Memoria en la oscuridad

La primera señal de la presencia de ese hombre fue sonora. Un tintineo metálico precedido por dos o tres pasos que arrastraban largamente las suelas sobre el piso. Tres shhh un tiiin, tres shhh un tiiin, fue la onomatopeya con que varias personas describieron ese fenómeno que movilizó su atención.

El cambio de una regularidad rara vez me deja indiferente. La pérdida del ritmo, la defraudación de una expectativa me inquieta y me descoloca. Siempre ha sido de ese modo. Tengo una fuerte tendencia a encontrar reposo en la regularidad y a sobresaltarme con la innovación. Primero registré ese extraño sonido, luego lo vi.

Delgado, cincuentón, caminaba con una leve inclinación hacia su derecha. Periódicamente golpeaba con un bastón las patas de las sillas. La cabeza erguida. Los ojos ausentes. Era obvio que aquella figura se guiaba por una serie de procedimientos corporales que no incluían la mirada.

El ambiente era anacrónico, suspendido en el tiempo. Un estilo de los sesenta ahora degradado por el paso de los años y la falta de interés – o de recursos – para mantenerlo. Mesas de madera, sillas descoloridas con serias dificultades para sostener la verticalidad. Las paredes impregnadas por vapores grasientos ya en estado sólido. El televisor encendido y mudo en un canal de deportes colgado a una altura inconcebible como para ser mirado. Los mozos – mimetizados con el paisaje – se desplazaban con esfuerzo, encorvados. Las chaquetas de algodón deshilachadas con una pátina oscura sobre las mangas y el cuello.

El ciego sostuvo su marcha hasta llegar a una mesa vacía donde se sentó. En diagonal a él una pareja conversaba en voz alta. Uno o dos parroquianos hojeaban secciones desmembradas de un diario matutino.

Pensé con curiosidad en qué cosa haría un hombre ciego en un bar. Son tan inseparables para mí el café y la lectura que no alcanzaba a imaginar que más se podría hacer en un lugar como ese una mañana como aquella. Acomodé mi silla y me dispuse a observar la escena.

Pidió un café doble y un vaso de agua. Se detuvo un instante con la taza en la mano a la altura de su nariz. Dio un sorbo pequeño demorando el líquido en su boca. Jugaba con un objeto pequeño entre los dedos con rara habilidad.

La pareja se reía en voz alta, demasiado alta. El ciego quedó capturado por aquellas voces. La risa convoca el interés, como el llanto, como toda emoción humana expresada en público. Es difícil permanecer ajeno e indiferente a ellas. Al poco tiempo se contorsionaban sin disimulo y la risa ya era una carcajada sonora. El hombre intentaba continuar con su relato pero era interrumpido una y otra vez por espasmos incontenibles.

El ciego estiró el cuello. Su cabeza se transformó en una antena móvil que se orientaba según la necesidad. Su expresión quedó congelada. Intentaba evitar cualquier distracción que enturbiara la escucha. Cuando las voces bajaron el tono, y otra vez la conversación fue un murmullo, corrió la silla en dirección a la pareja. Nuevamente la tensión de su cuerpo alcanzó el máximo y luego se coaguló.

Permanecía en su órbita como un satélite atraído por la gravedad de esas dos personas. La situación se prolongó por varios minutos. La pareja jamás presintió lo que ocurría a sus espaldas. El ciego no mostró ningún interés por disimular su actitud.

Un mozo se aproximó a la pareja y cobró la cuenta. El hombre se levantó primero. De pié, bebió los restos que aún quedaban en su vaso. La mujer recogió la cartera, alisó su blusa con ambas manos desde arriba hacia abajo. Tomó por el cuello un abrigo negro colgado en el respaldo de la silla y permitió que su acompañante la ayudara a ponérselo sobre los hombros. Lucían divertidos, vulgares.

Él era obeso, pero fornido. De espaldas anchas y abdomen prominente. La mujer: de corta estatura, recargada y artificial. Fue ella quien comenzó a caminar hacia la puerta mientras el hombre la seguía a dos o tres pasos de distancia. Pasaron a pocos centímetros del ciego que permanecía extático. Percibió el aroma penetrante de un perfume frutal empleado con exceso. El hombre dejó en el aire una huella de tabaco negro y alcohol. Repugnantes, ambos.

