Una cuestión de olfato (fin)

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Faltaban pocos meses para que finalizara nuestra residencia. En el servicio comenzaba a hablarse acerca de la elección del próximo jefe de residentes. Eran conversaciones informales, de pasillo. Los médicos con mayor antigüedad usaban esa forma indirecta para dar a conocer sus opiniones acerca de los temas conflictivos. Casi nunca lo decían de frente o en público durante las reuniones de trabajo o en los ateneos clínicos. Había una costumbre muy arraigada que los llevaba a tejer alianzas, a generar consensos o rechazos en la oscuridad de los rincones, en las mesas de café o en el estacionamiento del hospital. El procedimiento podría ser éticamente cuestionable, pero de lo que nadie dudada era de su efectividad. Nosotros habíamos aprendido eso muy pronto. Cualquier selección o concurso era una pantomima para confirmar acuerdos ya establecidos en las sombras. Los actos públicos sólo servían para legitimar los conciliábulos informales. Se privilegiaba el sostenimiento de un modo de hacer las cosas sobre cualquier cambio, por más provechoso que pudiese parecer.  El cargo se decidiría entre alguno de nosotros. Ella era mucho mejor que yo, los dos lo sabíamos. Su dedicación a los enfermos y el rigor con que estudiaba me superaban sin lugar a dudas. Pero todo indicaba que me elegirían a mí. Y eso también lo sabíamos ambos. Había una tradición sustentada en el prejuicio que señalaba los inconvenientes de que una mujer ocupara ese puesto. Aunque el desempeño de ellas contradecía esa creencia todos los días. Entre quienes tenían el poder para tomar decisiones eso no tenía ninguna importancia. Eran ciegos a los hechos. Respetaban una costumbre y suponían tener argumentos para justificarla. La amenaza latente de la maternidad y la licencia prolongada que eso suponía, la atención de su familia, para quienes ya la habían formado, y otras tonterías insustanciales por el estilo formaban su arsenal de excusas. No se cuestionaban lo que les parecía una verdad a secas. Nosotros casi nunca hablábamos de eso. Yo no estaba seguro de tener la dignidad suficiente como para renunciar a mi designación por más injusta que fuese. Ella, creo, no quería ponerme ante esa situación y dejaba que corriese el tiempo. Un domingo, después de almorzar, se lo comenté a mi viejo. Le planteé el conflicto entre dos compañeros que se querían mucho y que se verían en una situación en la que había que elegir a uno solo de ellos. Era un hombre de pocas palabras. Pensaba lo que iba a decir haciendo unas pausas que a mí me exasperaban. Pero sabía que lo que me diría sería justo y ecuánime sin importar que yo fuese su hijo. –”Ella tiene más méritos que yo. ¿Qué pasa si me eligen a mí y lo acepto?“, le pregunté. Hubo un silencio que me pareció interminable. Frunció los labios como si estuviese saboreando los argumentos. Cuando yo era muy chico solía decirme que entre “sabor” y “saber” había fuertes relaciones etimológicas. –”¿Ella es mejor que vos para ese puesto?”  Yo comenzaba a impacientarme que era lo que me ocurría cada vez que hablaba con él de cualquier tema. –”Sí, es mejor”, le respondí. Afirmaba con movimientos de la cabeza mientras seguía procesando la información. -“Si te eligen, y vos aceptás, sólo se estaría confirmando lo que acabás de decirme”. Dio media vuelta y se fue. Así eran las cosas con él. Una vez que extraía una conclusión, la enunciaba de un modo lacónico y te dejaba para que pienses en ella. Yo quería ahorcarlo. Él lo sabía, sospecho que lo disfrutaba. Creo que era su propia versión del método socrático. Si hasta ese momento tenía dudas de poder resistir a mi deseo de ser jefe de residentes pese a que sabía que no era justo, ahora había comprado un seguro de que iba a hacer lo correcto. Me sentía capaz de traicionar a mi conciencia. Pero me era imposible traicionarlo a él. Al día siguiente encontré a Mariana llevando a una paciente en una silla de ruedas a  radiología. Nos detuvimos un momento en mitad del pasillo. –”Dejame a mí, yo empujo la silla y vos me acompañás”. Al llegar nos sentamos a esperar a que terminaran de hacerle el estudio. –“Ayer me inscribí en la carrera de especialista de la UBA. El año próximo ya no tendré que venir a este hospital y quiero planificar con tiempo lo que voy a hacer”. Se puso de pie frente a mí. –“No te hagas el tonto, vos sabés que serás jefe de residentes el próximo año”. Llamaron para retirar a la paciente. Nos detuvimos frente al ascensor esperando a que llegase. –“La jefa de residentes serás vos. Estás mucho mejor capacitada que yo para esa función”, le dije mientras se abrían las puertas y una multitud nos empujaba para entrar. Subimos hasta el cuarto piso apretados entre la gente. Dejamos a la enferma en su cama. Le dio un beso, le acomodó las sábanas y volvió a ponerle la máscara de oxígeno. Nos separamos en la puerta de la habitación. Ella se sentó en el escritorio para actualizar la historia clínica. Yo entré a la Unidad Coronaria. Manuela me llamó unos segundos más tarde para que atendiese el teléfono. –“Gracias, sos muy noble. Pero los dos sabemos que eso no será posible”. