Los pibes IV (fin)

Juanito-Laguna-Berni1-300x212

Desandamos el camino por el que habíamos llegado. Las personas me saludaban como si fuese un héroe. Le ofrecían al pibe ayuda y solidaridad. Todos estaban enterados de lo que le ocurría a Ermelinda. La música de la radio se repetía en cada casa, en cada esquina. Sintonizaban la misma estación que parecía ser el sonido propio del barrio. Encontramos a dos adolescentes sentados en el piso con herramientas en las manos. Tenían destornilladores, pinzas, sierras, martillos, una llave cruz y un criquet hidráulico. Me pareció extraño. No hacían nada. Actuaban como si estuvieran esperando para comenzar un trabajo pero no entendía cuál. -¿Estos pibes qué hacen? ¿De qué laburan? Nos detuvimos. El grandote sonrió. -¿Ves ese auto que está allá enfrente, del otro lado de la autopista? Apenas podía verlo. Era un Audi A3 gris metalizado, precioso, estacionado sobre la banquina de tierra. -¿Sí, lo veo? Señaló a los chicos que seguían esperando. –Los pibes lo levantaron hace un rato. Ahora tienen que esperar dos horitas. Si tiene LoJack llegará la cana y se acabó el laburo. Si los ratis no aparecen, los changos le ponen mano y en veinte minutos lo desguazan para repuestos. Saludó a los desarmadores de coches chocando el puño con cada uno de ellos y seguimos nuestra marcha. Como la cumbia, como la falta de privacidad, también esto parecía algo naturalizado sobre lo que nadie aplicaba ningún juicio moral. Pura supervivencia. Estrategias de vida que, también a mí, empezaban a parecerme razonables.

A pocos metros había una casa de dos pisos con las paredes repletas de dibujos de vírgenes, santos, animales y algunos símbolos que no pude identificar. Desde la puerta partía una larga fila de personas que se perdía en el laberinto de aquellos pasillos. -¿Qué espera toda esa gente allí?, le pregunté a mi cicerone. –Es la casa de la Dorita, es tu colega acá en el barrio. Había personas de todas las edades, chicos, embarazadas, viejos. Esperaban con paciencia bajo el sol ardiente de la tarde. Era evidente que algunos estaban muy enfermos. Los familiares les llevaban sillas para que descansaran y las iban adelantando a medida que la fila se movía. -¿Mi colega? Dos mujeres recorrían la cola ofreciendo chipa y torta de chicharrón que llevaban en canastas de mimbre sobre las cabezas cubiertas con telas blancas, inmaculadas. –Sí, es curandera y de las mejores. A mi vieja la atendió varias veces. Pero cuando ella nota algo que no puede arreglar te manda al hospital. Me detuve a mirar a la gente. Una mujer joven se apoyaba contra la pared. No tendría más de treinta años. Otra, tal vez su madre, la abanicaba con una revista. Estaba agitada, respiraba con un esfuerzo enorme. Se la veía agotada. Sudorosa y con los labios azulados. –Me parece que esa chica va a ser una de las que la Dorita mande al hospital. Se la ve muy mal. El pibe se acercó, la tomó del brazo y la acompañó hasta entrar en la casa. Me hizo señas de que lo siguiera. Nadie se quejó. Todos entendieron que era necesario apurar la atención de esa mujer. Entramos. Nos inundó un intenso olor a incienso. Había pequeños recipientes con aceites aromáticos sobre mecheros encendidos. Crucifijos de todos los tamaños. Láminas con vírgenes y santos pegadas con chinches sobre las paredes. Al fondo del único ambiente, un altar iluminado con velas y una estatuilla de la virgen de Luján. Sobre la pared un mural de la Difunta Correa que iba desde el techo hasta el piso. La gente le había dejado botellas vacías de gaseosas, vino, sachets de leche, bandejas con frutas y verduras. Un televisor encendido sin volumen donde se veía Crónica TV. La Dorita estaba de pie con sus dos manos sobre la cabeza de un hombre de unos cuarenta años que se sacudía como si tuviese convulsiones pero sin caerse. Tenía los ojos cerrados y hablaba a los gritos en una extraña lengua. Cuando nos vio sacó las manos de la cabeza del hombre y le dio dos golpecitos con los dedos sobre la frente. Se despertó de inmediato. Estuvo algo confundido pero ella lo abrazó y le dio un beso en cada mejilla. El hombre se recompuso y se retiró ayudado por una mujer. La Dorita aparentaba unos setenta años, enjuta, arrugada, morocha. Tenía el cabello recogido con un rodete perfecto sobre la nuca. Vestía una blusa blanca, larga y amplia que casi le llegaba a las rodillas y una pollera floreada que alcanzaba sus talones. Estaba descalza. Erguida y firme en su actitud. Se acercó frotándose las manos con un líquido aceitoso con olor a eucalipto. –Dorita, este es el doctor Daniel. Vino a ver a mi vieja. Me dio dos besos, uno en cada lado de la cara, como al hombre que acababa de atender. –Gracias por venir doctor, esa mujer está muy mal. Sonreía pese a que sus ojos expresaban su preocupación por Ermelinda. –Hicimos entrar a esta chica porque el doctor no la vio nada bien, le dijo en pibe. La mujer se agarraba del respaldo de una silla haciendo un gran esfuerzo para respirar. Tosía. Desde donde estábamos se escuchaba el sonido sibilante de su respiración. Parecía que se iba a caer de un momento a otro. La Dorita se acercó y le puso ambas manos sobre el pecho. Después le tocó los labios con la punta del dedo índice y le revisó las conjuntivas. Se dio vuelta y me miró. –Es tuya doctor. Me acerqué y conversé algunas palabras para tranquilizarla. No podía hablar. Su madre me contó que tenía fiebre desde hacía cuatro días. Habían ido al hospital pero no habían podido comprar los medicamentos. La revisé durante algunos minutos. Hervía, sudaba. Saqué un oxímetro de pulso de mi maletín y se lo ajusté en el dedo. Tenía una severa desaturación de oxígeno. –Hay que internarla ahora mismo, les dije a mis acompañantes. El grandote sacó un teléfono celular e hizo una llamada. Le entregó a la madre unos cuantos billetes del mismo rollito atado con una bandita elástica que le había visto un rato antes. Yo volví a llamar al hospital, ahora para avisar que enviaba a la mujer. Mi compañera se sorprendió. -¿Qué te pasa hoy? ¿Andás recolectando enfermos por la calle? No tuve ganas de explicarle nada. Éramos amigos desde hacía muchos años, la conocía muy bien. Sabía que se iba a ocupar de los enfermos con dedicación y conocimiento. Recordé que me había contado que se quería cortar el cabello la última vez que nos habíamos visto. -¿Te cortaste el pelo? La pregunta la sorprendió. Hizo una pausa. –Sí, me lo corté hace una semana. Es una mujer muy bella. Tenía una melena larga y negra. –Lo voy a extrañar, pero seguro que estás hermosa. Llegó un hombre diciendo que tenía un remise para llevar a la mujer al hospital. –Si seguís mandándome tantos pacientes no voy a tener tiempo de comprobarlo. Madre e hija salieron acompañadas por el chofer. –No te preocupes, siempre estaré yo para recordártelo. Corté la comunicación. Saludé a la Dorita y salimos de su casa.

