Noticias de papá

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Hola Doctor:

No se enoje, no quería molestarlo. Pero no sé con quién hablar de estas cosas. Usted siempre me ha escuchado y lo que pueda decirme me va a ayudar a comprender. Le escribo para contarle que hemos pasado un mes terrible. Mi papá tuvo una neumonía y hubo que internarlo. Terminamos en un  sanatorio de su obra social. A pesar de nuestros temores, allí lo atendieron muy bien. Aunque su estado empeoró mucho durante esos días. Se agravó su demencia y estuvo muy excitado. Como trató de escaparse en varias oportunidades lo ataron a la cama. Así estuvo las dos semanas que duró la internación. También se arrancó la sonda urinaria, se lastimó y orinaba sangre por lo que le practicaron un sondaje permanente. No podía tragar y el alimento se le iba a los pulmones. Le pusieron otra sonda en el estómago. Su estado decayó como nunca antes. Los médicos insistían en hacerle cada día una cosa nueva pero papá estaba cada vez peor. A veces alguno de ellos me daba un informe del que yo apenas entendía algo. No les gustaba que les hiciera preguntas. Estaban apurados. Me di cuenta de que si yo lloraba ellos se apuraban todavía más. Así que aprendí a aguantarme para que se quedaran un ratito más hablándome de él. Perdone, para usted será una tontería, pero verlo así, atado a la cama, agitado y delirando. ¡Ay doctor!, a veces me parecía que era un animal y me sentía tan culpable. Era indigno. No era él, no podía ser el mismo hombre  que me enseñó a andar en bicicleta en la plaza o el que me contaba cuentos antes de irme a dormir. No doctor, no podía ser él.

Tuvimos que llevarlo en un instituto para enfermos crónicos. Ya no podíamos manejarlo en casa. Le juro doctor que era imposible. Fueron semanas muy tristes, llenas de angustia. Usted sabe lo que significa un padre para sus hijos. La vejez es cruel y despiadada. Es terrible. No puedo creer que mi papá diga cosas absurdas y sin sentido. O que permanezca toda la noche conectado a un respirador. El ruido es horrible. Cuando lo despiertan no nos reconoce. Ya no podemos mantener esas charlas que teníamos antes de la neumonía. Yo lo sentaba frente a la ventana y nos pasábamos horas contándonos las mismas historias que ya sabíamos de memoria. A veces él se perdía un poco. Se quedaba callado durante unos minutos. Yo lo esperaba. Lo peinaba y le ponía perfume detrás de las orejas. Después la conversación seguía como si nada hubiese sucedido. Nunca me animé a preguntarle hacia dónde se iba durante ese tiempo. Pero ahora doctor, ni siquiera eso nos queda.

Por favor doctor, dígame, ¿dónde está ahora mi papá en el cuerpo de este hombre? Me mira, busca alguna señal que le diga quién soy. Se queda con los ojos clavados en mi cara. Estira la mano y me toca la nariz y la frente. Me busca doctor. Pero no me encuentra. Toca las lágrimas que me caen hasta la boca. Entonces saca la mano como si le quemaran. Se encierra en un silencio impenetrable. Se esconde de mí como de una extraña. Se asusta si lo acaricio. Se tapa la cabeza con los brazos como si creyera que le voy a hacer daño. ¿En qué mundo está mi papá doctor? Necesito verlo, hablarle, despedirme. ¿Será posible? Tengo cosas para decirle. Tengo preguntas que hacerle. Cuentas entre él y yo que no han sido saldadas. Perdones que todavía no le he pedido. Por favor, haga algo doctor. Devuélvamelo. Aunque sea por un momento. Tiene que sacarlo del pozo donde se ha hundido para que podamos hablarnos por última vez. No sé qué hacer. ¿Qué es esto que no es la muerte pero que me lo quita como si lo fuera? ¿Quién es ese hombre que parece mi viejo pero para quien yo no soy nada? Usted sabe lo que yo ignoro. Tiene que explicármelo. Tiene que encontrar una forma de hacerlo razonable. Perdón por contarle estas cosas doctor. No conozco a nadie más que pueda escucharme.

