Basilio

Un hombre con una radio en su cabeza

“No están muertos, aunque su vida sea como un sueño que agoniza” Henry Ey

Hacía más de cinco años que Basilio estaba internado en el instituto neuropsiquiátrico cuando yo empecé a trabajar  allí. Deambulaba de un lado a otro durante horas. Con pasos cortos pero veloces, arrastrando los pies. El ruido de sus zapatos sobre el piso se le adelantaba a través de los pasillos por los que caminaba sosteniendo siempre una pequeña radio pegada a su oreja.  Alguien lo había abandonado un domingo de Agosto en la puerta de la guardia varios años antes de que yo lo conociera. Lo encontraron parado con una bolsa de residuos en una mano y la radio en la otra tiritando de frío. Se quedó en la vereda sin animarse a entrar ni a irse hacia ninguna otra parte. Pasaron más de dos horas hasta que las enfermeras –que lo miraban desde la ventana- lo hicieron pasar. Su equipaje consistía en una muda de ropa vieja y la pequeña Spica cubierta por una funda de cuerina marrón repleta de agujeros y manchas oscuras. Alguien había le adherido su documento de identidad al bolsillo con un alfiler de gancho junto con la lista de los medicamentos que tomaba.

Hablaba en una lengua incomprensible. Un idioma hecho de palabras sueltas que dejaba para quien lo escuchara la tarea de organizarlas hasta encontrarles sentido.  Me decía: “No  …..  pilas …radio, ¿…vos?” mirándome como si se tratara de la frase más clara del mundo.  Tardé varios meses en   entenderlo y en acostumbrarme a la cadencia áspera y disonante de los sonidos que producía.

Atrapado dentro de sí mismo, la radio lo defendía de los horrores del silencio y de sus enloquecidas voces interiores. Cantaba o balbuceaba, se enojaba o se reía, siempre en respuesta a lo que escuchaba o creía escuchar en la radio. Gesticulaba agitando su única mano libre. Se golpeaba la frente y la cabeza que se sacudía como si estuviese sostenida por un resorte. Siempre solo. No conocíamos su edad pero parecía rondar los cuarenta años. El cabello rapado y la cara afeitada al ras. Cada mañana pasaba más de una hora concentrado sobre un pedazo de espejo roto de forma triangular que apoyaba sobre la pared. La maquinita de afeitar iba desnudando surcos de piel que aparecían entre la espuma blanca que le cubría la cara siempre en el mismo orden. Después se lavaba con agua y jabón, volvía a esparcir la espuma y repetía el ciclo al menos tres veces. Siempre igual, idéntico. Vestía una especie de mameluco de carpintero azul que se ocupaba en mantener impecable lavándolo todos los días. Se sentaba en calzoncillos sobre una enorme maceta de aricilla color terracota que alguna vez habría tenido flores hasta que el mameluco se secaba sostenido por dos broches de madera y agitado por el viento desde la cornisa de la terraza. En  invierno se cubría con una frazada mientras esperaba bajo el tímido sol de la mañana. Si llovía lo colgaba sobre las hornallas de la cocina. Vigilaba que el fuego no lo quemara balanceándolo con un palo sentado a poca distancia.

A veces me detenía para observar a Basilio deambular por los pasillos sin ir hacia ninguna parte pero respetando siempre el mismo circuito. Algo semejante a los movimientos que ejecutaba, como una partitura de la que él era prisionero,  cuando se afeitaba. Me concentraba en el movimiento de sus pies y en cierta rigidez que el mínimo balanceo de los brazos no lograba disimular. Es difícil de transmitir la idea que me aparecía en esos momentos mientras analizaba las relaciones entre cada uno de los movimientos de su cuerpo. Había una torpeza que daba al conjunto un aspecto que evocaba a una máquina, a un robot articuladotorpemente y sin elegancia. Estaba convencido de que  el trastorno motor era una prueba de que lo que sucedía en la mente y lo que observaba en el cuerpo de Basilio obedecían a la misma causa. Algo, en su cerebro, alteraba sus pensamientos y sus funciones cognitivas al mismo tiempo que perturbaba su capacidad para desplazarse tanto como la coordinación de lo que ocurría en una parte de su cuerpo con lo que sucedía en otra.

Durante sus primeros días en el instituto algunos enfermos más antiguos que lo amenazaron varias veces con quitarle la radio en tono de broma. En cuanto Basilio advertía sus intenciones se paraba frente a ellos y los miraba furioso. Se transformaba. Nadie podría decir por qué, pero todos comprendían de inmediato que con ese tema no se podía bromear. Sus compañeros bajaban los brazos y le mostraban sus manos vacías en señal de que no tenían intenciones de agredirlo.  Se miraban entre sí, incrédulos de que la persona tan pacífica y cordial que conocían fuese la misma que ahora los enfrentaba sin necesidad de pronunciar ni una sola palabra.

El acceso al instituto era un largo camino de tierra que empezaba en un portón de hierro típico de una estancia del siglo pasado al borde la ruta. Desde un puesto de guardia se manejaba una barrera que controlaba quien ingresaba o salía del lugar. Unos mil metros más adelante, siempre rodeado por un denso monte de árboles, el camino terminaba en una rotonda de unos cuarenta metros de diámetro cubierta por malezas desprolijas y algunas cañas tacuara. Basilio recorría ese camino en una y en otra dirección varias veces al día. Sus caminatas terminaban dando una interminable serie de vueltas alrededor de la rotonda. Mientras lo hacía hablaba con las voces que salían desde la radio. A veces alguna música lo hacían detenerse. Se sentaba sobre la tierra con las piernas recogidas y parecía emocionarse con el sonido. No es que fueran visibles muchos indicios de lo que sentía. Pero había ciertos sonidos que lo hacían romper la reverberación de sus conductas repetitivas. Entonces su comportamiento estereotipado parecía detenerse y algo que aquella música le provocaba lo sumía en una actitud contemplativa muy diferente de su incesante movimiento. Varias veces me senté a su lado cuando advertía esa situación. Basilio ni siquiera registraba mi presencia. Parecía abstraído y ausente. Noté que las canciones que escuchaba cuando se producían aquellos cambios eran siempre fados u otras del folklore portugués.

