Viajar a ninguna parte

¿Era todo?, pregunté
(siempre un iluso)
no nos dimos nada más
sólo un buen gesto
Patricio Rey

1. ¿Qué Córdoba? ¿Mendoza?

6.45 hs. Una empleada recibe mi identificación, me entrega un ticket y me desea buen viaje. Todo ello sin dejar de mirar la pantalla de su computadora. Es una pena, me hubiese gustado verle los ojos. La mañana es oscura, gris y calurosa. Una sopa de humedad y sueño insatisfecho se deja ver en las caras de cientos de personas que circulan alrededor. El avión despega a horario y sin contratiempos. Ahora el día es soleado y las nubes quedan como un suelo ingrávido debajo de nosotros.  La azafata me entrega un bloque de chocolate amargo y un café frío y desabrido. Me prometo no tocar el chocolate y beber el café, incluso con ese horrible sabor a sótano y dinosaurio. Le he prometido a mi mujer no hacer ninguna de las dos cosas, pero nuestra larga vida en común me indica que se sentirá feliz y sorprendida si alguna vez cumplo aunque sea el cincuenta por ciento de una promesa. Devuelvo el chocolate para no incrementar la larga historia de defraudaciones que me unen a esa mujer. El piloto habla a través de los altavoces. Dice que se llama Aguirre y que se siente muy halagado por el hecho de que hayamos elegido su compañía para volar. Lamenta tener que informarnos que el aeropuerto de la ciudad de Córdoba se encuentra inoperable por razones meteorológicas. Será necesario desviar nuestro vuelo hacia Mendoza donde esperaremos hasta que el clima se serene para intentar arribar a nuestro destino original. Mis circunstanciales compañeros murmuran, se quejan, algunos parecen opinar que el piloto debería intentar un aterrizaje forzoso y turbulento sólo para que ellos puedan cumplir con sus compromisos. Yo no. Mendoza se anuncia a través de las primeras estribaciones de la cordillera. El clima es espléndido y el aterrizaje magnífico, sólo que en el sitio al que ninguno de nosotros pretendía viajar. Nos esperan tres horas de aeropuerto. No está tan mal, pienso. Leo, escucho música, miro la sombra irregular de las montañas insinuándose a través de las ventanas. Ellos caminan con paso acelerado administrándose el más potente sedante nervioso que conocen. Entran y salen de cada uno de los comercios con bolsas, botellas, alfajores, artesanías hasta que  alcanzan la dosis efectiva y luego vuelven a hablar por teléfono, a  insultar, a hacer cada 60 segundos la misma pregunta a la misma persona y a obtener la misma respuesta. Hasta que, no tres, sino cuatro horas y media más tarde nos anuncian el reembarque con destino a la ciudad de Córdoba.

2. Un sitio sin tiempo y sin lugar.

Córdoba, no salgo del aeropuerto. Ya es tarde para hacer lo que tenía previsto. Llego en el horario preciso para tomar mi vuelo de regreso a Buenos Aires. Una empleada me advierte que hay una demora de al menos otras cuatro horas. Mido el tiempo que tengo por delante. Es un tiempo vacío, en un lugar impersonal y aséptico. Algunas horas más de un día repleto de vueltas en círculos sin llegar a ninguna parte. El aeropuerto es enorme, saturado de vidrio y transparencias. Creo que todos los que estamos aquí adentro flotamos en esa atmósfera líquida como peces en una inmensa pecera. Permanecemos suspendidos en un instante donde los relojes se detienen y el tiempo fluye espeso, hecho de barro y gelatina. Este sitio podría estar en cualquier parte. No hay señas particulares. Para saber donde estás tenés que mirar las pantallas o los carteles indicadores en español e inglés: “Pajas Blancas, Cordoba Airport”. No logro sentirme molesto. Hay algo que disfruto, una extraña sensación de placer y perplejidad. Pienso que así, obligado por circunstancias que me son ajenas, es la única manera en que puedo permitirme no hacer nada. Es curioso pero siento una liberación, un extraño gozo. Me abandono al placer de no depender de mi propia voluntad ni del juicio de otros. Me esperan algunas horas donde nada será mi responsabilidad y nadie podrá decir que no hago lo que se espera que haga. Soy libre, de mí mismo y de mis fantasmas. Una libertad paradójica y perversa que sólo me es permitida por este involuntario cautiverio al que me entrego sin resistencias como a una bendición.

