Pájaros en la cabeza

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Estuve casi una hora haciendo tiempo para una entrevista. Me quedé en el auto escuchando las Gimnopedias de Erik Satie bajo la sombra del Parque Avellaneda. Cerré los ojos y se me ocurrió una idea para un relato. Lo fui escribiendo mentalmente palabra por palabra. Me dejé llevar. La historia se desencadenó mediante una extraña partenogénesis. Fluyó como una saliva espesa que chorreara por mi boca sin que yo pudiese controlarla. Un médico a punto de jubilarse recibía a su hijo que volvía a su ciudad recién recibido en la Universidad de Rosario. Fui construyendo a los personajes con jirones de mi viejo y de mí mismo. Compartían las mañanas en el hospital, la tarde en el consultorio, cirugía tres veces por semana. Visitaban a sus pacientes caminando juntos en las tardes ardientes del verano. Suponían que compartían una profesión y un pasado común. Imaginaban un traspaso lento, progresivo y sereno. Una evolución natural entre alguien que se retira y deja su lugar al heredero. Pero no fue así. Vivían en mundos diferentes. Sabían cosas distintas. Creían en principios irreconciliables. Los hechos mostraban el conflicto. Me gustaba lo que se iba escribiendo en mi imaginación. Bajé del auto. Tuve la entrevista. A la vuelta manejé despacio escuchando otra vez a Satie. Repetí el texto que guardaba en mi memoria. Me lo fui susurrando sobre un fondo de piano. Lo sentí ajeno, vulgar. La historia me pareció tonta e insustancial. Ahora necesito borrarlo. Deshacerme de él. Aniquilarlo. Me perturba. Me avergüenza. Algunas frases todavía zumban en mis oídos. Yo les apunto al corazón. Disparo. Van cayendo como palomas heridas. Me encargaré de ellas. No va a quedar  ninguna. El piso se llenará de cadáveres. Quiero vaciarme de esa estúpida idea. Yo no sé escribir. No puedo permitir que mi fantasía alimente sueños imposibles. Si yo supiera quién soy ningún pájaro de mierda me rondaría la cabeza.