Mundo Tissue

 Acerca del llanto y sus secretos motivos.

Quiero llorar porque me da la gana
 Federico García Lorca (1898-1936)


1. Carla me mira durante los segundos más largos que yo haya experimentado jamás. Luego baja la cabeza. Se observa las rodillas. Su cabeza tiembla. Produce un sonido extraño y acuoso. Me vuelve a mirar. Llora. A medida que el tiempo transcurre lo hace de manera cada vez más explícita. Ahora sus esfuerzos para disimularlo ya han sido derrotados. Llora a mares. Lágrimas espesas que su lengua captura desde la comisura de los labios. Las saborea y, sólo cuando ya no quedan rastros en su boca, sale en busca de la siguiente. La atrapa, la introduce y el procedimiento vuelve a comenzar. Tiene 14 años y la conozco desde que nació. Me pidió una entrevista a través de su madre que es mi paciente.

– No sé, algo le pasa pero no me dice nada. Quiere verlo doctor.

Le extiendo mi brazo con una caja de pañuelos de papel tissue. La toma. Saca uno. Se seca y luego se suena la nariz. Yo no hablo hasta que parece haberse recompuesto.

– ¿Estás mejor?

– Sí

– ¿Querés contarme algo?

– No

– Tus lágrimas parecen decir algo pero necesito palabras para entenderlas.

– Es que no me lo vas a creer.

– Hacé la prueba.

– Es una tontería, no puede ser verdad. Pero me ocurre todo el tiempo.

– Casi todo lo que nos ocurre todo el tiempo es una tontería. Aunque raramente nos hace llorar.

– Es Luis Miguel

– ¿Luis Miguel? ¿Quién es Luis Miguel?

– El cantante, el mexicano. ¿No sabés quién es?

– Sí claro, pero pensé que sería otra persona con el mismo nombre.

– No, es él.

– Ya decía yo que ese tipo no era recomendable.

– Es que lo escucho y lloro.

– Bueno yo casi también, aunque me aguanto las lágrimas.

– No sé qué me pasa. No puedo dejar de pensar en él. Lo veo, lo escucho. Lloro, no puedo parar de llorar.

– ¿Y eso te hace sufrir o te preocupa?

– No, no me hace sufrir. Eso es lo extraño. Hasta creo que me gusta llorar por él.

Es muy notable el hecho de que la mayoría de las personas concurren a la consulta médica en busca de un nombre. Una denominación que les permita nombrar su propio padecimiento. Ésa parece ser la primera motivación. ¿Qué me pasa? ¿Qué es esto que me ocurre? Son las preguntas primeras. Nombrar tranquiliza. Es insoportable sentir lo que se resiste ser nombrado. Una sensación o un sentimiento mudo es un fantasma errante que nos recorre hasta que logramos expulsarlo por la boca en forma de palabras. Lo que no se dice no puede ser pensado. Pero tampoco puede ser sentido bajo el techo protector del lenguaje. Sacudidos por esa incógnita buscamos el conjuro de la lengua. Lo primero que se siente no es dolor. Es perplejidad, es duda y una insistente pregunta: ¿qué es?
2. Si Alfredo no fuese arquitecto hubiese sido equilibrista de circo. Es delgado, alto y camina de un modo aéreo, como si sus pies nunca tocaran el piso. Se sienta en el borde más extremo de la silla y se sostiene mediante una inclinación del cuerpo que me hace pensar a cada momento que se caerá de bruces sobre el piso. Pero no, contra toda las leyes de la gravedad puede permanecer en esa posición indefinidamente. Tiene 65 años y acaba de jubilarse.

– Estoy preocupado doctor.

– ¿No se siente bien?

– Bueno, no exactamente pero…

Se calla y deja de mirarme. Busca el piso y se concentra en un punto fijo.

– ¿Pero qué?

– Me ocurren cosas que no comprendo.

– ¿Cómo cuales?

