Las puertas del paraíso

Acerca de los instantes fuera del tiempo.

“Toda playa es una falsa llegada, porque todo mar es una falsa partida” Roberto Juarroz

Si alguien ingresara ahora mismo a través de esta ventana. Si de pronto se encontrase de pié en medio de esta habitación. Si sobre sus espaldas no cargara la fatiga de tantas horas de vigilia, de tensión insoportable y de trabajo físico. Si esa persona nos mirara un instante no podría comprender nada de lo que aquí sucede. Nada.

La única lámpara que funciona cuelga desnuda del techo, sucia de vapores inciertos y polvo de estrellas. Hay dos moscas muertas adheridas al vidrio. Asadas al calor de esa luz miserable. La apago. Una toalla -que ha sido blanca- está tirada en el suelo. La cama de dos pisos, maltrecha y crujiente, no logra mantener la vertical. Salen de ella un par de colchas grises que cuelgan como lenguas muertas. La ventana está abierta a la noche y se deja atravesar por una brisa fresca de verano. Llega un murmullo de hojas sacudidas por el viento y de autos sobre la avenida. Huele a tigre y a Calcuta. A tormenta y a catástrofe. Se respira la calma que sucede a la muerte. Un intervalo de silencio suspendido en el tiempo.

Los dos estamos derrumbados sobre la misma cama. Las espaldas sobre la pared, las piernas colgando. Apenas nos vemos. Nos adivinamos uno junto al otro. Ausentes. Desde aquí la cama de arriba es un cielo marrón con nubes de madera hechas de grietas oscuras y profundas. Alguien talló una frase incompleta: “Mientras vos está acá, allí afuera…”  Un rastro del pasado que fue idéntico al presente. Yo podría escribir esa oración ahora mismo. Pero alguien ya lo ha hecho por mí. No hablamos. Respiramos con una profundidad que no es normal. Intentamos comprobar que estamos vivos. Recorremos con el pensamiento cada parte de nuestros cuerpos. Relevamos ese campo de batalla que somos nosotros mismos. Exhaustos. Sobrevivimos. Aunque no logramos comprender para qué.

– ¿Cuántos fueron?

– Muchos, muchísimos…

– ¿Cuántas horas?

– Todas. Una eternidad.

– No aguanto más.

– Yo tampoco.

Algo que debe ser el sol lame las copas de los árboles con una mínima luz amarilla. Una saliva espesa que se adhiere a las hojas pero que aún no permite verlas. Ella dice: “No sé” y yo comprendo qué es lo que ignora. Y lo repite. Muchas veces. “No sé… No sé… No sé…”

– Quiero darme un baño.

– Yo también.

– Primero vos.

– No, vos.

Lo intenta, pero el cuerpo permanece en la misma posición. Una tensión invisible -pero que yo percibo- la recorre y luego se desploma.

– Por favor, necesito unos minutos más.

Ahora se enreda el cabello en el dedo. Gira en un sentido y luego en el otro. Más tarde se recorre la frente, la nariz, la boca con un arco formado por el pulgar y el índice. Va a hablar. Puedo advertirlo. Intenta retener en algún sitio las palabras que va a decir. Pero no puede.

– Creo que voy a dejar la Medicina.

– Hay que ver si ella te lo permite.

– Me voy a casar.

– ¿Cuándo?

– No lo sé, pronto.

– Supongo que hay un motivo.

– Quiero tener un hijo. Ya no puedo esperar más.

Desde un bolso de mano asoma el lomo de un libro. Sobre la mesa hay hojas sueltas. Fotocopias de una revista científica. El viento de la noche las levanta. Las suspende un instante en el aire y luego las deposita con delicadeza extrema sobre el piso. Alcanzo a leer la mitad de un título en letras negras: “…..gland of Medicine” antes de que desaparezca de mi campo visual.

– ¿Cuándo lo decidiste?

– En este preciso instante.

– No es un buen momento para tomar decisiones.

– Puede ser. Pero siento que nunca pude ver las cosas tan claras como ahora.

– Es una alucinación. Las cosas nunca son claras.

– ¿Cuánto hace que trabajamos juntos?

– Mucho…, más de lo recomendable.

– Somos compañeros.

– Claro.

– A veces intento contarle a mi novio lo que se siente en momentos como éste.

– No te esfuerces, es inútil.

– No lo entiende, no logro transmitirlo.

– Es una experiencia intransferible.

– Pero, ¿cómo es?

