Los pibes I

Juanito Laguna- Berni

Esta tarde tenía visitas esperándome en la puerta del consultorio. Un Reanult 19 picado de viruela con cuatro pibes adentro. Dudo que nada funcionara en ese auto excepto el reproductor de música que sonaba a un volumen altísimo: Se va para el baile con su minifalda mostrando la burra y le gusta que la miren, le gusta que la miren…”  Sobre el techo había un bidón con nafta desde el que salía un cañito plástico que ingresaba al motor. Apenas me vieron abrieron las puertas y bajaron. Ninguno tenía más de veinte o veinticinco años. Vestían pantalones anchos de colores fosforescentes que les llegaban apenas debajo de las rodillas. Musculosas con dibujos e inscripciones como: “Piola Vago”, “el Apache”, “Violador serial”, “Perreo al palo”. El que llevaba la voz cantante era un primate de unos 120 kg y 1.90 m de estatura. Las zapatillas eran enormes. Creo que jamás las he visto tan grandes. Tenía una extraña barba finísima que le recorría la cara de oreja a oreja continuándose con las patillas. La mitad del cráneo rapado y la otra con una melena peinada con gel húmedo que le llegaba hasta los hombros. Un aro con una piedra bermellón con forma de elipse. Sobre el brazo derecho un tatuaje de Carlitos Tévez, sobre el izquierdo una flecha que atravesaba la palabra “madre” escrita con una letra cursiva infantil. Los otros tres eran algo menores. Todos usaban gorritas con la visera apuntando hacia atrás. Se movían al compás de la música. Daban unos pasitos cortos arrastrando las suelas sobre el piso acompañados de flexiones de las rodillas y torsiones de la cadera. Una especie de movimientos coreoatetósicos al compás del reggaetón. El más joven armaba un porro. Se pasaban de mano en mano una botella plástica de Coca Cola de litro y medio con un líquido amarillento que no pude determinar si era cerveza u orina colúrica y espumosa. Me rodearon cuando empezaba a abrir el portón. Olían a potro y a caballeriza. No parecían agresivos. Tal vez exóticos o salvajes.

– ¿Vos sos el doctor Daniel?
– Sí, soy yo
– No te asustes tordo, no te vamos a afanar.
– No me asusto. Me encanta verme rodeado de chicos como ustedes.

El diariero de la esquina se asomó para ver qué pasaba. -¿Todo bien doctor? Le hice señas con la mano de que todo estaba controlado. Uno de los pibes eructó con la potencia de un trueno antes de arrojar la botella vacía al medio de la calle. Rozó la cabeza de un hombre mayor que pasaba en bicicleta. El tipo se detuvo, apoyó un pie sobre el piso y lo puteó. El pibe levantó un cascote y se lo tiró con una extraordinaria puntería. El pobre hombre se agachó para esquivarlo y salió corriendo sin volver a montarse a la bicicleta. Los demás ni siquiera prestaron atención a lo que sucedía. El grandote me tomó del brazo.

 Mi vieja quiere que vos la atiendas. Te estamos buscando desde hace una semana.
– ¿Tu vieja?
– Sí, Ermelinda Benítez. Una paraguayita que vos atendiste cuando estuvo internada en el hospital. ¿Te acordás?
– La verdad que no. ¿Cuándo fue eso?
– Hace como diez años.
– Mi memoria no llega a tanto. Ya estoy viejo.
– Ella te recuerda muy bien. Siempre habla de vos.
– Me alegro, a veces creo que nadie se acuerda de mí.
– Te llevamos y te traemos de vuelta, ¿vamos?
– Dale, pero tengo que estar acá antes de las seis.
– Tranquilo, te prometo que estarás acá a esa hora.

Me abrió la puerta para que entrara al auto. Los otros tres se acomodaron en el asiento de atrás. Tuve un instante de duda.

– Mejor los sigo con mi coche. Les dije en un rapto de prudencia que sentí como una cobardía.
– No, te llevemos nosotros. Es cerca, pero un lugar jodido, ¿viste?
– Ok, dale, vamos.

El asiento tenía una depresión de unos veinte centímetros coronada por un resorte y jirones de estopa manchada de grasa. El piso dejaba ver el asfalto a través de dos agujeros irregulares del tamaño de una mandarina grande. La radio sonaba al tope. Organito, tumbadoras, raspador. Un locutor anunciaba una noche colombiana repleta de espuma y la actuación en vivo de “Jimmy y su combo negro”  y de “Claudio Benitez y su onda sabanera”. Chicas gratis hasta las doce de la noche, después veinte pesos por cabeza. El olor a porro era delicioso. Se pasaron el cigarrito de mano en mano. A mí no me convidaron. Me sentí excluido y miserable. Bajamos por la colectora de la autopista del oeste hasta  una calle de tierra. Las sacudidas salpicaban gotitas de combustible que chorreaban por el parabrisas. Detuvieron el auto al costado de una camioneta Toyota. Uno de ellos bajó, le hizo saltar la tapa del tanque de nafta con un movimiento seco y rotundo. Introdujo el cañito plástico y chupó hasta que la nafta comenzó a fluir hacia el bidón que había apoyado en el piso. En pocos segundos el recipiente estaba lleno. Volvió a subir escupiendo combustible a través de la ventanilla. –Es un autoservicio, ¿viste?, me dijo mientras arrancábamos nuevamente. Al cabo de unas diez cuadras empezamos a encontrar a grupos de clones de los pibes en las esquinas. Eran todos igualitos, indistinguibles, uniformados. El conductor aminoraba la marcha sacaba su brazo y se chocaba con la mano del otro en una serie atropellada de movimientos que no logré comprender. Ingresamos en un barrio de casas humildes de cemento sin pintar o de chapa. Algunas tenían uno o dos pisos. Cientos de antenas de TV y de cables subían y bajaban a la altura de la cabeza de un hombre de pie. Había perros y chicos en cantidades semejantes. Los primeros se rascaban la entrepierna con un empeño admirable, los segundos se sorbían los mocos descalzos entre la basura.

-Tordo, acá tenemos que bajar y caminar.
– Perfecto, adelante.

Imagen: Juanito Laguna, Antonio Berni
  • Gra

    Esta bueno leerte, realmente. Siempre abro este correo y suelo no decepcionarme. Siento que me meto en la historia cuando te leo y “veo” todo lo que escribís.

  • Gra

    Esta bueno leerte, realmente. Siempre abro este correo y suelo no decepcionarme. Siento que me meto en la historia cuando te leo y “veo” todo lo que escribís.