Suena en mis oídos “Esa estrella era mi lujo”, esa música salvaje llega directo a mi cerebro como un  narcótico. Me rodean una serie de personas que actúan como si estuviesen perdiendo un tiempo irrecuperable con esta demora imprevista. Hablan por teléfono sin parar con extraños aparatos que adoran como a mujeres, están orgullosos de ellos, escuchan sus exóticos ringtones como a una voz sensual que les susurrara al oído cuanto los admiran, o cuan enormes son los genitales que llevan suspendidos entre sus piernas. Sufren porque pierden un tiempo que no se factura y se les crispan las comisuras de los labios como si en ello les fuera la razón misma de sus existencias. Sus nenas caminan en círculos concéntricos sobre el piso de porccelanato y se miran la cola sobre las paredes espejadas. Se han operado hasta el ridículo. Son muñecas quirúrgicas, cyborgs protésicos sin edad y sin destino, hembras replicantes que oscilan entre el desecho biológico y el grotesco futurista. Están achicharradas de cama solar y los pechos les desbordan las blusas como inútiles airbags de silicona. Son excesivas y patéticas. Han momificado a la joven Barbie que nunca fueron sobre el cuerpo mudo del cadáver que ahora son. Huelen a Kenzo y a sudores premenopáusicos hasta la náusea.

3.  Hola y adiós.

Llega un pequeño grupo de mujeres, apenas cinco o seis. Son médicas. Al parecer vuelven de una jornada de pediatría en la Universidad de Córdoba. Lucen jóvenes pero con el inconfundible aspecto de quienes son madres de hijos aún pequeños. Un brillo acuoso apenas perceptible sobre los ojos, una sombra tenue debajo de los párpados que delata la fatiga de los días, el insomnio de sus noches y el agobio de una demanda que no reconoce límites. Son bellas y están empecinadas en no resignar nada de lo que la vida les ofrece, incluso cuando eso resulte imposible. Se ríen, gritan y disfrutan del momento con esa alegría estridente de niña con que las mujeres se divierten cuando escapan del agobio de sus hogares y sus familias. Se sienten libres pero saben que se trata de un juego fugaz y provisorio. Una de ellas se sienta alejada del grupo, sola y pensativa, en el asiento ubicado justo detrás de mí. Percibo el roce de sus cabellos sobre mi cuello y el peso sutil de su cuerpo que presiona el respaldo que compartimos. La recorro sin mirarla mientras escucho música con los ojos cerrados. Se mueve, gira su cuerpo en dirección a mí:

-¿Es Steve Ray Vaughan? ¿Tim Pan Alley?

La miro y recibo el impacto brutal que una mujer a menos de veinte centímetros le produce a cualquier hombre. La huelo, me detengo en los detalles, en la boca semiabierta, en el surco que corre entre sus ojos como un pliegue de piel dibujado a mano, en su cuello largo y delgado.

–Si lo que querías decirme era que el volumen de mi reproductor está muy alto, ya te entendí y me disculpo.

Me mira sorprendida, avergonzada.

–No, por favor, no se trata de eso. Es que esa música fue muy importante para mí en otra época de mi vida y me emocionó mucho volver a escucharla precisamente ahora.

–          No te creo nada.

–          ¿Por qué?

–          Porque a nadie para quien esta música haya sido importante alguna vez deja de sentirla así jamás.

–          Explicate mejor, no te entiendo.

–          Si ahora no te importa, entonces antes tampoco. Si de verdad te importaba antes, entonces te importa también ahora. Vos decidís.

Se queda callada. Se pone de pié y da la vuelta a la hilera de sillones para sentarse a mi lado.