Un beso, Diana

Hola Diana: Me he quedado pensando un largo rato antes de responderte. Quería elegir las palabras. Pero no me ha servido de nada. Tus preguntas, o no tienen respuesta o, si la tienen, nadie está preparado para escucharla. Tengo montones de razones médicas para darte acerca de lo que le ocurre a tu papá. Pero no explican nada. Así son las cosas. Saber medicina a veces resulta insuficiente frente a los grandes interrogantes de la vida.

En algún lugar del hombre que ahora ves están los rastros de tu viejo. Incluso cuando no logres encontrarlos. No voy a consolarte con mentiras. Gran parte de lo que él ha sido no volverá jamás. Quedan tus recuerdos. Sin memoria, Diana, no hay identidad. Y eso es en ciertas ocasiones una bendición que permite que tu papá no sea un espectador de su propia disolución. El olvido de lo que ha sido es la manera de tolerar lo ahora es. Pero no para vos, lo comprendo perfectamente. Es terrible, pero inevitable. A él lo reparará el olvido y a vos la memoria. Cada uno a su manera se defiende del paso del tiempo y de la conciencia del fin que quisiéramos no ver. Hay formas idiotas del consuelo que no pienso ofrecerte. Sos demasiado inteligente. La verdad es siempre mejor, incluso cuando sea horrible. Hay un tiempo que a veces transitamos las personas donde ya no “somos” pero aún “vivimos”. Una etapa donde postergamos la muerte pero no prolongamos la existencia. Es el momento del acompañamiento y del  homenaje. De la construcción de  los recuerdos que vas a guardar para siempre. De la caricia y el beso que no esperan respuesta porque quien los recibe no es a quien vos se los das. No puedo prometerte lo que no va a ocurrir. Los dos lo sabemos. Dale a tu viejo la dignidad que se ha ganado en el momento en que más la necesita. Acompañalo, cuidalo de sí mismo y de la indiferencia ajena. Del maltrato que implica el sufrimiento inútil o la agonía prolongada. Se lo merece. No sólo el padre que vos conociste sino el hombre que conocimos otros. Las personas también existimos en el recuerdo de quienes nos han querido. Es la hora de encontrar el sentido de su vida, de elegir lo que se recordará de él tanto como lo que sepultará el olvido. No es momento para recapitular errores ni para hacer reclamos. No sería justo cuando él ya no puede dar explicaciones. Ahora ya no hay deudas. Tu viejo ha sido un gran hombre. Eso es lo que nos queda.

Sé que es muy poco lo que te ofrezco. No tengo otra cosa para darte sin faltar a la verdad que merecés. Así somos los médicos, apenas una mano tendida o una palabra que acompaña. Lo poco que sabemos no puede explicar la inmensidad de lo que enfrentamos. Ni tu desesperado temblor de hija, ni mi perplejidad de hombre pueden responder a tus preguntas. Ni tu sensibilidad estremecida ni mi pedantería universitaria tienen nada que decir. El médico que soy sólo puede ofrecerte a la persona que siempre he sido. Para que te sientas menos sola y desamparada. Me ponés contra la pared. Me obligás a confesar mis debilidades. Me quitás el disfraz profesional. Me desnudás. Sé que lo único que puedo darte está muy lejos de lo que me pedís. Quiero que sepas que, pase lo que pase, estaré siempre aquí. Con vos, con él. Como siempre.

Un beso grande,
DF

  • ASÍ ME SENTÍ DURANTE MUCHO TIEMPO CON MI PADRE… ME SIENTO SUMAMENTE IDENTIFICADA CON EL ARTICULO. AHORA, EMPIEZO A TRANSITAR EL MISMO CAMINO CON MI MADRE… DIOS TENGA PIEDAD DE NUESTROS PADRES, Y DE NOSOTROS, CUANDO LLEGUEMOS A ESA EDAD, PORQUE EL HOMBRE, DEFINITIVAMENTE NO TIENE PIEDAD DEL PROPIO HOMBRE!! GRACIAS A LA CIENCIA QUE HA ALARGADO LA VIDA, PERO, LA CALIDAD DE VIDA TODAVÍA DEJA MUCHO QUE DESEAR!!

  • Nicolas Perez

    Gracias Daniel por estas clases que nos brinda, tal vez sin intención de hacerlo, nos enseñas lo que ninguna Facultad brinda, cada relato suyo es una enseñanza. “El médico que soy sólo puede ofrecerte a la persona que siempre he sido”… que bendición la suya de poder expresar hermosamente lo que muchos pensamos, resulta inspirador