Las guerras médicas XI

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Tócala de nuevo Sam

J_joplin2Durante el día fueron evacuados más de la mitad de los enfermos del hospital. A medida que las camillas iban saliendo hacia las ambulancias, nos despedíamos de ellos en una ceremonia que, no por absurda, dejó de conmovernos a todos. Nada tenía sentido. Ellos emprendían un viaje de apenas un kilómetro hasta un hospital vecino. Nosotros permanecíamos encerrados. Pero ninguna de las dos cosas tenía ningún fundamento. Las salas deshabitadas hacían resonar los pasos y las voces en un eco infinito que se negaba al silencio. Decenas de camas vacías parecían lechos de fantasmas. Los pocos pacientes que quedaban comenzaron a cansarse de las visitas de un médico o una enfermera con intervalos pocos minutos. –”Ya está, ya me revisaron hace un momento. Basta, muchas  gracias, pero ¿por qué no juegan un rato a las cartas?”  Nos dijo uno de ellos harto de soportar a personas que no estaban acostumbradas a no tener nada que hacer. Algunos nos ofrecían revistas y diarios viejos para leer o nos invitaban a tomar mate con bizcochitos o a mirar la TV.

En una de las salas vacías del tercer piso se improvisó una reunión con el único objeto de hacer pasar el tiempo. Los enormes ventanales dejaban ver el parque. Árboles añosos, pájaros, nubes en continuo movimiento y una brisa que mecía las hojas daban un entorno bucólico a una escena grotesca. Las personas se sentaban sobre los elásticos rotos de las camas, en el piso o en improvisados almohadones armados con sábanas y colchas enrolladas. Entre todos formábamos un círculo casi perfecto. Hubiese resultado oportuno una fogata de leños en el centro para que aquello luciera como un perfecto picnic de estudiantes. Mariana llegó con las enfermeras con las que había almorzado. El grupo creció hasta ocupar gran parte del espacio disponible. Las enfermeras la rodeaban como una guardia pretoriana que custodiaba a su reina. Se la veía bien. Su aspecto resultaba exótico y bello. Sentada en el piso con las piernas flexionadas como una pequeña Buda. La cabeza rapada, sin maquillaje y con un único aro diminuto que desprendía pequeños destellos de luz desde su oreja derecha. Parecía una diosa oriental. La sentí más joven y menos agobiada. Mejor que durante los últimos meses. Yo quedé sentado muy lejos de ella. Hubiese preferido tenerla más cerca. Algunos enfermos nos acercaron mates, termos y galletitas dulces. Goldenstein trató de unificar las conversaciones atomizadas hasta ese momento en pequeños grupos proponiendo una consigna general.

– ¿A ver? ¿Si no estuviésemos forzados a permanecer en este lugar, dónde quisieran estar ahora?- Miró a todos en un círculo que giró en sentido horario y que finalizó su trayecto en la cara de Eduardo.

– No estoy muy seguro de que quisiera estar en otro lado. Es lo que sucede cuando te zambullís debajo del mar. El agua te moja de tal modo que se transforma en tu segunda piel. A veces pienso que uno busca permanecer allí sin salir a la superficie, incluso sabiendo que eso lo conducirá al ahogo y a la muerte. Es raro, ¿no? – Se quedó mirando el techo. Pensativo. Sin esperar una verdadera respuesta.

– Yo creo que preferimos permanecer en este lugar por varios motivos. – Dije sin pensar mucho en lo que decía. -Porque éste es el único lugar donde lo que sabemos resulta útil. Porque es donde podemos encontrar a personas que comparten con nosotros cosas muy difíciles de explicar a los demás. Porque en esta profesión no sólo ejercés una tarea sino que “sos” esa tarea. Lo que hacés te define. Te modela como si fueses de arcilla o de barro. Fuera de este edificio, tal vez no seamos nada. La Medicina no deja ningún resto sin devorar. Es una boca enorme que te traga por completo. Una mujer posesiva y carnívora. Una hembra diabólica que no conoce la piedad.