–          Puede ser, es posible que vos tengas razón y yo esté confundida.
Deja su bolso en el piso y se dispone a hablar con las manos libres.

–          Es que salí de casa hace dos días, ¿sabés?. Es la primera vez que dejo a mi esposo y a mi hijo en los últimos diez años y no comprendo por qué no he parado de sentir cosas extrañas desde ese momento.

–          ¿Extrañas?

–          No sé, como si la joven que alguna vez fui se despertara dentro de mí. Como si alguien que suponía muerto resucitara sin que yo me lo haya propuesto.

Me habla pero siento que se dice estas cosas a sí misma. Hace pausas demasiado prolongadas como si se estuviese respondiendo a lo que dice con una voz que yo no puedo oír. Sus compañeras ríen y se pasan el teléfono unas a otras para escuchar lo que imagino son las voces de sus hijos pequeños a quienes les dan explicaciones por la demora de sus madres. Les dicen cosas como “amorcito”, “te quiero mucho”, “te extrañé tanto”, “sos un sol” y otras por el estilo. Las admiro, conozco lo que significa ser mujer, madre y médica. No tengo dudas de que yo no sería capaz de hacer nada de lo que hacen ni de tolerar la injusticia con que se lo considera. Me avergüenzo por mi complicidad y mi silencio. Ella vuelve a registrar mi presencia, espera una respuesta.

–          Entiendo, es como si algunas sensaciones del pasado que ya ni podías recordar regresaran sin motivo. Como Tim Pan Alley sonando en tu cabeza y estremeciéndote como si el tiempo nunca hubiese transcurrido.

–          ¡Sí, eso, exactamente eso! Pero me sucede con casi todas las cosas desde que salí de casa hace apenas 48 horas. Me asusta, estoy confundida, sensible. Creo que tengo  ganas de llorar. Es todo tan raro.

–          ¿Te hace sentir  culpable?

Me mira directo a los ojos. Está a la defensiva. Teme a esa pregunta.

–          ¿Culpable, de qué?

–          De disfrutar de un tiempo y un espacio propios. De recobrarte como individuo. De comprobar que no te has fusionado con tu familia hasta desaparecer sino que seguís siendo una persona única. De sentir algo que podrías considerar egoísta, injusto, una traición.

No me habla. Baja la cabeza y alisa los pliegues de su falda. Tiene las piernas largas y delicadas y unas caderas que anticipan la potencia de sus nalgas. Su cuerpo se dispone de tal modo que delata el esfuerzo por disimular la sensualidad que sabe que produce pero que siente que debe atenuar. Es tentadora y carnal contra su propia voluntad. Siente el efecto de mi mirada sobre sus muslos y estira su vestido negro en un intento vano de ocultarse de mi desfachatez.

–          Vos no me conocés. No sé por qué te cuento estas cosas. No te equivoques, yo no tengo culpa, no traiciono a nadie, no tengo que explicarte nada.

–          Es verdad no tenés que explicarme nada porque ya los has hecho y lo he comprendido perfectamente. A la que me parce que necesitás explicarle mejor lo que te pasa es a vos misma que no podés o no querés entenderlo.

Se pone de pié, toma el bolso y se acomoda el cabello con los dedos liberando la frente. Me observa desde arriba con el cuello tenso y la boca apretada.

–          ¿Vos pensás que sos adivino? ¿Qué podés entender las cosas así nomás en un minuto sin que nadie te lo pida?

–          No, claro que no. Es que yo no adivino nada, vos me lo dijiste y yo lo repito. Por ejemplo podría decirte lo que sentís ahora también.

–          ¿A sí? ¿Y eso también te lo dije yo?

–          Desde ya. Me lo están diciendo en este momento la apertura de tus ojos, la aceleración de tu respiración, el sudor de tus manos que secás disimuladamente sobre tu bolso, el tono imperativo y desafiante de tu voz, los cambios repentinos de tu actitud respecto de unos pocos minutos atrás.

