Natalia

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Hace mucho tiempo que no sé de ella. Pero a veces, sin que nada lo motive, la imagen de Natalia vuelve. La veo frente a mí como en aquellos tiempos en que yo empezaba a ser médico y ella era la secretaria del servicio. Seria, las cejas fruncidas y la boca dibujada por una línea que le atravesaba la cara. El pié derecho golpeando sobre el piso señalando el tiempo de la espera. Yo la miraba en silencio. Ella esperaba mi respuesta a una pregunta que jamás me había formulado. Un par de minutos más tarde mi paciencia se agotaba y me subía desde el vientre una furia que no lograba contener. Le pisaba el pié para callar el segundero en que lo había transformado. Pero ella aguantaba. Yo cada vez lo apretaba más. Hasta que se ponía roja y me gritaba:

-¡Animal! Sos un animal.

-Me gustas más cuando te ponés furiosa.

– No seas idiota…

– No te entiendo, ¿qué querés?

– Que hagas las epicrisis quiero, que completes los formularios de alta. Eso quiero.

– Preferiría no hacerlo…

-¿Vos creés que sos más inteligente que yo?

– No

– ¿Entonces? ¿Qué pensás?

– Que estás atrapada entre cosas inútiles.

Se iba. Rápido, con pasos cortos y ridículos. Los hombros levantados hasta hacer desaparecer el cuello. Llena de ira y sedienta de venganza. Yo la miraba achicarse a través del pasillo. La distancia la reducía hasta hacerse un punto hundiéndose en la escalera. Nunca se dio vuelta para ver si yo la miraba. Pero siempre tuve la sensación de que lo sabía. Apilaba las historias clínicas en mi casillero hasta que ya no quedaba lugar. Luego ocupaba mi escritorio y, cuando estaba de guardia, las esparcía sobre la cama para que no pudiese acostarme. Yo las tiraba al piso y me dormía. Teníamos la misma edad pero habitábamos planetas que se repelían mutuamente. Por todos lados encontraba carteles reclamando mi deuda firmados con una letra de formas rigurosas escrita con marcador azul: Natalia, Departamento de Estadística. Aparecía en las recorridas de sala para reclamarme delante de mis jefes. Interrumpía los ateneos del servicio -justo cuando era yo quien presentaba el caso- y me reclamaba en público por mi inconducta y mi desidia. Me denunció por escrito ante el director del hospital. Me conminaron a reparar mi falta y me negué. Me sancionaron. Fui suspendido una vez. Pero insistió y me volvieron a suspender durante unos días. La tercera vez le dije al director que no pierda el tiempo con sanciones menores, que me expulse o me fusile porque no pensaba hacer ese trabajo nunca. Me miró. Se rascó el abdomen y chupó la punta de su lapicera. El tipo era un incapaz pero tenía la virtud de saberlo. Su recurso consistía en convertir el ejercicio de la medicina en una práctica burocrática donde los documentos valían más que las personas.

-¿Vos pensás que Natalia está empeñada en una causa absurda?

– Exactamente

– ¿Y vos?

– Yo también, claro.

– Andate.

Poco a poco comenzamos a hacernos daño. Ya no me causaba gracia. Podía comprender lo que hacía pero me parecía intolerable que creyera en ello. Me persiguió como a un delincuente. Y lo era. Claro que lo era en la versión del mundo en que ella creía. Fuimos una obsesión el uno para el otro durante un par de años. Yo nunca completé un formulario de alta médica pero ella jamás dejó de reclamármelos. Nos entregamos a una batalla que ninguno podía ganar. Jamás pudimos hablar de otro tema, aunque alguna vez se lo propuse. Pagar mi deuda era un peaje para que pudiésemos conocernos. Pero yo no estaba dispuesto a hacerlo.

Los médicos residentes trabajábamos sin descanso, con sueño, con hambre, siempre al borde del agotamiento. Atendíamos pacientes, empujábamos camillas, extraíamos sangre, hacíamos los análisis de laboratorio, salíamos en ambulancia. Mis compañeros hacían lo mismo, pero también completaban esos formularios y ella me lo recordaba a cada momento. Con ellos conversaba o compartía el desayuno. Pero cuando yo llegaba se iba de inmediato no sin antes recordarme los motivos.

Aparecía muy temprano en la mañana cada vez que yo me quedaba de guardia por la noche.  Revisaba la habitación, la cama, el baño. Era un sabueso. Buscaba las huellas de alguna mujer clandestina que hubiese pasado por aquellas largas noches de guardia. Y claro, las encontraba. Un cabello en la bañera, la persistencia de un perfume sobre la almohada, una hebilla olvidada debajo de la cama.  Más tarde se encargaba de que se enterase la única persona en el mundo que yo necesitaba que lo ignore.

Así eran sus acciones. Movimientos quirúrgicos, precisos. Fue subiendo la apuesta. Pero lo que no sabía era que mi límite estaba mucho más allá de sus posibilidades. Poco a poco Natalia comprendió que yo estaba inmunizado contra el escándalo y la vergüenza. Pensé que podría derrotarla.

