Nostroslosmonos

mujerduerme

Hoy he pasado treinta minutos mirándome los testículos. ¡Es patético! El espectáculo es tan deprimente. Sentado, con las piernas abiertas y la espalda encorvada sobre la pelvis, tuve la oportunidad de percibir en toda su dimensión la naturaleza repugnante del varón. Ustedes sabrán disculparme pero, viendo el modo tan triste y esas resignado con dos monstruosidades que pendían de mi pubis, tuve la revelación de todo lo que soy. ¿Es eso lo que nos hace hombres? ¿Está allí la sustancia de la masculinidad? ¿Quién nos ha Condenado al estigma de lo horrible? ¿Alguien se miró los testículos con un poco de espíritu crítico? Es una experiencia aterradora. Esa bolsa guarda el espanto de millones de años. Es el testimonio brutal de nuestra esencia de los primates. El corazón Comenzó a latirme enloquecido. Transpira el sudor de las grandes revelaciones. Me vi en el espejo milenario de la especie. ¿Estoy yo allí? ¿Cómo es posible que encarne la anatomía de modo tan elocuente la impudica naturaleza de la fiera? No es justo. Juro que Tenía otra imagen de mí mismo. Es ofensivo y degradante. Ahora entiendo el rigor que ponemos en ocultarlos. Recién hoy comprendo que los escondemos de nuestra propia mirada. Como un espejo atroz en el que no quisieramos vernos jamás. Me duele la columna, me arden los ojos, me cuesta respirar. Siento la vergüenza infame de los que averiguan lo que fatalmente son. Alguien debio advertírmelo. No creo que pueda perdonarlos. Ninguna verdad merece la fábula tan terrible con que se intenta con disimularla. ¡Cómo no me di cuenta antes! Es absurdo, pero he llevado las pruebas de mi naturaleza bárbara pendiendo entre mis piernas sin advertirlo hasta esta noche. He invertido años de esfuerzo inútil para construirme las máscaras ahora que se disgregan. Tarde o temprano Todo lo que quise ser regresara hacia esos residuos del mono que he sido. No puedo seguir engañándome.

Volví a la cama. Ya no logré dormir. Ella respiraba en sueños como si nada hubiese ocurrido. Un único rayo de luz ingresaba un través de la ventana hasta su ojo cerrado y lo incendiaba de luz. El vello de la espalda se humedecía con dos minúsculas gotas de sudor que bajaban desde el cuello. El esternón emergía con cada movimiento de su respiración y luego se hundía como un submarino en las aguas de la noche. Entre los pliegues de la sábana asomaba un pecho. La destape. Entonces me acusaron sus pezones y sentí vergüenza. Ubique la yema de un dedo en el centro exacto del tórax y tracé el camino de su vientre. Me detuvo en el pubis, el estremecimiento de lo sublime y la humedad prohibida de lo que no puede nombrarse. Ella alteró el ritmo de la respiración. Hizo un ruido fugaz. Apenas un trazo en la regularidad del silencio. Ajeno, como si llegara desde otra persona. Amenazante y salvaje como de un extraño animal. Tuve miedo. Un terror infantil y sin fundamento. Retire la mano como si quemara. La suya me tomo por la muñeca con una fuerza desmesurada y la devolvió al centro de aquellos fuegos. Dormía. Paralizado, recordé lo que pocos minutos antes había descubierto en mí mismo. El desasosiego de aquella constatación. Ella soplo como una búfala en la oscuridad. Un gemido largo y agónico. Entonces pude cmprobar el modo con que , contra todas las mentiras, un animal se disuelve en otro.

  • Gra

    Quizas haya menos mentira en nuestra parte animal. Tanto taparla y disfrazarla creamos monstruos con reglas menos claras, inasibles.
    Tantas palabras que vaya a saberse qué quisieron decir.
    Los cuerpos parecen mentir menos, y menos que menos, dormidos.
    interesante relato