–          Yo no necesito que un desconocido me lea lo que siento. Puedo hacerlo sola.

–          No, no podés.

–          Entonces, si alguna vez necesito tus servicios te los voy a solicitar. Hasta luego.

Se va con el paso firme y orgulloso de una mujer herida. Me gusta verla caminar así, tan distinta de como lo hacía hasta hace pocos minutos. Ahora no esconde lo que es, me lo hace ver para que conozca lo que nunca me va a dar. Me gusta, me gusta mucho cuando una mujer adopta esa actitud perversa y contradictoria. “Te ofrezco a la mirada todo lo que nunca vas a tener”. Los altoparlantes anuncian el embarque de mi vuelo hacia Buenos Aires. Recojo mis cosas, compruebo que todo está en orden: el pasaje, el documento de identidad, mi notebook. Desconfío sistemáticamente de mí mismo, pero no se trata de una fantasía sino de una implacable realidad. Me costaría mucho encontrar un solo día de mi vida en que no haya extraviado algo. Camino hacia la puerta de embarque escuchando todavía a Steve Ray Vaughan, ahora suena Texas Flood. Me he pasado doce horas en aviones o aeropuertos en  un tiempo neutro y vacio. Creo que lo voy a extrañar. Un policía mira mis papeles, nunca he logrado dejar de sentirme culpable, prófugo, ante un uniforme. Subo al avión.


4. La libertad es una traición o entrégame tu vida y te devolveré tu cadáver.

Mi asiento es el del pasillo, llego antes de que lo haga el pasajero que ocupará el de la ventanilla. Dejo mi cinturón de seguridad desabrochado para levantarme y permitirle el paso cuando aparezca. Leo y resalto con color amarillo algunos fragmentos de un artículo de Iona Heath publicado en The British Medical Journal. Escucho música, estoy abstraído del entorno. Una sombra oscurece el papel, levanto la cabeza, es ella. Me muestra su ticket que indica que le han asignado el asiento junto al mío. Me levanto y la dejo pasar sin decir nada. Se acomoda, ambos ajustamos nuestros cinturones. Ella se detiene a mirar lo que leo. Sin pedírmelo toma las hojas con dos dedos y lee.

–          ¿Vos también sos médico?

–          Sí

–          ¿Por qué no me lo dijiste?

–          ¿Eso hubiese atenuado tu enojo?

–          No

–          Entonces era un dato irrelevante.

Me devuelve las hojas y apoya la cabeza en el respaldo, cierra los ojos. El avión comienza a carretear sobre la pista. Se detiene y acelera sus motores hasta su máxima potencia. Sin abrir los ojos ella se persigna con la mano derecha a toda velocidad y besa un pequeño crucifijo que extrae a través del escote. Mueve los brazos buscando qué hacer con ellos, dónde sostenerse.

–          No te rías, me da pánico este momento.

–          No sabés si me estoy riendo ya que para eso deberías tener los ojos abiertos.

–          No quisiera morirme todavía, ¿vos?

–          No le he pensado, pero sospecho que tampoco.

–          ¿Me podrías dar la mano sin que eso parezca una indecencia?

–          Sí, claro, pero preferiría hacerlo si fuese una indecencia.

Le ofrezco mi mano y la aprieta con fuerza. No abre los ojos. El avión corre a toda velocidad como un caballo furioso y se eleva sin sobresaltos sobre una ciudad enorme extendida en un agujero rodeado de sierras. Abre los ojos y me suelta.

Vuelvo a mi música y a la lectura. Nuestra relación ha sido breve y tormentosa pero parece haber llegado a su fin. Lo acepto. Ella desaparece de mi campo de atención. Iona Heath me habla de la muerte, igual que ella. Pasan unos cuantos minutos hasta que alguien toma mis auriculares y me los quita. La miro ponérselos y tirar del cable hasta adueñarse de mi reproductor. La dejo hacer. Me habla con un tono demasiado alto para la poca distancia que nos separa. La música le impide regular su voz.