Una madrugada de Julio llegó al hospital con su madre. La pobre mujer estaba ahogándose y abría la boca buscando el aire con desesperación. Tenía los labios azules y el relieve de los músculos del cuello resaltado por el esfuerzo. Sudaba gotas pequeñas y perladas que se reproducían al instante cuando se las secábamos con una gasa. La frente  era una superficie vidriosa repleta de puntitos transparentes. Emitía un sonido de burbujas con cada movimiento respiratorio. Estaba helada. Cuando Manuela, la enfermera, le colocó una máscara de oxígeno, ella intentó quitársela. Hubo que forzarla para que la acepte con promesas de una mejoría rápida en la que ella no parecía creer. Intente quitarle la dentadura postiza previendo una posible intubación. La mujer me fulminó con la mirada y me dijo: – Antes tendrás que matarme. Manuela le acarició la cabeza y extendió la mano con una gasa mientras la miraba con esa expresión extraña que yo le conocía tanto. Una combinación de afecto y determinación. Cuando miraba a alguien de ese modo sus resistencias se desvanecían. La mujer hizo un movimiento con la boca, una especie de buche de aire que infló sus mejillas y extrajo la dentadura que dejó sobre la gasa en la mano de Manuela. Yo preparé un laringoscopio que apoyé sobre la mesada.

La examiné. Tenía un edema agudo de pulmón desencadenado por una crisis hipertensiva. Le tomamos muestras de sangre arterial y un electrocardiograma. Ella nos veía hacer con desconfianza. Se tomaba de la mano de su hija. La miraba con los ojos a punto de salirse de las órbitas. Parecía reclamarle una explicación. Natalia estaba aterrorizada. Le sostenía la mirada mientras la apantallaba con una revista. De a ratos se embadurnaba los dedos con una crema y se la frotaba por la espalda. Después cerraba el pote, lo guardaba en su cartera y continuaba apantallándola. La sentí tan vulnerable que me fui de la sala de guardia y dejé que mis compañeros asistieran a su madre. Pensé que no era justo para ambos que yo la viera así. Que le debía la discreción de no exponerla en esas condiciones ante su mejor enemigo. Salí.

Mientras esperaba el ascensor escuché sus pasos. Se detuvo detrás de mí. No dijo nada. Cuando se abrieron las puertas entró. Se ubicó a mis espaldas. El espacio era pequeño y estaba en penumbras. La única luz era el reflejo verde del indicador de pisos. Se escuchaba un estruendo de cadenas y el rechinar de las poleas. Ella miraba el suelo sin levantar la cabeza. Los hombros encogidos y los puños cerrados sobre la panza. Me pareció más pequeña que otras veces. Estábamos tan cerca uno del otro que pude percibir el olor a eucalipto que llegaba desde sus manos todavía impregnadas de crema. Desde atrás, casi susurrando, me dijo: – Quiero que vos atiendas a mi mamá. Me di vuelta. La miré, pero ella no. Se la veía desolada. Por primera vez tuve consciencia de la intensidad de su belleza. Mientras Natalia no dejaba de mirar al piso tuve el deseo insensato de besarla. No le dije nada. Volvimos juntos hasta la planta baja. Mientras caminábamos en la oscuridad de aquellos pasillos escuchaba el soplido con que despejaba la nariz. Creo que lloraba, pero no me animé a volver a mirarla a los ojos. Me hice cargo de su madre durante muchas horas aquella noche y toda la semana siguiente hasta que estuvo en condiciones de volver a su casa. Esa misma tarde vino a verme.

–  ¿Tengo que darte las gracias?

– No.

– Quiero que sepas que esto no cambia en nada nuestra relación.

– Nunca imaginé otra cosa.

– Mi mamá te manda una torta de chocolate. Está sobre tu escritorio.

Una semana después Natalia me pidió que fuera ver a su madre a la casa. Lo hice muy tarde por la noche cuando pude salir del hospital. Me había dibujado un plano para que no me perdiera. Vivían en una un barrio de casas bajas e idénticas construido por alguno de los planes de viviendas sociales del estado. Las personas se esforzaban por diferenciar sus hogares de los otros empleando todos los recursos que estaban a su alcance. Algunos habían hecho canteros con begonias amarillas y rosas en los jardines del frente. Otros ponían estatuas de yeso. En una convivencia promiscua alternaban: Venus de Milo, Victorias de Samotracia, enanos de jardín empujando una carretilla donde plantaban matas de “alegrías del hogar” y hasta un bambi de Walt Disney repleto de excremento de pájaros. Por todos lados había perros. Se escuchaban ladridos, el sonido de las patas rascando las puertas metálicas y los pasos nerviosos que me seguían detrás de las ligustrinas olfateando al extraño que alteraba la monotonía de los olores cotidianos. Toqué el timbre. Natalia me abrió la puerta mientras los gritos de su madre llegaban desde la habitación: ¿Es el doctor? Nati, ¿es el doctor? Me miró avergonzada. –Sí, ya vamos mamá-. Cerró la puerta. Me dio un beso.

