Los condones del abuelo Nino

Nino

Nino

Hace ocho años murió la abuela Ana. Una tarde lluviosa de abril, cerró los ojos y dejó de respirar con la misma naturalidad con la que alguna vez parió a sus hijas o acunó a sus nietos. De ese modo tan sencillo le apagó la luz a un interminable período de postración y servidumbre. Una enfermedad neurológica la recorrió sin apuro desde las piernas hasta el cuello. Lentamente. Los demás nos limitamos a contemplar el ascenso de aquella parálisis que la conquistó como un ejército fantasma sobre un territorio desolado que no le opuso resistencia. Nino jamás se movió de su lado. Al cabo de una vida entera compartida con esa mujer, encontró la serenidad para sentarse al costado de la cama y cantarle morriñas mientras sostenía su mano quieta como a un niño muerto sobre sus rodillas.

Aún no tenían diez años cuando sus padres —vecinos de la aldea de Oliva de la Frontera, al Este de Badajoz— los arrancaron del huerto y del arado para subirlos a la bodega de un barco con rumbo incierto al Sur. Crecieron juntos —ellos y sus dos familias— hasta que durante una fiesta de carnaval se encontraron besándose en la boca detrás de los sauces. Se casaron sin hacerse preguntas y sin haberse tocado más que mediante ese beso fugaz e insensato. Las tres hijas llegaron como un rayo y la vida se hizo una lucha despiadada para darles todo lo que ellos no tuvieron. No hubo quejas ni lamentos, apenas una existencia austera aceptada como algo que no tenían derecho a rechazar. Se entregaron al trabajo y a garantizarles a sus niñas unos estudios que consideraban la llave del futuro. Las tres se graduaron en la universidad. En las tres ocasiones, Ana y Nino lloraron escondiéndose mutuamente unas lágrimas que no se podían permitir. Llegaron los nietos; el retiro feliz hacia el cultivo de hortalizas en el patio trasero de la casa y los aromas verdes de la cocina familiar; más tarde, la enfermedad y la muerte; y el silencio de Nino que duró un par de años. Un tiempo mudo que sus palabras invirtieron para recuperarse del estremecimiento brutal de la ausencia.

Lo he asistido ya no recuerdo desde cuándo. Lo he visto callar y volver a hablar. Se sentaba con la mirada fija en un punto del horizonte y dejaba pasar las horas vacías como un oso que hiberna los largos meses de oscuridad para renacer con las primeras luces de la primavera. Sus hijas lo sentaban frente a mí procurando respuestas para unas preguntas que Nino nunca se había formulado. Me pedían estudios y medicamentos cuando él solo necesitaba tiempo y resignación. Algunas veces le hice tomar al padre unas pastillitas inertes destinadas a tranquilizar a sus chicas. Dos años más tarde, volvió a los nietos, a los cultivos de estación y a la iglesia los domingos como si se hubiese retirado apenas por unos instantes a meditar sobre la muerte.

Hace algunos días me visitó. Ahora lo hacen sus tres hijas sentadas ante mí como un tribunal implacable que evalúa mi conducta.

—Tengo algo que preguntarte, doctor.

—Te escucho, Nino, ¿qué ocurre?

—Ya hace ocho años que murió mi mujer.

—Es mucho tiempo, ¿no?

—Suficiente como para que haya podido pensar en ella todo lo que necesité.

—¿Y ahora, Nino? ¿En qué pensás?

—¿Puedo hablarte como a un hombre?

—Pensé que nunca habíamos hablado de otro modo.

Ahora sus tres hijas están en mi consultorio. Me miran, se miran. La menor toma la palabra. Se eleva sobre la silla como si una fuerza le naciera desde el vientre y la impulsara hacia arriba.

—Doctor, usted sabe lo que significa para nosotras el cuidado que siempre les ha dado a nuestros padres. No hay dudas de la confianza que depositamos en usted. Pero ahora estamos atravesando una situación que nunca pensamos que nos podría suceder. Un escándalo, doctor. Algo que nos tiene a las tres llorando sin entender si se trata de una enfermedad o de algo aún peor. Una tragedia familiar de la que ni siquiera podemos hablar. Una situación que nos avergüenza y nos lastima, y que solo podríamos superar si usted nos asegura que la ocasiona un trastorno mental. Hemos leído que podría ser una alteración en el cerebro. No es imposible. Y, la verdad, es que lo deseamos con toda el alma doctor. Por favor, díganos que es así. Hágale a papá algunos estudios y confirme esa sospecha.

