Los pibes

Juanito-Laguna-Berni-300x212

Esta tarde tenía visitas esperándome en la puerta del consultorio. Un Reanult diecinueve picado de viruela con cuatro pibes adentro. Dudo que nada funcionara en ese auto excepto el reproductor de música que sonaba a un volumen altísimo: “Se va para el baile con su minifalda mostrando la burra y le gusta que la miren, le gusta que la miren…”  Sobre el techo había un bidón con nafta desde el que salía un cañito plástico que ingresaba al motor. Apenas me vieron abrieron las puertas y bajaron. Ninguno tenía más de veinte o veinticinco años. Vestían pantalones anchos de colores fosforescentes que les llegaban apenas debajo de las rodillas. Musculosas con dibujos e inscripciones como: “Piola Vago”, “el Apache”, “Violador serial”, “Perreo al palo”. El que llevaba la voz cantante era un primate de unos 120 kg y 1.90 m de estatura. Las zapatillas eran enormes. Creo que jamás las he visto tan grandes. Tenía una extraña barba finísima que le recorría la cara de oreja a oreja continuándose con las patillas. La mitad del cráneo rapado y la otra con una melena peinada con gel húmedo que le llegaba hasta los hombros. Un aro con una piedra bermellón con forma de elipse. Sobre el brazo derecho un tatuaje de Carlitos Tévez, sobre el izquierdo una flecha que atravesaba la palabra “madre” escrita con una letra cursiva. Los otros tres eran algo menores. Todos usaban gorritas con la visera hacia atrás. Se movían al compás de la música. Daban unos pasitos cortos arrastrando las suelas sobre el piso acompañados de flexiones de las rodillas y torsiones de la cadera. Una especie de movimientos coreoatetósicos al compás del reggaetón. El más joven armaba un porro. Se pasaban de mano en mano una botella plástica de Coca Cola de litro y medio con un líquido amarillento que no me animo a afirmar si era cerveza u orina. Me rodearon cuando empezaba a abrir el portón. Olían a potro y a caballeriza. No parecían agresivos. Más bien exóticos y salvajes.

– ¿Vos sos el doctor Daniel?

– Sí, soy yo

– No te asustes, no te vamos a afanar.

– No me asusto. Me encanta verme rodeado de chicos como ustedes.

El diariero de la esquina se asomó para ver qué pasaba. -¿Todo bien doctor? Le hice señas con la mano de que todo estaba controlado. Uno de los pibes eructó con la potencia de un trueno antes de arrojar la botella vacía al medio de la calle. Rozó la cabeza de un hombre mayor que pasaba en bicicleta. El tipo se detuvo, apoyó un pie sobre el piso y lo puteó. El pibe levantó un cascote y se lo tiró con una extraordinaria puntería. El pobre hombre se agachó para esquivarlo y salió corriendo sin volver a montarse a la bicicleta. Los demás ni siquiera prestaron atención a lo que sucedía. El grandote me agarró del brazo.

– Mi vieja quiere que vos la atiendas. Te estamos buscando desde hace una semana.

– ¿Tu vieja?

– Sí, Ermelinda Benítez. Una paraguayita que vos atendiste cuando estuvo internada en el hospital. ¿Te acordás?

– La verdad que no. ¿Cuándo fue eso?

– Hace como diez años.

– Mi memoria no llega a tanto. Ya estoy viejo.

– Ella te recuerda muy bien. Siempre habla de vos.

– Me alegro, a veces creo que nadie se acuerda de mí.

– Te llevamos y te traemos de vuelta, ¿vamos?

– Dale, pero tengo que estar acá antes de las seis.

– Tranquilo, te prometo que estarás acá a esa hora.

Me abrió la puerta para que entrara al auto. Los otros tres se acomodaron en el asiento de atrás. Tuve un instante de duda.

– Mejor los sigo con mi coche. Les dije en un rapto de prudencia que sentí como una cobardía.

– No, te llevemos nosotros. Es cerca, pero un lugar jodido, ¿viste?

– Ok, dale, vamos.

