Mundo Teta

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“Una vez le hice al amor a un Drácula con tacones” J. Carlos Solari .

mujfreudSeducidos y abandonados

Es notable como empujan las chicas. Si cada vez son más bellas, si ganan todos los premios literarios y las becas científicas, si alcanzan las cimas del éxito, si tantas son excepcionales, entonces, cuál es la excepción. Cuando todo es extraordinario, cómo elegir.

Siempre me ha resultado absurda y contra-natura la pretensión de amar / desear en singular. Pero ahora es imposible disfrazar ese imperativo con razones, rodearlo de argumentos que oscurezcan su insensatez originaria.  Nos seducen, nos deslumbran, nos humillan y luego nos arrojan a la absurda prisión de la monogamia. Extienden la infinita geografía del deseo y luego nos exigen la patética estrechez de un amor posesivo.

Los biólogos han observado que el tamaño de los testículos de los murciélagos es inversamente proporcional al de sus cerebros. La evolución los obligó a elegir entre producir cerebro o esperma obligando a los machos a desarrollar testículos enormes para atraer a las hembras en desmedro de otros órganos como el encéfalo. Llegado ese momento me niego a elegir entre mis melancólicos testículos y mi confundido cerebro. ¿Qué animal que yo contengo te desea con igual potencia que el hombre que te admira? Permítanme amarlas y aborrecerlas con la energía intacta de lo que no puedo separar.

Está bien, juntaremos en cajas nuestras pobres cosas, abandonaremos las oficinas, las cátedras y los pedestales. Les arrojaremos este maldito mundo macho a sus pies para que hagan con él lo que más les guste. Pero antes de irnos las acorralaremos contra la pared, les oleremos la nuca, les acariciaremos el cabello con nuestras manos simiescas, nos sumergiremos como peces en el agua de sus ojos.

Hace algunos días científicos ingleses lograron transformar células de la médula ósea de mujeres en células espermáticas con las que podrían fertilizar un óvulo de otra mujer. De este modo dos mujeres podrían engendrar un hijo que comparta los cromosomas de ambas. Liberado el sexo de la reproducción en los años sesenta, todo indica que ahora comienza a liberarse la reproducción del sexo.

No les será difícil reemplazarnos. Podrán sostener el mundo de mierda por el que parecen competir, engendrar a su cría sin nuestra participación, o alcanzar ese placer ilusorio que creen merecer y del que nos hacen responsables. Conocerán la estúpida omnipotencia del poder. Pero una noche de invierno sentirán un temblor entre las piernas, la memoria ancestral de un estremecimiento extraño y no sabrán de qué se trata. Pero ya será tarde. Habrá una isla de sensaciones que ya no podrán reconocer. Un subsuelo lúbrico y privado que ni el magnífico radar de sus pezones les podrá desocultar.

Mientras tanto, durante el tiempo atroz de la retirada, les seguiremos clavando los dientes en sus amorosos cuellos, les miraremos las nalgas cuando se sienten en nuestros sillones, les morderemos los pechos a través de sus divinos escotes. Luego, en silencio, velaremos los cadáveres de lo que han sido y lloraremos con lágrimas de hombre la pérdida irremediable de esa maravillosa diferencia.