–Querés un café.

-No

– ¿No querés nada?

-Sí quiero.

– ¿Qué querés?

-Otro beso. Es la primera vez que me das uno y no estuvo tan mal.

Natalia me empujó en dirección a la habitación. Todo se veía tan limpio y tan ordenado que tuve miedo de ensuciar o romper algo. Su madre estaba acostada en una cama de dos plazas con la cabeza apoyada sobre dos almohadones. El acolchado era rosa y tenía las sábanas blancas e inmaculadas plegadas en los extremos en forma de triángulo. Sobre la cabecera había un crucifijo de nácar. Tenía un Cristo con una corona de espinas y gotas de sangre chorreando desde los clavos. Una lámpara le apuntaba desde arriba con una luz pálida que acentuaba su dramatismo. Sobre la cómoda había un frasco de alcohol y una tolla de hilo bordado con arabescos rojos sobre el fondo blanco. Me lavé las manos. Al pie de la cama se desplegaba una alfombra rectangular con guardas dóricas y sobre ella dos pantuflas de paño forradas con lana de oveja ubicadas en perfecta simetría. Debajo del vidrio de la mesita de luz había una foto de Juan XXIII. Encima, dentro de un portarretratos de porcelana, otra en blanco y negro de una nena con el cabello enrulado. Vestía un guardapolvo blanco con tablas y una cartera marrón apretada con ambos puños cerrados contra su panza. Yo conocía ese gesto. La nena estaba seria. Los ojos congelados. Parecía aterrorizada mirando a la cámara. Detrás de ella se distinguían piernas de adultos y un panel de corcho con dibujos infantiles pegados con chinches. Por algún motivo me conmovió esa fotografía.

–       Gracias por venir doctor.

–       No me lo agradezca tanto, le costará otra torta de chocolate.

Conversamos un rato mientras ella hacía girar un rosario de cuentas entre sus dedos. La examiné. Cuando le pedí que se descubra el pecho para auscultarla miró a Natalia y le pidió que salga de la habitación. Le dije que la encontraba muy bien y que ya podría levantarse. Ella besó la cruz y luego tomó mi mano y también la besó. No pude detenerla. Durante varios minutos enumeró los sacrificios que había hecho a lo largo de su vida para educar a Natalia. Me relató una historia épica donde ella era la heroína y la pobre Natalia la medalla a su mérito.

Usted sabe doctor, una mujer sola y con una hija pequeña…

– Me lo imagino

Todo nos ha costado mucho sacrificio pero Nati siempre estudió.

– Eso es lo más importante, ¿no?

– Sí, ahora va a la facultad pero estudia algo que no le va a servir para nada.

– ¿Usted está segura de que su carrera no le servirá para nada?

– Por favor doctor, Letras, en un mundo de números. ¿A quién se le ocurre?

Guardé mis cosas y le hice las últimas recomendaciones. Le prometí que volvería a verla pronto. Cuando nos despedimos se acercó y, susurrando, me pidió que hablara con Nati para convencerla de que abandone esa carrera. Se quejó de que gastaba casi todo el sueldo en libros y que se quedaba hasta muy tarde leyendo escondida en la cocina.  Estaba preocupada porque su hija se ocultaba para estudiar y algunas veces se iba al hospital sin dormir. Ella la espiaba y cuando consideraba que la hora era inconveniente se levantaba en puntas de pie y cortaba la luz para obligarla a irse a la cama. Consideraba que ella había se había sacrificado para solventar los gastos familiares y que estaba llegando el momento en que su hija tendría que hacerse cargo de esa responsabilidad. “Nos necesitamos tanto” me dijo antes de gritarle a Natalia.

Nena acompañá al doctor pero antes convidale un café y pastelitos.

Antes de salir del cuarto su madre me sonrió. Creo que me guiñó un ojo como si fuéramos cómplicas pero no entendí en qué. Natalia volvió y me acompañó a la sala. Me sirvió café y trajo una bandeja con los pastelitos.

–       Gracias, acepto el café. Pero ahora no tengo hambre.

Los puso dentro de una bolsa de plástico y los guardó en mi maletín. Un exquisito olor a membrillo me rozó la nariz.

–       Para la noche. Seguro que vas a tener hambre más tarde en la guardia.

Mientras estuvimos juntos su madre le daba indicaciones gritando desde la habitación. Me sorprendió la cantidad de libros que había en los estantes. Sabía que ella era lectora. Incluso, alguna vez se había animado a pedirme prestado alguno de los que yo llevaba para leer al hospital. Busqué en las paredes alguna foto u otro indicio de su padre -a quien supuse muerto- pero no encontré ninguno. No me animé a preguntar. Tomé mi café sin que Natalia pronunciara ni una palabra.

–       ¿Estabas asustada por tu mamá?

–       Sí, mucho.

–       Alejate un poco de ella.