El asiento tenía una depresión de unos veinte centímetros coronada por un resorte y jirones de estopa manchada de grasa. El piso dejaba ver el asfalto a través de dos agujeros irregulares del tamaño de una mandarina grande. La radio sonaba al tope. Organito, tumbadoras, raspador. Un locutor anunciaba una noche colombiana repleta de espuma y la actuación en vivo de “Jimmy y su combo negro”  y de “Claudio y su onda sabanera”. Chicas gratis hasta las doce de la noche, después veinte pesos por cabeza. El olor a porro era delicioso. Se pasaron el cigarrito de mano en mano. A mí no me convidaron. Me sentí excluido y miserable. Bajamos por la colectora de la Autopista del Oeste hasta  una calle de tierra. Las sacudidas salpicaban gotitas de combustible que chorreaban por el parabrisas. Detuvieron el auto al costado de una Toyota Hilux. Uno de ellos bajó, le hizo saltar la tapa del tanque de nafta con un movimiento seco y rotundo. Introdujo el cañito plástico y chupó hasta que la nafta comenzó a fluir hacia el bidón que había apoyado en el piso. En pocos segundos el recipiente estaba lleno. Volvió a subir escupiendo combustible a través de la ventanilla. –Es un autoservicio, ¿viste?, me dijo mientras arrancábamos. Al cabo de unas diez cuadras empezamos a encontrar a grupos de clones de los pibes en las esquinas. Eran todos igualitos, indistinguibles, uniformados. El conductor aminoraba la marcha sacaba su brazo y se chocaba con la mano del otro en una serie atropellada de movimientos que no logré comprender. Ingresamos en un barrio de casas humildes de cemento sin pintar o de chapa. Algunas tenían uno o dos pisos. Cientos de antenas de TV y de cables subían y bajaban a la altura de la cabeza de un hombre de pie. Había perros y chicos en cantidades semejantes. Los primeros se rascaban la entrepierna con un empeño admirable, los segundos se sorbían los mocos descalzos entre la basura.

-Doc, acá tenemos que bajar y caminar.

 – Perfecto, adelante.

El grandote y yo nos alejamos a pie por un pasillo estrecho. Los demás se quedaron en el auto. Hacía un calor vaporoso de caldera del diablo. Caminábamos sobre charcos de barro y senderos de pedregullo. Las casas se amontonaban haciendo un uso irrespetuoso del espacio. No existían ni las proporciones ni la simetría. El conjunto era caótico y desordenado. Tuve la impresión de que, sin embargo, existía alguna racionalidad que yo no alcanzaba a comprender. Mis prejuicios no podían admitir que la función no guardara relación con la forma. Algo me resultaba a la vez desagradable y cautivante. Empecé a desprenderme de esa primera sensación. Entonces el barrio me atrapó con sus sonidos, sus olores, sus habitantes. Las paredes estaban llenas de graffitis con leyendas o dibujos. Los colores se mezclaban hasta hacerte doler los ojos. La ropa colgada de sogas atravesaba la veredita obligándonos a agacharnos para pasar debajo de pantalones, blusas o guardapolvos escolares. Un flujo vital circulaba como un viento por todas partes. Desde las ventanas salían las voces de la televisión, música de chamamé o de cumbia. En ese lugar no se conocía el silencio. Varias mujeres jóvenes y obesas se asomaban a curiosear. A casi todas les faltaban los incisivos y les sobraban las tetas. Llegamos a una casa de ladrillos sin revocar. No había puerta sino una cortina sucia de tela floreada. El piso era de tierra seca y apisonada atravesado por los surcos de agua de una regadera. Sobre la pared había un cuadrito del general Perón montado sobre un caballo con uniforme de gala y un retrato del Gauchito Gil iluminado por una lámpara colorada con forma de gladiolo. Entramos a la habitación en penumbras. Se escuchaba el zumbido en un turboventilador apoyado sobre una silla. Tropecé con una fuente y derramé su contenido líquido. Tardé algunos minutos en acomodar mi visión a la escasa luz. Sobre la cama, semisentada, encontré a Ermelinda. La reconocí de inmediato. Estaba más delgada y más vieja. El cabello ralo, negro. Los brazos y las manos esqueléticas se estiraban hacia mí. Me acerqué. Nos abrazamos durante un rato que me pareció bastante largo. Pude percibir un temblor involuntario y sutil que le empezaba en la cabeza y bajaba hacia las piernas. Olía a lavandina y a colonia frutal. Me llené de recuerdos de esa mujer en pocos segundos.

