Una cuestión de olfato (1)

mujer.nuca

Desde la puerta del hospital partía un monte de eucaliptus atravesado por un sendero de tierra. Comenzaba en una garita de vigilancia abandonada. Finalizaba en un hall de aspecto imperial con paredes de mármol que llegaban desde una remota época de opulencia. El tiempo y el abandono sistemático de la salud pública lo habían convertido en un detalle anacrónico y desubicado.  Bajo unos techos barrocos, rodeados de placas conmemorativas, varios perros  flacos dormían indiferentes a ese pasado de gloria. Sobre la vereda una  señora paraguaya llamada Gladys vendía chipá y torta de chicharrón. Desplegaba una tabla sobre dos caballetes como un improvisado mostrador. Usaba un guante de plástico transparente para simular una higiene que la multitud de moscas posadas sobre la mercadería desmentían a cada momento. Eran unos insectos enormes y perezosos. Apenas se movían cuando ella las espantaba agitando los brazos como las aspas de un molino. Las personas llegaban a pie desde la estación del tren. Caminaban unas diez cuadras. Los enfermos se sostenían del hombro de los sanos. Otros usaban muletas o se desplazaban sobre sillas de ruedas remendadas y ruidosas arrastradas por algún joven de la familia. Saltaban sobre los asientos o avanzaban con una inclinación que los ponía al borde de la caída. Parecían barcos heridos a punto de naufragar sobre el  asfalto. Algunos debían detener su caminata cada cincuenta metros y hacer una pausa que les permitiera recuperar el aliento. Las madres llevaban a un bebé en los brazos y a dos o tres chicos un poco más grandes caminando alrededor.  Otros llegaban en remises clandestinos. Unos autos destartalados y viejos. Los choferes eran obesos y rubicundos. Hombres panzones con dientes amarillos y una franela descolorida ubicada entre el volante y el abdomen. La gente ingresaba al edificio cuando el sol recién empezaba a asomarse. Se organizaban en largas filas que daban vueltas sobre sí mismas. Se disponían a una espera interminable para recibir un número con resignación y sin lamentos. Nadie hablaba. Se escuchaban el sonido de los zapatos arrastrándose sobre el suelo o el llanto de algún pibe. Toses, escupitajos, el ruido sibilante de la respiración. Los médicos y enfermeras entraban por la calle de atrás. Accedían a través de una puerta de hierro macizo con forma de tranquera que por las noches se cerraba con una cadena oxidada y un candado. Bajaban de sus coches cargando sus maletines o con pilas de hojas sueltas dentro de carpetas improvisadas con folletos de propaganda de medicamentos. Solían caerse y desparramarse arrastradas por el viento. Las enfermeras traían la bolsa de las compras, un paquete con facturas calientes, revistas robadas en las salas de espera de algún consultorio que se intercambiaban entre ellas. Cargaban los termos para el mate en la cocina antes de subir a sus puestos de trabajo. Algunas dejaban a sus hijos en la guardería. El ambiente se disponía para empezar una jornada de trabajo. Era el prolegómeno de lo que sucedería un rato más tarde. Las cosas se encendían. Salían de su letargo nocturno. La actividad se haría febril e incesante. Todo se vería superado por la desproporcionada demanda y por la escasez de recursos. Mientras tanto los movimientos parecían amortiguados. Como en un film proyectado en cámara lenta. En el sector de la guardia de Emergencias estacionaban dos o tres ambulancias. Algunas con el motor en marcha y la luz roja de la sirena todavía encendida. Desde los patrulleros bajaban a los detenidos esposados. Casi siempre eran adolescentes desnutridos, maltratados por la vida y por la brutalidad policial. Venían a buscar asistencia enviados por los jueces o a consecuencia de las heridas que habían sufrido en las horas previas. Los médicos eran casi todos muy jóvenes. Estaban al borde del colapso. Insomnes, sin afeitar, con los ojos hinchados. Las mujeres despeinadas y sin maquillaje. Algunos se dormían rendidos sobre unos bancos de madera. Esperaban a sus reemplazos que llegarían unas horas más tarde. No les quedaban energías ni para hablar entre ellos. Unos parecían interrogarse acerca de qué misteriosa voluntad los había puesto en ese inhóspito lugar. Otros mostraban la satisfacción de haber sobrevivido al vértigo del trabajo y a las inclemencias de la madrugada. Como un animal mitológico el hospital se desperezaba asomando la cabeza hacia la luz incipiente de la mañana. Un momento impreciso que parecía enlentecer el paso del tiempo. Entre el fin de la noche y el comienzo del día todo se hacía lento, ocre, tristísimo…

  • Joralva46

    muy buena prosa y la descripcion impecable 
    “la franela descolorida entre el volante y el abdomen” me hizo sonreir
    el resto refleja un drama cotidiano que no permite el  humor
    te felicito por esta cronica