– Es un instante de agotamiento extremo en el que el tiempo se suspende. Tu cabeza se vacía. Estás solo. Ya no hay mundo, no hay reglas. Nada de lo que aquí suceda podrá contarse porque no hay palabras que lo describan. Peor aún, es un fragmento de tu vida que no siembra nada en la memoria. Sabrás que existió, pero estará vacío de recuerdos. Mudo. Ciego. Negro. Un puro agujero. Un socavón escandaloso e irresponsable donde todo fluye libre de mentiras.

– Él vive en otro mundo… Y yo quiero vivir allí, con él.

Debajo la cama hay un viejo equipo de música que alguna vez fue mío pero hace tiempo que es de todos, es de este lugar. No tiene enchufe. Dos cables pelados y retorcidos ingresan en el tomacorriente. Lo empujo con el pié. Lo enciendo. Suena “Alice” de Tom Waits. Escuchamos en silencio. La canción termina y vuelve a comenzar una y otra vez. ¿Es un clarinete? “And so a secret kiss. Brings madness with the bliss”.

– Esta música me hace sentir ganas de llorar.

– Llorá…

– Es bellísima y triste.

– ¿Es posible que sea ambas cosas al mismo tiempo?

– Vos sabés que sí.

Se pone de pié y baila en la oscuridad. Adivino su sombra deslizándose descalza, con lentitud, abrazada a sí misma como si fuese otra. Sospecho que llora. No puedo verla. No quiero verla. No necesito verla. Nos conocemos demasiado. El sonido de una sirena de ambulancia ingresa y luego se apaga. El ritmo regular y monótono de los respiradores -que soplan como una manada de búfalos- llega atenuado como una amenaza monstruosa que señala su presencia y define su territorio. La ventana se golpea. Se abre y se cierra. Ahora llueve. El olor a tierra mojada y la agonía de la noche se nos adhieren a la piel.

– ¿Por qué hacemos todo esto?

– Porque no podemos no hacerlo.

– ¿Por qué?

– Si conociéramos esa respuesta no necesitaríamos hacerlo más.

– Pero, ¿detrás de qué éxito vamos?

– Es que no hay quien pueda triunfar porque no hay sobre qué triunfar.

– ¿Entonces sólo hay derrota?

– Tampoco, son sólo palabras, es un enorme malentendido.

– ¡A veces quisiera asesinarte!

– Dale, ahora nadie nos ve.

– Encontrarían tu cadáver por la mañana. Y yo sería la única sospechosa.

– Temo que lo encontrarán de todos modos.

– ¿Incluso si no te mato?

– Creo que ya lo has hecho.

– Tal vez también yo esté muerta ahora mismo.

– Algunos, para no morir, prefieren estar muertos.

– ¿Vos pensás que allí afuera…?

– Allí todo es estéril. Una mano mediocre y mezquina te estrangula cada mañana. Un bandada de buitres te comen los sueños. Un conjunto de idiotas aferrados a troncos que les impiden ahogarse pero que no los llevan a ninguna parte.

– ¿Y nosotros…, también?

– En un par de horas volveremos a nuestras casas como dos muertitos.

– ¿Y nadie se dará cuenta?

– Nadie. Excepto vos y yo.

Me esfuerzo. Logro ponerme de pié. Tomo el bolso y la toalla. Tropiezo con una silla. Apenas veo por donde me muevo. Estiro las manos y me guío rozando la pared. Veo sus piernas que se mueven siguiendo la música. Piso un charco de agua que fluye desde el baño.

– Entonces, ¿allí no hay nada verdadero?

– El sexo y la muerte, que son hermanos gemelos.

El agotamiento le cierra el paso a la mentira. No es posible engañar a alguien al límite de su resistencia. Estoy clavado al suelo en una habitación llena de espectros. Tengo que hacer algo para no hacer lo que se anuncia y que no podré evitar.

– Me voy a bañar.

– Esperá un poco.

– No.

– Me da miedo quedarme sola.

– Entonces no lo hagas.

Abro la ducha. La mampara se convierte en una superficie opaca y borrosa. El vapor se condensa y algunas gotas corren en todas direcciones. Lo que veo es difuso. Sombras sin cuerpo. Algo se mueve. Se agacha y luego se levanta. Se acerca. Abre esa puerta de humo y de vidrio. Una bocanada gaseosa escapa con furia y ya no logro distinguir nada. Un aire glacial me recorre la espalda. En este instante sin tiempo el dolor y la soledad se hacen líquidos y se disuelven. La luz de una costa nocturna y somnolienta que anuncia un puerto. El naufragio de la noche que ahora viaja por mis dedos. Un estruendo de pájaros me roza la piel. Bajo el agua, un retazo de noche me tapa la boca. Me asfixia. Me estremece.

Alguien -no importa quien- debió haber impedido que se me abran las puertas paraíso. Pero ya es tarde.