Regalo de despedida

amar5ch
 

amar5chHace demasiado tiempo que revuelve el café. Mira el pocillo y habla sin detenerse como si le hablara a él, pero me habla a mí. Baja la cabeza y me fuerza a mirarla sin que ella me vea. Sabe que ahora mis ojos la recorren y me devolverán a un pasado que no puedo olvidar. Se ha cortado el pelo. Adivino su cuerpo debajo de la chaqueta. Me gusta tanto como entonces, pero ya nos hemos dado lo único que teníamos para darnos. Los destellos de sus ojos que guarda mi memoria son ahora una luz tenue del color de la tristeza. Una opacidad apenas visible delata que ya ha comprendido cómo funciona el mundo. Que ha conocido al sabor de la derrota y los sueños de hace unos pocos años ahora la avergüenzan o le dan lástima.

– ¿Te acordás de la tarde en que murió mi viejo? 

– Sí, claro.

– Cuando la voz de mi hermano me lo dijo en el teléfono ya no pude hablar más. Dejé caer el tubo al piso. Vos lo recogiste y hablaste con él. Me diste tu primer abrazo y me rescataste de las miradas de todos. Esa noche me preparaste el bolso y fuimos juntos hasta la terminal. Me subiste al micro y desapareciste. Pensé que no nos habíamos despedido y me sentí muy mal. Pero antes de que pudiera reaccionar estabas pidiéndole a la señora sentada a mi lado que te cambiara de asiento.

– Conozco la historia. No es necesario que me la cuentes otra vez.

– No te la cuento a vos. Me la estoy contando a mí misma. Casi no recuerdo nada de lo que sucedió durante esos dos días. Sólo a vos haciendo todo lo que yo no podía hacer. Vos atenuando lo macabro y lo siniestro del momento. –Si vas a hacer todo por mí, ¿yo que voy a hacer? Te pregunté. ¿Te acordás lo que me respondiste?

– No

– –Llorá y despedite de tu viejo– Eso me dijiste.

– ¿Eso?

– Durante el viaje de vuelta me dormí mientras vos leías. Me abrigaste con tu campera y luego te dormiste. En tus auriculares sonabaHouse ef cards de Radiohead. Me habías dicho que era el tema perfecto para escuchar en una ruta por la madrugada mientras los fantasmas de nuestros muertos nos perseguían a corta distancia. Cuando me desperté un hombre sentado delante de nosotros pidió un whisky y se lo tomó de un trago. Se me ocurrió que yo también necesitaba algo así. Nunca había tomado uno en toda mi vida. Sentí un fuego que me quemaba el esófago y pocos minutos después me encontré besándote. Te despertaste. Me pediste que no lo haga. Que era un momento confuso, que yo estaba muy vulnerable. Que a vos te encantaría, pero que la sombra de mi viejo aún nos rondaba. Que me llevabas diez años y me habías cuidado durante esos días. Que eso te hacía parecer un padre sustituto aunque no lo eras. Que si después de algunos días todavía sentía ese deseo te haría muy feliz. Pero que así no. Que no querías sentirte un miserable. Miraste la botellita en miniatura apoyada sobre mis piernas y me dijiste que preferías que te bese una mujer y no el Sr. Johnny Walker. ¡Pero yo quería besarte! No estaba confundida. Nunca lo estuve.

– ¿Tampoco ahora?

– Ahora sí.

Cruza una pierna debajo de su cuerpo y se sienta sobre ella. Su pié asoma por el costado de la mesa. Está descalza. Tiene los dedos pequeños y las uñas pintadas de rojo. Mi boca los recuerda como si no hubiese pasado el tiempo. Rozan mis dientes y los atrapo como si ya no fuesen suyos.

– Me acompañaste a casa en un taxi. Cuando llegábamos comprendí que mi viejo ya no volvería y que vos te estabas despidiendo. Estaba mareada. Bajamos y me derrumbé en la puerta del edificio. Lloré y temblé como si estuviera poseída. Tuve pánico. Me oriné. Un chorro caliente bajó por mis piernas y formó un charco que se escurrió hasta la vereda. ¿Te acordás?

– Sí, perfectamente.

– Vos me subiste al departamento. Me sacaste la ropa y me metiste en la bañera llena de agua. Me lavaste con una toalla empapada en shampú porque no encontrabas el jabón ni la esponja. Revisaste los cajones y me vestiste con lo primero que encontraste. Yo sentía que las cosas le ocurrían a otra persona, miraba la escena como en la pantalla de un cine. Luego me hiciste un té y te quedaste hasta que me dormí. Por la mañana me encontré vestida con una ropa ridícula, la bañera aún estaba llena de espuma y los cajones revueltos. Pegado al espejo un papelito con una nota: “Cuidate mucho, llamame si me necesitás. Gracias por permitirme acompañarte”. Durante más de una semana no pude hablarte. Nos cruzábamos a cada rato pero yo no podía decirte nada. Y vos nunca me preguntaste.