–       No puedo.

–       Sí podés. No tengas miedo.

–       Te acompaño hasta la puerta.

–       Comprendo, ya me han echado antes de otros lugares.

–       No digas eso.

Me acompañó hasta el auto. Mientras caminaba delante mío pude mirarla con atención. No era la primera vez que lo hacía. Esa noche estaba bellísima. Aunque sospecho que ella no lo sabía. El cabello castaño recogido en una prolija cola de caballo. Delgada, pero de formas intensas que procuraba disimular usando ropa amplia y suelta. El cuello largo y las manos finas. Los pies pequeños. Parecía recién salida de un retrato de Modigliani. Vestía un jean gastado y una blusa color salmón con los botones abrochados hasta la garganta. La boca parecía otra. Una muy diferente a la que yo veía mientras discutíamos. Cuando se enojaba, y eso sucedía casi todos los días, los labios se le tensaban como una cuerda de arco. Pero esa noche estaban flojos, desarmados.

A esa altura ya le había dicho que era hermosa muchas veces. Hasta entonces creía que lo hacía porque sabía que eso le molestaba. Pero esa noche me di cuenta de que tal vez fuese sólo porque era cierto. Nos despedimos pero no me dio un beso. Tal vez mi comentario al llegar a su casa la inhibió para repetir ese saludo. Subí al auto. Caminó unos pasos y se detuvo sin darse vuelta. Yo la veía de espaldas iluminada por el reflejo de los faros del auto. Se llevó la mano a la boca. Se dio vuelta y pude verla con la boca tapada por su mano y una actitud indecisa en las piernas. Miró hacia donde yo estaba tal vez esperando que me fuera. Pero no lo hice. Volvió. Se quedó parada mirándome a través de la ventanilla sin decir nada con los brazos colgando al costado del cuerpo. Le abrí la puerta y se sentó a mi lado.

–       No sé qué decirte.

–       Yo tampoco.

–       Estamos tan acostumbrados a pelear que no nos salen otras palabras.

–       Estás muy linda hoy.

Me abrazó y lloró. La abracé con torpeza. Tenía la sensación de que podría quebrarse.

– No puedo salirme de ella. Es mi mamá.

– No vas a poder hasta que encuentres un lugar seguro hacia dónde ir.

– ¿Ese lugar sos vos?

– Sabés que no.

Un perro ladró y otros le respondieron. Una mujer gorda vestida con un camisón largo asomó la cabeza desde la puerta de su casa. Miró hacia ambos lados y luego dio unos pasos rápidos, dejó una bolsa de residuos al lado de un árbol y volvió a entrar. Escuchamos el sonido de la llave girando en la cerradura y vimos la luz del jardín en el momento en que se apagaba. Alguien gritaba desde un televisor y un coro de voces festejaba lo que decía con risas. La besé. Nos acariciamos. Le desabroché la blusa y toqué uno de sus pechos con la punta de los dedos. Era pequeño y tibio. Entre ellos bajaba una cadenita dorada con una cruz. Se estremeció de terror.

–       Por favor, no me hagas esto.

Bajó del auto y corrió hasta su casa. La vi asomarse a través de la ventana y permanecer en ese lugar hasta que me fui. Volví al hospital con la sensación de haber ensuciado algo en aquella casa. De haber roto un jarrón de porcelana o un plato muy valioso con mi torpeza. Me acompañó la idea de que ese Cristo ensangrentado me observaba y eso me hacía sentir culpable. No sabía de qué manera iba a enfrentar a Natalia el día siguiente.

Pero todo siguió igual. Durante muchos meses nuestra pequeña guerra continuó como si nada hubiese sucedido. Me persiguió. Atacó cada uno de mis puntos débiles. Logró que me prohiban escuchar música con auriculares, que me asignen las peores camas de la sala, que deba cumplir con más guardias durante los fines de semana. Que me obliguen a atender consultorio los lunes, miércoles y viernes. Sabía que lo detestaba como casi todo el mundo. Pero lo hice, y hasta completé la planilla de estadística de los pacientes ambulatorios. Escribí en el primer casillero de ese formulario el nombre de la misma persona cada vez durante todo un año lo que se convirtió en su nueva obsesión. Y en la mía.

 ¿Cómo es posible que el mismo paciente se atienda tres veces por semana?

– Es una persona muy constante.

Abrí una falsa historia clínica donde escribí el relato de la vida de ese paciente imaginario. Las páginas se acumulaban y Natalia las leía a escondidas. Yo lo sabía y las escribía para ella. Cumplía con mis tareas cotidianas sin perder tiempo para alcanzar el momento en que me sentaba a inventar esa historia quitándole horas al sueño. Hubo noches en que no logré dormir narrándome a mí mismo los sucesos de la dramática existencia de ese hombre. Construí un personaje atormentado. Un hombre débil incapaz de escapar de su propio encierro. Un padre despótico y una infancia desdichada lo habían convertido en alguien que no podía reconocer sus propias emociones ni relacionarse con los demás. Le atribuí una vida sexual promiscua que describí con detalle. Hubo escenas en prostíbulos y barrios de mala muerte. Casi no podía pensar en otra cosa. Le inventé una vecina despótica que lo perseguí con reclamos domésticos en cada ocasión que se le presentaba. La mujer era viuda, se llamaba Sara. Lo acusaba tantas veces y de tantas cosas diferentes que comenzó a sentirse culpable, aunque nunca supo de qué. La deseaba sin poder confesárselo a ella ni a él mismo. Se excitaba con el poder despótico que ella ejercía sobre él. Con el tiempo, ese relato se convirtió en el motivo central de mi propia vida.

