Tres canciones tristes para un hombre mudo

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Estás acostado sobre la cama con las manos detrás de la nuca escuchando I Don’t Like The Man I Am” de Pete Molinari. Una balada que te pone triste pero que no podés dejar de escuchar. Hay un eco de Bob Dylan detrás de la voz de ese inglés cuyas raíces llegan desde Egipto y de la Isla de Malta. Las aspas del ventilador de techo giran empujando el aire caliente sobre tu cuello. Producen un zumbido que suena como un bajo continuo a espaldas de la música. Todo es como siempre ha sido. Una tarde de un domingo cualquiera. La sombra siniestra del crepúsculo se acerca. Vos te armás de coraje para enfrentarla. Entonces se  produce una grieta. Una mínima fisura quiebra el cristal de lo cotidiano. No es algo espectacular, ni dramático, ni ostentoso. Apenas un gesto, un parpadeo, una sutileza de la entonación, una frase trivial de un correo electrónico que vuelve a tus oídos. El aleteo de las alas de una mariposa. El grito del chajá en la “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” de J.L. Borges. Como Alicia, sin saber cómo, te encontrás al otro lado del espejo. A través de esa minúscula ruptura advertís un mundo detrás del único que conocías. Siempre hay una mujer. Como en todas las cosas que tienen valor. Como en todo lo que importa. Legal o clandestina, da igual. Ninguna dicha se construye o se desmorona sin que haya una mujer detrás. La mirás a los ojos reales o imaginarios. Todo dura menos que un instante. Lo que ves te estremece. Es insoportable. Tenés una revelación.

Ninguna mujer es la imagen que de ella vive en tu cabeza. Amamos fantasmas en sus cuerpos. Te ofrecen sus pechos para que puedas lamer los pezones de otra. Abren las piernas para que entres en una que nunca será ella. Conocen tu error y lo callan con dignidad. Dejan que creas que la hembra que vive en tu mente y la que gime bajo tu cuerpo son la misma. Juegan el juego sin decirte cuáles son las reglas. Son libres y generosas. Nos protegen de la verdad. Saben que son dos. Una es imposible y la otra irremediable. Son astutas e inalcanzables. Guardan su secreto mucho mejor que vos los tuyos. Pero esa tarde encontrás a la segunda detrás de los ojos de la primera. Es todo tan rápido. Tan efímero. Dudás de que haya sucedido. Ni siquiera podés pensarlo. Es una sensación en el cuerpo. Una culebra trepando por tus vértebras con la cola helada y la cabeza hirviendo. Estás seguro, pero no sabés de qué. Ella, que siempre lo supo, ahora sabe que lo sabés vos. Te acordás de la noche en que tu viejo  te explicó qué quería decir The Thrill is gone, el misterioso nombre de una canción de B.B. King. –Es un título conmovedor– te dijo mientras apisonaba tabaco holandés en su pipa marinera. Vos no lo entendiste pero no te animaste a preguntarle. Él se dio cuenta. Te pasó su mano enorme por la cara y te dijo: –No te preocupes, tarde o temprano vas entender. Yo ya no voy a estar para explicártelo. Por eso lo hago ahora. Y acabás de comprenderlo. ¡Puta madre! Ahora entendés. Esa es la catástrofe.

Comienza una agonía. Al embrujo le sucede el silencio. Callar es lo único posible. Pueden ser días, años, toda la vida. El lenguaje se resiste a nombrar lo que no tiene remedio. Hablarán los cuerpos, las miradas, la actitud. El espacio en blanco que media entre dos palabras en un renglón se llenará de significados. Aparecerá en tu cama una mujer distinta. Ella sentirá vergüenza al verse descubierta. Vos ya no sentirás nada. Ahora que cada uno sabe quién es el otro por primera vez se sentirán extraños. Sobre tus hombros se planta el mundo. Todo empieza a pesarte. Estás cansado. La voluntad se licúa. Te ponés una almohada debajo de los pies. Le das un mordisco a la Sacher Torte que hizo para vos la señora Lina para quitarte el sabor amargo de la boca. El tiempo se hace lento, interminable. Te devoran los tentáculos de un hongo que sube desde tus piernas como si fueses un árbol. Estás condenado. Estirás el brazo para poner otra canción. Nick Cave & PJ Harvey cantan para vos la bella “Henry Lee”. “You won’t find a girl in this damn world / That will compare with me”.  Cerrás los ojos para no volver a ver lo que ya has visto. Subís el volumen. Te duelen los huevos. Tu lengua se enrosca. Ya no podrás hablar. Te quedarás vacío y mudo como un muertito por siempre jamás.