Las tontas y los libros

muertita.languida

Cada viernes en Bs As se presentan tantos libros que si reuniera al público en un solo lugar habría que usar el estadio de Velez. Llegará el momento en que habrá más escritores que consideren que sus textos deben ser publicados que lectores que los lean. Anoche presenté la novela de una amiga que no pertenece a esa clase de obras. Es profunda, escrita con inteligencia y belleza. Pero quienes asisten a una librería-bar en el corazón cool de la ciudad no discriminan. Lo que buscan son esos “espacios” armados con bibliotecas de caoba, mesitas de café, tequila libre, comida japonesa, música de John Cage y cuadritos de Mark Rothko. Eso es la literatura para ellos. Su manera de leer es asistir a estas veladas lánguidas y sobrevaluadas. Se autocelebran en conversaciones aturdidas por el ruido de la multitud. No escuchan más que a su propia e infinita monodia interior. No les interesa otra cosa.

Casi todas son mujeres. Como en todas partes son ellas las que ocupan los lugares, todos los lugares. Son flacas, llevan el cabello corto y las tetas operadas. Muestran una belleza anémica y una actitud de musa deshidratada. Citan contratapas de libros que nunca han leído. Hablan de autores que han conocido en reuniones como éstas pero se conservan vírgenes de sus lecturas. A veces tengo miedo de que la literatura se transforme en otra cosa. En un engranaje complejo y meticuloso destinado a producir unos objetos llamados libros cuya única función sea la de justificar este tipo de encuentros. Cada vez descubro más gente que ha encontrado esta nueva forma de “leer”. Son flaneurs de librerías de moda.

Después de varios tequilas una de ellas te toma de la mano y llora sobre tu hombro. Es un llanto fisiológico y discreto. Como si orinara por sus ojos celestes angustias vacías y sin objeto. Llora, pero apenas. Lágrimas minimalistas como complementos del delineador y la sombra. Una variante líquida del maquillaje. Los pasos de la ceremonia se van cumpliendo. Una vez que se prendieron de tu mano ya no la sueltan. Es una manito ingrávida, huesuda, fría. Como de muerto. Te piden un ejemplar de gentileza que tampoco leerán. Te miran a los ojos cuando ya todos se han ido sin soltarte la mano. Mastican el último pedacito de Makizushi de salmón mientras te dicen: –Yo también quiero pasar la noche con vos. Pero vos no recordás haberle propuesto semejante cosa jamás. Querés que se vaya. Te imaginás su monoambiente sobre la calle Defensa repleto de almohadones con motivos aztecas, de libros sin abrir, de imanes de delivery, la música de Takeshi Kitano, el frasco de lubricante íntimo sobre la mesita de luz. Ves a su gata obesa sacando su asquerosa lengua para sorber leche con Whiskas de un plato metálico. Entonces te asalta una pasión homicida. Nunca te has sentido más lejos del deseo. Te sentís raro, viejo, puto. Cuando el esfuerzo por impedir que una mujer te lleve a la cama es tan intenso como el que siempre has hecho para llevarlas –a todas- a ese lugar, algo muy malo te tiene que estar sucediendo.