Nuestros encuentros consistían en un intercambio de reproches. Cada vez que Natalia se acercaba yo tenía la impresión de que en esa oportunidad volveríamos a hablar de nosotros mismos. Quería preguntarle por la relación con su madre, por sus proyectos. Quería saber cómo estaba. Pero apenas hacíamos contacto su actitud y la mía reproducían los mismos diálogos ásperos, los mismos temas. Nunca logramos salir de aquel estereotipo. Muchas veces me propuse romper con ese círculo pero mi decisión se desvanecía apenas la tenía delante de mis ojos.

La veía llegar al hospital por las mañanas a través de las ventanas del sexto piso. Bajaba del colectivo y caminaba a través del parque mezclada entre una multitud que a esa hora venía desde distintos lugares. A veces aún era de noche. En una de esas ocasiones, Manuela y yo tomábamos mate luego de una madrugada de intenso trabajo. A mí nunca me gustó el mate pero a Manuela no le importaba. Lo consideraba una de las formas del diálogo. Una manera de estar juntos cuando ya no podíamos decirnos nada. Era santiagueña, una mujer de campo, sencilla. Me deslumbraba su habilidad para comprender las cosas. Su capacidad para sintetizar en pocas palabras lo que yo sólo podía abordar mediante rodeos y circunloquios. Solía consultarla cada vez que el comportamiento de algún paciente me resultaba inexplicable. Ella siempre tenía una respuesta que me develaba lo que a mí me resultaba imposible advertir. Esa mañana sucedió algo así. Estábamos de pie con los brazos apoyados sobre la baranda de la ventana. Llovía. Para Manuela la lluvia era un espectáculo digno de admiración. Alguna vez me había contado que creció en un pueblo donde no llovía jamás. Las pocas veces que algún chubasco pasajero llegaba por allí, todos salían a la calle a ponerle el cuerpo a ese fenómeno tan infrecuente. Incluso, decía, se tomaba esa fecha como referencia cronológica. Los sucesos se recordaban según hubiesen ocurrido antes o después de tal lluvia. Hacía más de treinta años que vivía en Buenos Aires pero cada vez que me tocó compartir con ella una lluvia sucedía lo mismo. Preparaba un mate y me llevaba a la ventana donde nos quedábamos en silencio mirando hacia afuera como si estuviese sucediendo algo extraordinario. Cientos de personas caminaban hacia la puerta de entrada a través de un sendero rodeado de árboles. Siluetas de todos colores intentaban protegerse del agua con paso rápido y cubriéndose con paraguas, hojas de diario o capuchas impermeables. Entre ellos distinguí a Natalia. Su figura se recortaba sobre un fondo repleto de gente anónima. Caminaba despacio. No se cubría. Llevaba un abrigo beige, botas y un bolso oscuro colgado en bandolera. Pensé que se estaría mojando pero que eso no le importaba. Manuela y yo sorbíamos alternativamente la bombilla sin decirnos nada hasta ese momento. Estábamos abstraídos con el espectáculo. Tal vez fuese un recurso para despejar nuestras mentes del trabajo y las emociones fuertes que habíamos compartido aquella noche.

–       Manuela, allí viene Natalia. Se está empapando.

–       ¿Dónde?

–       Allí, ¿no la ves? Tiene un abrigo beige y botas marrones.

–       Pero hay tanta gente. No puedo encontrarla.

–       Manuela, prestá atención. No entiendo cómo no la ves y yo sí.

–       Es que vos no la ves, vos la mirás.

A medida que el hospital se fue poblando de gente, el ruido y la presencia de otras personas rompió el hechizo de ese momento. Nos fuimos cada uno a cumplir con su trabajo. Pensé durante mucho tiempo en lo que Manuela me había dicho esa mañana: “Es que vos no la ves, vos la mirás”.

Desde entonces comencé a buscar a Natalia para observarla desde cierta distancia y sin que ella lo notara. Me gustaba verla mientras hacía sus tareas sin mostrar la tensión que tenía cuando estábamos juntos. La seguía por los pasillos o por las escaleras o la espiaba a través de los vidrios de su oficina. Me parecía diferente, relajada. Sentía que sería muy sencillo conversar con la mujer que veía. Pensaba en las cosas que me gustaría decirle. Pero cuando nos acercábamos ella era otra. Y yo también.