Situaciones como ésta me hacían pensar que aún existía alguna actividad mental en Basilio. Un residuo desorganizado y agónico de lo que alguna vez habría sido su vida, su historia. Por debajo de sus actos absurdos y sus déficits manifiestos yo podía reconocer que algunos estímulos despertaban los deshilachados jirones de la persona que había sido. La imposibilidad de recordar las cosas más íntimas, excepto durante los pocos instantes en que algo las rescataba desde algún sótano de su memoria, le impedían a Basilio saber quién era, pero también saber quién quería ser. Desprovisto de aquellas señales durante su vida cotidiana no tenía otra alternativa más que hacer de sus días una monótona repetición de conductas automáticas que no conocían más tiempo que el presente ni otro proyecto que lo inmediato. Sin registro del pasado tenía vedada la idea de futuro. Me pareció que la respuesta que había observado cuando sonaba aquella música podría tener algún valor. Tal vez me permitiese encontrar una vía de acceso a sus emociones más antiguas, a sus recuerdos. Su apellido era Rocha lo que estimulaba mis asociaciones entre su posible origen en una familia de inmigrantes portugueses y la conducta que observaba cuando sonaba la música de ese país.

En aquella época yo estaba apasionado por las historias que me contaban los pacientes. Pocos años más tarde perdí esa aptitud para escuchar sin hacer un diagnóstico. El entrenamiento profesional se apoderó de mí hasta impedirme volver a sentir aquella fascinación por sus relatos. Desde entonces he adquirido la aptitud para entender y clasificar lo que me dicen pero nunca he dejado de añorar el momento en que aún era capaz de internarme conmovido en aquellos pequeños mundos tan alejados de la razón. Siempre que me resultaba posible incitaba a los enfermos para que me contaran sus historias. Procuraba escucharlos sin cuestionar su verosimilitud.  Me abandonaba a sus fantasías sin la obligación de formarme sobre ellas más juicio que el del placer que me producía escucharlas.  Pasaba muchas horas conversando con algunos de ellos mientras Basilio me seguía de cerca. Otras veces me encerraba en el cuarto de médicos a estudiar y él se acercaba y me pedía permiso con la mirada o la actitud para quedarse acompañándome mientras yo leía y tomaba apuntes. Nunca me decía una palabra pero ambos nos sentíamos muy bien sabiendo que el otro estaba allí. Yo le convidaba mate y bizcochitos. Él vigilaba que nadie hiciera ruido en las salas vecinas mientras yo estudiaba. Cuando alguien lo hacía Basilio salía a toda velocidad y, con gestos enfáticos y sonidos guturales, lo obligaba a retirarse del lugar.

Yo pasaba dos días por semana en el instituto. Lo que comenzó siendo un modo de solventar los gastos de mi época de formación como especialista se fue convirtiendo poco a poco en un momento que esperaba con ansiedad. Contaba las horas que me faltaban para volver. La noche anterior preparaba mi bolso con los libros que esperaba leer durante las largas noches de guardia y varios paquetes con pilas para la radio de Basilio. Algo me sucedía en ese lugar. Podía leer durante horas y luego escribir hasta que el sol se insinuaba detrás de la ventana de la habitación. El silencio era tan intenso durante la madrugada que a veces creía  percibir el sonido de mis propios latidos. No era raro que se escucharan las voces de algunos enfermos que deliraban o tenían alucinaciones. Cuando algún paciente se excitaba sus gritos me guiaban en la penumbra hasta su cama. Al llegar, Basilio ya estaba esperándome allí y se quedaba muy cerca observando lo que yo hacía para calmarlo. Después volvíamos juntos a la habitación y nos quedábamos durante un largo rato mirando la noche a través de la ventana. Un zumbido fugaz se repetía a intervalos regulares delatando el vuelo rasante de los murciélagos entre las copas de los árboles.  Basilio los señalaba con el dedo y los seguía con los ojos dando gritos contenidos y saltitos de alegría aunque yo nunca logré ver nada y ni siquiera estoy seguro de que él lo hiciera. Yo escribía desde la adolescencia pero no encontraba a nadie que leyera mis textos. El mundo en el que vivía no tenía a la literatura como una de sus prioridades. Basilio, que me veía escribir durante horas, tomaba las hojas y las ponía mis manos haciendo gestos animándome para que le leyera en voz alta. Se sentaba sobre la cama con la radio apoyada en la oreja pero con su mirada atenta a los movimientos de mi boca mientras leía. Yo estaba seguro de que él seguía las historias. A veces podía registrar la desmedida apertura de sus párpados o la forma en que se mordía el labio inferior en los momentos de mayor tensión. Parecía disfrutarlo. Si yo hacía una pausa para poner a prueba su atención, él se enojaba y me obligaba a seguir leyendo. Más de una vez tuve que confesarle que la narración aún estaba inconclusa. Entonces me llevaba hasta el escritorio y se sentaba a esperar que yo escribiera para poder conocer cómo continuaba la historia interrumpida. Comencé a escribir sólo para él. No pocas veces apuraba la escritura para llegar con algo que pudiera leerle. Los textos eran inmaduros, despulidos y urgentes. No había tiempo para corregir o para rectificar el rumbo una vez que la historia estaba lanzada. Empecé a no poder estudiar ni hacer ninguna otra cosa mientras esperaba con ansiedad el momento en que los pasos de Basilio anunciaban su llegada resonando por el corredor. Por primera vez tenía a alguien que se interesaba por lo que yo escribía. Algo en lo que nunca había pensado. La satisfacción que me ocasionaba leerle mis trabajos era incluso superior a la que sentía al escribirlos. Basilio, un hombre casi privado de lenguaje y que ni siquiera sabía leer, se había convertido en mi primer lector. Experimenté una excitación intensa y desconocida. Una felicidad que no tenía prevista y que me confirmaba que lo que verdaderamente deseaba era escribir. Nunca volví a sentir aquella sensación que me hacía leer atento a los más mínimos gestos de Basilio. A los sutiles cambios de su postura. A la tensión de sus manos que se apretaban entre sí o frotaban sus muslos cuando esperaba un desenlace que el relato demoraba.

