Mejor no hablar de ciertas cosas

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Sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar.

Ludwig Wittgenstein

Tarde o temprano llega un momento de calma compartida y exhausta entre médico y paciente luego de la excitación de una emergencia. Ambos flotan en la atmósfera de exasperada sensibilidad que esos momentos producen. Como una isla de sinceridad sin límites, se establece una tregua para la comedia cotidiana, y las personas nos abandonamos a los abismos de la verdad y de lo inconfesable. Sabemos que —en virtud de un pacto tácito y secreto— superados esos extraños instantes, nadie dirá nada, nadie recordará nada. Un muro de compacto silencio resguardará las contradicciones de la existencia cotidiana y volverá a vestirla con el disfraz de lo que “debe ser”, a resguardarla de la desnudez a veces intolerable de lo que verdaderamente “es”. La impostura recobrará el aliento y todos volveremos a ser lo que nunca fuimos.

—¿Estás muy ocupado?

—No mucho.

—¿Tenés ganas de hablar?

—Es suficiente con que vos las tengas, dale…

—No sé, pero ahora hay tanto silencio, está todo tan oscuro. Parece que nunca hubiese ocurrido nada y no hace más de una hora yo me moría de dolor de pecho, vos me introducías una cosa por mis arterias y ambos mirábamos esa pantalla de televisor en la que mis coronarias decidían si aún me quedaba un futuro sin consultar mi opinión.

—Es una buena descripción, algo así sucedía hasta hace un rato.

—¿Y ahora?

—Ahora sí tenés un futuro y será necesario que decidas qué vas a hacer con él.

La sala de Terapia Intensiva estaba a oscuras. Solo algunas luces intermitentes y ciertos sonidos habitaban ese espacio. Apenas podíamos vernos las caras rodeados por una fauna exótica de animales tecnológicos que respiraban con largos soplidos y hablaban una lengua metálica hecha de ruidos y silencios rítmicos, periódicos, iguales. Me senté a los pies de la cama.

—Ella, ¿está todavía ahí afuera?

—Sí, hace un rato hablamos.

—¿Qué hace?

—Creo que ahora duerme acostada sobre un banco de madera.

—¿Cómo se sentía?

—Aterrada. Muerta de miedo y preocupada por vos.

—Por favor, decile que se vaya, que vuelva a casa.

—Ya lo hice, pero se negó a considerar esa idea. Dijo que necesitaba estar acá y que no me preocupe por ella, sino por vos.

—Es una mujer extraordinaria. Vos no podrías imaginarlo.

—Sí, creo que podría.

—Tenemos dos hijos. Nos conocemos desde la escuela secundaria, llevamos juntos más de 20 años y por más que haga memoria no puedo encontrar algo para reprocharle, un gesto egoísta, una traición.

—Entiendo.

—¿Qué entendés?

—Todo. Que te estás mirando en ella en este momento. Que estás haciendo balances, comparaciones, contabilidad, en fin, el debe y el haber de un amor maduro.

Eduardo tiene 49 años y hace pocas horas lo despertó un intenso dolor en el pecho. Sintió por primera vez la contundencia de la muerte rondándole la noche. Hace algunos minutos se le realizó una angioplastia coronaria y ahora se encuentra estable, sin dolor, pero con la confusión inevitable del momento: como un trompo que giraba enloquecido sobre sí mismo y al que de pronto una mano enorme y poderosa lo ha detenido súbitamente.

—Me despertó un dolor insoportable. No podía respirar, sudaba. Esperé, te juro que aguanté varios minutos mientras le buscaba explicaciones sencillas a lo que me ocurría. Intenté quitarle gravedad, disminuirlo. Ella dormía a 20 centímetros de mí, pero tuve la sensación de que se encontraba en otro planeta. Su pie izquierdo estaba enroscado a mi pie derecho como una serpiente. Siempre hace lo mismo cuando se va quedando dormida. Yo quería moverme, pero sentí que no podía desatarme de esa mujer. Luego comprendí con toda claridad que me iba a morir. El corazón me latía como una locomotora enloquecida dentro del pecho y el aire no llegaba a mis pulmones. Tuve pánico. Un miedo atroz y desconocido. Pero no a la muerte, sino a morirme sin decirle algunas cosas. La desperté. Pero no supe que decirle y no le dije nada.