– Ve, ahora, ahora mismo me está viniendo esa “cosa”.

Hace un esfuerzo que lo deja suspendido en una mueca. Congelado. Luego su cuerpo se abandona y su cara se transforma. Se tapa con ambas manos. Llora. Desaforadamente. Con ruidos estentóreos y una convulsión rítmica de su metro noventa que lo hace parecer un edificio al borde del derrumbe.

Le extiendo mi brazo con una caja de pañuelos de papel tissue. La toma sin mirarla con una mano mientras la otra intenta en vano ocultar sus lágrimas. Se seca enérgicamente empleando varios pañuelos que terminan como unos bollos retorcidos que guarda en su bolsillo. Yo no hablo hasta que parece haberse recompuesto.

– ¿Está mejor?

– Sí

– ¿Quiere contarme algo?

– No sé qué contarle doctor.

– ¿Qué le ocurre?

– Eso es lo que vengo a preguntarle a usted.

– Entonces le cambio la pregunta. ¿Cómo es lo que le ocurre?

– Me despierto de madrugada. Hasta ese momento me siento muy bien. Pero a partir de un instante sé que voy a llorar sin motivo. Casi sin sufrimiento. Entonces me levanto para que no me escuche mi mujer y me encierro en el baño. Allí lo espero. Y el llanto llega enseguida. Lloro con desesperación. Pero es como si otro llorará en mi cuerpo. Yo no me doy cuenta del motivo. No siento nada. No estoy triste ni emocionado. Lloro. Como una máquina de llorar. Un mecanismo que funciona sin saber por qué.

– ¿Y después?

– Nada. Me siento perfectamente. Hasta le diría que me siento mejor que antes. Me vuelvo a la cama y duermo toda la noche. Es rarísimo, ¿no?

– Bueno, últimamente estoy empezando a creer que no.

– ¿Qué me pasa doctor?

– Parece que llora. Que tiene un efecto sin que se nos muestren las causas.

– Sí, eso, exactamente. Lloro como si me levantara a orinar. Exactamente.

– ¿Y por qué le preocupa más levantarse a llorar que a orinar?

– Bueno una cosa es una necesidad y la otra…

– ¿La otra qué es?

– No lo sé.

– ¿Y eso le hace sufrir o lo preocupa?

– Sufrir no, pero me preocupa saber de qué se trata.

– ¿Quiere un nombre?

– Eso me tranquilizaría bastante creo.

– ¿Le gustaría que hagamos una consulta psicológica para averiguarlo?

– No, de ninguna manera. Prefiero la pregunta a una respuesta absurda.

– No estoy tan seguro Alfredo. A veces creo que cualquier respuesta es mejor que una pregunta.

– No, yo sé que usted no cree eso.

El lugar que el médico se ha visto obligado a ocupar es bastante diferente del que los contenidos con que se lo forma parecen sugerir. La ausencia de otros espacios de intercambio emocional entre las personas han convertido poco a poco al consultorio en uno de los pocos lugares donde ser escuchado, incluso cuando todo conspira para que eso no suceda. Sin tiempo, sin preparación, inmersos en una urgencia de resultados y en el vértigo de la eficiencia, también ése es un escenario que huye del reclamo que parece existir. Ni los médicos pueden, ni los pacientes quieren tomarse el tiempo necesario para que las brumas se disipen y las palabras aparezcan.
3. Un lunar minúsculo señala la comisura derecha de su boca. Una marca que humaniza la potencia mortal de su cara. Una pausa que permite recobrar el aliento cuando se la mira sin defensas. Decido fijar mis ojos en ese punto de fuga para escapar al embrujo de los suyos. Soledad sabe que su belleza es insoportable, pero la desprecia. La ignora como si no tuviese importancia. No se maquilla. Su ropa es de una sencillez extrema. Es bella a pesar de sí misma. Hace pocos meses ha sido madre.

– ¿Sabés, creo que soy un caso como nunca has visto antes?