Los dejó pasar. La pareja no reparó en él, ciegos a todo cuanto los rodeaba. Cuando estuvieron a pocos metros de su posición, se puso de pié. Su cuello se contrajo de un modo llamativo. Las venas se hicieron prominentes. Todo indicaba que algo debía aliviar aquella tensión insostenible.

– ¡Turco!

El hombre se detuvo electrizado. Demoró algunos segundos en darse vuelta y cuando lo hizo, observó al ciego. Enfrentados, se registraron meticulosamente. Uno con su mirada inquisidora, el otro con todos los sentidos. Milímetro a milímetro.

– ¿Nos conocemos?

– Si

–   Nadie me llama de esa forma desde hace muchos años.

– Capitán Roberto Miguel Ahuad, ¿ahora está mejor?

El hombre contrajo cada uno de sus músculos. Los ojos desmesuradamente abiertos. Las aletas de la nariz se expandieron, la respiración se aceleró. Apretó los dientes. Los puños se cerraron convulsivamente.

– Repito: ¿nos conocemos?

– Sí, nos conocemos

– Sin embargo yo no lo recuerdo y tal parece que Ud. no puede verme.

– No me extraña lo primero, y es cierto lo segundo.

– ¿Entonces?

El hombre estaba evidentemente incómodo. Miraba a su alrededor intentando minimizar la escena. Se esforzaba en pasar desapercibido, lo que resultaba imposible

– Tampoco podía verte cuando nos conocimos. Pero eso no impidió que tu figura se me grabara para siempre.

– Explíquese

– ¿Querés que te explique?

– Es lo que dije

Elevó algo el tono de la voz sin que ello resultara agresivo. Sereno, pero enérgico.

– Que yo no viese no impidió que me ataras una capucha al cuello. Taparle los ojos de un ciego, ¿viste algo más ridículo? ¿temías que te mire o mirarme?

– Ud. no sólo no puede ver. Ud. no sabe lo que dice.

– Mi ceguera tampoco impidió que me amarraras con alambres a un elástico de cama viejo. Que me rociaras con agua y me aplicaras tu “aparatito” sobre cada rincón de mi cuerpo.

– Ud. se confunde

– Que subieras el volumen de la radio y te rieras a los gritos con los chistes que un cómico correntino contaba sin parar, uno detrás de otro.

El hombre hizo un movimiento con intención de retirarse. No pudo.

–  Tampoco impidió que me preguntaras – mientras hacías tu “trabajito” – si a los judíos de mierda como yo no le causaban gracia los cuentos argentinos: – “Si te reís aflojo cieguito”, me decías. Pero no pude. Y no aflojaste. Durante horas, cada noche, toda una semana.

Dio un corto paso hacia atrás y se afirmó contra el mostrador. Llamó a la mujer que lo esperaba, absorta, muda:

– Nelly, nos vamos.

– Siempre supe que te encontraría, que no necesitaba buscarte. Sos tan vulgar, sos tan torpe. Tu animalidad no te permite pasar desapercibido.

El ciego se adelantó. Elevó su brazo derecho con el bastón en la mano hasta el extremo izquierdo, encima del hombro.

– Ud. es un pobre tipo y está confundido porque no puede verme.

– No necesito verte para saber quien sos.

Bajó el brazo con violencia. Lo descargó como un rayo sobre la cara del hombre que cayó de rodillas tomándose la cabeza con ambas manos, pero en silencio.

– Mozo, lo mío lo carga a la cuenta del señor. El caballero no tendrá inconveniente en que – aunque sea por una vez – tenga que pagar.

Tomó sus cosas y se encaminó hacia la salida.

Pude escuchar sus pasos, el ruido de los zapatos que se arrastraban más de lo esperado, un tintineo metálico cada tres o cuatro pisadas. Creo que ya he dicho que esas cosas jamás me dejan indiferente. Tres shhh un tiiin, tres shhh un tiiin.