Lágrimas, luz y leche

picassomujer

Hace menos de una hora que ha salido el sol. El pibe del quiosco acomoda la pila de Clarines y Naciones. Los arma con una velocidad increíble y deja un volante de la fábrica de pastas “La Favorita” en la página central. En la esquina, dentro del patrullero, duermen dos vigilantes obesos. Desde la panadería llega un olor a infancia, a medias lunas y a sacramentos. La señora Inés pasea a su perro viejo, rengo, medio ciego. Los ojos son turbios. Dos vidrios sucios. Dos culos de botella. Las cataratas le bajan una cortina opaca delante de las pupilas. Ella lo espera mientras el pobre animal se esfuerza para orinar levantando su pata viva mientras apoya su pata muerta. Se cae varias veces. Se orina derrumbado sobre la tierra rodeado de yuyos y caca de perro. Inés le habla y le acaricia la cabeza. Un tren hace sonar una bocina larga al pasar por la estación. Se quiebra un silencio de sueño y de madrugada. Los ruidos del mundo amanecen sobre la avenida. Un 96 pasa a toda velocidad el semáforo rojo. Deja una estela de humo blanco, denso. Se demora en las copas de los paraísos sofocándolos en el interior de una nube de gasoil. Una pareja de adolescentes está sentada sobre el cordón. Ella vomita, él le sostiene la frente y la besa en la nuca. Una persiana se levanta en el primer piso. Sale una mujer en camisón que riega las plantas con una pava vieja y quemada. El portero baldea la vereda. La manguera lanza un chorro potente sobre los restos de la noche. Latas de gaseosas, una botella de Quilmes Imperial rota, un forro, dos bolsas de papel con restos de papas fritas, una media marrón abandonada. Baja de un taxi una mujer joven, rubia. Creo que nunca le he visto antes. Busca las llaves en la cartera. Sostiene un cigarrillo encendido mordido entre sus dientes. Es flaca, huesuda. El cabello es ralo, jirones amarillentos separados por islas de piel desnuda. Parece enferma. Triste. Nocturna. La noche le ha dejado una resaca de mal humor y fastidio. Escupe el cigarrillo. Se sienta sobre un escalón en el umbral de su casa. Vacía la cartera sobre las baldosas. La da vuelta y la sacude. Caen restos de tabaco suelto, dos tiras de Aspirinas y una de Rivotril 2 mg. Las llaves no aparecen. Tira la cartera que golpea contra la pared. Se toma la cabeza con las dos manos. Llora. Me paro frente a ella pero no se inmuta. No me ve o no le importo. Me siento. Pegado a ella en el escaso lugar que deja libre. Le paso mi brazo sobre los hombros. Ella deja caer su cabeza sobre mi cuello. Llora con espasmos cortos y separados como si tuviera hipo. Me aprieta la mano. Huele a Parisienes y a Fernet. –“No encuentro las llaves”- me dice. Giramos hasta quedar uno frente al otro, sentados. Me mira. Nos abrazamos. Tan fuerte que nos hacemos doler la espalda. Yo también empiezo a llorar con ella. No sé por qué lo hago. Sin vergüenza. Sin motivo. Con una congoja que me llega desde el pasado, o no sé desde dónde. Ella se separa un poco y me acaricia las mejillas. Los dedos son largos y amarillentos. Las uñas tienen el esmalte rojo saltado en casi todos los dedos. Las yemas están sucias con un tizne negro.  –“¿Y vos?”, me pregunta con los ojos chorreando lágrimas gruesas que sorbe sacando un poco la lengua seca sembrada de papilas enormes. Los hombros son dos nudos como de raíces de árbol. Las clavículas sobresalen de su cuerpo anoréxico y agotado. Me mira con sus ojos negros hundidos en las órbitas profundas. –“Yo no encuentro las llaves. Pero vos, ¿por qué llorás?”. No sé qué decirle. Le hablo como si otra persona lo hiciera por mi boca. –“Yo no encuentro la puerta”.  Le digo sin saber por qué. Me abraza otra vez. Fuerte, hasta hacerme doler la espalda. La mañana se derrama sobre nosotros como una leche hirviente aturdida de luz y desesperada.

Imagen: “Mujer llorando”, Pablo Picasso