–          Perdoname pero necesito volver a escuchar esto, es ahora o nunca.

–          No hay problemas, si se te ofrece alguna otra cosa que yo tenga no tenés más que tomarla sin pedírmela.

Se ríe. Cierra los ojos y escucha mi música durante un largo rato. La azafata deja un bombón de chocolate, yo pido café y ella le señala con el dedo mi vaso diciendo con señas que quiere lo mismo. Desenvuelve el chocolate y lo come lentamente. Bebe un sorbo de café pero su gesto muestra que se ha quemado los labios. Se quita los auriculares, me los devuelve. Reclina el asiento y se estira, parece buscar el sueño. Pero un minuto más tarde me habla desde esa posición, ligeramente por detrás de mí, con los ojos cerrados.

–          Los amo mucho, los volvería a elegir mil veces si se diera la ocasión. No puedo, no quiero vivir sin ellos. Son el motivo de mi vida y me hacen muy feliz.

–          Me alegro pero, ¿quiénes tienen ese raro privilegio?

–          Mi esposo y mi hijo. Quería que lo sepas.

–          Nunca lo dudé.

–          Me pareció que podrías haberlo hecho.

–          Te pareció mal. Pero no te asustes, nada de lo que te sucedió estos dos días pone en duda esa afirmación. Tranquilizate.

–          ¿No vas a comer tu chocolate?

–          No

Lo tomó y lo sostuvo en su mano sin abrirlo, no parecía tener intención de comerlo. Volvió al silencio y a sus ojos cerrados durante un largo rato. Cuando me decidí a retomar la lectura me quitó los papeles con violencia y los dejó en el bolsillo del asiento delantero. Giró su cuerpo en dirección a mí y se dispuso a hablarme.

–          Somos médicos, estamos acostumbrados a las confesiones y a los secretos. A escuchar a alguien cuando necesita imperativamente que se lo escuche. Sabemos hacerlo, ¿o no?

–          No

–          Pero de todos modos lo hacemos, ¿no?

–          Sí

–          Ahora necesito que me escuches, es necesario que sea alguien como vos, que no se asuste por lo que pueda decirle y que sea capaz de guardar un secreto. ¿Lo harías?

–          ¿Permitirías que no lo haga?

No me responde, se ha lanzado al torbellino de las palabras y ya no le importa a quién se las diga. No quiere que la escuche, lo que desea es evitar el ridículo de hablarse a sí misma en voz alta, de escucharse sin el control que los otros ponen a lo que somos capaces de decir o de callar.

–          Mirá, las cosas son así: soy feliz, muy feliz con mi familia, con mi vida. Tengo aquello con lo que he soñado desde que era una nena, no siento que me falte nada. ¿Estamos? Entonces viajo a un congreso a 800 km de casa  y me separo de ellos por primera vez en diez años. No es nada tan extraordinario, no esperaba que me ocasionara el terremoto emocional que he vivido durante estos días. He sentido cosas incomprensibles y antagónicas. Disfruté de un placer que había olvidado, me rencontré con sensaciones que ni siquiera había advertido que ya no sentía. Luego de mucho tiempo percibí que los hombres me miraban otra vez después años en que eso no sucedía. ¿Por qué?

–          Sí, sucedía, todo el tiempo. Lo que pasa es que vos estabas ciega a esas miradas.

–          ¡No digas estupideces! Nadie puede estar ciega a un baboso que no saca tus ojos de tu escote o de tus piernas.

–          ¡No, eso no te lo voy a permitir! Yo también te miré las nalgas y hasta hice un vuelo rasante por tus ojos.

–          No me refiero a vos, no me distraigas.

–          Todo eso me reconfortaba al mismo tiempo en que me destruía, me hizo sentir sucia, desagradecida, traidora. Ya sé que no se entiende pero quería, al mismo tiempo, que no terminara nunca y que se acabara de una vez por todas. Ahora estamos volviendo a casa y me parece que he cometido un delito que debo esconder. Una falta grave que necesito ocultarles a ellos pero que de todos modos no podré ocultarme a mí misma. ¿Sabés qué locura hice ayer?

