Maldición va a ser un gran día

ballena

ballenaPuede admitirse que una ballena enorme como un transatlántico sumergiéndose en el océano mientras su desmesurada cola se agita vertical  y enloquecida resulte conmovedor. Pero que una manada de americanas obesas, coloradas y enfáticamente ridículas aplaudan, griten y den saltitos sobre una frágil embarcación ocasionando un maremoto aún mayor que el producido por el otro –y elegante- mamífero, es un espectáculo repugnante. Que una jubilada oriunda de Salt Lake City, con la sensibilidad de una zanahoria, ahora se encuentre lagrimeando mientras se le escurren los mocos y sus 120 kg se agitan al ritmo espasmódico de sus sollozos es algo que no me merezco.  Yo no he pedido estar aquí.

Desde la costanera se observan grupos de ballenas rodeadas por sus crías escupiendo inmensos chorros de agua. A mi lado Eloy, un paulista cincuentón, vocifera conmovido por la escena. Hace cola para subir a un cayuco miserable a 150 dólares por cabeza que lo acercará a esos monstruos para constatar en el lugar la serenidad imbécil que tanto lo conmueve. Autorreferidos hasta la exasperación los humanos no logramos detener la furia antropomórfica. Atribuyen la pasividad de esas criaturas a una paz interior y un equilibrio Zen con los que ellos sueñan. No pueden comprender que las virtudes que les atribuyen son el producto de su cerebro rudimentario que apenas los distancia de una lechuga. Quieren que la flotación ingrávida y la pereza de movimientos sean una decisión pero ignoran que se alimenta de pura biología y evolución. Eloy me mira. Está a punto del colapso emocional. En este momento desea ser un “hombre ballena”. Le pregunto:

– ¿A vos te gustaría flotar inmóvil por los mares australes indiferente al curso del planeta?

– Claro, uno compara y siente envidia de una vida en comunión con la naturaleza. Yo, por ejemplo, ni siquiera sé nadar.

– Bueno, podrías probar con una lobotomía.

Ahora alza a su “niño ballena” sobre sus hombros para que pueda ver el espectáculo. A los gritos Eloy le cuenta el cuento de la naturaleza infectada de sentimientos y emociones humanas.

– ¿Señor, usted también vino para ver a las ballenas?

– En realidad yo he venido hasta aquí para no verlas.

Esta mañana la primavera ha exagerado en éstas playas. Hay un sol impúdico que orina una luz amarilla e insoportable. Todo brilla y el agua se disgrega en un puñado de manchas luminosas que flotan a la deriva. No hay viento. La arena es tibia y acogedora. Las olas apenas ondulan la superficie del mar como una sábana de seda tendida sobre un inmenso agujero.  El horizonte es una línea inalcanzable sólo anticipada por las manchas grises de las ballenas, los saltos elípticos de grupos de delfines y cientos de gaviotas que planean con las alas abiertas. Apuntan al lomo indefenso de las ballenas y se lanzan en picada para picotearles el lomo mientras defecan misiles sobre sus atormentadas cabezas. Esto es el infierno. La espantosa conjunción de todo lo que detesto. Maldición hoy va a ser un gran día.

Camino desde hace un par de horas con el único objetivo de que mis anfitriones no me encuentren. Es un esfuerzo monstruoso por evitar sus homenajes. Un gesto empecinado con el propósito de escapar de sus tickets tour y sus promesas de abadejo rosado y omelette de frutos del mar. Sólo volveré cuando se hayan dado por vencidos. Los derrotaré y luego me lamentaré ante ellos por haberme perdido lo que en secreto no quiero recibir.

– ¿Preferías los pingüinos de Punta Tombo o el avistaje de ballenas para mañana?

– No sé, a decir verdad creo que preferiría un electroshock o un cigarrito defina hierba paraguaya.

Una multitud de extranjeros opulentos y de compatriotas miserables se pasean por la costanera. Tomados de la mano, matrimonios de jubilados llegan desde el otro hemisferio para consolarse del  hastío de una existencia satisfecha con el trago edulcorado de esta naturaleza idílica. Buscan constatar en el terreno las peliculitas de Cousteau y los documentales de Animal Planet con los que se han drogado desde la más tierna infancia.

– ¿Usted también es fanático de Cousteau y de “Animal Planet”?

– En realidad yo prefiero más bien a Rocco Siffredi y “Venus”.

Se ríe porque considera que le estoy haciendo un chiste. A ésta gente la verdad les resulta insoportable. Un demonio organiza sus argumentos y dicta sus palabras hasta obligarlos a creer en esa fantasía idiota que ellos llaman mundo. No perciben que no están en éste lugar recolectando las pruebas de lo que vieron por TV. No pueden entender que, también en éste momento, están viendo TV. Emiten vapores de una espiritualidad boba por la grieta de sus bocas para no ver que lo que ven es a un triste grupo de seres atrapados en la cárcel de su propia fisiología. Deambulan tan inyectados de complacencia que pagan para que los convenzan de sus propias mentiras. Alguien debería decirles que lo superfluo es siempre barato. Que nada consuela de una existencia intrascendente, de miles de fornicaciones sin pasión, ni de la inminente amenaza de la muerte. Caminan felices las rutas del culo del mundo con los zapatos sucios de barro y de bosta que ellos mismos producen. El turismo es una forma bárbara de la invasión. Una pantomima de conquista. Una falsa toma de posesión de un territorio imaginario.

La sombra turbia del pasado busca la claridad inmaculada del presente. La sensibilidad más banal de lo evidente huye en éstas aguas del espectro de una vida fugitiva. Nada les ha ocurrido nunca. Nada les ocurrirá jamás. Han despilfarrado el tiempo y se despiden de él en ésta ceremonia bucólica e infantil. Son los rollizos hijos de una humanidad victoriosa en el crepúsculo de sus días. Acunan el cadáver de sus sueños en un lecho de mentiras piadosas. Se visten con las máscaras del buen camino y las bellas certidumbres. Me dan asco. Pero sólo porque también yo soy uno de ellos.

Desde ayer quiero encerrarme a escribir. Pero cada veinte minutos suena mi celular, llega un mensajito, golpean la puerta de mi habitación, no atiendo, entonces pasan papelitos por debajo. Es un verdadero acoso turístico y gourmet. Nadie escribe en éstas condiciones. Son necesarias la soledad y la furia para suplir la falta de talento y la ausencia de oficio. Escribir en desnudarse, tocarse con palabras en un ambiente oscuro, de ventanas clausuradas y saturado de humos mortíferos. La felicidad es improductiva. Los deseos deben permanecer insatisfechos y tus sueños deben clavarse como espinas en tu espalda. El resto es nada. Una baba blanca y espesa que se escurre desde tu boca y que te ata las manos. Creo que no lo voy a lograr. No sé qué voy a hacer. Todo es tan difícil en “mundo delfín”. ¡Qué se yo! ¡A la mierda con las ballenas!

Daniel F. Puerto Madryn, Septiembre 2009