Todas las semanas intentaba que tuviésemos una verdadera entrevista médica. Nos sentábamos en el consultorio separados por un escritorio de madera tan deteriorado que se movía apenas la tocábamos. Alguien había dejado debajo de una de sus patas un ejemplar del Antiguo Testamento encuadernado en cuerina azul. Basilio lo miraba cada vez que llegaba. Me miraba a mí, sorprendido, interrogándome acerca de cómo un libro podía estar en un lugar como ése. Se agachaba y me lo entregaba conmovido como si acabara de rescatar a un niño de las aguas de un río. Estoy seguro de que no lo hacía porque se tratara de un texto religioso ya que no sabía leer y el libro estaba carcomido por el tiempo y por el agua hasta convertirse en un montón de papel irreconocible. Era un homenaje. Él había percibido mi amor por los libros y suponía que de ese modo hacía algo que yo hubiera querido hacer. Yo se lo agradecía, lo frotaba contra mi ropa para limpiarlo y lo guardaba en uno de los cajones. Pero la mucama volvía a colocarlo bajo la pata del escritorio con lo que esta ceremonia terminó por convertirse en una rutina semanal. Después le servía un vaso de agua fría y le regalaba caramelos de leche que le gustaban mucho y que yo robaba sistemáticamente de la oficina del director. -Basilio, contame cómo estás. Me miraba, imperturbable, con la radio apoyada en su cabeza. -¿Escuchás voces? ¿qué te dicen? No registraba ninguna de mis propuestas. Ajeno a mis esfuerzos susurraba cosas que yo no podía comprender. -Ahora te voy a mostrar unos dibujos y vos tenés que decirme qué ves. Eso lo entusiasmaba más que conversar. Aproximaba la silla al escritorio -siempre con la radio sobre su oreja- y observaba como yo mezclaba las tarjetas de cartulina como si fueran naipes. –Elegí una, la que quieras. Basilio dudaba y luego estiraba la mano y tomaba una de las tarjetas que apoyaba sobre la mesa. Eran dibujos muy sencillos con siluetas de animales u objetos comunes. Si había seleccionado un elefante dibujado con trazos infantiles sobre una cartulina sucia con marcas de dedos y arrugas verticales, yo le preguntaba: -¿Qué es esto Basilio? Entonces se llevaba la mano libre a los labios y pensaba durante algunos segundos. -¡Perro! Exclamaba y daba saltitos de alegría sobre la silla. Siempre respondía perro o gato no importaba de qué animal se tratara. Si eran objetos contestaba casa o silla aunque le mostrara mesas, autos o aviones. Todo me hacía pensar que padecía una forma grave de demencia fronto-temporal. Casi siempre intentaba alcanzar algún grado de acercamiento personal con él.  Algo que, como la música, me abriera las puertas de su memoria y sus emociones más antiguas. Aquellas que la enfermedad aún no había logrado desorganizar. Pero jamás pude lograrlo. –Basilio, ¿hay algo que te preocupe, que te asuste y quieras decirme? Entonces volvía a quedarse callado. Cuando a mí ya me resultaba intolerable ese silencio, me ponía de pié. Basilio daba por finalizada la sesión, se levantaba y comenzaba a caminar hacia atrás haciéndome reverencias. Nunca supe qué me agradecía.

Recordé el efecto que la música portuguesa le producía a Basilio y pensé que tal vez podría ser un recurso para acercarme a él. Una paciente muy anciana, a quien conocía desde hacía muchos años y que era portuguesa, me había regalado un CD que yo había guardado en un cajón y jamás había escuchado. La semana siguiente lo busqué y la puse en el bolso antes de salir hacia el instituto. Por la noche, cuando todos dormían y yo me disponía a escribir en la habitación puse el disco que iba a escuchar por primera vez.  Una voz de mujer quebró el silencio de la noche. Unas contundentes guitarras rítmicas la acompañaban. La música era un lamento desgarrador y melancólico cantado en una lengua con una sonoridad maravillosa. El impacto de esa música me acorraló contra la silla. No pude hacer nada más hasta que, media hora más tarde, las canciones finalizaron. Me levanté conmovido para leer en la etiqueta el nombre de aquella mujer. Se llamaba Amalia Rodrigues. Retuve la caja del disco en mis manos mientras lo ponía nuevamente. Necesitaba volver a vivir esa experiencia que me había estremecido tanto. Mientras volvía hacia la silla descubrí a Basilio sentado en el suelo con las piernas recogidas tal como lo había visto tantas veces antes en la rotonda de ingreso al instituto. Nunca supe en qué momento entró a la habitación. Me resultó algo natural y no tuve ninguna curiosidad por averiguarlo. Hice sonar la música y me senté a su lado. Repetí esa operación tres o cuatro veces en las que escuchamos las doce canciones completas. Nunca nos dijimos nada. Desde aquella noche ambos supimos que nos unía algo que su lenguaje destrozado ya no podía nombrar pero que mi jerga arrogante y universitaria ni siquiera me permitía imaginar. Tardé muchos años en conocer la explicación minuciosa que la ciencia tenía para aquellos fenómenos. Pero creo que fue aquella noche cuando de verdad lo aprendí. Pude sentir lo que sucedía en mi cuerpo perplejo y en la presencia muda de Basilio a pocos centímetros de distancia mucho tiempo antes de que los libros se ocuparan en explicármelo.

Manuela, la enfermera del pabellón, era una mujer morocha, obesa y con rasgos indígenas a quien yo quería mucho. Algunas tardes tomábamos mate y conversábamos en la cocina. Ella me ponía al tanto de las novedades del instituto. Estaba preocupada porque se anunciaba la llegada de un nuevo director ante la inminente jubilación del anterior. Los cambios la asustaban ya que su familia dependía de su escaso salario y de los trabajitos que hacía en su barrio dando inyecciones, tomando la presión, asistiendo a personas postradas o convalecientes.  Yo conocía la historia de Basilio por su relato. Fue ella quien me contó que las asistentes sociales habían podido averiguar que tenía una hija. La habían citado muchas veces hasta que sus reiteradas falsas promesas de venir al instituto desalentaron la iniciativa de traerla para que visitara a su padre. Durante muchos días me quedé pensando en aquella joven y en lo que sentiría por Basilio. Pero mucho más aún me intrigaba lo que él podría sentir por su hija. Era posible que los recuerdos más intensos de su vida anterior, aquellos íntimamente ligados a las emociones más básicas, estuvieran preservados en algún lugar de su cerebro al que la enfermedad todavía no hubiese afectado.

