Los pibes II

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El grandote y yo nos alejamos a pie por un pasillo estrecho. Los demás se quedaron en el auto. Hacía un calor vaporoso de caldera del diablo. Caminábamos sobre charcos de barro y senderos de pedregullo. Las casas se amontonaban haciendo un uso irrespetuoso del espacio. No existían ni las proporciones ni la simetría. El conjunto era caótico y desordenado. Tuve la impresión de que, sin embargo, existía alguna racionalidad que yo no alcanzaba a comprender. Mis ideas no podían admitir que la función no guardara relación con la estética. Algo me resultaba a la vez desagradable y cautivante. Empecé a desprenderme de esa primera sensación. Entonces el barrio me atrapó con sus sonidos, sus olores, sus habitantes. Las paredes estaban llenas de graffitis con leyendas o dibujos. Los colores se mezclaban sin prejuicios ni reglamentos. La ropa colgada de sogas atravesaba los pasillos obligándonos a agacharnos para pasar debajo de pantalones, blusas o guardapolvos escolares. Un flujo vital circulaba como un viento por todas partes. Desde las ventanas salían las voces de la televisión, música de chamamé o de cumbia. Pensé que en ese lugar no se conocía el silencio. Varias mujeres jóvenes y obesas se asomaban a curiosear. A casi todas les faltaban los incisivos y les sobraban las tetas. Llegamos a una casa de ladrillos sin revocar. No había puerta sino una cortina floreada y sucia de tela. El piso era de tierra seca y apisonada atravesado por los surcos de agua de una regadera. Sobre la pared había un cuadrito del general Perón montado sobre un caballo con uniforme de gala y un retrato del Gauchito Gil iluminado por una lámpara colorada con forma de gladiolo. Entramos a la habitación en penumbras. Se escuchaba el zumbido en un turboventilador apoyado sobre una silla. Tropecé con una fuente o algo así y derramé su contenido líquido. Tardé algunos minutos en acomodar mi visión a la escasa luz. Sobre la cama, semisentada, encontré a Ermelinda. La reconocí de inmediato. Estaba más delgada y más vieja. El cabello ralo, negro. Los brazos y las manos esqueléticas se estiraban hacia mí. Me acerqué. Nos abrazamos durante un rato que me pareció bastante largo. Pude percibir un temblor involuntario y sutil que le empezaba en la cabeza y bajaba hacia las piernas. Olía a lavandina y a colonia frutal. Me llené de recuerdos de esa mujer en pocos segundos.

– Ermelinda, ¿todavía hacés esa sopa paraguaya que me traías al hospital?
– ¿Se acuerda doctor?
– Claro, cómo iba a olvidarme de ese manjar.

La mujer miró a su hijo y le hizo un gesto. El pibe se acercó a la cama con una actitud tierna y sumisa que me pareció ridícula en alguien tan enorme.

-Chuqui, andá a la cocina y traele al doctor un pedazo.

El mono salió a toda velocidad montado sobre sus zapatillas canoa. La música seguía sonando desde alguna parte. Se escuchaba la voz de un locutor que alentaba a la audiencia hablando a los gritos encima de las canciones. Conversé un rato con Ermelinda y después la revisé con detalle. Le habían amputado dos dedos del pie derecho hacía un año. Su diabetes ahora le estaba quitando la visión. Tenía una palidez amarillenta en la piel y las conjuntivas. Lesiones de rascado por un prurito que no le daba tregua desde hacía semanas. Su presión arterial estaba alta y había signos de congestión pulmonar. Las últimas cuarenta y ocho horas había tenido vómitos. Se escuchaba sobre su pecho un ruido áspero como de dos cueros secos frotándose entre sí. Las parótidas estaban hinchadas deformándole la cara a ambos lados. Los párpados edematizados le daban un aspecto de somnolencia permanente. Se quejaba de calambres y la movilidad de sus tendones mostraba subsaltos muy groseros. Tenía signos evidentes de insuficiencia renal severa descompensada. Tal como la recordaba, seguía siendo una mujer dulce y austera. Casi no se quejaba. Tuve que sacarle a empujones el repertorio de sus síntomas. Me mostró una bolsa plástica de supermercados “Día” llena de cajitas de medicamentos que sacó de un cajón de la mesa de luz. Sus hijos no le habían hecho faltar nunca el tratamiento pese a que era muy costoso. El simio me ofreció una porción de sopa paraguaya sobre un platito. Estaba tibia, deliciosa. El olor me transportó muchos años atrás cuando mis compañeros y yo nos peleábamos por comer esa exquisitez en las noches de guardia. Como la magdalena de Proust volví a una época feliz e intensa de la que ya comienzaba a olvidarme. Recuperé, montado en ese aroma, una alegría y un entusiasmo por las cosas de la vida que hace mucho he dejado de sentir. La harina de maíz y el queso se mezclaron en mi boca con los sabores de la ausencia. Fui masticando durante algunos minutos el cadáver de lo que alguna vez fui. Entonces me movía la zanahoria del futuro. Ahora, la desfalleciente inercia del pasado. Me acomodé al borde la cama y comí despacio, saboreando cada bocado tomado de la mano huesuda de Ermelinda. Le agradecí y le di un beso en la frente. Ella le ordenó a su hijo que me envolviese el resto para que me lo llevara a casa. Me trajo un paquetito envuelto en la contratapa de Diario Popular. Había una de esas magníficas fotos del Chocho Santoro de una mujer de espaldas. Flexionaba la columna contra toda fisiología adquiriendo una lordosis lumbar que ponía su magnífico culo en un conmovedor primer plano. Lo guardé en mi maletín. El papel comenzaba a entibiarse. Les pedí a los dos que me escucharan. Tenía que decirles algo importante y necesitaba estar seguro de que lo comprendían. Ermelinda ya no podría seguir en su casa. Habría que internarla y era muy probable que requiriese ingresar en un plan de diálisis definitiva ya que sus riñones habían dejado de funcionar. No había alternativas. Debía procederse de inmediato antes de que tuviese consecuencias irreparables. Ella lo aceptó sin comentarios. Sospecho que esperaba algo así. El mono, en cambio, se abalanzó sobre la cama y la abrazó con desesperación. Lloraba como un bebé con largos sollozos seguidos de una especie de hipo gutural mientras sacudía su inmensa humanidad sobre su pobre y aplastada madre. Intenté separarlo pero no logré moverlo ni un centímetro. La mujer le acariciaba la cabeza y le daba palmaditas en la nuca. Pronunciaba una letanía de una sola palabra como si se tratase de un mantra: –mamá, mamá, mamá… Confieso que me emocioné. Era como un transatlántico rendido sobre una chalupa. La desproporción del tamaño se disolvía ante la potencia del amor. Mientras tanto hice una llamada al hospital para hacer los arreglos con la médica de guardia para que la recibiese conociendo sus antecedentes. Me despedí de Eremelinda con la promesa de ir a verla al día siguiente.

Imagen: Juanito Laguna, Antonio Berni