– No tenía nada que preguntarte.

– Cuando pude hablar ya no sabía qué decirte. Entonces el que me besó fuiste vos. Y ya no pudimos parar. Nos escondíamos. Nos encerrábamos en cualquier lugar del hospital. Estuvimos prófugos durante algunas semanas. Todos lo sabían pero no decían nada y nos ofrecían su complicidad silenciosa y discreta que nos hizo tan bien a los dos.

Ella no ha venido a escucharme sino a escucharse. A decirse a sí misma lo que ya sabía. Viene a cerrar una puerta que nunca debimos abrir pero que ambos sabemos que volveríamos a cruzar si regresáramos al mismo lugar. No era correcto, no estaba bien, pero ninguno de los dos eligió evitarlo. Sabíamos lo que hacíamos y aún así lo hicimos. Podríamos no haberlo hecho, pero quisimos hacerlo. Deberíamos estar arrepentidos, pero no lo estamos.

– Cuando me acuerdo de algunas cosas me doy cuenta de que vos tenías razón y yo estaba equivocada. Fui injusta y quería decírtelo aunque ya sea muy tarde. Pero también quiero que sepas que me hubiese gustado mucho que fueras menos sensato. Ahora comprendo que te exigí una locura y que era lógico que te negaras. Pero no puedo evitar pensar lo distintos que hubiesen sido estos años si vos hubieras aceptado. Yo no te pedía nada más que eso, nada más. Y vos sabés muy bien que era verdad. Pero me dijiste que no. Y no me diste opción a discutirlo. Te pusiste furioso. Me dio miedo verte los ojos tan abiertos y las alas de la nariz respirando como si te faltara el aire. Nunca me habías insultado, pero esa vez lo hiciste. Fue la única, pero nunca pude olvidarla. A lo largo de este tiempo, varias veces tuve la impresión de que había llegado el momento de tener lo que vos me habías negado. Pero de pronto todo se oscurecía como una luz que, al apagarse, me permitía ver que nada era real. Entonces me acordaba de vos y te hacía responsable de haberlo impedido. Yo sabía que no podrías acompañarme. Te juro que lo entendía,  jamás te lo hubiese pedido. Pero necesitaba algo tuyo para seguir adelante y vos me lo negaste. No tuviste siquiera la necesidad de pensarlo. Fue automático. Una respuesta tan categórica como si te hubiese pedido la vida. No me digas nada. No quiero saber lo que has pensado durante todo este tiempo. Prefiero usar mi imaginación. Hacerte decir lo que quiera. No me interesa la verdad.

Siempre me sorprende cómo es el mundo visto desde los ojos de una mujer.  Me fascina comprobar la sutileza con que lo perciben. La distancia enorme que lo separa del pobre y rudimentario mundo del varón.

– Extraño, extraño mucho. Te parecerá una locura, pero no es a vos a quien extraño sino a lo que te negaste a dejarme en nuestra despedida. A mí misma en ese momento. ¡Todo hubiese sido tan distinto para mí! Pero vos lo consideraste un acto egoísta, me dijiste que no merecía ser una mujer. Que alguien debería explicarme alguna vez que lo que yo consideraba mío no era de mi propiedad. Que pedirte lo que te estaba pidiendo te ofendía. Que no era un homenaje sino una mezquindad. Nunca te había visto así.

Tuve la tentación de tomarle la mano con la que ahora hacía girar el pocillo sobre el plato. De acariciarle los dedos y recuperar la temperatura de su piel de la que aún no he logrado desprenderme. Puedo soportar que ya no me quiera o que no me entienda, pero no tolero haberla lastimado.

– Desde entonces he revivido esa escena muchas veces. No sé cómo decirlo.  No quiero que también ahora te ofendas conmigo. Hay algo que sentí entonces con una intensidad que nunca logré recuperar. Estaba segura de que había encontrado lo que buscaba desde que era una nena pero no sabía qué era. Esa certeza es la que se quedó con vos sólo porque te negaste a permitir que te sobreviva. A veces pienso que nunca más volveré a sentirla y me parece que la vida es una cáscara vacía que ya no podré llenar jamás. Eso es lo que vos me quitaste. Quería que lo sepas. Es posible que haya estado equivocada en casi todo, pero no en eso. Puedo entenderlo, pero no logro aceptarlo. Lo que no me diste se llevó mi deseo de tenerlo. No tenías que darme lo que no querías pero, por favor, devolveme las ganas de volver a quererlo. Son mías y no es justo que se queden con vos. Necesito recuperarlas. Sin ellas no soy nada. Durante aquellos días me sentí  completa, tenía sueños para el futuro y podía quitarme el peso del pasado. No me mires de ese modo. ¡Vengo a exigirte que me las devuelvas! Te juro que nunca más volví a sentir tantos…, tantos deseos de tener un hijo. Nunca más.
 

D.F