Poco tiempo después me enteré que Natalia había renunciado al hospital. Todos me comentaron la noticia suponiendo que era algo que me involucraba. Nadie conocía el motivo de su decisión. Pensé que no volvería a verla, que ya no tendría noticias suyas. Pero un par de días después llegó un epílogo para aquella sinfonía lunática que ambos habíamos interpretado a dúo.

Al mediodía los altoparlantes repitieron mi nombre solicitando que me presente con urgencia en la dirección del hospital. Cuando llegué al despacho el director me recibió de pié, con una historia clínica en la mano. La agitaba como exhibiendo una prueba de mi culpabilidad.

Usted sabe que Natalia se fue del hospital.

– Sí, claro.

– La jefa del departamento de estadística encontró esta historia clínica escondida en el cesto de papeles.

– Vergonzoso.

– ¿Existe alguna explicación para esto?

– Sí, pero usted no podría entenderla.

Se calzó sus lentes a medio camino entre la base y la punta de su nariz. Bajaba los ojos cuando quería leer y los elevaba cuando me miraba. Abrió la carpeta y leyó la primera hoja como un juez dictando su condena ante el acusado.

“El paciente se siente incapaz de enfrentar la vida cotidiana. No comprende las reglas que se le exige cumplir. Las considera absurdas, propias de gente poco inteligente. Ante ciertas situaciones sus manos transpiran, percibe el tránsito acelerado de sus intestinos, siente deseos imperiosos de orinar, regurgita una saliva espesa y oscura que brota por su boca. Cuando acumula una tensión que le resulta insoportable busca el prostíbulo de la ciudad. Allí espera durante horas hasta que lo atiende una mujer obesa llamada Luisa. Tienen un coito rápido y mecánico. Eso le alivia la tensión. Luego la mujer lo sienta sobre su falda y le cuenta historias de fantasmas y aparecidos que él disfruta mucho. A veces ella lo acuna y le canta una canción en un idioma extraño que él no comprende. En ocasiones se queda dormido como un niño. Entonces ella lo cubre con una manta y lo deja sobre la cama hasta la mañana siguiente. Me consulta porque teme padecer alguna perturbación mental. Pero yo le digo que no. Que no tema. Que lo que hace es muy sano. Lo aliento a que continúe manejando su ira de un modo tan saludable.”

El director bajó la historia clínica. Me miró por encima de sus lentes. Esperaba algo de mí, pero yo no sabía qué. Se hizo un silencio sólo interrumpido por los golpes regulares de la carpeta sostenida por su mano izquierda contra su palma derecha. Como el pié de Natalia contra el piso cuando me increpaba en los pasillos del hospital. Tac, tac, tac… Los dos marcaban el flujo implacable del tiempo. Me miró con esos ojos de vaca triste que tienen los imbéciles cuando se ocultan detrás del patético poder que los sostiene.

– ¿Tiene algo que decir sobre esto doctorcito?

– Sí, pero usted no podría comprenderlo.

Dio unos pasos hacia la ventana abierta al parque. Arrastró un papelero de cobre que colocó a su lado. Encendió un fósforo. Lo acercó al papel como si se tratara de una ceremonia. Cuando la llama fue lo suficientemente viva como para que ya no pudiese apagarse hundió la carpeta en el papelero y lo tapó con la bandeja plateada en la que cada mañana le traían su café con bizcochos. Un humo espeso salía por los costados buscando la ventana. El tipo lo disfrutaba. Se reía con el gesto de satisfacción de quien sabe que está haciendo lo correcto y que eso hace sufrir a alguien. Con el orgullo de un caballero andante que rescata el honor de su dama montado en un caballo flaco que huele a bosta y a orines viejos. Respiré ese humo como un gas venenoso en una cámara mortuoria. Los papeles ardían retorciéndose entre llamas azules y amarillas. Despedían cenizas por los bordes del papelero que quedaban flotando en el aire. Me sentí mareado. Una ligera inestabilidad. El piso parecía deslizarse bajo mis pies. Sudé. Me vi a mí mismo durante tantas noches a lo largo de un año escribiendo aquella historia. El director me miraba. Tal vez esperando que me cayera al piso. Podría haberlo detenido. Pero quedé paralizado. Cuando el fuego ya se extinguía salí sin hacer comentarios. Caminé por los pasillos del hospital. Mis compañeros me preguntaban cosas que no recuerdo y que no respondí. Pensé en Natalia. Comprendí  que me había protegido aunque no lo hubiese logrado. Yo nunca había cumplido con lo único que era importante para ella. Y ahora un pobre tipo destruía ante mis ojos lo único que entonces resultaba importante para mí. Me arrepentí de no haber conservado una copia de aquella historia. Sabía que sin Natalia ya no sería capaz de sentir aquello que me había empujado a escribirla. Nunca más.