– Bueno, ya me había dado cuenta de eso apenas entraste al consultorio.

– No, no, te aseguro que me pasa algo muy extraño.

– No podría imaginar que a vos te suceda algo vulgar y corriente.

– ¿Si a vos te hacen cosquillas, te reís?

– Últimamente nadie me hace cosquillas, pero creo que sí.

– ¿Si te ocurre algo malo llorás?

– Puede ser

– ¿Y si es algo gracioso te reís?

– Sí, también

– ¿Querés saber lo que me ocurre a mí?

– Es lo que más quiero en el mundo.

– ¡Lloro!

– Me lo imaginaba

– Lloro cuando todo es perfecto, cuando veo la felicidad que me rodea.

– Bueno a veces la felicidad es una desgracia.

Soledad no me escucha. Se ha montado en la descripción de lo que le sucede y cabalga sobre los hechos que ahora ve desde afuera como un observador ajeno.

– Anoche, mientras cocinaba, veía a mi esposo jugar sobre la alfombra con nuestro bebé. La sala hermosísima, cortinas nuevas, la luna recostada sobre el balcón. Él y su hijo rodaban sobre el piso. Le cantaba un canción y ambos se reían a gritos.  Perfecto, te juro que era la escena más impecable que puedas imaginar.

– ¿Me querés hacer llorar a mí?

– Yo pisaba las papás con un tenedor y me di cuenta que lloraba cuando las primeras lágrimas cayeron sobre la fuente. ¡Lloraba! Pero no de felicidad como en una peliculita imbécil. Lloraba de dolor, de angustia, por desesperación. Me sentí atrapada en ese mundo perfecto. Presa en una celda de felicidad ideal pero en la que yo no quería estar. ¡Es absurdo!

– Bueno alguien con esos ojos no podía ver lo mismo que vemos los demás.

– Me siento muy bien, todo el día bien. Pero cada vez que capturo –como en una fotografía- una escena como esa, lloro, lloro y sufro como una idiota. Me duele, me subleva esa armonía extraordinaria en la que vivimos. Me siento culpable, pero no puedo evitarlo.

Se detuvo. Algo me dijo que estaba recapitulando lo que acababa de decir. Agitó la cabeza negando lo que sólo ella había escuchado y comenzó a llorar. Un brillo de lago patagónico le cubrió los ojos. Una delgada capa apenas líquida, discreta, inmaterial. Su respiración se agitó y sumergió su cabeza dentro del hueco que le hicieron sus hombros al elevarse. Lloró con todo el cuerpo. Le extendí mi brazo con una caja de pañuelos de papel tissue. Los tomó sin mirarlos, primero uno, luego otro, y otro, y otro.

No sé muy bien por qué, pero últimamente siento que ejercer la Medicina es un trabajo en el que te has preparado intensamente para asistir problemas distintos de los que la gente padece. Hay una contradicción entre lo que se espera que ocurra y lo que sucede. Algo semejante a lo que les pasa a estos pacientes. Esa constatación de la discordancia entre las expectativas y la realidad es sorprendente y perturbadora. He pensado en llorar. Me concentro. Me esfuerzo como un yogui intentando detener su respiración, pero nada. Mi pozo de lágrimas parece haberse secado. Anoche consulté al bueno de Julio Cortázar. Les paso la fórmula que él recomienda por si también a ustedes les interesa.

Instrucciones para llorar. “Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará  con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos”.  Julio Cortázar

Es posible que no comprender los motivos de lo que sentimos sea una deformación de la exasperada racionalidad con que hemos sido educados. Las personas quieren palabras, designaciones que les confirmen que lo que les ocurre puede ser nombrado. La incertidumbre es intolerable. Creo que buscaré un nombre que los tranquilice y les recomendaré que lloren descaradamente. Un llanto desnudo de motivos. Que se permitan un llanto fisiológico. Llorar como reír, como orinar fluidos del alma.

Daniel Flichtentrei