– Ermelinda, ¿todavía hacés esa sopa paraguaya que me traías al hospital?

 – ¿Se acuerda doctor?

 – Claro, cómo iba a olvidarme de ese manjar.

La mujer miró a su hijo y le hizo un gesto. El pibe se acercó a la cama con una actitud tierna y sumisa que me pareció ridícula en alguien tan enorme.

-Chuqui, andá a la cocina y traele al doctor un pedazo.

El mono salió a toda velocidad montado sobre sus zapatillas canoa. La música seguía sonando desde alguna parte. Se escuchaba la voz de un locutor que alentaba a la audiencia hablando a los gritos encima de las canciones. Conversé un rato con Ermelinda y después la revisé con detalle. Le habían amputado dos dedos del pie derecho hacía un año. Su diabetes ahora le estaba quitando la visión. Tenía una palidez amarillenta en la piel y las conjuntivas. Lesiones de rascado por un prurito que no le daba tregua desde hacía semanas. Su presión arterial estaba alta y había signos de congestión pulmonar. Las últimas cuarenta y ocho horas había tenido vómitos. Se escuchaba sobre su pecho un ruido áspero como de dos cueros secos frotándose entre sí. Las parótidas estaban hinchadas deformándole la cara a ambos lados. Los párpados edematizados le daban un aspecto de somnolencia permanente. Se quejaba de calambres y la movilidad de sus tendones mostraba subsaltos muy groseros. Tenía signos evidentes de insuficiencia renal severa descompensada.

Tal como la recordaba, seguía siendo una mujer dulce y austera. Casi no se quejaba. Tuve que sacarle a empujones el repertorio de sus síntomas. Me mostró una bolsa plástica de supermercados “Día” llena de cajitas de medicamentos que sacó de un cajón de la mesa de luz. Sus hijos no le habían hecho faltar nunca el tratamiento pese a que era muy costoso. El simio me ofreció una porción de sopa paraguaya sobre un platito. Estaba tibia y deliciosa. El olor me transportó muchos años atrás cuando mis compañeros y yo nos peleábamos por comer esa exquisitez en las noches de guardia. Como la magdalena de Proust volví a una época feliz e intensa de la que ya comenzaba a olvidarme. Recuperé, montado en ese aroma, una alegría y un entusiasmo por las cosas de la vida que hace mucho he dejado de sentir. La harina de maíz y el queso se mezclaron en mi boca con los sabores del pasado. Fui masticando durante algunos minutos el cadáver de lo que alguna vez fui. En aquellos días me movía la zanahoria del futuro. Ahora, me di cuente en ese momento, flotaba arrastrado por la inercia de quien ya no tiene futuro. Me acomodé al borde la cama y comí despacio, saboreando cada bocado tomado de la mano huesuda de Ermelinda. Le agradecí y le di un beso en la frente. Ella le ordenó a su hijo que me envolviese el resto para que me lo llevara a casa. Me trajo un paquetito envuelto en la contratapa de Diario Popular. Había una de esas magníficas fotos del Chocho Santoro de una mujer de espaldas. La chica flexionaba la columna contradiciendo toda fisiología lo que ponía su magnífico culo en un conmovedor primer plano. Lo guardé en mi maletín. El papel comenzaba a entibiarse.

