Sexo, mentiras y antibióticos

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Vengo a ofrecerles mi cabeza para que disparen al blanco. Pero, por favor, después de que vacíen el cargador. Prométanme que volverán a leer este texto despojados de sus municiones automáticas.

La sexualidad humana es un territorio plagado de mentiras. Esto no debería extrañarnos. Una esfera de la vida íntima tan saturada de imperativos, prejuicios, mandatos y temores no está preparada para enfrentar la verdad. La naturalización de los comportamientos estereotipados por la religión, la cultura, la medicina o el psicoanálisis -entre otras fábricas de anomalías y perversiones- deja un margen muy estrecho al deseo y a la biología. Falsos orgasmos, falsas excusas, falsas monogamias. Lo que abundan son las satisfacciones mentirosas y los apetitos clandestinos. Todos intentamos alguna vez ajustar nuestro deseo a los preceptos morales con los que hemos sido educados. Pocas tareas resultan más estériles. Tanto esfuerzo desperdiciado en contener lo que no es posible evitar. Desde la infidelidad a la homosexualidad, desde el pecado a la traición, todos los caminos se transitan con culpa. Es por ello que cuando se los interroga acerca de los comportamientos sexuales muchas personas mienten. Y está muy bien. Son la oscuridad y el secreto los únicos espacios posibles de libertad para desplegar la sexualidad que necesitamos, la búsqueda del placer que merecemos pero que la estúpida conciencia del mundo nos prohíbe. Es curioso pero los encuestados mienten incluso cuando se les garantiza el anonimato. ¿A quién le mienten entonces? La satisfacción y la alegría del sexo sin cadenas sólo son posibles dentro del closet para muchos. Son apenas unos pocos los valientes y privilegiados que alguna vez se animan a ser sexuales y dichosos a la luz del día. Para los demás sólo quedan el ocultamiento y la vergüenza. No propongo el elogio de estas situaciones. Sólo admito -con todas sus consecuencias- que, tal como están las cosas hoy,  las personas normales no tenemos otra alternativa. Ya puedo escuchar sus voces sobresaltadas reclamándome coherencia, valentía, responsabilidad, compromiso. Por favor, no pierdan su tiempo, la mayoría de las personas comunes no tenemos la cuota necesaria de ninguna de esas cosas como para actuar de acuerdo a sus virtudes. No es exigiendo a la gente que se eleve a la categoría de héroe que encontraremos una solución. Más bien habría que pensar en modificar unos estándares hipócritas e imposibles de alcanzar. Mientras tanto, el ocultamiento y la clandestinidad resultan paliativos imprescindibles y hasta razonables.

En ocasiones uno debería proponerse analizar la realidad. El estrecho micromundo en el que vivimos. Así, sin más. Y pensar por nosotros mismos. Salirse por un momento de las definiciones y los preceptos eruditos y rendirse a los hechos en su inquebrantable tozudez. Hay un modo infalible de tener siempre razón. No contrastar jamás lo que decimos –y creemos- con las evidencias empíricas. No medir, no someter a prueba lo que se dice. Dejar que fluya a través nuestro lo que otros han pensado y aplicarlo automáticamente a la breve vida que vivimos. En ciencias no es infrecuente que lo que parece claro y distinto, sólido e indiscutible, se quiebre en mil pedazos cuando se lo convierte en hipótesis y se lo somete a la ciega contundencia de la prueba.  Gran parte de las conclusiones resultan contraintuitivas. Lo real se resiste a la idea que de él nos hemos hecho.

En una reciente entrevista al filósofo noruego Jon Elster realizada por el notable periodista Federico Kukso y publicada en la revista “Ñ”, el entrevistado afirma: “En los últimos años se puede apreciar que el oscurantismo invadió este campo de estudios –el de las ciencias sociales-. No hay respeto por la argumentación y por la evidencia… No enfrentan ni se hacen una pregunta fundamental: ¿Cómo sabés eso? Simplemente, asumen. No pueden explicar cómo saben eso. Afirman que sólo hay que creerlo.”

No quiero aburrirlos pero permítanme comentar algunos datos de recientes investigaciones realizadas epidemiológicas en los EE.UU.