—Es que para eso debería conocer qué le sucede. He visto a su padre hace pocos días y lo encontré muy bien.

—Lo sabemos. Él nos dijo que habló del tema con usted cuando tomamos conocimiento de lo que le está pasando.

—¿Y qué le está pasando?

—Doctor, ¡usted lo sabe muy bien! Papá nos aclaró que fue un consejo suyo. Una recomendación precisa, aunque nosotros no lo podíamos creer. Usted nunca pudo haber hecho algo como eso. ¿O sí? Porque si fue usted, doctor, entonces es usted el que está enfermo y nosotras tenemos que saberlo. Si dar recomendaciones vergonzosas a sus pacientes es su forma de entender lo que un médico debe hacer con un anciano, entonces, doctor, el problema es usted y no mi padre.

La mujer se encendió hasta que los ojos se abrieron en toda su dimensión, la cara adquirió un color bermellón, las venas del cuello se le dibujaron hasta perderse debajo de la mandíbula. Tomó su bolso, introdujo una de sus manos en él y extrajo una pequeña caja de cartón tomándola con el extremo de sus dedos índice y pulgar como si se tratase de un objeto repugnante o un peligroso veneno. Lo arrojó sobre el escritorio y la caja se deslizó sobre la superficie del vidrio que lo recubre hasta detenerse justo frente a mí. Gritaba y se ponía de pie. Sus hermanas la acompañaban con los gestos, pero sin pronunciar ninguna palabra. Parecían mimos que imitaban en silencio lo que otra persona hacía.

—¿Qué es esto doctor? ¿A ver, dígame, sabe usted qué cosa es esto?

Tomé la caja con mis manos y la examiné poniéndola a la altura de mis ojos.

—Bueno, si la memoria no me traiciona, esto es una caja de condones.

—¡Exactamente, doctor! Una caja de condones que encontramos en el bolsillo del pantalón de mi padre. ¿Tiene usted algo que decirnos al respecto?

—Sí, desde ya, que jamás deberían revisar los bolsillos de otra persona.

Ahora las tres se acercan al borde del escritorio, apoyan las manos sobre él e inclinan el cuerpo en mi dirección. Son como misiles tierra-tierra en busca de su objetivo final.

—¿Sabe lo que nos contestó papá cuando le preguntamos sobre esto?

—No, no sé.

—“Me los recomendó el doctor”, dijo, y siguió cuidando sus plantas junto a los nietos como si nada grave pasara. ¿Ahora va a decirnos de qué habló con papá?

—No, no lo voy a hacer.

La hija que llevaba la voz cantante tomó la caja y volvió a guardarla en su bolso. Las otras dos se embarcaron en un llanto sincrónico y espasmódico que me sobresaltó. Primero, unos sollozos cortos y rítmicos. Después, un sofoco estridente que derivó hacia una serie de cortos soplidos sobre unos delicados pañuelitos rosa que se pasaron de una a la otra.

—¡Doctor, usted no tiene derecho! Sabe perfectamente lo que hemos sufrido, lo que nos ha costado aceptar la muerte de mamá. ¿Tampoco tiene nada que decirnos sobre eso?

—En realidad sí. Me alegra mucho que hayan podido aceptar la muerte de su madre. Pero lo que parece que aún no han logrado aceptar es que su padre todavía sigue vivo.

  • Claudiagrismann

    genial!!!!..no puedo evitar relacionarlo con mi divorcio y mi entorno, pareciera que una mujer después de separada está muerta, así lo sentí…disculpas por el comentario personal…qué egoístas que podemos ser los seres humanos cuando pretendemos que el “otro” sobrelleve nuestras decepciones, lutos y frustraciones….

  • Ana

    Bello relato, como nos tiene acostumbrados.

  • Alfred

    Estupendo.