Les pedí a todos que me escucharan. Tenía que decirles algo importante y necesitaba estar seguro de que lo comprendían. Ermelinda ya no podría seguir en su casa. Habría que internarla y era muy probable que requiriese ingresar en un plan de diálisis definitiva ya que sus riñones habían dejado de funcionar. No había alternativas. Debía procederse de inmediato antes de que tuviese consecuencias irreparables. Ella lo aceptó sin comentarios. Sospecho que esperaba algo así. El mono, en cambio, se abalanzó sobre la cama y la abrazó con desesperación. Lloraba como un bebé con unos sollozos largos seguidos de una especie de hipo gutural mientras sacudía su inmensa humanidad sobre su pobre madre. Intenté separarlo pero no logré moverlo ni un centímetro. La mujer le acariciaba la cabeza y le daba palmaditas en la nuca. Pronunciaba una letanía de una sola palabra como si se tratase de un mantra: –mamá, mamá, mamá… Confieso que me emocioné. Era como un transatlántico desmoronado sobre una chalupa. Mientras tanto hice una llamada al hospital para hacer los arreglos con la médica de guardia para que la recibiese conociendo sus antecedentes. Me despedí de Eremelinda con la promesa de ir a verla al día siguiente.

Salimos sin decirnos ni una palabra. El pibe estaba visiblemente conmovido. El volumen de la música se fue incrementando a medida que dejábamos la casa. Me tomó del brazo y me miró desde una altura que me daba vértigo.

-¿Se va a morir doc? ¿Mi vieja se va a morir?

– Está muy enferma, el riesgo es alto. Si todo sale bien la espera un tiempo difícil en el que deberá hacerse diálisis tres veces por semana. 

 -No se puede morir doc, mi vieja no se puede morir…

Estábamos detenidos en un pasillo interior del barrio donde apenas entraban dos personas. Obstruíamos el paso y la gente empezaba a juntarse alrededor. Nadie se animaba a pedir permiso. Escuchaban nuestra conversación. Los hacían con un silencio respetuoso y atento que sólo se quebraba con un murmullo sordo cuando mencionábamos la posibilidad de la muerte o algún otro dato acerca de la gravedad del estado de Ermelinda. Algunos lo palmeaban en la espalda en señal de apoyo. Los vecinos participaban de los acontecimientos como una comunidad donde los límites entre lo privado y lo público eran muy diferentes a los que yo conocía. Nadie parecía esperar que el drama de uno debiese ocultarse de la mirada de los otros. Algunas mujeres entraron a la casa para preparar a Ermelinda para su traslado al hospital. Me pareció que era una gran familia integrada y solidaria. Una señora llegó con un bolso rojo, otra con un frasco de perfume y uno de desodorante. Una mujer con un bebé en brazos descolgó dos camisones de una soga y comenzó a plancharlos sobre una tabla de madera. Nadie se movía del lugar. Me decidí a hablar sin tomar en cuenta que me escucharían una diez o quince personas expectantes a lo que iba a decir. Hablé mirando al hijo de Ermelinda pero de a ratos también a los vecinos con el propósito de saber si me comprendían o si tenían alguna pregunta.

-Tu mamá es diabética y lleva muchos años de enfermedad. Llega un momento en que hay que aceptar que el final se acerca. Vos sos su hijo y yo no puedo ocultártelo. Tenés que ser fuerte para apoyarla y no obligarla a que sea ella quien deba sostenerte a vos. Así son las cosas. No voy a engañarte. Esto no va a durar mucho tiempo más.

Las personas se turnaban para frotar sus manos sobre la enorme espalda del pibe. Un hombre mayor, de piel oscura y curtida, se adelantó al grupo hasta quedar delante de mí. Usaba un sombrero de paja y un pañuelo atado al cuello. –Doctor, acá todos estamos para ayudar. Si hace falta algo: sangre, cuidadores para la noche, plata, lo que sea doctor, lo que sea… Tenía acento guaraní. Tal vez fuese correntino o paraguayo. Olía a vino pero no parecía alcoholizado. Me ofreció su mano que acepté gustoso. –Le gradecemos mucho que haya venido a ver a la Ermelinda doctor. Bajó la cabeza, dio media vuelta y desapareció detrás de la gente que nos rodeaba. La música seguía sonando a todo volumen. A nadie le sorprendía ese alboroto. No me pareció que consideraran que la situación exigiera silencio o algo más discreto. La cumbia formaba parte del ambiente como el aire o la luz. No es que a mí me molestara pero no podía dejar de atender a las letras de las canciones y sentir cierta vergüenza: “Vení pa´ cá vamo a cogé…”. Me pareció que yo era la única persona que sentía ese pudor. Al cabo de un rato me adapté. Incluso comencé a sentirme a gusto con ella: “Si sos turra me moviste / ese ropete yo te lo quiero romper…”   Recordé que cuando me encontré con los pibes en la puerta del consultorio venía escuchando extasiado en el auto un CD de Path Metheny, “Wath it all about” que me había mandado mi amiga Lucía desde Nueva York. Había muchos mundos y cada uno se hacía escuchar con sus propios sonidos.