Sentados con esa disposición parecía que estuviésemos más cerca unos de otros. El roce de las piernas o los brazos. La cercanía sin interposiciones, cuerpo a cuerpo, profundizaba la intensidad del diálogo que habitualmente manteníamos. Una especie de contagio nos igualaba más allá de todo lenguaje. Algunas nubes negras y densas cubrieron el cielo. La luz se atenuó por un momento. Casi todos apuntaban sus miradas hacia un horizonte invisible y privado. Buscábamos en nuestro interior averiguar qué parte de lo que estábamos diciendo se ajustaba a lo que sentíamos. Patricia habló sin mirar a nadie. Tal vez se hablara a sí misma.

– Yo quisiera estar con mis hijos. Pero acá. Quisiera tenerlos sentados a mi lado, ahora mismo, pero en este lugar. Es posible que entonces ustedes me ayudaran a decirles las cosas que nunca he podido.

– ¿Cómo cuáles? ¿Qué les dirías? – Preguntó Ariel sentado junto a ella y visiblemente conmovido.

– Que los quiero tanto que no puedo dejar de sentir que no soy suficiente. Que cada maldita cosa que hago en mi vida siento que se las robo a ellos. Que negocio un tiempo que les pertenece a cambio de uno propio que nunca encuentro. Que, sin importar lo que haga, siempre creo que traiciono lo que ellos merecen. No sé, no sé… ¿Qué tendría que hacer? ¿Hasta dónde tendría que abandonar lo que soy para ser su madre? Podría darles un brazo o el hígado si lo necesitan. Pero a veces pienso que no puedo entregarles mis proyectos, mis sueños, mi futuro. Entonces me siento peor. Una traficante de cariño. Una madre avara y mezquina que se guarda algo que no le pertenece. Pero, ¿qué es lo que me pertenece? ¿Qué queda de mí? No lo sé, juro que no lo sé.

Nadie pudo hablar. Mariana se puso de pié y caminó descalza entre las personas hasta sentarse frente a ella. La tomó en sus brazos y ambas permanecieron quietas recostándose una sobre la otra. A través de las ventanas el sol volvía a ingresar como un torrente de luz. De pronto todo fue amarillo y diurno. Alguien encendió un grabador desde el que comenzó a sonar una música triste que fue creciendo en intensidad hasta hacerse desgarradora. Creo que era una antigua versión en vivo de “Sumertime” por Janis Joplin. Los alaridos de aquella mujer y una guitarra sangrante sonaban como un himno en una misa pagana. Eduardo se estiró -acostándose sobre el piso- y subió el volumen. La música entonces se hizo sustancia. Un golpe cruel y contundente que nos estremeció las vísceras. Cuando el tema finalizó imaginé que había vivido una escena de alguna película. Creí que lo mejor hubiese sido que todo termine allí. Nada de lo que siguiera podría sostener el hechizo de esos pocos minutos. Patricia se liberó de los brazos de su amiga y quedó algunos segundos congelada. Pensaba en qué nos iba a decir. Pero las palabras se le demoraban en la boca.

– Les pido perdón. No quise entristecerlos. Ustedes son muy importantes para mí. Muchas veces pienso algo que no me animo a decir. Creo que vengo al hospital para encontrar un espacio y un tiempo propios, lejos de mis hijos y de mi casa. Es una crueldad, lo comprendo. Pero hay días en que espero ese momento como a un oasis en el desierto.

– ¿Sabés Patricia? –dijo Eduardo acostado en el suelo y mirando el techo – Decir la verdad es siempre doloroso. La mayoría de las veces nada de lo que decimos es completamente cierto. Y no está nada mal. Pero todos conocemos la verdad, incluso cuando es insoportable. Estar en este hospital nos inyecta una dosis de sinceridad. Una especie de vacuna contra la hipocresía cotidiana. No somos mejores por eso. Pero nos hacemos adictos a la paradójica recompensa que eso supone. Nos cansamos hasta la extenuación. Dejamos nuestras emociones al borde del colapso. Pero esos venenos nos fortifican. Son vitaminas que nos intoxican pero que también nos salvan. No podemos evitarlo. No queremos hacerlo.

