Maldito carnaval

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carnaval.neneMe aterroriza el Carnaval. Tengo el recuerdo estremecido de los bombos y los redoblantes estallando sobre mi cabeza a los cuatro o cinco años. Las comparsas desfilando por las calles de la Boca o en el corso de la Avenida de Mayo. Cientos de personas fuera de sí montadas sobre autobombas que hacían sonar las sirenas todas al mismo tiempo. Hombres vestidos con trajes violeta fosforescente, galera, espejitos y flecos bailando posesídos por un demonio que yo jamás había imaginado. Gordas con tetas monstruosas que se refregaban contra mí como si yo no existiera. Me empujaban. Olían a sudor y a jabón de lavar la ropa. Un tarado vestido de cura que se detenía cada cincuenta metros, se sentaba sobre una pelela de plástico simulando que defecaba. Su gracia debería ser mayúscula a juzgar por el modo con que lo festejaban. A mí me daba náuseas y miraba hacia otra parte. Unos idiotas me tiraban espuma en la boca, papel picado y serpentinas. Todo era patético y repugnante. Yo no quería crecer si al hacerlo me transformaría en ellos.

Yo no los conocía. Eran extraños pero me trataban como si fuésemos amigos o parientes. No estaba acostumbrado a eso. Pensaba que la gente mayor era distinta. Me desconcertaba verlos como enfermos mentales en una manicomio callejero. Le apretaba la mano a mi viejo muerto de miedo. Me mordía los labios y me tapaba las orejas esperando el momento en que ese infierno terminara. Él me llevaba a recorrer ese tumulto cada verano. Era una especie de ritual que ninguno de los dos disfrutaba. Aceptábamos que esa alegría explosiva y vulgar debería ser el modo “normal” de ser felices y simulábamos compartirlo.

Después de un par de horas nos tomábamos el 86 hasta Plaza Once y allí el Ferrocarril Sarmiento hasta casa. Yo me adormecía con el ruido de los vagones sobre las vías. Apoyaba la cabeza en el hombro de mi viejo. Él sacaba de uno de sus bolsillos un ejemplar dobladísimo de la revista Scientific American y leía durante el resto del viaje. Yo sabía que no le gustaba el carnaval. Lo hacía para cumplir con lo que suponía debía hacer un padre normal. A mí me gustaba menos que a él pero no lo decía porque creía que ese simulacro me convertía en un hijo normal. Era un sufirmiento que comenzaba un par de semanas antes. Yo rogaba que hubiese tormenta o que me subiera la fiebre. Pero no, los días eran espléndidos y yo jamás me enfermaba. Me encerraba en el baño para impedir que mi tía Emilse me tomara las medidas para confeccionarme un traje de Peter Pan.

Al llegar a casa mi viejo me mostraba unos dibujos antiguos de un libro de Rabelais ilustrado con grabados maravillosos escrito en francés. Me hablaba de la Comedia dell Arte y de las Isla de las Herramientas. Esos momentos eran para mí la auténtica celebración. Es el único recuerdo bello que guarda mi memoria de aquellos horribles paseos. Todavía conservo intacto el horror por la alegría colectiva. Un desprecio visceral por cualquier fiesta. Me espanta la idea de tener que participar de alguna. No sé qué hacer. Todo me molesta. Me pongo violento. Siento una pena infinita por mí mismo atrapado en un festejo. Ni siquiera puedo pensarlo. Hasta donde recuerdo la única fiesta que disfruté fue en el noveno piso del hotel Hermitage y los invitados apenas éramos tres.

Una tarde se lo conté en un avión a una amiga psicoanalista. Le interesó la historia. Claro, como de costumbre, tomó el relato para confirmar su teoría. Mencionó los cuatro o cinco lugares comunes habituales que aplican a cualquier suceso. Pero recuerdo con agradecimiento algo que me dijo antes de salir del aeropuerto mientras esperábamos el equipaje. Me apretó la mano y me dió un beso. Después se acercó a mi oreja y me susurró: –Tranquilo Daniel, ya ninguno de los dos tiene que disimular más. Me quedé mirándola mientras iba hacia la cola de los taxis arrastrando una valija Primicia gris con una cinta colorada y una calcomanía de Universal Assistance.

  • Ana

    ¿Conoce el carnaval uruguayo? Las murgas uruguayas, con su alta calidad artística y su melancolìa siempre presente son, en mi caso, el ideal carnavalesco por excelencia. El problema, màs que la fiesta en sì y la horror por las mismas, es que no hay manera, a mi modo de ver, de encontrar gusto alguno por el carnaval porteño; es, sencillamente, patètico.