El grandote me pidió que lo acompañara. Entramos en una casa a pocos metros del lugar donde nos habíamos detenido. Apenas abrió la puerta la música adquirió una intensidad insoportable. Tres chicos manejaban una consola de sonido. Todos usaban lentes oscuros. Eran flaquísimos, altos y usaban una ropa desproporcionadamente grande lo que exageraba su delgadez. Había cinco o seis chicas bailando distribuidas en la pieza. Usaban remeras ajustadas que dejaban sus ombligos al aire y una polleritas minúsculas que se balanceaban deliciosamente. Hice un esfuerzo enorme por no mirarlas. Aunque no me duró mucho tiempo. No pude evitarlo. Bastaron algunos segundos para que mis ojos quedaran capturados por sus nalgas. Eran perfectas. Unas redondeces dotadas de vida propia. Asomaban su maravilla como una luz intermitente con cada movimiento de la pollera. Entramos en una piecita repleta de cajones de cerveza Quilmes Imperial y botellas de Fernet Branca apiladas hasta la altura del techo.

-¿Qué es este lugar? le pregunté. –Una radio, se llama FM Génesis. Acá la escucha todo el mundo. En las casas, en los autos y por los altoparlantes que hay en las esquinas. Sacó del bolsillo trasero del pantalón un fajo de billetes de cien pesos enrollado y ajustado con una bandita elástica. No sabría decir la cantidad pero había más dinero del que yo haya visto alguna vez. -¿Cuánto te debo doc?, me preguntó mientras desataba los billetes. –Nada, no te preocupes. Me parece que yo debería pagarte a vos porque me permitiste volver ver a Ermelinda y conocer este lugar. El pibe se quedó mirándome sin comprender lo que le acababa de decir. –No, de ninguna manera. Vos tenés que cobrar. Otra vez percibí la incoherencia entre su desmesurado tamaño y su actitud tan ingenua. Parecía un nene enorme. Me veía obligado a levantar la cabeza para mirarlo a los ojos. Me parecía estar hablando con un rascacielos obeso y desgarbado. –Quedate tranquilo, hay cosas que no tienen precio. Me arrastró hasta la habitación de la que veníamos. Otra vez nos aturdió el sonido. –Llevate una guachita entonces doc. Ya me di cuenta como las mirabas. Las chicas seguían bailando solas como muñecas a  cuerda. -¿Te parece? ¿Qué pensarán ellas si tuvieran que venirse con alguien como yo? Se acercó hasta mi oído para que pudiese escucharlo. –Vos no te preocupes, estarán encantadas. Te llevás la que más te guste y después yo te la paso a buscar. Las miré una a una. Eran tan jóvenes y hermosas. Tan perfectas y sensuales. Bailaban con movimientos provocadores mientras sonreían como autómatas. –Te lo agradezco mucho. Son preciosas. Pero no puedo aceptarlo. Mejor llevame de vuelta que se me está haciendo tarde.