– Muchas veces, Patricia, yo he sentido que estoy encerrado cuando me quedo afuera – Dije, como si alguien hablara por mi boca.

Mariana se acariciaba la cabeza calva mientras con la otra mano extendía su dedo índice sobre la boca pidiendo silencio como la enfermera de los cuadritos de las salas de espera.

– Eduardo, volvé a poner esa música. Por favor. Escuchemos otra vez a esa mujer. Dale, “tócala de nuevo Sam”.

Casi todos apoyaron sus cabezas sobre el piso o contra la pared. Algunos cerraron los ojos. Nos dejamos invadir por esa música. Mariana se acostó a mi lado. Tomó mi mano y la apoyó sobre su pecho. Janis Joplin nos disgregó en infinitos pedazos. Esa voz descontrolada cantó sólo para nosotros. Gritó lo que ninguno se animaba a decir. Hizo sonido y temblor de lo que guardábamos en algún secreto rincón. Liberó al monstruo que no queríamos ver y nos lo arrojó por la cabeza. El hechizo se volvió a producir. Cuando logramos volver desde el lugar al que habíamos sido transportados, la cabeza de Virchow asomaba por la puerta.

– No quise interrumpirlos. Pero tengo noticias.

Ingresó y se sentó en el piso integrándose al círculo. Alguien le alcanzó un mate. Sorbió lentamente la bombilla y luego lo apoyó sobre una cama.

– Tengo los informes. Los cultivos son negativos. Todo ha sido dispuesto para que mañana por la mañana podamos salir del hospital. Es necesario cumplir el plazo mínimo de 48 hs de aislamiento. Creo que todo esto se va terminando. La de hoy será la última noche de encierro.

Eduardo, que permanecía acostado mirando al techo, le respondió en nombre de todos.

– Ay mi querido Rodolfo, justo en este momento estábamos dudando acerca de si preferíamos salir o quedarnos aquí para siempre.

Nadie se movió. Permanecer congelados en ese instante era una estrategia para prolongar un momento intenso del que no queríamos salir. El viento trajo un olor a hojas putrefactas y a mediodía. Ariel y Patricia se fueron separando de los demás hasta ubicarse por fuera del círculo como en una península privada que se extendía sobre el piso. Eduardo se sentó para mirar a Virchow a los ojos.

– ¿Sabe Rodolfo? Hemos descubierto que deseamos tener un tiempo propio. Encontrar momentos para hacer lo que nuestros deseos indiquen. El hospital no da tregua. Ya no pensamos más que en trabajar sin descanso para cumplir con una tarea que nos excede y que no tiene límites.

– ¿Y qué harían con ese tiempo si lo encontraran?- Preguntó Virchow.

– ¿Sabe qué haríamos? Volveríamos al hospital a buscar ese vértigo que nos hace desear un tiempo con el que ya no sabríamos que hacer. La profesión nos ha secuestrado nuestro tiempo privado, pero antes nos mutiló para siempre la capacidad de imaginar un destino para ese tiempo que ya no tenemos.

– Complicado, contradictorio.

– Es verdad Rodolfo. Es complicado y contradictorio. Aún sobrevive en nosotros la angustiosa sensación de que nos estamos perdiendo de algo. Pero ya no sabemos de qué. Es una angustia muda. Una máscara sin rostro. Un miedo anónimo y sin objeto.

– Es decir que si pudiesen elegir se quedarían acá. Encerrados como en una isla en medio del océano.

