprendo.

-Lo dudo doctor, lo dudo mucho.

Mis compañeros permanecieron en silencio. Yo sabía que lo que estaba haciendo no tenía sentido. Tenía conciencia de que ni siquiera era justo con Virchow. Pero también sabía que lo haría de todos modos.

– Me ha impresionado mucho la historia.

– Me alegro. Aunque a usted y a mí nos impresionan cosas diferentes.

– ¿Usted piensa que soy un burócrata y que eso muy malo?

– ¡Exactamente! Ustedes no sólo administran la desgracia, la producen.

– ¿No es usted algo exagerado?

– ¿No será usted algo cínico?

Ariel y Patricia se pusieron de pie y me rodearon. Me hizo bien percibir ese gesto. Necesitaba que alguien impida que cometa una estupidez. Yo nunca he sido capaz de hacerlo por mí mismo.

– Bueno, recordar estos hechos nos sensibiliza mucho a todos. No es la mejor condición para discutir nada.

Dijo Ariel dirigiéndose a Virchow desde mis espaldas.

– Es verdad amigos. Gracias por su colaboración. Espero que pronto podamos dar por terminado estos penosos sucesos.

Virchow se puso de pie y rodeó la mesa hasta ubicarse frente a mí. Estiró su mano ofreciéndomela. No encontré motivos para aceptarla. Sentí la presión de los dedos de Patricia sobre mi hombro. Esa mano de mujer oprimiendo mis músculos fue una orden. La necesitaba. ¡Maldita sea! Siempre las necesito para actuar como una persona civilizada. Acepté su saludo. Hubiese querido decirle que lo que le había dicho era verdad y era mentira. Que detestaba a las personas como él, pero tal vez no a él. Que mi amigo Bernardo estaba muerto mientras él y su manada de inútiles seguían vivos detrás de sus escritorios. Pero no pude decirle nada. Nunca pude. Nunca puedo decir lo que mi razón y no mi furia sugieren.

Nos pusimos de pie y nos retiramos de la dirección. Al salir, Eduardo se acercó y me hablo al oído.

– Cuando veo a alguien comportarse tal como yo lo hago siempre comprendo lo estúpido que soy. Gracias por hacérmelo ver.