El grandulón hizo una seña a los chicos de la consola. La música se detuvo. –El doctor quiere ver a las chicas, a ver si le muestran lo que saben hacer. Empezó a sonar una versión tropical y llorona de Lambada. Las chicas comenzaron a bailar. Una de ellas se subió a una mesa. Giraban y movían las caderas al compás de una percusión muy primitiva de palmas y redoblante. El cantante empleaba un lamento sobreagudo de bolero, mitad en español del Caribe y mitad en brasilero elemental. El espectáculo era sobrecogedor. El grandulón se alejó unos pasos. Tomó a una chica de la mano y bailó con ella. No podía creer lo que estaba viendo. Esa mole torpe se transformó por completo. Adquirió una gracia extraordinaria. Un talento que resultaba incomprensible en alguien como él. Toda su incoordinación de movimientos al caminar se convirtió, tocada por varita de la música, en una extraordinaria destreza para la danza. Tuve la impresión de que una fuerza misteriosa le atravesaba cuerpo dotándolo de una habilidad que un minuto antes parecía imposible. Me hubiese gustado haber sido capaz de hacer algo así. Bailar con una mujer con la música gobernándome el cuerpo. Ese pibe era libre cuando bailaba. Él tenía acceso a una variante estilizada del sexo que era desconocida para mí. Se acercó con la chica de la mano. –Ella es la Gladys, una misionera caliente y gauchita. Llevátela, yo sé lo que te digo. La piba se reía satisfecha con la descripción que hacían de ella. Parecía un ángel precioso y tonto. –No, gracias. No quisiera sacrificar a una mujer tan hermosa con un tipo tan desagradable como yo. Te lo agradezco mucho. Se me está haciendo tarde, me tengo que ir. 

Desandamos el camino por el que habíamos llegado. Las personas me saludaban como si fuese un héroe. Le ofrecían al pibe ayuda y solidaridad. Todos estaban enterados de lo que le ocurría a Ermelinda. La música de la radio se repetía en cada casa, en cada esquina. Sintonizaban la misma estación que parecía ser el sonido propio del barrio. Encontramos a dos adolescentes sentados en el piso con herramientas en las manos. Tenían destornilladores, pinzas, sierras, martillos, una llave cruz y un criquet hidráulico. Me pareció extraño. No hacían nada. Actuaban como si estuvieran esperando para comenzar un trabajo pero no entendía cuál. -¿Estos pibes qué hacen? ¿De qué laburan? Nos detuvimos. El grandote sonrió. -¿Ves ese auto que está allá enfrente, del otro lado de la autopista? Apenas podía verlo. Era un Audi A3 gris metalizado, precioso, estacionado sobre la banquina de tierra. -¿Sí, lo veo? Señaló a los chicos que seguían esperando. –Los pibes lo levantaron hace un rato. Ahora tienen que esperar dos horitas. Si tiene LoJack llegará la cana y se acabó el laburo. Pero si los ratis no aparecen, los changos le ponen mano y en veinte minutos lo desguazan para repuestos. Saludó a los desarmadores de coches chocando el puño con cada uno de ellos y seguimos nuestra marcha. Como la cumbia, como la falta de privacidad, también esto parecía algo naturalizado sobre lo que nadie aplicaba ningún juicio moral. Pura supervivencia. Estrategias de vida que, también a mí, empezaban a parecerme razonables.

A pocos metros había una casa de dos pisos con las paredes repletas de dibujos de vírgenes, santos, animales y algunos símbolos que no pude identificar. Desde la puerta partía una larga fila de personas que se perdía en el laberinto de aquellos pasillos. -¿Qué espera toda esa gente allí?, le pregunté a mi cicerone. –Es la casa de la Dorita, es tu colega acá en el barrio. Había personas de todas las edades, chicos, embarazadas, viejos. Esperaban con paciencia bajo el sol ardiente de la tarde. Era evidente que algunos estaban muy enfermos. Los familiares les llevaban sillas para que descansaran y las iban adelantando a medida que la fila se movía. -¿Mi colega? Dos mujeres recorrían la cola ofreciendo chipa y torta de chicharrón que llevaban en canastas de mimbre sobre las cabezas cubiertas con telas blancas, inmaculadas. –Sí, es curandera y de las mejores. A mi vieja la atendió varias veces. Pero cuando ella nota algo que no puede arreglar te manda al hospital.

