Las puertas del paraíso

dra.cansada2

Si alguien entrara ahora a través de esta ventana. Si de pronto se encontrase de pie en medio de esta habitación. Si esa persona nos mirara. No podría comprender nada de lo que aquí sucede. Nada.

Cargamos la fatiga de muchas horas, de la vigilia constante, de la tensión permanente, del trabajo físico. Estamos adormecidos y exhaustos. Los dos.

La única lámpara que funciona cuelga desnuda del techo. Está sucia de vapores inciertos y polvo de estrellas. Hay dos moscas muertas adheridas al vidrio. Asadas al calor de una luz miserable. La apago. Una toalla -que alguna vez ha sido blanca- flota en el suelo sobre un charco de agua que llega desde la canilla rota del baño. La cama de dos pisos, maltrecha y crujiente, no logra mantener la vertical. Tiene una postura oblicua de Torre de Pisa. Un par de colchas cuelgan como lenguas. La ventana está abierta a la noche. Llega una brisa fresca de verano. Trae un murmullo de hojas sacudidas por el viento y de autos sobre la avenida. Huele a tigre y a Calcuta. Es un intervalo de silencio suspendido en el espacio. Fuera del tiempo.

Estamos sentados sobre la misma cama con nuestras espaldas apoyadas sobre la pared y las piernas colgando. Derrumbados. Casi no nos vemos. Nos adivinamos. Desde aquí la cama de arriba es un cielo marrón con nubes de madera. Alguien talló una frase incompleta: “Mientras vos está acá, allá afuera…”  Es un grafitti de presidiario, pienso. Una huella del pasado que fue idéntico al presente. Yo podría escribir esa misma oración ahora. Pero alguien lo ha hecho por mí, antes. No hablamos. Respiramos con una profundidad lenta y extraña. Un soplido de animal agonizante. Necesitamos comprobar que estamos vivos. Recorremos con el pensamiento cada parte de nuestros propios cuerpos. Relevamos un campo de batalla que somos nosotros mismos. Sobrevivimos. Aunque no sabemos para qué. Mi compañera de guardia me habla con los ojos cerrados.

– ¿Cuántos fueron?

– Muchos, muchísimos…

– ¿Cuántas horas?

– Una eternidad.

– No aguanto más…

– Yo tampoco.

Algo, que debe ser el sol, lame las copas de los árboles con una línea delgada de luz amarilla. Una saliva espesa que se adhiere a las hojas pero que todavía es débil y no permite verlas. Ella dice: “No sé” y yo comprendo qué es lo que ignora. Y lo repite. Muchas veces. “No sé… No sé… No sé…”

– Quiero darme un baño.

– Yo también.

– Primero vos.

– No, vos.

Lo intenta, pero el cuerpo permanece en la misma posición. Una tensión invisible -pero que yo percibo- la recorre. Y un momento después se desploma.

– Por favor, andá vos, necesito unos minutos más.

Ahora se enreda el cabello en el dedo. Gira en un sentido y luego en el otro. Más tarde se toca la frente, la nariz, la boca con un arco formado por el pulgar y el índice. Está bellísima. Me encanta verla así. Despeinada, con ojeras, abandonada a su propia naturaleza de mujer. Viste un ambo verde, dos talles más grandes que el suyo, con el logo del hospital bordado sobre el bolsillo delantero. Va a hablar. Puedo advertirlo. Pero no puede. Vuelve a intentarlo.

– Creo que voy a dejar la Medicina.

– Hay que ver si ella te lo permite.

– Me voy a casar.

– ¿Cuándo?

– No sé…, pronto.

– Supongo que hay un motivo.

– Quiero tener un hijo. Ya no puedo esperar más.

Desde un bolso asoma el lomo de un libro. Sobre la mesa hay hojas sueltas. Fotocopias de una revista científica. El viento las levanta. Las suspende en el aire y después las deposita con delicadeza sobre el piso. Alcanzo a leer la mitad de un título en letras negras: “…..gland of Medicine” antes de que desaparezca de mi campo visual.

– ¿Cuándo lo decidiste?

– En este preciso momento.

– No es un buen momento para tomar decisiones.

– Puede ser. Pero nunca pude ver las cosas tan claras como ahora.

– Es una alucinación. Las cosas nunca son claras.

– ¿Cuánto hace que trabajamos juntos?

– Mucho…, más de lo recomendable.

– Somos compañeros…

– Claro.

– A veces intento contarle a mi novio lo que se siente en momentos como éste.

– No te esfuerces, es inútil.

– No lo entiende, no logro transmitirlo.

