Te apareciste

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Hace diez minutos me llegó tu solicitud de amistad en Facebook. Ayer habíamos quedado en eso y cumpliste. Gracias. Ahora sé que estás aquí. Me conmovió mucho que después de tanto tiempo hayas venido a verme. No sé si pude decírtelo con la intensidad que el reencuentro me produjo. No quería que te fueras del consultorio. Te pedí que me hagas café mientras atendía a otras personas. Te invité a discutir un caso que vimos juntos. Me dijiste que hacía más de tres años que no veías a un enfermo como médica. Me sentí bien de compartir un rato el laburo con vos, como antes. Después te pedí un remise. Te ofrecí llevarte pero me dijiste que por ahora no querías que viera dónde vivís. No tenés celular pero vas a un ciber y lees lo que yo publico. Estás enterada de lo que escribo. Pasó tanto tiempo. Pasaron tantas cosas. Vos sabés que te busqué. Que hicimos lo que pudimos para sacarte del  abismo en el que te veíamos caer. Te internamos, ¿te acordás? Por la fuerza, casi a los empujones. Pero te escapaste. Preguntamos. Recorrimos. Pero nada, nada. Después la vida y todas esas boludeces. Y la cobardía o la resignación. No te olvidamos. Nunca. Te lo juro. Pero somos así, inconstantes y miserables. Entonces sellamos el lugar que ocupabas en nuestros corazones y te congelamos. Pero ayer viniste a verme. Estás flaca, flaquísima. Te cortaste el pelo. Las clavículas asoman en tu pecho como si te hubieses tragado una percha. Tenés ojeras. Estás pálida. Tenés las marcas en tus brazos de las puertas por donde el infierno de las sustancias entró en tu cuerpo. Pero tu belleza está intacta. Tu mirada inteligente y mordaz aún está allí. Todavía me acuerdo de la madrugada en que creí que estabas muerta. No salías del baño. Golpeé pero no me respondías. Rompí la cerradura y entré. Estabas desnuda sobre el inodoro. Tu cabeza caída encima del lavatorio. Tenías un golpe en la frente desde el que salía un hilo de sangre. Un lazo de goma apretándote el brazo y la aguja aún clavada bajo la piel. La jeringa estaba atrapada entre tus dedos. Te sacudí. Te pegué un par de cachetazos.  No respirabas.  Te tiré al piso y te hice respiración boca a boca. Tu corazón latía. Pero no respirabas. ¡Puta madre, no respirabas nena! Manuela llegó traída por el ruido y me ayudó a intubarte. Te cuidamos toda la noche. Los dos tomamos mate al lado tuyo mientras un respirador y nosotros nos negábamos a que te murieras. Te despertaste por la mañana. Me puteaste. Te enojaste mucho. Pero Manuela y yo nos cagábamos de risa. Teníamos tanto miedo muñeca. Habíamos pasado la noche aterrorizados con la idea de que te nos murieras. Allí, en el mismo lugar en que te habíamos conocido tanto. Te queríamos. Sabíamos lo que te pasaba pero ignorábamos de qué manera ayudarte. Y vos nos puteabas. Siempre, a cada rato. No querías ni escuchar hablar del tema. Pero ayer te apareciste. Así, sin avisar. Te paraste entre todos los pacientes cuando abrí la puerta y yo sentí que el tiempo no había pasado. Te apreté tanto que podría haberte roto algún hueso. Perdoname. Pero varias veces tuve la fantasía de que te habías muerto. Pero ayer te apareciste. No sabía qué hacer. Me diste una alegría tan grande compañera. Me hiciste muy feliz. Apenas lograste zafar de mi abrazo de mono, cerraste la puerta con el pie, te sentaste sobre el escritorio, me miraste a los ojos. Como antes. Pero esta vez no me puteaste. Como cuando te revisaba la cartera o te encerraba con llave en el cuarto del hospital para que no lo hicieras más. Ayer me hablaste serena, decidida. Entonces supe que habías regresado. Yo sé que no me mentiste. Lo sé, claro que lo sé, porque somos amigos. Porque viniste a verme a mí, precisamente a mí. Me hablaste con ese tono desfachatado e impertinente que te conozco tanto. Y lo que escuché me llenó el alma. Me alivió el peso implacable de la culpa. No sabés, pero de verdad que no sabés, lo bien que me hizo escucharte. Esperé tanto que alguna me vez me dijeras lo que me dijiste ayer: –Che boludo, ayudame. Estoy hecha mierda. No puedo más.

  • Rpiegaro

    “Nos negábamos a que te murieras”.
    “Habíamos pasado la noche aterrorizados con la idea de que te nos murieras.”
    ¡Que loco! ¿No?

  • Elepe

    Eso de tener pacientes colegas no es nada fácil. A veces es difícil romper las barreras naturales que se imponen en tal particular relación. Hacer abstracción de ser de la misma profesión (a veces de la misma especialidad) y construir una relación médico-paciente se torna complicado. Pero lograrla nos concede grandes satisfacciones.