Una cuestión de olfato (2)

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A Mariana le gustaba mirar ese espectáculo desde el cuarto piso del hospital. Después de una noche de trabajo incesante. Muerta de sueño y agotada. Se apoyaba sobre el antepecho de la ventana y observaba hipnotizada a esa multitud de puntitos de colores que se desplazaban como hormigas somnolientas. Conocía el significado de cada movimiento. Podía imaginar los sonidos, incluso algunos de los diálogos entre las personas. Las mañanas, después de una guardia, la ponían triste. Una melancolía sin motivo aparente. Como si un peso se descargara sobre sus hombros. El interludio de un tiempo vacío entre algo que terminaba y lo que todavía no había empezado. –“No quiero quedarme. No quiero irme. Este es el peor momento de mis guardias”, me decía cuando le preguntaba qué era lo que le ocurría. Tenía el cabello largo, castaño. Atado con una gomita elástica que le formaba una cola de caballo que le caía hasta debajo de los hombros. Delgada, de espalda pequeña, las manos con dedos largos y finos. Con formas femeninas delicadas. La ropa siempre le quedaba grande. Jamás se pintaba sus ojos verdes, enormes. La boca parecía no pertenecerle. Más sensual y agresiva de lo que podría esperarse. Los dientes blancos, los labios gruesos. Tenía un tic que le hacía sonar la lengua y tragar saliva cuando estaba nerviosa y sola. Pero lo reprimía cuando había otras personas delante.

Estábamos en el último año de nuestra residencia. Nos conocíamos con esa intimidad que dan las horas compartidas en circunstancias muchas veces dramáticas. Su familia era humilde, había hecho un gran esfuerzo para que ella pudiese estudiar. La habían educado con normas estrictas y un espíritu conservador. Sus principios eran inflexibles aunque ella los consideraba naturales. Eran los únicos que conocía y no permitía que nadie los pusiera en duda. Su título de médica la instaló en un mundo nuevo que, no pocas veces, entraba en conflicto con los valores de su propio hogar. Todavía le avergonzaban las conversaciones sobre sexo, los chistes groseros, la conducta de algunos de sus compañeros. Especialmente la mía. Era ingenua y vergonzosa. Me veía hacer cosas que desaprobaba pero aun así me cubría sin recriminarme. A veces llegábamos extenuados a la habitación. En esa época yo empezaba a padecer mis primeras lumbalgias que me acompañarían desde entonces y hasta ahora. Ella me hacía acostar boca abajo sobre la cama. Se sentaba a mi lado con los pies descalzos apoyados en el piso. Me levantaba la chaqueta y me frotaba con movimientos circulares de la mano con “Voltaren gel”. Era una pasta pegajosa y fría. El primer contacto con la piel me hacía temblar. Pero más tarde me producía un calor reconfortante que procedía más de su mano que de esa sustancia. Se esmeraba en atenderme con una actitud maternal y sincera. Sufría con mi propio dolor. Me contaba que eso lo aliviaba a su hermano que trabajaba en la construcción y tenía problemas similares. Mientras me pasaba la crema me decía cosas que facilitaran que yo pudiese relajarme. Visualizaciones, pensamiento positivos, me describía paisajes bucólicos o me invitaba a imaginar el sonido del agua cayendo desde una cascada sobre las rocas. Yo me quedaba callado pero jamás pensaba en nada de eso. El tacto me transmitía una suavidad húmeda reforzada por los movimientos repetitivos. Mi cabeza se hundía en la almohada hasta que ingresaba en un estado placentero que me hacía rogar que no terminara jamás. El olor del medicamento, su voz y la cercanía de su cuerpo me ofrecían un paraíso transitorio que me sacaban durante un rato del infierno del hospital. Cuando ella creía que me había dormido retiraba su mano de mi espalda procurando no despertarme. Yo me daba vuelta y le decía: -“Esa cremita no sirve para el dolor de espalda. Pero mirá que hermoso efecto me produjo por acá”. Salía espantada con los zapatos en la mano. Me tiraba con lo primero que encontraba a su paso mientras me gritaba, -“Sos un asqueroso, un degenerado, un enfermito”. Construimos una complicidad solidaria hecha con pocas palabras. Yo confiaba en ella y ella en mí. Tenía un novio desde el colegio secundario. Creo que los dos se aburrían bastante. Él no quería que ella trabajara en un hospital. Casi nunca me hablaba de ese tema.