—Es el problema con las palabras, son tan promiscuas, tan inútiles, pobrecitas.

—Ella se sentó en la cama y me miró durante algunos segundos. No necesitó más. ¡Nunca necesita más! Me besó en la frente y me secó la transpiración con la sábana. Se levantó y —como si alguien le hubiese escrito un guión muy preciso— hizo todo lo que había que hacer. ¿Te das cuenta? Tomó de un cajón la credencial de la obra social, marcó el número de la Emergencia Médica, sacó varias mudas de ropa limpia del placard, me sirvió un vaso de agua, llamó a su hermana para que venga de inmediato a cuidar a los chicos. Luego fue a verlos, los tapó, les dejó el desayuno preparado a cada uno, a Natalia leche chocolatada y a Luciano té con vainillas.

—Así son…

—¿Quiénes?

—Ellas, las mujeres. Saben casi todas las cosas, aunque nadie se las enseñe.

—Cuando llegó la ambulancia, ya estaba su hermana en la cocina recibiendo instrucciones detalladas sobre lo que debía hacer por la mañana. Durante todo el viaje, me abrazó con una fuerza que no le conocía. Me amenazó: “Ni se te ocurra morirte. Ni lo intentes”, me dijo. Después me cantó Yesterday en ese inglés perfecto que tiene. Me la cantaba hace muchos años, pero luego, cada vez que yo le pedía que lo hiciera, me respondía que ya no se la acordaba, que se le había borrado de la mente. Y ahora me la cantó enterita como hace 20 años. Mientras la ambulancia me traía hasta acá, mientras vos te estarías preguntando quién sería el tipo que te haría trabajar toda la noche, ¡podría haberme muerto en ese viaje! En ese momento sentía que estaba en el paraíso. Ella es el paraíso cuando tenés miedo, cuando sufrís, cuando estás solo y desamparado.

—Conozco esa deuda imposible de saldar.

—Durante los primeros años, me empujó para que estudie. Sostuvo dos trabajos hasta que terminé mi carrera. Yo sé que dejó de hacer cosas que ella hubiese querido para que las haga yo, pero nunca me lo dijo. Luego llegaron los hijos y se convirtió en una especie de animal feroz que los protegía mientras yo miraba todo sin saber qué hacer, como un verdadero idiota. Entre ella y los chicos había un mundo intangible al que nunca logré ingresar. Lo intenté tantas veces, pero siempre me quedaba afuera. Y ella se daba cuenta, ¿sabés? Lo percibía con toda claridad. Entonces me acercaba, me hacía participar, me incluía en un esfuerzo desesperado para atenuar lo que yo sentía y no podía ocultar. Se preocupaba por mí en medio de ese desbarajuste de llantos, pañales, noches en vela y diálogos oscuros en un lenguaje sin palabras que solo ellos comprendían. Más tarde la escuela, las maestras, las fiestitas, los disfraces, los deberes, ¿qué se yo? Todo eso para lo que yo no era necesario, más bien resultaba un estorbo, un inútil que rondaba la casa torpe y desorientado. Pero en cada oportunidad, en esos mínimos rincones de tiempo que la vorágine de la familia le permitía, me sumergía en ese espacio secreto de sensualidad como el primer día. Esa mujer no es de este mundo. Pero, claro, vos no me entendés… vos nunca podrías entenderlo.

—Te entiendo, perfectamente.

Eduardo se sentó en la cama. En la oscuridad del ambiente intentaba registrar mis expresiones. Parecía especialmente preocupado por captar alguna señal que le asegurara que lo entendía tal como él lo hubiese deseado. Me tomó las manos.

—¡No me entendés! Yo sé que no me entendés.

—Te equivocás.