– Creo que sí Rodolfo. Parece imposible añorar lo que ya hemos olvidado. Pero luego de un tiempo, lo perdido se olvida aunque la añoranza persiste.  Casi todos sabemos que hemos perdido cosas: amores, sueños, personas, lugares. Ahora, en este preciso momento, preferimos conservar la añoranza a recuperar lo que hemos dejado atrás. Nos sentimos ebrios de alcoholes que ya no recordamos haber bebido. A fuerza de asilamiento y encierro ya no tenemos noción de aquello de los que nos hemos separado. Como usted dice: una isla desprendida de un archipiélago al que ya no logra recordar.

El día transcurrió sin mayores novedades. Vagamos en grupos por pasillos y sótanos como minúsculas hordas nómades. Durante varias horas deambulamos por los intestinos más recónditos de ese edificio con el único propósito de comprobar que nada permitía salir de él. Constatar ese encierro, no nos condujo a la desesperación ni a la claustrofobia. Más bien nos atenuó los miedos, nos entregó una serenidad extraña y el abrigo de una intemperie a la que comenzábamos a temer. La última noche descendió como una bruma que enrareció el aire y nos aplastó contra el suelo. Atrapados en un edificio vacío. El tiempo se hizo lento y viscoso. Como un gigante que caminara dentro de una pantano y tuviese que emplear todas sus fuerzas para dar un solo paso.


Diosa cautiva

Aún hoy cierro los ojos y puedo ver escenas de aquella madrugada. Mariana y yo estamos en el dormitorio. A través de la ventana ingresa la brisa fresca de las noches de verano. Me ha hablado sin detenerse durante más de una hora. Ella piensa que nadie la desea y sufre por eso. Yo le digo que es cierto y que soy el único antídoto contra ese veneno. Ella me cree, aunque no sea verdad. Entonces se ciega a las miradas ajenas y se aferra a mí como a la última playa. Baila desnuda sobre la cama. Sus pies se hunden en el colchón y el cuerpo rebota con una gracia divina. Baila “Smooth operator” en la versión de Sade. Es una diosa tártara abandonada a su suerte en una calle cualquiera. Intuye que no es éste su lugar, ni su tiempo. Pero no conoce los motivos. Extraña los templos que nunca ha visitado y los ritos sagrados que no puede nombrar. Baila y llora porque supone que nadie la mira, que nadie la quiere. Sabe que –para una mujer- el deseo de un solo hombre es casi nada, o aún menos. Yo le hago una pregunta.

– ¿Me harías un favor?

Se detiene. De pie sobre la cama, me mira. La cabeza rapada. Sus ojos desmesuradamente abiertos me petrifican. Ya no tiene voluntad para conceder o negar nada. Simplemente agradece lo que recibe porque supone que nadie quiere dárselo.

– Por favor, pedime que no te mienta.

– No puedo. Le temo más a la verdad que al engaño.

Baila. Otra vez. Ya no me escucha. Cierra la jaula donde la tengo cautiva. Y me entrega la llave.


Epílogo

Por la mañana salimos del hospital ante una multitud que nos esperaba como a náufragos que regresaran a salvo a una costa extranjera. Las preguntas llegaban como una lluvia despiadada y todos huíamos de ellas como de una maldición. Los verdaderos acontecimientos habían sucedido en nuestro interior. En lo más profundo de lo que sentíamos y sobre eso nadie preguntaba nada. Sólo Rivarola, solícito, pulcro, repugnante, atendía a periodistas y curiosos con la elegancia idiota de quien no tiene nada para decir excepto lo que todos esperan que diga. Caminamos como autómatas en dirección a un lugar al que no estábamos seguros de seguir perteneciendo. El mundo exterior lucía hostil y confuso. Sumergido en una bruma negra y espesa que sólo dejaba ver sombras imprecisas desplegadas sobre la geografía del miedo. Muchos aún ignorábamos cuál era nuestro lugar, quiénes eran nuestra gente, quiénes éramos nosotros mismos.