Idolatraba a su padre, carpintero. Le gustaba traerlo al hospital. Solía decirme que también yo debería traer al mío. –“Pero mi viejo es médico. Nada de lo que vea acá lo va a sorprender”, le respondía. –“Vos lo vas a sorprender. Pero sos tan, pero tan idiota… No entendés nada”, me decía furiosa. Ahora, que ya es tarde, me doy cuenta que tenía razón. Ella lo acomodaba en la sala de médicos. Le daba besos en la frente. Le arreglaba el cuello de la camisa, lo peinaba. Lo abrazaba y se sentaba en sus rodillas rodeándole el cuello con los brazos y apoyando la cabeza sobre su pecho. Le preguntaba a cada rato si estaba bien, si no se aburría, si necesitaba algo. El hombre nos cebaba mate durante horas. A veces arreglaba cosas que no funcionaban como la cafetera eléctrica o cambiaba las lamparitas quemadas o reparaba el depósito del baño, las canillas que goteaban desde hacía meses, la estufa a gas. Tenía una extraordinaria habilidad y se sentía bien haciendo cosas que mejoraran el lugar donde su hija pasaba tanto tiempo. Nos armó una biblioteca con estantes de madera que amuró a la pared y que todavía está vigente. Alguna vez trajo un álbum de fotos viejas con tapas de cuerina marrón. Me obligó a jurarle que nunca se lo contaría a Mariana. Lo hice. Me  mostró imágenes de la familia con sus hijos bebés, las fotos de la escuela en las que ella aparecía seria, con el cabello muy corto y las piernas tan flacas que parecían dos palitos. Un acto del Día de la Raza para el que la habían disfrazado de indiecita con una pollera hecha con una bolsa de arpillera con flecos y una pluma caída sobre la frente. La entrega del título en el aula magna de la facultad de medicina. El padre estiraba la mano con el rollo apretado entre los dedos. Ella mostraba una solemnidad en la actitud erguida del cuerpo y una mirada desfalleciente y líquida. Traía a su viejo una o dos veces al mes a pasar la tarde con nosotros. Él disfrutaba mirando ir a venir a Mariana vestida de blanco con su estetoscopio colgado del cuello. Casi nunca ingresaba al área de atención de pacientes. Una tarde atravesó con un cable toda la sala para instalar una antena nueva en el televisor. Hasta ese momento usábamos una lata de dulce de membrillo invertida con dos agujas de tejer clavadas que movíamos en todas direcciones buscando una orientación que atenuara la lluvia que cubría la pantalla. Caminaba con el rollo de cable que iba desplegando sobre el zócalo cuando vio su hija a través del ventanal de una sala de aislamiento. Ella le tomaba muestras para hemocultivos a un paciente en coma con asistencia respiratoria mecánica. La observó manipular los tubos, las jeringas, vestida con un camisolín verde, gorro, barbijo y botas. Parecía haberse quedado congelado. Inmóvil. Petrificado. Su respiración dejaba una mancha de vapor sobre el vidrio que cambiaba de forma como si estuviese viva. Yo me quedé mirándolo. Cuando ella terminó su tarea y se estaba sacando la ropa descartable, se dio vuelta y caminó hacia la salida con paso rápido. Al advertir mi presencia se detuvo.  –“Decile que salí a un tomar poco de fresco”. Tenía los dientes apretados. Las cejas fruncidas, los músculos de la frente arrugados. Una lágrima le bajaba por la mejilla. –“Tu hija es una médica extraordinaria Manuel. Acá todos la admiramos mucho. Tenés que sentirte muy orgulloso de ella”, le dije mirándolo a los ojos y apoyándole mi mano sobre su hombro. No pudo hablarme. Lo vi salir caminando de espaldas a mí. Su silueta se fue empequeñeciendo con la distancia. Antes de perderlo de vista, lo vi sacando del bolsillo trasero del pantalón, del que asomaba una cinta métrica amarilla, un pañuelo arrugado.