Los pibes III

Juanito Laguna- Berni

Salimos sin decirnos ni una palabra. El pibe estaba visiblemente conmovido. El volumen de la música se fue incrementando a medida que dejábamos la casa. Me tomó del brazo y me miró desde una altura que me daba vértigo.

-¿Se va a morir doc? ¿Mi vieja se va a morir?

– Está muy enferma, el riesgo es alto. Si todo sale bien la espera un tiempo difícil en el que deberá hacerse diálisis tres veces por semana.
 
-No se puede morir doc, mi vieja no se puede morir.

Estábamos detenidos en un pasillo interior del barrio donde apenas entraban dos personas. Obstruíamos el paso y la gente empezaba a juntarse alrededor. Nadie se animaba a pedir permiso. Escuchaban nuestra conversación. Los hacían con un silencio respetuoso y atento que sólo se quebraba con un murmullo sordo cuando mencionábamos la posibilidad de la muerte o algún otro dato de la gravedad del estado de Ermelinda. Algunos lo palmeaban en la espalda en señal de apoyo. Los vecinos participaban de los acontecimientos como una comunidad donde los límites entre lo privado y lo público eran muy diferentes a los que yo conocía. Nadie parecía esperar que el drama de uno debiese ocultarse de la mirada de los otros. Algunas mujeres entraron a la casa para preparar a Ermelinda para su traslado al hospital. Me pareció que era una gran familia integrada y solidaria. Una señora llegó con un bolso rojo, otra con un frasco de perfume y uno de desodorante. Una mujer con un bebé en brazos descolgó dos camisones de una soga y comenzó a plancharlos sobre una tabla de madera. Nadie se movía del lugar. Me decidí a hablar sin tomar en cuenta que me escucharían una diez o quince personas expectantes a lo que iba a decir. Hablé mirando al hijo de Ermelinda pero periódicamente también miraba a los vecinos con el propósito de saber si me comprendían o si tenían alguna pregunta.

-Tu mamá lleva muchos años de enfermedad. Llega un momento en que hay que aceptar que el final se acerca. Vos sos su hijo y yo no puedo ocultártelo. Tenés que ser fuerte para apoyarla y no obligarla a que sea ella quien deba sostenerte a vos. Así son las cosas. No voy a engañarte. Esto no va a durar mucho tiempo más.

Las personas se turnaban para frotar sus manos sobre la enorme espalda del pibe o apretarle el brazo. Un hombre mayor, de piel oscura y curtida, se adelantó al grupo hasta quedar delante de mí. Usaba un sombrero de paja y un pañuelo atado al cuello. –Doctor, acá todos estamos para ayudar. Si hace falta algo: sangre, cuidadores para la noche, plata, lo que sea doctor, lo que sea. Tenía un fuerte acento guaraní. Tal vez fuese correntino o paraguayo. Olía a vino pero no parecía alcoholizado. Me ofreció su mano que acepté gustoso. –Le gradecemos mucho que haya venido a ver a la Ermelinda doctor. Bajó la cabeza, dio media vuelta y desapareció detrás de la gente que nos rodeaba. La música seguía sonando a todo volumen. A nadie le sorprendía ese alboroto. No me pareció que consideraran que la situación exigiera silencio o algo más discreto. La cumbia formaba parte del ambiente como el aire o la luz. No es que a mí me molestara pero no podía dejar de atender a las letras de las canciones y sentir cierta vergüenza: “Vení pa´ cá vamo a cojé…”. Me pareció que yo era la única persona que sentía ese pudor. Al cabo de un rato me adapté. Incluso comencé a sentirme a gusto con ella: “Si sos turra me moviste / ese ropete yo te lo quiero romper…”   Recordé que cuando me encontré con los pibes en la puerta del consultorio venía escuchando extasiado en el auto a Path Metheny, “Wath it all about” que me había mandado mi amiga Lucía desde Nueva York. Había muchos mundos y cada uno se hacía escuchar con sus propios sonidos.