Supe que iba a extrañarla. Que su partida sería un hecho doloroso para mí. Siempre había imaginado que si alguna vez ella se iba me sentiría liberado. Pero algo en el cuerpo me decía que no sería así. Estaba confundido. Trabajé durante todo el día. No quería pensar en ella. Aunque de todos modos se me presentó varias veces como una imagen de la que no lograba escapar. Casi sin que pudiese advertirlo llegó la noche y después la madrugada. Cuando la tarea me dio una pausa me di cuenta de que estaba exhausto. Manuela se acercó y me tomó del brazo. Me arrastró sin darme explicaciones hasta la habitación de médicos. Muchas veces ella actuaba como la señal que yo no lograba escuchar dentro de mí mismo. Me preparaba el bolso y me decía: –A casa, te vas. Ya es suficiente.

Me derrumbé sobre la cama. El cuarto estaba en penumbras, sucio. Me recosté con la cabeza sobre la almohada y los zapatos apoyados en las sábanas. Manuela me desabrochó los cordones y me los quitó. Me dejó una taza de té y una aspirina sobre la mesa y se fue sin cerrar la puerta. Sentía una fatiga que no puedo describir con palabras. Mi cuerpo todavía conserva la memoria de aquella sensación en cada músculo, en mi cabeza, en el sabor seco y amargo de la boca.  La única lámpara que funcionaba colgaba desnuda del techo, sucia de vapores inciertos. Había dos moscas muertas adheridas al vidrio de la bombita. Asadas al calor de la luz. La apagué. Una toalla -que alguna vez había sido blanca- estaba tirada en el suelo. La cama de dos pisos, maltrecha y crujiente, apenas lograba mantener la vertical. Salían de ella un par de colchas que colgaban como lenguas hasta tocar el piso. La ventana estaba abierta a la noche. Entraba una brisa fresca de verano. Se escuchaba el murmullo de las hojas sacudidas por el viento y de los autos sobre la avenida. Olía a tigre y a Calcuta. Me quedé acostado sin cerrar los ojos. Desde allí la cama de arriba era un cielo marrón con nubes de madera hechas de grietas oscuras y profundas. Alguien había tallado sobre los listones una frase incompleta: “Mientras vos está acá, allí afuera…”  Yo podría haber escrito esa oración en ese mismo momento. Pero alguien lo había hecho antes. Recapitulé los sucesos de ese día. Había sobrevivido. Aunque no lograba comprender para qué.

–          Estás agotado…

La voz llegó sin anunciarse. Natalia estaba de pie al costado de la cama, en penumbras. No supe desde cuándo. Me hablaba como una sombra sin voluntad. La escuché. Aunque no estaba seguro de que fuera real.

No aguanto más. Me voy.

– Sí, lo sé. ¿Viniste a despedirte?

Algo que debía ser el sol comenzaba a lamer las copas de los árboles. Una saliva espesa y amarilla que se adhería a las hojas pero que aún no permitía verlas. Ella dijo: –“No sé, no sé a qué vine”. Pero yo comprendí qué era lo que ignoraba.

Natalia, quiero darme un baño, dormir. Mañana hablamos si querés.

– No, no quiero

Intenté levantarme pero el cuerpo permaneció en la misma posición.

Entonces me voy a bañar

– Por favor, necesito unos minutos más.

Se enredaba el cabello en el dedo. Giraba en un sentido y luego en el otro. Más tarde recorría la frente, la nariz y la boca con un arco formado por el pulgar y el índice. Parecía que quería hablar. Intentaba extraer desde algún sitio las palabras. Pero no podía.

Me voy a casar.

– Supongo que hay un motivo.

– Quiero irme de casa. Ya no puedo esperar más.

Desde un bolso de mano asomaba el lomo de un libro. Sobre la mesa había algunas hojas sueltas de una revista científica. El viento las levantó. Las suspendió durante un instante en el aire y las depositó sobre el piso. Como si una mano invisible hiciera esa tarea. Alcancé a leer la mitad de un título en letras negras: “….England of Medicine” antes de que desapareciera de mi campo visual.

Yo voy a ser padre.

– Me alegro.

– Yo también estoy asustado.

Por primera vez nos hablábamos sin mirarnos. La oscuridad no lo permitía. Yo miraba al techo de la cama. Ella estaba algo detrás de mí. Descubrí que de esa manera podíamos comunicarnos sin las interferencias que tenímos cuando estábamos frente a frente.

A veces siento cosas imposibles de contar.

– Nada de lo que se siente se puede contar.

– ¿A vos también te pasa?

– Claro, nos pasa a todos.

– Pero yo tampoco puedo contármelas a mí misma.

– Es que sentirlas es el modo de contarnos esas cosas.

– Pero entonces quedan encerradas dentro de uno.

Sí Natalia. Y allí se mueren. El resto es mentira.

– ¿Y las palabras? ¿Para qué sirven?

– Son todas putas, traidoras. Se te ponen en la boca y te obligan a decir lo que ellas quieren.

Pero vos escribís. Yo estudio Letras.

– Porque somos unos idiotas que confían en ellas incluso sabiendo que nos van traicionar.