Me detuve a mirar a la gente. Una mujer joven se apoyaba contra la pared. No tendría más de treinta años. Otra, tal vez su madre, la abanicaba con una revista. Estaba agitada, respiraba con un esfuerzo enorme. Se la veía agotada. Sudorosa y con los labios azulados. –Me parece que esa chica va a ser una de las que la Dorita mande al hospital. Se la ve muy mal. El pibe se acercó, la tomó del brazo y la acompañó hasta entrar en la casa. Me hizo señas de que lo siguiera. Nadie se quejó. Todos entendieron que era necesario apurar la atención de esa mujer. Entramos. Nos inundó un intenso olor a incienso. Había pequeños recipientes con aceites aromáticos sobre mecheros encendidos. Crucifijos de todos los tamaños. Láminas con vírgenes y santos pegadas con chinches sobre las paredes. Al fondo del único ambiente, un altar iluminado con velas y una estatuilla de la virgen de Luján. Sobre la pared un mural de la Difunta Correa que iba desde el techo hasta el piso. La gente le había dejado botellas vacías de gaseosas, vino, sachets de leche, bandejas con frutas y verduras. Un televisor encendido sin volumen donde se veía Crónica TV. La Dorita estaba de pie con sus dos manos sobre la cabeza de un hombre de unos cuarenta años que se sacudía como si tuviese convulsiones pero sin caerse. Tenía los ojos cerrados y hablaba a los gritos en una extraña lengua. Cuando nos vio sacó las manos de la cabeza del hombre y le dio dos golpecitos con los dedos sobre la frente. Se despertó de inmediato. Estuvo algo confundido pero ella lo abrazó y le dio un beso en cada mejilla. El hombre se recompuso y se retiró ayudado por una mujer.

La Dorita aparentaba unos setenta años, enjuta, arrugada, morocha. Tenía el cabello recogido con un rodete sobre la nuca. Vestía una blusa blanca, larga y amplia que casi le llegaba a las rodillas y una pollera floreada que alcanzaba sus talones. Estaba descalza. Erguida y firme en su actitud. Se acercó frotándose las manos con un líquido aceitoso con olor a eucalipto. –Dorita, este es el doctor Daniel. Vino a ver a mi vieja. Me dio dos besos, uno en cada lado de la cara, como al hombre que acababa de atender. –Gracias por venir doctor, esa mujer está muy mal. Sonreía pese a que sus ojos expresaban su preocupación por Ermelinda. –Hicimos entrar a esta chica porque el doctor no la vio nada bien, le dijo el pibe. La mujer se agarraba del respaldo de una silla haciendo un gran esfuerzo para respirar. Tosía. Desde donde estábamos se escuchaba el sonido sibilante de su respiración. Parecía que se iba a caer de un momento a otro. La Dorita se acercó y le puso ambas manos sobre el pecho. Después le tocó los labios con la punta del dedo índice y le revisó las conjuntivas. Se dio vuelta y me miró. –Es tuya doctor.

Me acerqué y conversé algunas palabras para tranquilizarla. No podía hablar. Su madre me contó que tenía fiebre desde hacía cuatro días. Habían ido al hospital pero no habían podido comprar los medicamentos. La revisé. Hervía, sudaba. Saqué un oxímetro de pulso de mi maletín y se lo ajusté en el dedo. Tenía una severa desaturación de oxígeno. –Hay que internarla ahora mismo, les dije a mis acompañantes. El grandote sacó un teléfono celular e hizo una llamada. Le entregó a la madre unos cuantos billetes del mismo fajo atado con una bandita elástica que le había visto un rato antes. Yo volví a llamar al hospital, ahora para avisar que enviaba a la mujer. Mi compañera se sorprendió. -¿Qué te pasa hoy? ¿Andás recolectando enfermos por la calle? No tuve ganas de explicarle nada. Éramos amigos desde hacía muchos años, la conocía muy bien. Sabía que se iba a ocupar de los enfermos con dedicación y conocimiento. Recordé que me había contado que se quería cortar el cabello la última vez que nos habíamos visto. -¿Te cortaste el pelo? La pregunta la sorprendió. Hizo una pausa. –Sí, me lo corté hace una semana. Es una mujer bella. Tenía una melena larga y negra. –Lo voy a extrañar, pero seguro que estás hermosa. Llegó un hombre diciendo que tenía un remise para llevar a la mujer al hospital. –Si seguís mandándome tantos pacientes no voy a tener tiempo de comprobarlo. Madre e hija salieron acompañadas por el chofer. –No te preocupes, siempre estaré yo para recordártelo. Corté la comunicación. Saludé a la Dorita y salimos de su casa.

