No son las hormonas es la monogamia, ¡idiota!

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Siempre me han sorprendido los artículos periodísticos acerca de la disminución del deseo sexual. Hoy La Nación publica uno con el título: “anorexia sexual”. En cada oportunidad hay testimonios de personas angustiadas por este problema y consejos de expertos acerca de cómo resolverlo. Pero, ¿qué es lo que habría que resolver?, ¿cuál es el problema?

Las personas se desesperan por recuperar algo que ya no sienten espontáneamente. Las recomendaciones van desde la preservación de los espacios individuales hasta la lencería erótica. Desde los masajes Tai a los aceites afrodisíacos. Siempre aparece la ingenua fisiología del deseo. Chequear la testosterona y la prolactina es un clásico infaltable. Sería oportuno aclarar que los trastornos de la libido originados en déficits primarios de hormonas o en los efectos adversos de algunos tratamientos constituyen una minoría de los casos. La gran mayoría de ellos obedece a causas de otra naturaleza: psicológica, social, cultural. Encontrar valores disminuidos de las hormonas que regulan la conducta sexual no suele ser la causa sino la consecuencia de la disminución del deseo. El organismo es un sistema abierto en permanente interacción con el medio ambiente y regulado tanto por sus componentes biológicos como por las circunstancias que experimenta. Cientos de marcadores bioquímicos cuantificables son el efecto que la vida de las personas produce sobre sus cuerpos más que la causa de lo que hacen o sienten. Son la respuesta más que el estímulo. El blanco y no la flecha. El dedo que señala la cosa y no la cosa señalada por el dedo. Pese a la tendencia a considerar que la alteración de las variables orgánicas es el principio de un acontecimiento, la biología sistémica se ha cansado de ofrecer pruebas de que lo más frecuente es que las cosas no funcionen de ese modo salvo excepciones que constituyen auténticas enfermedades.

Hay una verdad evolutiva que casi nadie se anima a aceptar. La pareja monogámica para toda la vida es un hecho histórico cuya justificación se ha desvanecido hace mucho tiempo. Es nuestro empeño en considerarla el modo “natural” de convivencia de los seres humanos lo que nos hace ciegos ante esa realidad y guía nuestros esfuerzos en busca de soluciones para lo que no tiene remedio. ¿Por qué dejar de desear a una persona es un problema? Pareciera que lo que en verdad deseamos es desear. Es precisamente el deseo el que enciende las hormonas y su falta lo que las atenúa. No son ellas el motor del deseo sino su medio de expresión en el cuerpo cuando las personas están sanas. Tampoco debería desconocerse que en condiciones de absoluta normalidad el deseo y sus mecanismos hormonales están sujetos a variaciones circunstanciales de lo más diversas sin que ello represente un “problema”. La absurda creencia en que amor y deseo se autoimplican es una imposición cultural, un mandato, un modo de control social pero de ninguna manera un fenómeno de la naturaleza. Basta conversar apenas unos minutos con cualquier hombre o mujer preocupado por estos temas para enterarse de que su deseo está intacto pero ha dejado de obedecer al ridículo imperativo de la monogamia. Todos deseamos a personas a quienes no amamos y amamos a personas a quienes no deseamos. Eso es un signo de salud antes que de enfermedad. Los cuerpos no son inmunes a las restricciones de una cultura, pero son menos obedientes de lo que ellas quisieran. La adaptación a la monogamia produce efectos en la fisiología humana lo que permite que el cuidado de las crías se garantice durante su período de alta vulnerabilidad. Hemos recubierto este hecho de tantas mitologías que creemos mucho más en ellas que en la verdad que las subyace. La disminución del deseo por personas ajenas a la pareja es una conducta funcional a la preservación de la prole. Es un comportamiento “económico” y adaptativo en términos biológicos. Eros era el dios del amor y del sexo pero también de la fertilidad. Pero nos han educado en la idea de que debe perpetuarse para siempre en momentos en que la duración de la vida excede largamente el tiempo de la crianza. Esto impulsó a buscar justificaciones diferentes a las originales que duran un período acotado de tiempo. El amor en su definición más utópica es un argumento perfecto. Incluso cuando los hechos muestran muchas veces –claro que no siempre- que lo que pretende controlar es más poderoso que sus estrategias de control. Sus efectos hipnóticos sobre la razón nos hacen creer que algo no anda bien. Y es verdad, algo no anda bien, pero no es la disminución del deseo que es precisamente lo que anda perfecto. Lo que no funciona es la estúpida idea de que se puede desear sólo aquello que es correcto desear. El deseo no tiene moral, ni códigos civiles. No hace falta aclarar que entre personas civilizadas un deseo no es lo mismo que su consumación.

Las adaptaciones neuroendócrinas al matrimonio monogámico son la cara bioquímica de la resignación y el acatamiento. Para ser feliz con un candado en los testículos es necesario hacerse insensible a ellos. De lo contrario el candado aprieta y ya se sabe lo incómodo que esto resulta. Dichosos quienes puedan hacerlo y no sientan esa imposición como una cárcel. Pero para muchos otros esto es un calvario. Un conflicto permanente entre los deseos que sienten pero reprimen y la falta de deseo hacia su pareja que también sienten pero no logran encender. Alguien nos ha hecho creer que porque te quiero y te respeto también debería desearte. Hay muchas ideas idiotas pero esta es una de las mejores. Los ejercicios más sofisticados intentan preservar esa impostura. El hastío de la convivencia, la monotonía de la vida en común, el amor como una condena a cadena perpetua no son los condimentos más efectivos para mantener encendido el lúbrico fuego erótico. Entonces, y con toda lógica, dejamos de desear a una persona y, sin ninguna lógica, nos sentimos culpables por ello.

La mayoría de las personas sanas no necesitamos suplementos hormonales. Lo que nos hace falta es el permiso para transgredir unas normas imposibles de cumplir y un par de brazos ardientes donde resucitar el deseo sin culpas ni remordimientos. Por el momento esto es también una utopía aunque menos absurda que la del amor eterno. Claro que los perfumes y las velas aromáticas son estimulantes, pero a condición de que las uses con la persona que desata tu deseo.