—Es que no podés comprender lo que no puedo transmitirte, lo que no se puede explicar, lo que es absurdo. Lo que nunca podré decirte.

—Esa parte es la que comprendo mejor.

—¿Qué tienen las mujeres? ¿De qué están hechas? ¿Cuál es la diferencia con nosotros?

—Muchas, infinitas. Pero puedo decirte cuál es la que a vos te interesa escuchar en este momento.

—¡No tenés ni idea de nada! ¿A ver cuál? ¿Cuál es esa diferencia entre hombres y mujeres?

—Nosotros podemos separar por completo cosas que para ellas están inexorablemente unidas.

Se quedó pensando en esa respuesta tan ambigua. Estaba conmovido y angustiado. Por momentos me sacudía como si intentase despertarme a una realidad que él veía con claridad, pero suponía que yo era incapaz de percibir. Me miró a los ojos excitado, casi furioso.

—Puede ser, puede ser… Pero, ¿somos tan miserables?

—No, solo diferentes, muy diferentes.

Se movió hasta sentarse a mi lado. Un enjambre de cables y catéteres acompañaban sus desplazamientos. Manuela, la enfermera, nos miraba desde unos metros de distancia. También esta vez ella sabía lo que estaba ocurriendo y dejaba que suceda. Es muy curioso como el paso de los años en cualquier oficio hace que las situaciones se repitan y que el asombro dé paso a la comprensión y a la tolerancia, incluso de aquello que en la vida personal nos resultaría difícil de admitir. Acá todos estamos desnudos.

—A veces pasan cosas para las que no tenés explicación. Qué se yo… ocurren. Contra toda lógica, sin fundamento ni justificación. Pero vos te das cuenta y querés impedirlo. Sentís que tenés que hacer algo, pero no sabés qué. Y no podés, estas a su merced, son inevitables. Entonces, te desesperás, te volvés loco. Serías capaz de hacer cualquier cosa para detenerlas, pero no se te ocurre nada, ni una maldita idea.

—Bueno, un infarto no es una mala idea…

—Ahora mismo, ¿ves? Ella está allí afuera, muerta de frío, de sueño, de miedo. Pero no se va, se queda porque sabe que es imprescindible, que si yo tuviese alguna necesidad no sabría a quien más pedirle auxilio. Siempre ha sido así. Está en todo, pero jamás te lo menciona. Nunca te pide nada a cambio. Ni se le ocurre reclamarlo. Vos sos un hombre, como yo. Tenemos una edad parecida. Sabemos lo que ocurre cuando uno sale a la calle a ganarse la vida, conoce gente, observa, compara, recuerda. Pasan cosas, ¿qué se yo? Pero no, vos no me entendés… esa mujer es única, nunca podrías comprenderlo.

—Otra vez te equivocás. Todas son únicas, por eso te comprendo más de lo que imaginás.

—No, no… ¡Vos no sabés nada! Esto no es medicina.

—¿Y qué es?

—Es la vida, no sé, es otra cosa. ¡No entendés, te juro que no entendés! Acá tus catéteres no pueden destapar ninguna arteria. Para esto sos tan inútil como yo. No encuentro las palabras. Vos no tenés nada que hacer al respecto.

—Podría demostrarte lo contrario ahora mismo.

—¡No, no podrías! Es una locura, un despropósito. Nadie puede darme lo que no le he pedido, lo que no merezco, pero no puedo dejar de desear.

—A que yo sí puedo.

—Sos muy omnipotente. Claro, así son los médicos.

—También son expertos en confesiones de madrugada. ¿Querés probar?

—No juegues conmigo, esto es algo serio, muy dramático. ¿Qué se te ocurre?

—Te dejo este papel y mi lapicera, y vuelvo en cinco minutos.

—¿Y qué se supone que debo hacer con esto?

—Me anotás su nombre, su teléfono y yo haré los arreglos para que ella venga a visitarte del modo más discreto posible. Quedate tranquilo, me encargaré de que no se produzcan encuentros inoportunos. Ya lo he hecho antes, muchas veces…

D.F.