Yo pensaba que Basilio necesitaba hacerse algunos estudios cerebrales. El instituto no contaba con los medios para hacerlo y mis reiterados pedidos de que se lo trasladara a otro hospital para realizarlos fueron siempre desoídos.  Sabía que conocer el estado de su cerebro era algo que no podría modificar su pronóstico. Pero aún así sentía que debíamos darle esa oportunidad. La mayoría de mis compañeros allí eran psicoanalistas y la sola mención de la palabra “cerebro” les erizaba la piel. Mónica, una de las psicólogas con la que mantenía una relación crispada por violentas discusiones era, sin embargo, alguien con quien también habíamos establecido un extraño vínculo. Era una mujer bella de unos treinta años. Descendiente de una familia de origen árabe, con ojos y cabellos de un color negro tan intenso como nunca he vuelto a ver.  Habíamos acordado no hablar jamás de nuestras vidas personales fuera del instituto. Compartíamos un espacio y un tiempo privado y aislado de todo lo demás. A ambos nos convenía ese acuerdo. Nos protegía de nuestros propios juicios y del remordimiento por lo que hacíamos. Necesitábamos aislar ese lugar del resto de nuestras vidas. Construirnos una isla secreta donde no nos alcanzaran las reglas que transgredíamos con tanto placer. Creo que fue un buen trato.  Era apasionada y verborrágica . Sentía un desprecio extraordinario por los médicos y la medicina. Nos irritaban mutuamente nuestras diferencias de marcos teóricos. Éramos intolerantes y agresivos en la controversia. En esa época yo aún pensaba que podía aprender algo de personas como ella y hacía esfuerzos por comprender sus delirios sistemáticos.  No discutíamos, peleábamos. Pero sentíamos una atracción que nos electrizaba el cuerpo. Una fuerza brutal y primitiva a la que no podíamos sustraernos. Nuestras disputas solían terminar en la cama. No tardé mucho en comprender que una disciplina tan encerrada en sí misma no quería enseñar nada porque no tenía nada que enseñar. Todo se reducía a un dialecto de secta actuado con la arrogancia de los ignorantes. Un repertorio de fundamentos sui generis que se aplicaban a cualquier cosa y que no admitían que se los someta a prueba o que se los cuestione. Una religión bastarda disfrazada de pseudociencia. Entonces me abandoné a sus caderas y dejé de esforzarme por aprender de ella lo que no podía ni quería enseñarme. Una madrugada, desnudos sobre la cama deshecha, le conté lo que me ocurría con Basilio. Le confesé que quería sacarlo a escondidas para llevarlo hasta otro lugar donde pudiese hacerle algunos estudios y que no animarme a hacerlo me hacía sentir culpable y traidor. Le pedí  que me ayudara. Ella se rió a carcajadas. Me gustaba ver el modo en que sus tetas se sacudían durante los espasmos de risa y la expresión incrédula con que escuchaba mi propuesta. -¿Una tomografía del cerebro a Radiohead?- me decía a punto de ahogarse con su propia risa. -¿Cómo podés ser tan boludo?- A ella le gustaba llamar a Basilio “Radiohead” por su manía de llevar su radio pegada a la cabeza y porque era precisamente ese grupo de rock el que escuchábamos juntos desde nuestro primer encuentro. Tal vez haya sido la devoción por aquella música dramática una de las pocas coincidencias entre nosotros. De pronto se subió a horcajadas sobre mi cuerpo y ambos nos olvidamos del cerebro de Basilio. Aunque ella continuó riéndose durante algunos minutos hasta que se convirtió en al animal salvaje que yo conocía. Antes de dormirse agotada, de espaldas y con la cara cubierta por el cabello estiró su mano y me acarició el cuello. –No te preocupes- me dijo. Fue lo último que le escuché decir hasta la mañana siguiente.

Mónica me ayudó a sacar a Basilio una noche de manera clandestina . Los tres escuchamos música reunidos en mi habitación hasta que no quedó nadie despierto en el instituto. Ella abrigó a Basilio con una bufanda de lana con los colores de Boca Juniors y una campera enorme que le había traído desde su casa y que pertenecían a su marido. La noche era oscura y helada. Salimos por la parte trasera del edificio atravesando a tientas la cocina. Un espantoso tufo a comida en descomposición y el ruido de las gotas que caían desde una canilla rota hacia una pileta metálica nos envolvieron por completo. Nadie hablaba. Tomados de las manos caminamos en fila tropezando con mesadas y sillas. Reconocíamos el terreno por el tacto como si fueramos ciegos. Adelantábamos la mano que buscaba con desesperación algún elemento que nos orientara como antenas locas que no lograban fijar el rumbo. La luz de un farol del patio se balanceaba movida por el viento a través de una ventana. Basilio arrastraba los pies a toda velocidad tratando de seguir a Mónica que tiraba de su brazo apurándolo. Llevaba la radio apoyada sobre la oreja. Abrimos la puerta trasera. El impacto del frío sobre nuestras caras nos paralizó por un instante. Las copas de los árboles se agitaban pero no podíamos verlas. Un rumor de hojas en movimiento nos hacía suponer lo que sucedía en el parque que era para nosotros apenas una mancha negra repleta de sonidos.  Mónica había estacionado su auto a unos cincuenta metros de allí. Caminamos endurecidos por el frío pero estimulados por una extraña felicidad de niños que se escapan para explorar los misterios de la noche. Antes de alcanzar el auto nos rodeó una manada de perros. Podíamos ver los círculos perfectos y brillantes de sus ojos y el resplandor intermitente de la luz del farol recorriéndolos como una línea horizontal. Eran cuatro o tal vez cinco. Creo que todos esperábamos que de un momento a otro se destara un estruendo de ladridos.  Anticipábamos las luces encendiéndose desde las ventanas y las cabezas curiosas procurando averiguar el motivo de la agitación de los perros. Después la llegada de la guardia anunciada por las linternas que vendrían desde el monte de eucaliptus. Y por último, la vergüenza y la resignación de encontrarnos descubiertos en plena huida. Uno de los perros olfateó el pantalón de Basilio. Otro se me paró delante y emitió un gruñido apenas audible mientras me mostraba los colmillos abriendo sólo uno de los lados su boca. La situación era absurda pero muy atemorizante. Mónica y yo nos apretamos las manos. Basilio se soltó y se puso en cuclillas frente al perro que me amenazaba. Le acarició la cabeza durante algunos segundos que me parecieron eternos. El animal se calmó, movió la cola y lamió su mano mientras un hilo de saliva se le escurría desde la lengua que colgaba afuera de la boca y se agitaba con la respiración. De un salto puso sus dos patas delanteras sobre las piernas de Basilio y ambos jugaron como dos buenos amigos que se encuentran por casualidad en plena madrugada. Avanzamos. Los perros nos seguían caminando en círculos alrededor nuestro. El auto estaba al lado de unos enormes containers verdes donde se guardaba la basura. Algunas bolsas de plástico y papeles volaban suspendidos en el aire. Los perros se congregaron alrededor de los restos de alimentos que se esparcían por el suelo y parecieron olvidarse de nosotros. Mónica abrió la puerta y ayudó a Basilio a sentarse en el asiento de atrás. Luego rodeamos el auto para abrir la puerta del acompañante. De pronto ella me empujó y me abrazó con una fuerza desconocida. Apoyó una de sus piernas sobre el paragolpes trasero rodeando mi cintura caída sobre el baúl con lo que me inmovilizó por completo. Me tomó de las orejas congeladas haciéndome gritar de dolor y me arrastró hacia ella. Nos besamos. El calor de su lengua contrastaba con el frío de la noche. Cuando nos separamos, ambos emitíamos un vapor espeso por la boca–¡Esto es grandioso!- me dijo antes de subirse al auto.