Se sentó en la cama. Sentí el colchón hundiéndose debajo de mi cuerpo. Decidí no mirarla. Quise preservar el remedio que habíamos encontrado para nuestra imposibilidad de hablar.

Se acercó. Sentí el roce de su pierna contra la mía. Un contacto apenas perceptible pero real. Ella se dio cuenta y se detuvo de inmediato. Vi su índice señalando hacia la ventana.

Allá afuera hay otro mundo y yo quiero vivir allí.

– Yo no.

Debajo de la cama había un viejo equipo de música que alguna vez fue mío pero hacía tiempo que era de todos, de ese lugar. No tenía enchufe. Dos cables pelados y retorcidos ingresaban en el tomacorriente. Lo empujé con el pié. Lo encendí. Sonó Alice de Tom Waits. Escuchamos en silencio. La canción terminaba y volvía comenzar una y otra vez. ¿Era un clarinete? “And so a secret kiss. Brings madness with the bliss”.

Esta música me hace sentir ganas de llorar.

– Llorá…

– Es bellísima y triste.

– Como vos Natalia, como vos.

Se quitó los zapatos y bailó en la oscuridad. Con movimientos lentos casi sin desplazarse. Abrazada a sí misma como si fuese otra. El sonido de la sirena de una ambulancia ingresó y luego se disolvió sobre el parque. La luz se derramaba como un líquido que ahora era anaranjado. La ventana se golpeó. Se abría y se cerraba. El olor a tierra mojada llegó desde alguna parte anunciando la lluvia. Un respirador hizo sonar su alarma. Hubo pasos apurados sobre el pasillo. Luego nada. Nada.

¿Por qué nos hicimos todo esto?

– Porque no pudimos evitarlo.

-¿Y cómo saldremos de este lugar al que hemos llegado?

– Es que no hay quien pueda salir porque no estamos en ningún lugar.

– ¡A veces quisiera matarte!

– Yo también, casi todos los días.

Se agachó hasta quedar frente a mí. Estaba de rodillas sobre el piso. Por primera vez me miró a los ojos.

– ¿Vos pensás que allí afuera tampoco sería posible?

– Estamos muertos Natalia. Pero nadie se da cuenta.

– Nadie. Excepto vos y yo.

Metió la mano en su cartera y sacó un montón de hojas. Reconocí mi letra. Tomé una y la moví buscando la luz. Era mi historia fotocopiada en varios cientos de páginas sujetadas con una bandita elástica. Sobre el extremo superior derecho de cada hoja había un número escrito a mano con tinta azul encerrado dentro de un pequeño círculo.

–          Tomá. Esto es tuyo.

Logré ponerme de pié. Tomé el bolso y la toalla. Tropecé con una silla. Apenas veía por donde caminaba. Estiré la mano y me guié rozando la pared. Pisé un charco de agua que fluía desde el baño.

– ¿Te vas?

– Vos te vas. Yo soy el que se queda.

Abrí la ducha. El vapor se condensaba y las gotas corrían en todas direcciones. La mampara se convirtió en una superficie opaca y borrosa. Vi acercarse una silueta de contornos irregulares. Todo era difuso. Escuché el sonido de la ropa cayendo sobre el piso. Se corrió esa puerta transparente. Una bocanada gaseosa escapó con furia. Ya no logré distinguir nada. Un aire glacial me recorrió la espalda. La voz de Tom Waits subió su volumen y luego se alejó. Una boca se abrió bajo el agua. El sabor salado de una lágrima que no era mía se deslizó sobre mi lengua. Una mano buscó mi sexo. Me dijo:“idiota” . Tan pegada a mi oído que pude percibir la vibración del aire dibujando cada letra. Nos envolvió una nube hirviente llevándonos al borde de la asfixia. El cansancio salió de mí como un perro al que le abren la puerta de su jaula. La empujé contra la pared. Su cuerpo hizo un ruido húmedo y resbaladizo. Nos embestimos mutuamente. Obstinados y ciegos. Desnudos. Me insultó con palabras que nunca antes le había escuchado. La tomé del cuello hasta que sentí que le hacía daño. Me mordió los labios. Un hilo de sangre espesa salió desde mi boca. Después me dijo “gracias” escupiendo chorritos de agua caliente sobre mi cara. Me dijo “gracias”. Eso me dijo. Entonces me sentí solo y miserable. Así como me siento ahora. Como me he sentido desde entonces cada vez que la recuerdo.

  • LUCIANO

    Lo leí en dos tiempos, pero lo disfruté plenamente. Excelente historia. Muchos vivimos historias similares en los hospitales. Con otras tantas, ocultas y perdidas “Natalias”. Abrazos. 

  • luciana

    genial….

  • Santiago Miyara

    es terrible, oscuramente poético… sensualmente médico

  • aflichten

    Muchas gracias Santiago y Luciana. Abrazo.
    Daniel Flichtentrei

  • Cecilia

    Excelente…. Me encanto !!!

  • Mil.

    Que locura……me gusto.

  • Juli Marun

    imagine cada palabra! bellismo!