–          No, dejame pensar. ¿Fuiste feliz durante algunos minutos? ¿Disfrutaste de tu propia existencia sin culpas ni remordimientos? ¿Encontraste un momento para vivir sin la despiadada presión de ser esposa, madre y médica? ¿Cuál ha sido tu crimen? Confesá…

–          Salí a caminar, necesitaba pensar pero también distraerme para no hacerlo. Hice varias cuadras por Obispo Trejo mirando a los estudiantes de la universidad y buscándome en cada una de las chicas que rondaban el lugar. Encontré un pequeño local lleno de gente joven, casi todas mujeres. Pregunté a una de ellas de qué se trataba. Me dijo que era un negocio donde se hacían tatuajes, el mejor de la ciudad. -¿Querés hacerte uno? Me preguntó. Sonreí como si se tratara de una locura. -Dale, animate te vas a sentir muy bien, yo ya tengo tres. Quisiera hacerme otro pero no tengo dinero. Te acompaño, no tengas miedo. Me dejé llevar por esa chica. Ella eligió el dibujo. Un hombre rapado y con la cabeza llena de tatoos se sentó a mi lado y en quince minutos estaba saliendo de allí con esto.

Se baja el bretel del vestido negro y me muestra una serpiente minúscula enroscada sobre sí misma y sacando la lengua  tatuada sobre el deltoides.

–          Ahora comprendo. Es el símbolo de una cofradía de asesinos seriales a la que te has unido. Por algo te sentís tan culpable. No es por haber dispuesto sin pedir permiso de tu propio cuerpo, es porque te has convertido en una serial killer.  Has cometido un terrible crimen. Te condeno por ello.

–          ¿Cómo voy a explicarles algo así? Es lo más alejado a la imagen que tienen de mí, de la que también yo tengo de mí misma, que te puedas imaginar. No entiendo por qué lo hice.

Me mira esperando una respuesta a una pregunta que nunca me hizo. Un comentario reprobatorio a un acto ingenuo y adolescente que no molestaba a nadie. Quiere que la sancione y le imponga una pena para un delito que yo no encuentro.

– Los amo mucho, ¡te juro que los amo mucho!

– Tranquila, es que la felicidad también es una cárcel. Una que te encierra en un espacio idílico y perfecto pero con las puertas herméticamente cerradas. Te pone alas, pero dentro de una jaula.

Apoya su cabeza en mi hombro. Llora un llanto de niña indefensa y acorralada. Yo sé que puedo tolerar muchas cosas en el mundo, pero esto no, esto no… Nunca pude.

¡Maldita sea! Su dolor me debilita, me hace perder el control de la situación. Mi naturaleza de mono se hace trizas y deja salir al abuelito protector y sensible que las mujeres tristes sacan de mí. Esto es pura cacería, presa y predador. No hay lugar para los sentimientos pero se apoderan de mí como un gas venenoso. ¡Maldita sea!.

Abrazame. Me dice entre sollozos contenidos y una humedad que ya moja mi camisa. La abrazo como puedo. Como un contorsionista atrapado en el espacio minúsculo de un asiento de avión y amarrado por el cinturón de seguridad que empieza dificultar mi respiración. Se queda quieta. Parece dormida a excepción de unos pocos suspiros esporádicos y del fluir permanente de sus lágrimas sobre mi hombro. No sé qué decir. Nunca supe qué hacer cuando una mujer joven y bella sufre. Levanta la cabeza y mira la mancha negra que ha quedado sobre la manga de mi camisa. La misma que corre como un desfiladero de aguas oscuras desde sus ojos hasta su cuello. Grumos pequeños de maquillaje tuercen el camino de las lágrimas y le dan el aspecto sinuoso de un arroyo de montaña corriendo sobre la cordillera de sus pómulos.

–          Disculpame, no sé qué hacer. No debí haberte metido en esto.