Le pedí a Basilio que se recostara  en el asiento para evitar que lo vieran  al atravesar el puesto de guardia antes de salir hacia la ruta. El vigilante se asomó al escuchar el motor del auto. Nos reconoció de inmediato. Me guiñó un ojo y elevó el pulgar. La ruta estaba desierta. Basilio permaneció en silencio mirando a través de la ventanilla las sombras de la noche. Mónica propuso que cantáramos. Le dije que prefería dormir un rato pero no me escuchó. Probó con dos o tres canciones muy conocidas para ver si Basilio las sabía pero él negaba con la cabeza. –¡Ésta sí que la vas a conocer!- le dijo dándose vuelta y soltando las manos del volante. Estaba excitada y eufórica. Comenzó a cantar la marcha de San Lorenzo a los gritos. Basilio se sumó con su lenguaje hecho de retazos de palabras pero respetando la musicalidad pese al fraseo gutural de su lenguaje. Movía el cuerpo como si fuese un soldado marchando y se reía a carcajadas sin dejar de sostener la radio sobre su cabeza. Me sumé casi sin proponérmelo. Al cabo de unos minutos el auto circulaba a toda velocidad por una ruta abandonada y oscura con tres exóticos personajes  que salían –literalmente- de un hospicio y cantaban una marcha militar como si se tratase de una verdadera nave de los locos o una nueva armada Brancaleone.

Fuimos hasta el hospital donde yo trabajaba el resto de los días de la semana. Antes de ingresar compré dos pizzas y varias botellas de cerveza que me servirían como un pasaporte capaz de abrirnos todas las puertas. La excusa de compartir una cena una vez realizado el estudio me garantizaba la complicidad de todos. Entramos en la sala de diagnóstico por imágenes gracias a un amigo que tenía permitido el acceso a horas inusuales para casos de emergencia. El cuarto era enorme y estaba iluminado con tubos fluorescentes de gran potencia. Todo era blanco y brillante hasta herir los ojos. El tomógrafo era un cilindro enorme al que ingresaba una camilla deslizante a través de un túnel semicircular. Desde una ventana de vidrio los operadores se comunicaban con el paciente empleando altavoces. Tardamos más de media hora en convencer a Basilio para que dejara la radio por algunos minutos para permitir que su cabeza pudiese ingresar en el equipo. Tuve que quedarme durante todo el estudio a su lado para que pudiera ver que yo estaba cuidando su radio. Le realizamos una tomografía computada encefálica procurando obtener la mejor calidad de imágenes posible y los cortes específicos que nos dieran la información que buscábamos.  Mónica me miraba trabajar y me hablaba por el micrófono desde la sala de comandos donde yo la había ubicado para no exponerla sin necesidad a las radiaciones. –¡Así que éste era tu diván de análisis!, me gritaba mientras su voz salía a través de los parlantes amplificando el sonido de su risa lo que producía un efecto muy extraño en ese ambiente. –¡Buscá doctor, seguí buscando allí adentro la historia del pobre Basilio!- Yo permanecía de pie procurando que Basilio pudiese ver que cuidaba su radio, escuchaba a Mónica decir tonterías y reírse a todo volumen al tiempo que  intentaba mirar las imágenes del cerebro en los monitores para solicitar nuevas posiciones si lo consideraba necesario. Sabía que era una situación grotesca pero no encontré ninguna forma razonable de atenuarla.

Una hora más tarde nos sentamos a comer pizza y a tomar cerveza con mis compañeros y cómplices mientras discutíamos los resultados del estudio. Basilio padecía una forma muy avanzada de demencia fronto temporal. Esta enfermedad afecta  los lóbulos frontal y temporal del cerebro que se deterioran de modo progresivo e irreversible. A medida que el proceso avanzaba ciertas funciones se pierden para siempre. En la modalidad semántica el lenguaje se encuentra especialmente comprometido. Las palabras pierden su capacidad de conectarse con las representaciones mentales y, por lo tanto, de designar a los objetos. No se pueden relacionar los conceptos con los hechos. Los enfermos sufren una profunda alteración del significado de las palabras. No logran comprenderlas ni nombrarlas. El habla se torna desordenada, llena de circunloquios y paráfrasis semánticas y muy repetitiva. El vocabulario se empobrece pero conservan la sintaxis y la fonología. Se pierde también la ayuda del lenguaje no verbal que refuerza el significado de lo que se dice. Yo estaba convencido de que Basilio tenía todos los signos de esta enfermedad. La tomografía confirmó mis sospechas y aseguraba un pronóstico sombrío.