– Es una experiencia intransferible.

– Pero, ¿cómo es?

– Es un instante de agotamiento extremo en el que el tiempo se detiene. Tu cabeza se vacía. Estás solo. Ya no hay mundo, no hay reglas. Nada de lo que aquí suceda podrá contarse porque no hay palabras que lo describan. Es una partícula de tu vida que no siembra nada en la memoria. Sabrás que existió, pero estará vacío de recuerdos. Un agujero. Un momento escandaloso e irresponsable donde todo fluye libre de mentiras.

– Él vive en otro mundo… Y yo quiero vivir allí, con él.

Debajo la cama hay un viejo equipo de música que alguna vez fue mío pero que hace tiempo que es de todos. No tiene enchufe. Dos cables pelados y retorcidos ingresan en el tomacorriente. Lo empujo con el pie. Lo enciendo. Suena “Alice” por Tom Waits. Escuchamos en silencio. La canción termina y vuelve a comenzar en auto-repeat. ¿Es un clarinete? “And so a secret kiss. Brings madness with the bliss”.

– Esta música me hace sentir ganas de llorar.

– Llorá…

– Es bellísima y triste.

– ¿Puede ser las dos cosas al mismo tiempo?

– Vos sabés que sí.

Se pone de pie. Baila en la oscuridad. Adivino su sombra en movimiento. Descalza, abrazada a sí misma como si fuese otra. Me parece que llora. No puedo verla. No quiero verla. No necesito verla. Nos conocemos. El sonido de una sirena de ambulancia crece y después se apaga. El ritmo de los respiradores sopla como una manada de búfalos. La ventana se golpea. Se abre y se cierra. Llueve. El olor a tierra mojada y la agonía de la noche nos rozan a la piel.

– ¿Por qué hacemos esto?

– Porque no podemos no hacerlo.

– ¿Por qué?

– Si conociéramos esa respuesta no necesitaríamos hacerlo más.

– Pero, ¿detrás de qué éxito vamos?

– Acá nadie puede triunfar porque no hay sobre qué triunfar.

– ¿Entonces sólo hay derrota?

– Tampoco, son palabras, todo es un malentendido.

– ¡A veces quisiera matarte!

– Dale, ahora nadie nos ve.

– Encontrarían tu cadáver por la mañana. Y yo sería la única sospechosa.

– Lo encontrarán de todos modos.

– ¿Incluso si no te mato?

– Es que ya lo has hecho. Hace mucho tiempo.

– Tal vez también yo esté muerta.

– Algunos, para no morir, prefieren vivir muertos.

– ¿Vos pensás que allá afuera…?

– Allá también. Una mano te estrangula cada mañana. Una bandada de buitres te comen los sueños.

– ¿Y nosotros…?

– En un par de horas volveremos a nuestras casas como dos muertitos obedientes.

– ¿Y nadie se dará cuenta de lo que vivimos acá?

– Nadie. Excepto vos y yo.

Me esfuerzo. Logro pararme. Tomo el bolso y la toalla. Tropiezo con una silla. Casi no veo por donde me muevo. Estiro las manos, me guío rozando la pared con las puntas de los dedos. Veo sus piernas que se mueven siguiendo la música. Piso el charco de agua que fluye desde el baño.

– Entonces, ¿no hay nada verdadero?

– El sexo y la muerte, que son hermanos gemelos.

No es posible engañar a alguien al límite de su resistencia. Cuando estás agotado es imposible mentir. Estoy en una habitación llena de espectros. Tengo que hacer algo para no hacer lo que se anuncia y que no podré evitar.

– Me voy a bañar.

– Esperá un poco.

– No.

– Me da miedo quedarme sola.

– Entonces no lo hagas.

Abro el agua caliente. La mampara es una superficie opaca y borrosa. El vapor se condensa y las gotas corren en todas direcciones. Lo que veo es difuso. Sombras. Algo se mueve. Una silueta. Se agacha y se levanta. Se acerca. Abre la puerta de la ducha. Una bocanada gaseosa escapa con furia. No distingo nada. Un aire glacial me recorre la espalda. Un estruendo de pájaros tiembla en mi pecho. Bajo el agua, una boca se pega a la mía. Me asfixia. Me estremece. Hay una mano, una lengua sobre un cuerpo que ya no es mío.

Alguien -no importa quien- debió impedir que me abran las puertas paraíso. Pero ya es tarde.

  • Jorge Salum

    Bello relato. No sé por qué todavía no existe un libro tuyo con estos textos. Algún día te lo preguntaré.