Pedime

Hoy averigué algo acerca de mí mismo. Estoy eufórico, pero asustado. El frío me hiere las orejas pero me calienta el corazón el fuego implacable de la memoria. Regreso a mis hogares viejos. Cargado de remedios, retorno para sanar a los enfermos. Qué curioso. Era tan simple. Basta que alguien me haga conocer lo que quiere para que algo en mí se encienda hasta obtenerlo. ¡Pedime! y todo lo que soy irá detrás de tu deseo. Aunque esto jamás ocurre cuando el que desea soy yo. Siempre encontré justificaciones y las acepté sin cuestionarlas. La demanda de los demás no me permitía atender a mis propios sueños. El argumento era tranquilizador y heroico. Las condiciones ideales como para que lo adopte sin someterlo a las humillaciones de la prueba. Pero ahora he comprendido. Para que algo suceda necesito que otro me lo pida. Sin ese estímulo las cosas nunca me son concedidas. Lo que me mueve no es la conciencia de mis deseos sino el registro del deseo de otros. Soy insensible a mi propio llamado, pero implacable ante el llamado ajeno. Así funciona mi motor. Pero ahora… Ahora tendré que volver atrás y corregir cada escena. Ahora que conozco la fórmula podré reescribir el guión. Nada, ni siquiera el tiempo irreversible, podrá impedírmelo. Tal vez si conservara aún a algún amigo psicoanalista podría invitarlo a que me lo explique. Pero mi apego a la razón y mi desprecio por la analogía exasperada me los han quitado todos.