Volvimos al instituto antes de que las primeras luces del día aparecieran en el horizonte. Todavía la noche era cerrada y el camino apenas se hacía visible iluminado por los faros del auto. Mónica había tomado demasiada cerveza por lo que fui yo quien condujo el auto. Basilio se durmió acostado en el asiento posterior. Ella me repetía que esa noche había sido maravillosa y que yo era un tarado que pensaba que las personas eran cerebros con patas. No intenté responderle con argumentos. No era capaz de comprenderlos cuando estaba sobria por lo que, confundida por el alcohol, mis posibilidades eran nulas. Se durmió con la cabeza apoyada sobre el vidrio de la ventanilla. Estaba bellísima. Subió las piernas al asiento y arrojo los zapatos al piso. Se acurrucó abrazando sus rodillas. –No seas idiota – me dijo sin abrir los ojos- no puedo dormir mientras un hombre me desnuda con la mirada. O dejás de mirarme así o me desnudás en serio-  Pensé que ella tenía razón. Que esa noche había sido maravillosa, que yo era un idiota, que quería desnudarla de verdad. Sin abrir los ojos estiró la mano y abrió la bragueta de mi pantalón. Me acarició durante un rato en el que excepto su mano toda ella parecía estar dormida. –Pará, ahora, al costado de la ruta- me dijo como si algo súbito e impostergable la hubiese despertado. Basilio dormía en el asiento de atrás.  Roncaba con un sonido burbujeante, sereno. –Bajate del auto- me dijo mientras ella ya estaba afuera esperándome. Bajé. Veía el brillo de sus ojos sobre la oscuridad compacta de la noche del mismo modo en que unas horas antes había visto el de los perros que nos rodeaban en el parque. Se puso de espaldas a mí inclinada sobre el capot. Tomó mi mano y la apoyó sobre su sexo. –No voy a esperar a que lleguemos al Instituto- me dijo antes de comenzar a gemir primero y a gritar después mientras yo ingresaba en ella. Todo era negro. Yo actuaba a tientas, ciego, como si jamás hubiese visto y no lo necesitara. Concentrado en el tacto, el olor y los sonidos de la noche. Mónica gritaba. Me decía que lo iba a seguir haciendo hasta que salieran de su pecho todos los alaridos que nos habíamos tragado para no despertar a nadie durante nuestras noches en el Instituto. Yo miraba a Basilio a través de los vidrios empañados del auto. Iluminado durante breves instantes por la débil luz de la luna que sólo aparecía cuando encontraba un hueco entre las nubes que corrían a gran velocidad en el cielo. Dormía ajeno a lo que hacíamos a pocos centímetros de su cabeza. Sostenía la radio con ambas manos sobre su abdomen. Cuando la tensión sexual aflojó Mónica me tomó de las solapas y me sacudió varias veces. –¡Gritá! ¡Gritá ahora que nadie puede escucharte! – parecía fuera de sí, descontrolada. Daba alaridos prolongados hasta que su voz se agotaba en una serie de ruidos intermitentes y ridículos. Luego volvía a prepararse y a gritar con toda su potencia. -¡Gritá te digo, no seas idiota, gritá!- me decía con la cara pegada a la mía aunque yo casi no podía verla. Un par de rayos lo iluminaron todo y segundos más tarde llegó el estruendo que se diluyó en la lejanía del campo como un eco sombrío. Pude ver a Mónica fugazmente bajo una luz explosiva que parecía derramar un día luminoso y aterrador que cortaba durante unos pocos segundos la cerrada oscuridad de la noche. Pensé que iba a pegarme. Me sacudía cada vez con mayor fuerza. Quise gritar sólo para que se tranquilizara. Lo intenté. Junté aire en los pulmones, contraje los músculos del cuello y del tórax. Puse toda mi voluntad para gritar pero ningún sonido salía de mi boca. Nada. Parecía imposible pero no podía hacerlo. No pude. Mónica me abrazó y apretó mi cabeza contra su pecho. Yo temblaba. Me acarició como si quisiera consolarme de algo. Aún tenía su bombacha arrollada a la altura de las rodillas. Lloró. –Pobrecito, no te preocupes, yo te voy a proteger- me decía una y otra vez. No me animé a preguntarle de qué, o de quién. Cuando volvimos al auto Basilio seguía en la misma posición. Mónica no permitió que yo conduzca y me obligó a sentarme en el asiento del acompañante. –Ahora dormí y escuchá como suena adentro tuyo el grito que no pudiste sacar ahí afuera. Regresamos sin decirnos nada más.

Durante las semanas siguientes escribí una historia cuyo personaje era Basilio aunque nunca aparecía su nombre. Describí su vida en el instituto, su forma de caminar, la radio pegada a su oreja, su relación con un médico y la felicidad que le producía al leerle sus cuentos. Durante muchas noches el relato narró algunas de los sucesos que él había vivido. Cuando conté los intentos de sus compañeros de quitarle la radio se puso de pie y me escuchó caminando de un extremo a otro de la habitación como una fiera enjaulada. Una noche le describí a una joven, que era su hija a la que él no veía desde hacía mucho tiempo. Inventé recuerdos que el padre guardaba borrosos en algún lugar de su memoria y el deseo secreto de volver a verla. Basilio permaneció parado detrás de la silla donde yo estaba sentado hasta que terminé de leer. Pude sentir la tensión de sus manos apretando el respaldo y las pausas de su respiración cuando la hija contaba cuanto extrañaba a su padre. Cuando terminé me abrazó y apoyó su cabeza sobre mis hombros. Luego se fue caminando hacia atrás haciendo reverencias mientras sostenía la radio adherida a su cabeza. Me quedé solo, con las hojas temblando entre mis manos. Pensé en lo absurdo que había resultado escribir durante tantos años entre la clandestinidad y la vergüenza. En lo que significaba comprobar que lo que escribía producía cosas en otra persona.

Decidí ir a ver personalmente a la hija de Basilio. Vivía en un barrio de monoblocks al costado de la autopista en la zona sur de la ciudad. Isabel me recibió con desconfianza en la puerta del edificio.

–              Soy el médico que atiende a Basilio en el Instituto y me gustaría conversar con usted.

–              Es que en este momento estoy muy ocupada atendiendo a mi hijo.

–              No le voy a hacer perder demasiado tiempo, serán apenas unos minutos.

Me hizo pasar. Recorrimos tres pisos por escaleras y un laberinto de pasillos internos. El departamento tenía un solo ambiente donde se distribuían tres camas y dos colchones sobre el piso. Varias sogas con ropa colgada lo atravesaban de pared a pared. Un olor a humedad y a pañales sucios lo invadía todo.

–              Me gustaría conocer la historia de Basilio, cómo era su vida antes de internarse.

–              Yo no recuerdo mucho, era muy chica en ese momento.

–              Nos ayudaría mucho saber cómo empezó su enfermedad, qué hacía, qué cosas le gustaban, cómo era su vida.

–              Trabajaba como albañil, casi nunca estaba en casa. Salía de madrugada y volvía de noche.

–              ¿Cómo era la familia?

–              Mi mamá y mis dos hermanos mayores. Ellos volvieron a Tucumán hace dos años por falta de trabajo.

–   ¿Alguna vez notaron algo extraño en su conducta?

–  No sé, lo único que recuerdo es que  siempre fue muy callado. Casi no nos hablaba. Pero…

Se quedó callada mirándose las manos. Las uñas eran muy cortas. Tal vez se las comiera. Un tenue olor a lavandina se desprendía de sus manos cada vez que las movía.

– ¿Qué Isabel? ¿En qué piensa? Cualquier dato me puede resultar útil. Lo que sea.

– Bueno, los últimos años se puso muy gracioso, charlatán. Hacía chistes incluso decía cosas que antes nunca hubiese dicho. Todos nos divertíamos mucho con él y nos parecía raro. Mamá decía que algo no andaba bien. Pero hasta los vecinos le decían que papá estaba mejor que nunca, que por fin se animaba a reírse, a bailar, a hacer chistes subidos de tono. Pero mamá estaba convencía de que algo no andaba bien.

–  Gracias Isabel, lo que me cuenta es muy importante para mí.  Tal vez si usted pudiera visitar a Basilio alguna vez, eso le haría muy bien.

El bebé que dormía en una cuna improvisada con maderas de cajones comenzó a llorar. Ella lo levantó en brazos y lo acunó.

–              ¿Ve lo que le decía? No puedo atenderlo ahora.

Estaba molesta y ya no quiso responder a ninguna de mis preguntas. Me pareció que mi visita la ofendía. El tono de su voz dejó de ser impersonal para hacerse desafiante.

