Un lector miserable

dibenedetto

Hay lectores sublimes. Pero también hay lectores miserables. Traidores que se apropian de un texto de manera caprichosa y egoísta. Yo soy uno de ellos. Acabo de terminar de leer, “Antonio Di Benedetto, periodista” de Natalia Gelós, Capital Intelectual. Un libro conmovedor, una investigación rigurosa escrita con talento. La historia trágica de uno de los más grandes narradores argentinos. Un hombre sensible y delicado que en ocasiones no comprende el mundo atroz en que le tocó vivir. Se describen las persecuciones y tormentos que sufrió durante su cautiverio a manos de la dictadura militar que se ensañó especialmente con él. Los hechos son trágicos y sangrientos. Torturas, simulacros de fusilamiento, traslados, palizas, humillaciones.  

Sin embargo yo guardé en mi memoria un fragmento de no más de cuatro o cinco renglones. Una escena minúscula que se quedó girando en mi cabeza durante varios días. Y me avergüenza. Cuando Di Benedetto fue secuestrado en Mendoza, su mujer, Luz Bono, revisó sus pertenencias. Buscaba elementos que le permitieran orientarse en la búsqueda de su esposo desaparecido. Revisó su escritorio. Abrió un cajón cerrado con llave y encontró una caja. Su contenido eran cartas de amor repletas de palabras apasionadas de varias mujeres, sus amantes. Nunca había sido un matrimonio feliz. En ese trágico momento en que su marido entraba en la oscuridad, sus amores clandestinos salían a la luz. La mujer con su hija se quedaron en Mendoza. Padeció la ausencia, la represión, el silencio cómplice del diario Los Andes, el dolor íntimo y secreto de aquella revelación. Pensé en ella, en el modo contradictorio en que se vio obligada a postergar su sufrimiento personal empequeñecido por el drama que vivía su hombre. Pensé en él, en los escasos momentos en que la brutalidad le daba una tregua y la imagen de su mujer abriendo ese cajón se le plantaba en la cabeza. Anduve un par de días dándoles vuelta a esas ideas. Me recriminé a mí mismo haber recortado algo tan pequeño de una tragedia tan enorme. ¿Qué cosa me habrá llevado a una selección tan absurda? Como muñecas rusas, un infortunio dentro de otro mayor. Y yo quedándome con la Matrioshka más chiquita. Imaginé el contenido de las cartas que nunca pudieron escribirse. Escenas que jamás sucedieron. La primera visita en la Unidad 9 de La Plata donde volvieron a mirarse a los ojos. El silencio de los dos a través del vidrio. La mano de ella abriéndose con la llave del cajón sobre la palma. La boca de Antonio mordiéndose los labios. Tuve ganas de escribir ese relato imaginario. Me sentí un miserable. Un ladrón. Un lector cruel y autocentrado. Un tonto al que se le disparan sus emociones sobre el blanco equivocado. 

 

Referencias:
ANTONIO DI BENEDETTO PERIODISTA
Una historia que pone en tela de juicio el rol de la profesión
Antonio Di Benedetto, el autor de la extraordinaria novela Zama, fue periodista desde muy joven hasta pasados los 60 años. En la madrugada del 24 de marzo de 1976 fue uno de los primeros detenidos en la ciudad de Mendoza, donde vivía y trabajaba. Se lo llevaron del edificio donde funcionaban Los Andes y El Andino, los diarios que dirigía y en cuyas páginas había publicado, a partir de 1972, notas sobre la represión policial y los atentados de grupos parapoliciales, fotos de presos e información acerca de procedimientos irregulares.

Aunque nunca hubo una acusación en su contra ("Sospecho que no les gustó mi periodismo"), pasó un año y medio en la cárcel, en condiciones inhumanas, torturado y hacinado. Salió el 3 de septiembre de 1977, débil y desconcertado. Después de una larga temporada en Europa, volvió al país en 1984 y murió en 1986.

Alguna vez reflexionó: "¿Qué habría hecho si hubiera gozado de libertad? No sé si habría aceptado ser periodista bajo el 'Proceso', ejerciendo la mentira cotidiana y el disimulo inicuo. Sé de hombres de prensa que aceptaron esa ignorancia, a menudo propiciada por los mismos empleadores, y ahora, en la democracia, no se atreven a mirar de frente a las víctimas, como no se atrevieron a alzar la voz por sus compañeros aprisionados y hasta contribuyeron a silenciar sus nombres. Hoy gozan de una libertad que les cae grande, pues nada hicieron por ella".
  • Ana

    Yo creo que siempre las pequeñas tragedias nos conmueven más. Quizás porque se nos hace insoportable imaginar toda la dimensión del “gran horror”; quizás porque la mayoría de los mortales solo vivimos las pequeñas, las minúsculas, las íntimas y cotidianas.
    Espero ese “pequeño” relato suyo con ansias. Sé, con certeza,  que será conmovedor.