¿Para qué sirve lo que hago?

dr.lle.journal

Muchas veces me pregunto para qué sirve el laburo que hago. Artículos científicos al día, cursos, editoriales, encuentros presenciales, educación médica de postgrado, etc.  Casi nunca estoy seguro. Las respuestas van cambiando. Son contradictorias y neuróticas. Pero esta mañana un lector dejó un comentario en una de las conferencias TED que publicamos. Hoy entiendo. Si lo que hacemos con tanto esfuerzo sirve para crear un espacio donde un colega puede decir lo que éste dice, entonces todo cobra sentido.

Comentario del lector al artículo ¿Por qué tocar a los pacientes?
El informe me parece importante. Recuerdo en una charla frente a docente, al momento de explicar que de los dos lenguajes que disponemos los hombres, el de los gestos es más efectivo que el de las palabras, una docente lo cuestionó porque advertía que tocar o acariciar a un alumno podría malinterpretarse en esta época de denuncias por abuso…  Les conté entonces una experiencia que guardo con especial significado: llevaba casi dos meses de secuestro en el campo de concentración que la dictadura había dispuesto en comisarías comunes. Había sido torturado salvajemente con golpes, picana eléctrica después de los primeros 10 días en los que estuve privado de agua y comida. En un momento de ese secuestro, uno de los torturadores que había participado como el “bueno” en los interrogatorios pero que también fue capaz de subirse sobre mis tobillos descalzos para martirizarme, al ver los despojos de tanta injuria y ver que no había dicho nada significativo para lo que ellos buscaban, se conmueve. Me apoya su mano en el hombro y me dice que esté tranquilo, que voy a salir. Además, tiene una particular deferencia a partir de allí: me consigue algún alimento extra y me regala cuatro cigarrillos y tres fósforos. En ese momento le perdoné todo lo que había hecho previamente. La razón, era haber sentido que tuvo compasión por mí, independientemente lo que sentía en su interior. Esa mano apretando ligeramente mi hombro en un intento de transmisión de confianza, fue suficiente para sentirme nuevamente persona… porque hasta allí, sentí ser tratado peor que a los animales en cautiverio. Éstos, por lo menos, no se les privaba de tanto. El recuerdo de ese gesto me llevó a ejercer la pediatría donde sentía que el contacto con el lactante era tranquilizador y le infundía una profunda confianza. Posteriormente, al ejercer la psiquiatría, el contacto gestual con los pacientes sucios, malolientes, desesperados o perplejos, producía también la confianza básica que necesitamos los hombres con la idea de un acompañamiento en el difícil camino de la vida. Abrazar, tocar su mano, guiñar un ojo y desearle su curación, está en la misma línea. Me encanta sentir que otros colegas se ocupen del tema y lo pongan al servicio de la calidad de la atención.