Los desarmadores de coches seguían en su puesto de vigilancia. Como predadores al acecho tenían la mirada clavada al otro lado de la autopista. Su presa era un animal hermoso gris metalizado que esperaba su turno para el descuartizamiento sobre la banquina de tierra. La tarde caía hacia el oeste detrás de un montecito de álamos. Una señora regaba el jardín en el que convivían una huerta con tomates y lechuga arrepollada con almácigos de flores de todos colores. Una Santa Rita trepaba la pared sostenida por palos de escoba atados con hilo. Debajo se derramaba una mata de glicinas que caía como una lluvia violeta sobre los yuyos. Con una mano sostenía una manguera de la que salía un chorro agónico de agua marrón, con la otra el mate. Pasamos por encima de unos perros. Al doblar la esquina encontramos al Renault 12 con el bidón lleno sobre el techo y los pibes durmiendo despatarrados sobre el pasto. Me senté sobre el cráter del asiento. Avanzamos por la misma calle de tierra por la que habíamos entrado al barrio. Me di vuelta para mirar las casas empequeñeciéndose a medida que nos alejábamos. Sentí una nostalgia tonta. Empecé a extrañar aquel lugar que ni siquiera conocía. A su gente. A la Ermelinda, a la Dorita, a los desarmadores de autos en su paciente vigilia. El grandote manejaba dando tumbos con el auto sobre los pozos. Varias veces di con la cabeza contra el techo. Cruzamos un puente y bajamos por la colectora de la autopista. Pasamos a metros del Audi abandonado. Durante el viaje pensé que me gustaría volver. Comparé mi pequeño y mezquino mundo con la miseria verdadera que había conocido esa tarde. El lamento perpetuo de la gente como yo con la alegría austera y resignada de esas personas. Sí, tenía que volver. Tal vez a conversar con la señora que regaba las plantas. A visitar el consultorio kitsh de la Dorita. A llevarme a la Gladys, ¿por qué no? A disfrutar sin preguntas de la deliciosa alegría de sus nalgas.

Llegamos a mi consultorio. Bajamos del auto. El grandulón me abrazó. Sentí que el abominable hombre de las nieves me daba el abrazo final en las laderas del Himalaya. Cuando me soltó pude recuperar el aliento. –Gracias doc, muchas gracias por todo. La mole me miraba con ojos de niño. –Sos muy buen hijo. Tu vieja debe sentirse orgullosa de vos. Me pareció que el pibe iba a llorar. –No te pagamos doc, te hicimos laburar y no te pagamos nada. Abrí mi maletín. Saqué el paquete envuelto con la contratapa del Diario Popular que ahora tenía manchas de aceite. Todavía estaba tibio. Despedía un aroma exquisito a queso y a cebolla. Se lo puse delante de la nariz. Tuve que ponerme en puntas de pie con el brazo en alto para alcanzarla. -¿Te parece que no me pagaron? Olé, cerrá los ojos y olé este manjar…

Imagen: Juanito Laguna, Antonio Berni

  • Eliana Zaloaga

    Gran relato!! Me pareció muy bueno el recorrido que hizo el personaje hasta transformar su visión. Muy bueno!

  • georgie

    Daniel este cuento merece ser conocido por los colegas

  • aflichten

    Muchas gracias por leerlo Georgie. Saludos cordiales.

  • glini

    muy bueno, a muchos colegas les haría falta esta mirada, gracias!

  • Patricia Martinez

    Esta narración de la vida real, de personas reales tiene que ser enseñada en las facultades de medicina

  • Dayana

    No cabe duda que siempre están entre camino las experiencias hermosas que se obtienen de muchos sacrificios.