Una cuestión de olfato (3)

mujernuca

Mariana y yo teníamos un ritual. Lo repetimos durante años como si en cada oportunidad fuese la primera vez que lo hacíamos. Ocurría en momentos diferentes pero casi siempre cuando la encontraba al amanecer mirando a través de la ventana después de una noche de guardia. Yo le pedía a Manuela que nos preparase un café para mí y un mate cocido para ella. Era nuestra enfermera más querida y le gustaba cuidarnos como una madre. Dejaba lo que estuviese haciendo y  se desplazaba con su cuerpo enorme hacia una hornalla que había sobre la mesada del office de la sala de internados. Siempre sonriente, siempre dispuesta. Calentaba agua en una pava tan grande y pesada como jamás he vuelto a ver. Batía una mezcla de azúcar y café durante un largo rato. Colaba la yerba con una gasa sobre la que echaba el agua caliente y la dejaba reposar durante unos minutos. Me entregaba dos vasos de vidrio envueltos con servilletas de papel para que no me quemara los dedos.  Al entregármelos me repetía la misma frase: -“No le digas chanchadas, esa chica no es como las demás. Portate bien con ella”. Mariana sentía el olor a medida que yo me acercaba. Estiraba una mano sin quitar la vista de la ventana. Daba un sorbo pequeño. El paso del líquido por su esófago parecía estremecerla. Hacía un movimiento complejo. Una secuencia que comenzaba en los hombros que subían y bajaban. Giraba el cuello al mismo tiempo. Después sacudía la espalda y daba un pequeño saltito sin despegar los pies del piso. El extraño movimiento se concentraba en la flexión de las rodillas. Se agotaba al descender hasta hacerla ponerse en puntas de pie por una fracción de segundo. Yo la tomaba del cabello desde atrás. Lo corría hacia un lado y olía su nuca. Despacio, profundamente. Ella me dejaba hacerlo. A veces inclinaba la cabeza hacia adelante y sostenía su pelo con la mano. A mí me gustaban su olor, el bretel del corpiño subiendo apretado contra su piel. La desnudez minúscula de su cuello ofreciéndose a mi nariz. Sabía lo que le iba a decir. Lo esperaba sin moverse. –“Día catorce”, le susurraba al oído. Se daba vuelta sorprendida. –“¡Hijo de puta! ¿Cómo lo hacés?”- Yo la miraba sin decir nada. –“Por favor decime cómo lo hacés”. Me separaba unos pasos. –“Es tu olor muñeca. El perfume de tus hormonas”. Se enojaba. Me enfrentaba indignada: -“¿Cómo te tengo que pedir que no me llames “muñeca”?”. La escena se repitió durante varios años. No le gustaba que le dijeran que era linda, ni que elogiaran nada que tuviese que ver con su cuerpo. Siempre me pareció que no quería ser deseada. Aunque en el ambiente donde vivíamos eso resultaba imposible. Por alguna razón, que nunca entendí bien, el hospital era un lugar donde el sexo y los cuerpos adquirían una relevancia exagerada. No se trataba de un culto a la belleza. Más bien todo lo contrario. Casi nadie se preocupaba por su aspecto ni por su ropa. Pero todos habíamos aprendido a encontrar la sensualidad oculta detrás de esa despreocupación que las circunstancias obligaban a ejercer sobre nuestra apariencia personal.  Esto incomodaba a Mariana que nunca logró acostumbrarse. Yo lo sabía aunque jamás respeté ese pudor. Tal vez debido a nuestra cercanía ella terminó por permitírmelo con ciertos límites. Compartíamos la habitación de médicos de guardia. Alguna vez la había visto entrar al baño con una bolsita de tampones. Anoté la fecha tallándola con el filo de una tijera sobre una de las barandas de la cama. Desde entonces contaba los días y los marcaba. Dibujaba cuadrados con una diagonal en el medio como en un partido de truco. De ese modo tenía un control de sus ciclos todas las semanas. Nunca se lo dije. Con el paso del tiempo empecé a creer que en verdad yo podía adivinarlo por su olor. Adquirí una confianza absurda en esa habilidad que los hechos me confirmaban cada semana. Cuando lo razonaba me daba cuenta de que no podía ser verdad. Pero sentía de un modo inexpresable que yo era capaz de percibir las oscilaciones de sus hormonas por señales sutiles imposibles de traducir en palabras. Finalmente dejé de interrogarme y me abandoné a mis  sensaciones. Ahora sé que fue así. Estoy seguro de que aprendí a reconocer sus momentos con el olfato. Ya no resultó necesario que tallara la fecha todas las semanas sobre la madera de la cama. Creo que a los dos nos gustaba ese espacio de misterio que contradecía los rigores de la lógica. Nos preservaba de la, aún más estúpida idea, de que la ciencia podía explicarlo todo. A nuestro modo lo disfrutábamos. Aunque más tarde nos llevaría a un límite que nos llenó de miedo y acabaría para siempre con nuestro juego.