¿Quién soy yo? Es siempre una pregunta incómoda. La identidad es una cárcel. Un pozo estrecho y oscuro que no tiene salida. La obligación de ser “uno” es imperativa y penitenciaria. Es imprescindible amputarse los múltiples hombres y mujeres que nos constituyen. Desangrar en el altar de un dios perverso y asesino los otros que también somos. Cargamos con esos cadáveres ocultos. Pero algunas noches los sentimos como un peso agobiante colgar de nuestras espaldas con sus gargantas cortadas y sus ojos de muerto.

Es posible que la identidad no sea más que la memoria de lo que hemos sido tamizada por el filtro piadoso de lo que quisiéramos ser. Como tantas otras ficciones imprescindibles para vivir, también ella es una impostura que nos defiende de la verdad. La medicina ofrece como pocas otras profesiones la oportunidad de asistir a las personas en circunstancias en las que ya no es posible ocultarse lo que siempre se ha sabido. El dolor o la muerte llegan siempre desnudos.

Mis compañeros y yo nos encontrábamos cada semana. El grupo era una minoría respecto de todos los que compartían ese trabajo con nosotros. Nos diferenciaba una cierta conciencia de lo que no éramos. El empecinamiento feroz acerca de lo que no queríamos ser. Una lucidez modesta acerca de nuestros propios límites. Y una voluntad enloquecida por superarlos. Jugábamos un juego peligroso con la verdad armados con la deliciosa imprudencia de los primeros años. Nos unía la náusea común por la pedantería. No despreciábamos a la mentira tanto como a quienes creían en ellas. Le temíamos al olvido de lo que éramos. Nos recordábamos unos a otros que las personas tenían una biología pero también una biografía. Que lo que sabíamos no nos relevaba de lo que sentíamos. Que siempre un mundo está dentro de otro. Esos encuentros – muchas veces agresivos e impiadosos- nos impedían olvidarlo. Sabíamos que si lo hiciéramos nos convertiríamos en Matrioshkas ciegas que ignoraban a la muñeca que las contenía tanto como a la que estaba contenida en ellas. Como el poema “Ajedrez” de Borges. Como un Pinocho amnésico que olvidara que se encontraba en el vientre oscuro de la ballena. Como los hombres de la caverna de Platón que asesinaron a quien les revelaba la verdad. Como la multitud de imbéciles que se suponen únicos, propietarios de lo que creen ser y de las pobres cosas a cambio de cuya apropiación entregaban sus vidas miserables .

Pero los años pasarían como un viento atroz que lo erosiona todo. Aunque no lo dijéramos, ya entonces sospechábamos la derrota del tiempo y anticipábamos con horror la clase de persona en que nos iríamos convirtiendo. Hoy, cuando recuerdo estos hechos desde la distancia, debo admitir que teníamos razón. Somos peores de lo que fuimos. Hemos encontrado excusas para traicionarnos y nos hacemos los distraídos para no admitirlo. Aquellos primeros años nos ofrecieron la posibilidad de asistir al perpetuo espectáculo de la zoología profesional. Veíamos desfilar antes nuestros ojos a una galería de personajes que concentraban casi todo lo que soñábamos no ser. Para convertirnos en ellos era necesario que antes la vida nos derrotara por completo. La impunidad que da la inexperiencia y una confianza ciega que sólo se sustentaba en la ignorancia, nos hacían creer que eso era imposible. Hoy comprendo que éramos ingenuos con la misma claridad con la que veo que ahora somos despreciables. El tránsito entre lo que fuimos y lo que somos nos infectó en silencio. Sin que pudiéramos advertirlo. Hasta que una noche cualquiera se nos reveló el siniestro lugar al que habíamos llegado. Pero ya era tarde.

Contar estos hechos tan menores. Contarlo tan mal y con tan poco talento es una ceremonia que me debo. Una expiación desesperada. Una foto vieja e inútil que escupe su verguenza sobre la trivialidad del presente.