–          Ahora estás obligada a sacarme. Dejá de llorar o lo haré yo también y eso sería patético, ridículo, terrible. No me hagas ésto.

Es extraño, ahora no sabría de qué modo contarlo para que nadie lo entienda como lo que no fue. Creo que no hay manera de hacerlo. Que diga lo que diga todos entenderán otra cosa. Pero ya he llegado hasta aquí y no tengo más remedio que decirlo. Ya no puedo volver atrás.

Ella apenas elevó la cabeza, creo que ni nos miramos. Algo nos movió a uno en dirección al otro a lo largo de esos pocos centímetros que sentí como el viaje más largo de mi vida. Su lengua aún tenía el sabor de esa mezcla exquisita de chocolate y lágrimas saladas. No quise mirarla, pero no fue necesario. Lloraba y eso convirtió a ese extraño y prologado beso en uno de los más emocionantes que jamás haya dado o recibido. Nos separamos al mismo tiempo que el piloto anunciaba el descenso en el aeroparque de Buenos Aires. Desde la fila paralela a la nuestra, varios asientos por delante, dos de sus amigas nos miraban con los ojos incrédulos y una expresión de asombro. Hice un gesto, una disculpa, una apertura de las palmas de las manos indicando que no pudimos evitarlo, una leve elevación de hombros que le restaba a lo que habían visto toda importancia, que no significaba nada, que todo estaba bien. Sentí vergüenza.

El avión comenzó su descenso. Ella volvió a sacar el crucifijo y a besarlo luego de persignarse pero esta vez no pidió mi mano. Ambos permanecimos en silencio hasta que el avión se detuvo en la pista. Permanecimos sentados y en silencio hasta que el avión se vació por completo. Bajamos. Caminamos a pocos metros de distancia hasta la cinta transportadora y esperamos nuestras valijas. Me extendió el brazo con el bombón semiderretido y deformado por el calor de su mano. Lo tomé sin saber qué otra cosa podía hacer.

–          ¿Ahora vas a pedirme mi teléfono o algo así?

–          No, ¿por qué iba a querer hacer algo así?

–          Porque acabamos de besarnos a diez mil metros de altura.

–          ¿Sí? Yo no recuerdo que nada de eso haya sucedido.

–          Comprendo.

Se queda mirando el piso y me habla sin levantar los ojos. Se oculta, de mí, de ella, de un ojo poderoso que la ve en todas partes, sin importar adonde vaya.

–        Entonces quiero pedirte que cuando yo me haya ido abras ese chocolate y te lo comas muy despacio pensando en lo que acaba de ocurrir. Ese chocolate es mi corazón hecho pedazos. Soy yo, confundida, deforme y derretida por el calor de mis propias emociones que no alcanzo a comprender. Hacelo, por favor. Quiero que con ese pequeño gesto te tragues el recuerdo de lo que acaba de sucedernos. Quiero que te lo guardes para siempre, que sea una parte tuya. Un puente entre los dos que no cruzaremos jamás. Que se derrita en tu boca hasta desaparecer y que persista en tu memoria como el sabor dulce de mi agradecimiento.

Salimos. La esperaban un hombre y un niño dormido en sus brazos. Se abrazaron intensamente mientras ella volvía a llorar. El niño se despertó y le extendió los brazos abiertos. Ella lo recibió y, mientras lo apretaba contra su pecho,  le dijo que lo quería mucho y que lo había extrañado más que a nadie en el mundo. Él volvió a dormirse sobre el hombro de su madre. Saludé a su esposo y acaricié la cabeza del niño antes de irme. Caminé apenas unos metros y volví sobre mis pasos hasta donde estaba la familia aún ocupada en abrazarse, besarse y en llorar sin disimulo. Me miraron sorprendidos. Metí la mano en mi bolsillo y extraje el chocolate ya blando y sin forma. Se lo entregué a ella.

–          Me olvidaba, dáselo a tu hijo cuando despierte. Es un recuerdo de mi parte.

D.F
Aeropuerto de Córdoba, Noviembre de 2009