Polvo y espanto

terremoto.grieta

Bajó del colectivo. Miró hacia ambos lados. Dudó. Un rayo de sol atravesaba la copa de un árbol. Se derramaba sobre su cabello, iluminándolo. Tenía una perla minúscula sobre el dorso de la nariz. Emitía un destello. A veces blanco, a veces amarillo. Desde una ventana llegaban las voces del Indio y el Soldado, “…y te llevaste en andas al angel de los perdedores”. Adelantó un pie para cruzar la calle. Se detuvo. Volvió sobre sus pasos. Nos miramos. –“¿Vos sabés dónde estamos?”, me preguntó. –“No”, le respondí. Decenas de pájaros salieron desde los paraísos. Hubo un estruendo de hojas y de alas. Describían círculos en el aire. Desorientados. Algunos se estrellaban contra las paredes. Caían sobre la vereda con el vientre ensangrentado y el pico todavía jadeante. –“Creo que estoy perdida”. Me acerqué hasta que su olor me produjo un mareo. –“Yo también”. Bajó la cabeza en dirección al piso. Una grieta, cuyo origen no alcanzábamos a ver, avanzaba sobre el asfalto. Por momentos desaparecía entre los yuyos. Pasó debajo de nosotros produciendo un estremecimiento hasta perderse de vista. Era una línea sinuosa con voluntad propia. –“Esto se está rompiendo”, dijo sin levantar la mirada del suelo. La tomé del mentón para mirarle los ojos. Eran transparentes. Enceguecían. –“Sí, todo se está rompiendo”. Una lágrima rodó hasta detenerse sobre el piercing. Saqué la lengua. Lamí esa gota. Nos besamos. La boca se nos llenó de polvo y espanto mientras todo se caía alrededor.