1. En la encuesta más importante acerca de salud en jóvenes (National Longitudinal Study of Adolescent Health) hay un apartado referido a la conducta sexual que será publicado por la revista “Pediatrics” el próximo 2 de Febrero de 2011. Allí se relevaron testimonios autorreportados –y anónimos- de los participantes a quienes también se le tomaron muestras para detección de tres de las enfermedades más frecuentes de transmisión sexual producidas por los microorganismos: Chlamidia Trachomatis, Neisseria Gonorrhoeae y Trichomona Vaginalis.  Más del 10% de las personas que tuvieron muestras positivas para una o más de estos agentes reportaron abstinencia sexual durante los últimos doce meses.  Esta discordancia fue homogénea para ambos sexos, nivel educativo, raza, edad. Una cantidad considerable de las personas miente respecto de su conducta sexual sin importar el género, la edad, la escolaridad o la etnia a la que pertenecen. Esto ocurre pese a que saben que los datos son anónimos y que no existe ninguna posibilidad de que sean identificados.  ¿Por qué?

2. Reportes recientes del Center of Control Diseases (CDC) de los EE.UU. muestran que la tasa de crecimiento de la infección por HIV en personas mayores de 50 años es superior a la de las personas menores de 40 años.  Las enfermedades de transmisión sexual, incluyendo sífilis y HIV, crecen en personas mayores de 60 y de 65 años en muchos países del mundo. En varias de las investigaciones realizadas se demuestra un incremento de estas patologías incluso en personas que forman parejas que declaran no tener actividad sexual desde hace años. Las razones son muchas, pero basta mencionar algunas: esta generación no ha sido educada en el uso de preservativo, la inmunidad desciende con el paso de los años, los medicamentos como el Sildenafil han prolongado mucho la vida sexual del varón, un porcentaje de mujeres menopáusicas sufre una disminución de la libido, etc. Desde el punto de vista médico se puede extraer una primera conclusión práctica. Confiar en las respuestas que las personas dan acerca de su sexualidad resulta peligroso. Un porcentaje considerable de portadores de enfermedades de transmisión sexual  quedarían sin ser estudiadas, tratadas, curadas -en algunos casos con apenas unos pocos de días antibióticos por vía oral- si confiáramos sólo en lo que ellos mismos reportan. Si esto sucediera, no sólo los propios involucrados se expondrían a las complicaciones –a menudo muy graves, incluso mortales- de estas enfermedades, sino que se convertirían en agentes de diseminación de estas infecciones hacia otras personas. Más allá de cuestiones médicas, quisiera destacar que, otra vez, cuando se indaga acerca de cuestiones sexuales mucha gente miente.

3. Resultados semejantes se obtienen desde hace muchos años cuando se interroga a la población acerca de sus hábitos alimentarios, de la autopercepción de su cuerpo y acerca de otras cuestiones relacionadas con el acto de comer. En los EE.UU más del 60% de la población padece obesidad o sobrepeso y se espera que en los próximos 20 años el 90% tendrá problemas con su peso. Sin embargo el 90% de los estadounidenses piensa que su dieta es “sana”. Actualmente el 58% de los encuestados se considera “cuidadoso” y “estricto” en lo que ingiere.

Los seres humanos somos seres hedónicos, complejos, contradictorios. La cultura nos modela y nos constituye como una segunda naturaleza en interacción permanente y dinámica con nuestra biología. Siempre ha sido así. Desde los tiempos inmemoriales hasta el presente la búsqueda del placer, la recompensa neuroendócrina y el cobijo de los otros han sido algunos de nuestros principales objetivos en la vida. Cada vez que los imperativos de cualquier tipo han procurado domesticar esta disposición han obtenido una alta cuota de fracaso. Tampoco faltan los ejemplos donde para lograrlo han apelado a las distintas formas de la violencia física o psicológica.  Si fuéramos capaces de analizar sin juzgar, de aceptar lo que sucede aún si contradice lo que quisiéramos que ocurra. Si, en fin, aprendiéramos a tolerar la imperfección que forma parte de lo que somos. Tal vez, podríamos describirnos a nosotros mismos con menos inclemencia y mayor sinceridad. Mirar el sol de frente enceguece, pero desviar la mirada jamás ha logrado apagarlo.