Traicionar/me

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Esta mañana di una conferencia de nuestra serie “Verbos”. Su título fue “Comer”. Hablé de la biología, la antropología y la sociología de la comensalidad desde los inicios de la especie humana. Después tuvimos un ateneo con mis compañeros sobre depresión y enfermedad cardiovascular. Por la tarde revisé papers, hice traducciones. Escribí el comentario de un artículo científico publicado en el JAMA que muestra cómo la mera información no modifica la conducta en medicina.

Pasé a ver a una paciente internada. Le leí su biopsia como si fuese un capítulo de la Divina Comedia. – Delia, esa mancha que encontramos en tu hígado no es una metástasis. Abrió el bolso y me regaló una torta de manzana con canela y nueces que le había pedido a su hija que hiciera para mí. –Te la iba a regalar de todos modos si el diagnóstico era otro. Pero ahora también te voy a dar un abrazo y un beso, me dijo mientras me apretaba fuerte apoyándome el único pecho que le queda sobre la garganta. Antes de salir de la sala la vi cagarse de risa con su viejo a quien ella pidió darle personalmente la noticia sin importar cuál fuese el resultado.

Ahora intento escribir un editorial que me pidieron para una revista mexicana. Un amigo me cuenta minuto a minuto su lectura de un libro en el que he trabajado pero que no me pertenece. Son relatos magníficos que yo no hubiese podido escribir jamás. Afuera la noche se derrama sobre las cosas como un telón helado. Sobre el escritorio me espera “Las correcciones”, de Jonathan Franzen. Es la quinta vez que escucho la Gymnopédie nº 3 de Erik Satie. Llega hasta aquí el olor de la cebolla friéndose en la cocina. Los chicos surfean pantallas con la mirada absorta y la boca abierta. La casa está repleta de olores tibios y sonidos acogedores. Mi perro me lame los zapatos. Me mira con ojos transparentes y yo siento que me quiere. Es un cariño animal. Simple, sin argumentos. Todo está en paz. Es sábado. Hoy no traicioné a nadie. Sin contarme a mí mismo. Vuelvo a hacer sonar al gran Satie. El piano me aprieta la boca del estómago. Algo sube y se me sienta como una tonelada de pierda en el centro del pecho. Estoy escribiéndote a vos estas cosas que no pueden importarte. Todo es perfecto. Incomprensible. Me estremece un temblor de ausencia. Trago la saliva de mi propia melancolía. Estoy hueco, vacío. Está todo bien. La vida se desliza sobre un agua transparente y deliciosa. Pero a mí no me importa. No la quiero. Yo sólo quisiera escribir y morirme. ¡Puta madre!

  • María

    Daniel estás escribiendo desde un lugar sólido de alguien que podría escribir cualquier cosa o nada. Estoy de acuerdo con casi todo y con lo que no estoy de acuerdo tampoco estoy segura. De verdad es conversable. El lenguaje es la primera formulación de la verdad y también el primer ladrón de la verdad. El aspecto literal de cualquier explicación o discurso es la mentira más grande sea esta un diagnóstico o el precio de la cebolla. Disfruté el texto y no soy muy amante de las listas de nada, ni de las que reseñan actividades pero en este caso plantea la vida y la muerte suficientes como para que la siga hasta el final. Gracias. María