Los bordes de un congreso

Hasta hace un rato llovía. Ahora ha salido un sol tímido que ilumina poco y no calienta nada. Me volví caminando por la costanera desde la sede del congreso. Necesitaba quitarme el sopor de la ciencia y el tedio de la diplomacia de mi cabeza. Caminé unas treinta cuadras azotado por el viento helado, el rumor del mar y un tufo oceánico endulzado por el olor a excremento de gaviota. El paisaje es agresivo y hostil. Sólo confirma mi vocación de encierro y mi deseo de oscuridad. Desde el casino y hasta el Club de Pescadores corre una senda peatonal trazada sobre la arena sucia. Detrás de mí el cartel de Havanna en la terraza de un edificio enorme. Delante, el de Quilmes, apoyado en la escollera, suspendido sobre el mar y apagado. El trayecto está infestado de puestitos minúsculos donde se ofrecen artesanías truchas. Caracoles, llaveros, canastos de mimbre, medias de lana, bombachas falsas de marcas famosas. Mucha gente quisiera estar aquí, frente al mar. Pero yo no. Un grupo de brasileros, tal vez quince o veinte, improvisan una batucada con tambores y panderetas. Son negros o casi negros. Se mueven. No pueden evitarlo y bailan como si fuese algo natural, irremediable. Están cagados de frío. No comprenden que una playa tenga esta temperatura. Hacen como si eso no les importara pero tiritan en cuanto se quedan quietos. Necesitan el golpe del bongó y el coro de sus voces para reconocerse en un lugar tan insensato. Toman cerveza en vasos enormes, blandos, de plástico transparente. Mastican hamburguesas con la boca abierta y el kétchup deslizándose por sus mandíbulas como un río de lava sobre la nieve negra. Escupen trozos de tomate y eructan con un ruido hueco de caverna prehistórica. La gente los mira. Se detienen conservando una distancia prudente. Los admiran pero les temen. Dos chicos que no tendrán más de doce años arman un porro cubriéndose del viento con las hojas de un diario viejo. Los perros vagabundos se acercan a comer los restos masticados sobre la playa. Después se echan y duermen como si el estruendo que los rodea no tuviese nada que ver con ellos. Más adelante el sonido se hace tropical. Una voz de barítono desafinado pero potente canta parado sobre una banquito. Desde un par de altoparlantes sale a todo volumen una base rítmica de cumbia. El tipo grita una canción que relata un amor atormentado sobre una percusión exagerada y berreta. Sufre. La voz se desgrana en sollozos andróginos. Llora como un puto triste y decadente. Padece a los gritos el abandono y la traición pero sus piernas dan pasos de bailanta muy cortitos hacia adelante y atrás. Su cuerpo festeja mientras su voz actúa una desdicha de bolero con ritmo de merengue. Una pareja baila. Se toman con ambas manos, se acercan y se alejan. El hombre hace girar a la mujer y vuelven a empezar. Ella es gorda, joven, tetona. Él tiene una edad indefinida, el pelo negro peinado a la gomina y un agujero trapezoidal donde alguna vez habrán estado sus incisivos. Una chica baila sola. Tiene un jean ajustado y una remera blanca que le descubre el ombligo. El frío le levanta los pezones. Se espanta el cabello de la cara y se coloca una gomita negra para sostenerlo sin dejar de moverse. Está descalza sobre la arena helada. Es irresistible y el músico lo sabe. Son socios. Él canta una canción insoportable como una excusa para que los demás nos detengamos a mirar a esa chica mientras simulamos escucharlo. Me siento sobre un muro de piedra. Los pies me laten y un calor de menopáusica me sube por el cuello. Ella baila sola para un público de solitarios y babosos que no podemos salirnos del embrujo. El hombre canta y sufre como un desgraciado. Tal vez sea su padre o su tío. Ahora destroza un tema de Sandro que ya era horrible sin necesidad de que él lo empeore. La chica da vueltas y vueltas. Se detiene durante algunos segundos justo delante de mí. Huele a jabón de lavar la ropa y a colonia barata. Pienso en morderle el culo. Imagino las huellas de mis dientes viejos sobre sus nalgas adolescentes. Me río. Una mujer grande pintada como una puerta se sienta a mi lado. Huele como la chica pero en ella eso resulta insoportable, nauseabundo. Me toca el hombro con los dedos y me mira. –Yo tenía un culo como ese hace mucho tiempo- me dice. Se queda mirándome esperando una respuesta. -¿Y dónde lo perdiste? le pregunto. –Ya no me acuerdo dónde, pero todavía conservo las mañas. Nos quedamos en silencio. Yo quiero que se vaya pero ella parece que no. –Mañas sin culo tal vez no sean suficientes- le digo para espantarla. –No estés tan seguro papito, tendrías que probarlo. El cantor callejero ataca ahora una de Leonardo Fabio. La chica baila y pasa una gorra de paja vieja y rota donde los espectadores dejan monedas. Yo también lo hago y me levanto. La mujer me toma del brazo y me pregunta: -¿Te lo vas a perder?- Me siento un verdugo bajando la guillotina. –Sí, me lo voy a perder. Pero no te preocupes vos no te perderás nada. Se pone frente a mí y el olor a cosméticos se me clava en la nariz. –Al menos dejame algo para los fichines papito-me dice. Le doy unos mangos y le guiño un ojo. –Que tengas suerte. Es una tarde de mierda y al menos en las maquinitas se te pasará más rápido. –Gracias papi vos sí que entendés a las minas- me dice agradecida. Pobre mujer, justo eso tenía que decirme, justo eso…

  • Ana

    Estimado, no encuentro demasiada diferencia ( esencialmente, me refiero) entre los bordes y el centro, en la mayoría de los Congresos. …Pero no me hagas caso, tal vez soy demasiado reaccionaria.
    Saludos afectuosos.

  • aflichten

    Muchas gracias Ana. Es posible que tengas razón.
    Cariños

  • Nestor Zawadzki

    Es genial saber de gente que sale a sacudirse el sopor de la ciencia y el tedio de la diplomacia que supuran los congresos. Mas genial leer tus escritos.

  • Carlos Rubinstein

    Bueno, un gusto conocer tu sitio. Y metéle a producir mas historias!
    Un abrazo!

  • Gracias Néstor por la generosidad de tus comentarios. Ya me estaba cansando de estar tan solo en este Blog que nadie visita. Un abrazo;
    Daniel F.

  • Nestor Zawadzki

    Epa! Daniel, no me digas que esta cuestion del bicentenario y las barrasbravas viajando gratis a Sud africa te deprimen al punto de suponer que estas solo en el blog! Hay un club de fans “subrepticio” (incluidos mis alumnos de la facultad). Si Marcos Aguinis no levanta la puntería… Daniel Flichtentrei va a ocupar su lugar. Saludos.