Pasos

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Hace días que me persiguen unos pasos. Me doy vuelta, los busco. Pero nunca encuentro a nadie. Los oigo llegar desde atrás. Golpean sobre el piso con un sonido amortiguado. No es mi imaginación. Los domingos por la tarde se aceleran y se acercan. Hoy los escuché mientras comía una panacota de frutos que me regaló una paciente. Me alteraron. Fui de libro en libro mientras ellos iban y venían por el patio. Anduve por Filloy, por Felisberto, por José Emilio Pacheco como si fuesen calles. Corrí a través de ellos buscando el silencio de la tarde. Pero me siguieron a todos lados. Hace un rato me puse de pie. Revisé las baldosas buscando sus huellas. Busqué detrás de las plantas. En el cuartito de las herramientas. -¿Quién anda ahí?, grité al vacío. Nada. Las hojas del limonero mostraban un temblor minúsculo y sutil. Un movimiento delicado. Apenas perceptible. La ventana se abrió. Golpeó contra la pared estremeciendo el aire del cuarto. Entró una brisa tibia. Un olor a infancia cargado de aromas de Nesquick, de estufa a querosene y a tabaco de pipa. Ahora estoy sentado en el sillón. Una sombra se proyecta sobre la pantalla mientras escribo. Mi memoria me trae la escena final de “Continuidad en los parques”. Me parece que se ha detenido. Respira a mis espaldas. Es un soplido largo, asmático y sibilante. Tengo miedo. Un terror de niño asustado pero que no conoce el motivo. Creo que ahora comprendo. Esos pasos son los míos. No sé si dejarme atrapar o salir corriendo.