Regalo del cielo

mono.hombre

Hay una nueva moza en el boliche. Esta mañana la monada se encontró con una chica de unos veinticinco años tomando el pedido de cafés con leche, medialunas, Cinzanos, salamín y queso. La piba es morocha, discreta, con el cabello recogido y los ojos negros apenas destacados por un par de trazos de delineador. Tiene una boca perfecta rematada con dos labios gruesos y carnosos. Parece tímida, de pocas palabras. Los muchachos se quedaron mudos con la novedad. Fueron respetuosos y colaboraron ordenando el pedido con paciencia mientras ella tomaba nota con una Bic negra sostenida entre sus dedos largos con las uñas pintadas de rojo furioso. Entonces se dio vuelta y empezó a caminar hacia el mostrador. El planeta se detuvo. Todos dejamos de respirar por algunos segundos estremecidos por la madre naturaleza. Nadie se animaba a hacer comentarios. La seguimos con la mirada absorta hasta que desapareció de nuestro campo visual. Tenía un delantal azul oscuro atado por encima de la cintura. Por delante le cubría la pelvis y llegaba hasta las rodillas. Pero cuando se dio vuelta. ¡Dios mío!, cuando giró sobre sí misma tuvimos una revelación. La cinta que se anudaba a su espalda estaba a una tensión insoportable. La tela no alcanzaba a cubrirla por completo. Un culo que no era de este mundo asomaba entre los pliegues del delantal. Redondo, erguido, rebosante de vida. Dos gajos de un fruto del paraíso se nos ofrecía como una bendición en esta tibia mañana de Domingo. Pasaron algunos segundos antes de que nadie se animara a pronunciar una palabra. Fuimos recobrando el aliento. Asimilando como podíamos la potencia demoledora de ese espectáculo. El “Coqui” Barrale dio un suspiro profundo y dijo, –Chau muchachos, yo me voy. Ya está. No necesito nada más para que este domingo sea inolvidable. Hubo toses, algunos miraban en la TV los goles de Racing buscando algo que los sacara de la fascinación y del atontamiento. Creo que nunca hicimos tantos pedidos como hoy. Todos fuimos llamando es mujer para pedirle cosas irrelevantes con el único objeto de verla alejarse de espaldas con aquel culo encantando la mañana. El tano Marsili no aguantó más y nos habló en tono imperativo. –Che, alguien tiene que decírselo. Esas nalgas merecen un homenaje. Nadie se ofreció como voluntario. Es difícil comprenderlo, pero no se trataba de faltarle el respeto. Nada de eso. Todos queríamos rendirle tributo, agradecerle la inaudita felicidad de verla caminar con una gracia que le llegaba del cielo. La chica apenas nos dirigía la palabra. El gallego nos miraba desde la caja hasta que se acercó a la mesa. –Tranquilos salvajes. La señorita viene a hacer un reemplazo, la semana que viene vuelve el Tito para que dejen de babearse como tarados. Me quedé pensando. La miraba caminar entre las mesas con la bandeja en el aire y el delantal abriéndose en la espalda como un telón que daba marco a la gloria de su anatomía. Me levanté para ir al baño. A mí me gusta decirles guarradas a las mujeres siempre que eso no las ofenda. He notado que decirles la verdad, algo que los hombres consideramos inadmisible, suele ser algo que ellas agradecen. Nos cruzamos al pie de la escalera. Llevaba dos Cocas Light y un sándwich de miga de jamón y queso. Entre los dedos índice y mayor sostenía el tiket con la cuenta. Olía a Kenzo y a hormonas. Nos miramos. Por primera vez se sonrió. Los dientes eran blancos, ordenados como un mosaico de Pompeya, perfectos. Me apoyé contra la pared, menos para cederle el paso como un caballero que para sostenerme. Se me aflojaron las piernas. Sudé. –No te enojes pero quisiera confesarte algo y no sé de qué manera decírtelo sin resultar irrespetuoso. Abrió los ojos hasta encandilarme. –Dale, decilo, no me voy a ofender. Le hablé al oído más para olerla a corta distancia que para impedir que los demás me escucharan. –Sabés, quisiéramos agradecerte la dicha de haberte encontrado esta mañana. No sé, sentimos la necesidad de decírtelo como un homenaje a tu belleza. Miró hacia un lado y luego al otro. -¿Eso es todo lo que querías decirme?No, pero es lo único que me animo a decirte. –Dale, te prometí que no me iba a ofender. Junté coraje, separé los hombros  y levanté la cabeza como un granadero. –Mirá, no puedo negarlo. La verdad es que tenés un culo que es una gloria para los sentidos. Se acercó con la bandeja haciendo equilibrio sobre la palma de su mano. Me dio un beso minúsculo sobre la mejilla. –Gracias, me hace bien que me lo hayas dicho. Se fue subiendo la escalera con pasos ingrávidos, aéreos. Suspendida en el aire, moviendo el traste como un ángel que me ofrecía su mejor regalo . Volví a la mesa. No le conté a la monada que en ese momento intentaba definir si Macri era ingenuo o pelotudo. Ganó la segunda opción por afano. La chica se acercó, me dejó un cortado y dos bombones de chocolate que yo nunca le había pedido. Mientras se ib,a marchando con la pelvis en franca actitud reproductiva, pensé en la infinita distancia que separa a un primate de una diosa. En lo absurdo de las reglas de cortesía. En lo triste que resultaba que la diplomacia nos callara la verdad. En la mano de Dios esculpiendo ese culo. En lo feliz que me sentía de ser un mono. En lo poco que me importaban casi todas las cosas. En lo maravilloso que resultaba tener los testículos donde se supone que debería tener el cerebro.