Los desarmadores de coches seguían en su puesto de vigilancia. Como predadores al acecho clavaban la mirada al otro lado de la autopista. Su presa era un animal hermoso gris metalizado que esperaba su turno para el descuartizamiento sobre la banquina de tierra. La tarde caía hacia el oeste detrás de un montecito de álamos. Una señora regaba el jardín en el que convivían una huerta con tomates cherry y lechuga arrepollada con almácigos de flores. Una enorme Santa Rita trepaba la pared sostenida por palos de escoba atados con hilo. Debajo se derramaba una tupida mata de glicinas que caía como una lluvia violeta sobre los yuyos. Con una mano sostenía una manguera de la que salía un chorro agónico de agua turbia, con la otra el mate. Pasamos por encima de unos perros que ni se dieron por enterados de nuestra presencia. Al doblar la esquina encontramos al Renault 12 con el bidón lleno sobre el techo y los pibes durmiendo despatarrados sobre el pasto. Me senté sobre el cráter del asiento. Avanzamos por la misma calle de tierra por la que habíamos entrado al barrio. Me di vuelta para mirar las casas empequeñeciéndose a medida que nos alejábamos. Sentí una nostalgia tonta. Empecé a extrañar aquel lugar que ni siquiera conocía. A su gente. A la Ermelinda, a la Dorita, a los desarmadores de autos en su paciente vigilia policial. El grandote manejaba dando tumbos con el auto sobre los pozos. Varias veces di con la cabeza contra el techo. Cruzamos un puente y bajamos por la colectora del Acceso Oeste. Pasamos a metros del Audi abandonado en la banquina. Durante el viaje pensé que me gustaría volver. Comparé mi pequeño y mezquino mundo con la miseria verdadera que había conocido esa tarde. El lamento perpetuo de la gente como yo con la alegría austera y resignada de esas personas. Sí, tenía que volver. Tal vez a conversar con la señora que regaba las plantas. A visitar el consultorio kitsh de la Dorita. A llevarme a la Gladys, ¿por qué no? A disfrutar sin preguntas de la deliciosa alegría de sus nalgas. Todo era irrespetuoso y verdadero en ese lugar.

Llegamos a mi consultorio. Bajé del auto. El grandulón también lo hizo. Dio la vuelta y me abrazó. Sentí que el abominable hombre de las nieves me daba el abrazo final en las laderas del Himalaya. Cuando me soltó pude recuperar el aliento. –Gracias tordo, muchas gracias por todo. La mole me miraba con ojos de niño. –Ya te lo dije, gracias a vos. Sos muy buen hijo. Tu vieja debe sentirse orgullosa de vos. Me pareció que el pibe iba a llorar. –No te pagamos doc, te hicimos laburar mucho y no te pagamos nada. Abrí mi maletín. Saqué el paquete envuelto con la contratapa del Diario Popular. Estaba tibio todavía. Despedía un aroma exquisito a queso y a cebolla. Se lo puse delante de la nariz. Tuve que ponerme en puntas de pie con el brazo en alto para alcanzarla. -¿Te parece que no me pagaron? Olé, cerrá los ojos y olé este manjar.

Imagen: Juanito Laguna, Antonio Berni