–              Yo no puedo andar viajando.

–              La comprendo, pero si usted quiere yo podría llevarla alguna vez.

Mientras el niño volvía a dormirse me prometió que iría el sábado siguiente a visitar a Basilio siempre que yo pasara a buscarla ya que no tenía dinero para el viaje ni a nadie con quien dejar a su hijo.

Pasé a buscarla muy temprano por la mañana. Me esperaba en la puerta del edificio con el chico en brazos. Durante el viaje no dijo ni una palabra. Miraba a través de la ventanilla los suburbios de la ciudad y luego el campo al costado de la ruta. El bebé dormía acostado sobre sus rodillas. Cuando le anuncié que estábamos a punto de llegar. Su puso inquieta. Comenzó a moverse sobre el asiento. Lloró en silencio y aceptó un pañuelo de papel que le ofrecí. -¿Usted cree que se acordará de mí?-  me preguntó sin dejar de mirar hacia fuera. –Creo que sí- le respondí. –Ya casi no lo recuerdo, no puedo imaginar su cara, ni su voz, nada-

Al ingresar al instituto dejé a Isabel y a su hijo en el jardín bajo los árboles. Busqué a Basilio en su habitación. Le dije que tenía visitas y que lo estaban esperando. Me miró con una expresión incrédula sin moverse de la cama donde permanecía sentado con la radio sobre la oreja. Lo tomé del brazo y me acompañó dócil y sin separarse de la radio. Mientras caminábamos por los pasillos se detuvo un par de veces obligándome a volver sobre mis pasos. Me miraba interrogándome pero yo sólo le hacía señas con las manos para que se apurara. Entonces reanudaba la marcha murmurando palabras incomprensibles hablando con él mismo o vaya a saber con quién. Las enfermeras y algunos de los pacientes nos miraron pasar y luego corrieron a ubicarse detrás de las ventanas curiosos por lo que estaba por suceder.

Lo conduje hasta el lugar en que lo esperaba su hija. Nos detuvimos frente a ella y le dije: -Basilio, ella es Isabel, tu hija, vino a visitarte. El chico es tu nieto, se llama Javier-. Basilio sostenía la radio y amenazaba con volver al edificio. Tuve que traerlo casi a los empujones hasta que entendió que debía quedarse allí. Los dejé solos y me dispuse a observar la escena desde cierta distancia.

Ambos permanecieron de pie. No se hablaron durante varios minutos. Se miraban. Isabel sostenía al bebé y daba pasos cortos hacia adelante y atrás acunándolo mientras le daba palmaditas sobre la espalda. Basilio continuaba con la radio pegada a la oreja. La mujer estiró los brazos con el niño dormido ofreciéndoselo a su padre. Nunca logré definir si ese gesto tenía la intención de permitir que pudiera observarlo con mayor detalle o, tal vez, fuera una invitación para que él mismo lo sostuviera. Basilio se contrajo y luego tembló con todo el cuerpo. Bajó el brazo con la radio y la dejó caer al piso. Una voz rugosa cantaba un tango, creo que era “Nieblas del Riachuelo” pero en una rara versión flamenca. Ella quedó petrificada con el chico sobre sus brazos extendidos. Basilio se agitó con un movimiento espasmódico que comenzaba en los pies y sacudía su cuerpo como un viento enloquecido. Isabel, asustada, regresó al niño hacia el refugio de su pecho y lo cubrió con ambos brazos protegiéndolo sin saber muy bien de qué. Basilio dejó de temblar. Se orinó. El líquido bajó desde sus pantalones hasta formar un charco bajo los pies de ambos. La música resultaba ahora aún más absurda en el interior de aquella escena. Basilio lloró o se rió de un modo muy extraño. El sonido que produjo no me permitió distinguir entre una y otra cosa. Luego gritó. Un alarido breve de animal acorralado. Miró en todas direcciones. Tal vez me estuviera buscando pero no me encontró. Recogió la radio del piso, la colocó sobre su oreja y se fue caminado hacia atrás, húmedo, mientras repetía una serie de reverencias más prolongada que lo habitual. Desapareció detrás de los galpones en dirección a la intendencia.

Llevé a Isabel de regreso a su casa inmersos en el mismo silencio que durante el viaje de ida. No hubo preguntas. No hice comentarios. No supe qué decir. Nos despedimos. Le ofrecí algo de dinero. –Es para la leche y pañales- le dije comprendiendo que sonaba ridículo. Tomó los billetes y los arrojó sobre el asiento del auto antes de salir con el bebé. Dejó la puerta abierta y no se dio vuelta hasta que la perdí dentro del edificio. Hubiese querido agradecerle, preguntarle tantas cosas. Pero no pude y me sentí muy avergonzado.

Los días siguientes no mostraron ningún cambio en la conducta de Basilio. Nada parecía poner en evidencia algún registro de ese acontecimiento. Aferrado a su radio marchaba por los pasillos arrastrando los pies y haciendo ademanes como antes, como siempre.

Pocas semanas más tarde llegó el nuevo director al instituto. Era un hombre joven, autoritario e ignorante. Un burócrata arrogante de esa especie tan frecuente  que los médicos conocemos bien y despreciamos tanto. Vestía regularmente camisa clara y corbata oscura sobre la que usaba un guardapolvo blanco impecable, almidonado y con su nombre bordado con hilo azul en grandes letras góticas sobre el bolsillo. Decidió que Basilio no podía resistirse al tratamiento. Que su radio le impedía la comunicación y la posibilidad de una terapéutica efectiva. Afirmó que le llamaba la atención nuestra incapacidad y nuestra desidia al tolerar una situación tan ridícula durante tanto tiempo. Intenté explicarle que la radio era para él un sostén imprescindible. Que lo protegía de un silencio que no podía escuchar. Que me parecía un acto de violencia innecesaria quitarle ese aparato cuando no teníamos garantías de ofrecerle una alternativa mejor. Interpretó la divergencia de opiniones como una disputa de poder. Clausuró toda posibilidad de discusión. Ordenó que nadie permitiera que Basilio recibiera baterías para su radio. Él mismo informó a todas las visitas de su nueva disposición.

Basilio comenzó a mostrar signos de intranquilidad. Deambulaba en busca de las personas que habitualmente lo proveían de sus baterías. Los miraba con desesperación. Todos respondían mostrando sus manos vacías y disculpándose mediante un movimiento de la cabeza que señalaba en dirección a la oficina del director. Él miraba alternativamente a cada uno y luego al despacho del jefe. La radio comenzaba a dar muestras de agotamiento. Dos o tres veces introduje pilas que dejé bajo la almohada en su cama sin que nadie lo note.