El grandote me pidió que lo acompañara. Ingresamos en una casa a pocos metros del lugar donde nos habíamos detenido. Apenas abrió la puerta la música adquirió una intensidad insoportable. Tres chicos manejaban una consola de sonido. Todos usaban lentes oscuros. Eran flaquísimos, altos y usaban una ropa desproporcionadamente grande lo que exageraba su delgadez. Había cinco o seis chicas bailando distribuidas en la pieza. Usaban remeras ajustadas que dejaban sus ombligos al aire y una polleritas minúsculas que se balanceaban deliciosamente. Hice un esfuerzo enorme por no mirarlas. Aunque no me duró mucho tiempo. No pude evitarlo. Bastaron algunos segundos para que mis ojos quedaran capturados por sus nalgas. Eran perfectas. Unas redondeces dotadas de vida propia. Asomaban su maravilla como una luz intermitente con cada movimiento de la pollera. Entramos en una piecita pequeña repleta de cajones de cerveza Quilmes Imperial y botellas de Fernet Branca apiladas hasta la altura del techo. -¿Qué es este lugar? le pregunté. –Una radio, se llama FM Génesis. Acá la escucha todo el mundo. En las casas, en los autos y en los altoparlantes que hay en las esquinas. Sacó del bolsillo trasero del pantalón un fajo de billetes de cien pesos enrollado y ajustado con una bandita elástica.  No sabría decir la cantidad pero había más dinero del que yo haya visto alguna vez. -¿Cuánto te debo doc? Me preguntó mientras desataba los billetes. –Nada, no te preocupes. Me parece que yo debería pagarte a vos porque me permitiste volver ver a Ermelinda y conocer este lugar. El pibe se quedó mirándome sin comprender lo que le acababa de decir. –No, de ninguna manera. Vos tenés que cobrar. Otra vez percibí la incoherencia entre su desmesurado tamaño y su actitud tan ingenua. Me veía obligado a levantar la cabeza para mirarlo a los ojos. Me parecía estar hablando con un rascacielos obeso y desgarbado. –Quedate tranquilo, hay cosas que no tienen precio. Me arrastró hasta la habitación de la que veníamos. Otra vez nos aturdió el sonido. –Llevate una guachita entonces doc. Ya me di cuenta como las mirabas. Las chicas seguían bailando solas como muñecas a  cuerda. -¿Te parece? ¿Qué pensarán ellas si tuvieran que venirse con alguien como yo? Se acercó hasta mi oído para que pudiese escucharlo. –Vos no te preocupes, estarán encantadas. Te llevás la que más te guste y después yo te la paso a buscar. Las miré una a una. Eran tan jóvenes y hermosas. Tan perfectas y sensuales. Bailaban con movimientos provocadores mientras sonreían como autómatas. –Te lo agradezco mucho. Son preciosas. Pero no puedo aceptarlo. Mejor llevame de vuelta que se me está haciendo tarde.

El grandulón hizo una seña a los chicos de la consola. La música se detuvo. –El doctor quiere ver a las chicas, a ver si le muestran lo que saben hacer. Empezó a sonar una versión tropical y llorona de Lambada. Las chicas comenzaron a bailar. Una de ellas se subió a una mesa. Giraban y movían las caderas al compás de una percusión muy primitiva de palmas y redoblante. El cantante empleaba un lamento sobreagudo de bolero mitad en español del Caribe y mitad en brasilero elemental. El espectáculo era sobrecogedor. El grandulón se alejó unos pasos. Tomó a una chica de la mano y bailó con ella. No podía creer lo que estaba viendo con mis propios ojos. Esa mole torpe se transformó por completo. Adquirió una gracia extraordinaria. Un talento que resultaba incomprensible en alguien como él. Toda su incoordinación de movimientos al caminar se convirtió, bajo el embrujo de la música, en una extraordinaria destreza para la danza. Tuve la impresión de que una fuerza misteriosa le atravesaba cuerpo dotándolo de una habilidad que un minuto antes parecía imposible. Me hubiese gustado haber sido capaz de hacer algo así. Bailar con una mujer con la música gobernándome el cuerpo. Ese pibe era libre cuando bailaba. Él tenía acceso a una variante estilizada del sexo que era desconocida para mí. Se acercó con la chica de la mano. –Ella es la Gladys, una misionera caliente y gauchita. Llevátela, yo sé lo que te digo. La piba se reía satisfecha con la descripción que hacían de ella. –No, gracias. No quisiera sacrificar a una mujer tan hermosa con un tipo tan desagradable como yo. Se los agradezco mucho. Se me está haciendo tarde, me tengo que ir.  

Imagen: Juanito Laguna, Antonio Berni