El director se detenía en la puerta de su oficina extrañado por la inusitada duración de las baterías. Desde allí observaba el itinerario ansioso de Basilio acompañado por los gestos desmesurados de su mano derecha reclamando a cada uno que se cruzaba con él.

– Ese hombre tiene la cabeza anulada por la radio-. Me dijo sin dejar de mirar a Basilio.

– Eso es mejor que tenerla vacía- le respondí mientras sentía en el cuerpo una inquietud que conocía desde mi infancia y que me anunciaba como un aura que estaba por cometer un acto del que más tarde me iba a arrepentir.

–  Creo que alguien le entrega pilas sin que yo me entere. Si confirmo lo que sospecho, ¡te vas! ¿Me entendiste?

No dije nada. Tuve ganas de matarlo. No me sentía seguro de poder evitar una respuesta violenta. Necesitaba el trabajo y sabía que tenía que cuidarlo aunque experiencias anteriores de mi vida anticipaban que no lograría controlarme por demasiado tiempo.

Esa noche me quedé hasta tarde estudiando. Cuando me disponía a retirarme Basilio se asomó por la puerta de la sala de médicos. Estaba feliz. Sabía que era yo quien le dejaba las baterías bajo su almohada y eso nos unía aún más. Subió el volumen de la radio. Una música elemental y pegadiza  invadió el ambiente. Se acercó hasta ubicarse junto a mí. Pasé mi brazo sobre sus hombros. Él hizo lo mismo con su único brazo libre. Bailamos. Una pantomima de danza griega al ritmo de cumbia villera. Torpes, ambos nos reímos de nuestra propia impericia para bailar. Manuela llegó atraída por el volumen de la  música. Nos miró un instante y se unió aquel despropósito apoyando su brazo sobre mi espalda. Luego se separó hasta ponerse de frente a ambos y bailó sola. Se transformó al ritmo de la danza hasta extraer una sensualidad extraordinaria de ese cuerpo desmesurado. Agitaba sus pechos enormes como una ofrenda generosa y brutal. Se reía a carcajadas.

De pronto Basilio bajó el volumen de la radio y se retiró caminando hacia atrás haciendo apresuradas reverencias. Pasó de costado a través de la puerta esforzándose por no empujar al director que nos miraba apoyado sobre el marco sin moverse un milímetro para facilitarle el paso. Junté mis cosas y salí. Debí empujarlo con el hombro para atravesar la puerta. Su cuerpo golpeó contra la pared. Nos miramos. -Ahora sí-, me dijo, -vos te lo buscaste-. No le respondí.

La mañana siguiente recibí un telegrama de despido. Por la tarde me presenté en el instituto. Manuela estaba sentada sobre un escalón en la entrada del edificio. Lloraba. Intenté consolarla. No me escuchó. La abracé y le acaricié la cabeza. Entré.

No logré que el director me recibiera aunque no insistí demasiado. Cobré, firmé papeles, busqué a Basilio. Me observaba desde una de las ventanas que daban al jardín. Lo llamé con un gesto pero comenzó a correr hasta que lo perdí de vista. -Esta noche le quitarán la radio- me dijo la secretaria sin levantar la vista de la pantalla de la computadora. -El señor director avisó que pasará la noche en su oficina para controlar todo personalmente-. Pasé por la habitación y volví a dejar cuatro pilas debajo de la almohada de Basilio y una nota donde le escribí: -Cuidate Basilio, te quiero y te voy a extrañar mucho. Vendré a visitarte, no te preocupes-. Firmé y anoté mi número de teléfono. Me fui.

Esa noche no pude dormir. Pensé en Manuela, en Basilio, en mi propia irresponsabilidad. Me sentí culpable e imbécil. Tomé un whisky y luego otro. Salí a caminar. Volví sin que pudiera precisar cuánto tiempo después. Logré dormir. Soñé algo que no recuerdo pero que me dejó perplejo y angustiado.

Me despertó el teléfono. Nadie contestaba pero podía escuchar con claridad el sonido de la radio. “Basilio, ¿sos vos? ¿te pasa algo?” cortaron. Una hora más tarde el teléfono volvió a sonar. Esta vez tampoco contestaron: “¡Basilio, hablame!”, el volumen de la radio era tan bajo que permitía escuchar su respiración acelerada. Cortó.

Me quedé esperando un nuevo llamado. No quise encender la luz. Los primeros sonidos del día ingresaron con una regularidad que me espantaba. Todo seguiría su curso. La descarga del baño del vecino, luego el sonido de la ducha y la radio dando el informe de tránsito en los accesos a la ciudad. Alguien leía el pronóstico del tiempo: nubosidad variable y tormentas por la tarde noche.

Recién amanecía cuando volvió a sonar el teléfono. Manuela lloraba, apenas pude comprender lo que me decía pero sabía que se trataba de algo grave. Decidí volver al instituto. Ingresé entre un tumulto de ambulancias y policías. Muchas personas caminaban de un lado a otro acompañando a los internados o dando explicaciones a las familias que preguntaban por ellos. Manuela me tomó del brazo desesperada y me dijo –Él no tendría que haberle quitado la radio, nunca debió haber hecho algo así-. Una camilla pasó a mi lado arrastrada por Farías, el jefe de mantenimiento del instituto. Transportaba un cuerpo completamente cubierto. Se detuvo. –Con estos locos nunca se sabe- me dijo. Corrió la manta y descubrió la cabeza ensangrentada del director. Lo volvió a tapar y siguió su marcha. Un policía guardaba la Radio de Basilio en una bolsa transparente con la leyenda “Policía científica”. Alguien sacaba fotos dentro del despacho del director cercado por unas cintas amarillas y negras.

Corrí hacia la habitación a través de los pasillos desiertos. Mis propios pasos resonaban como un estruendo de golpes sobre el piso. La puerta de la habitación estaba cerrada con llave. Logré abrirla luego de varias patadas. Desde la radio, abandonada sobre la cama, una locutora susurraba palabras con una voz ridículamente sensual mientras sonaba de fondo la introducción del tema “Exit music” de Radiohead. Basilio tenía los ojos desmesuradamente abiertos. Los dientes mordían su lengua que asomaba unos centímetros de la boca y de la que partían dos hilos finos de sangre seca. La cabeza caída, inclinada hacia la izquierda. Los labios azules, las manos moradas. Los pies aún conservaban la flexión de los dedos suspendidos a treinta centímetros del piso. El cuerpo sostenido por una sábana anudada al cuello pendía de un gancho en la pared. Lo abracé. Apoyé mi cara sobre su abdomen helado. Creo que lloré. Le dije: “perdonanos”. Varias veces, muchas veces.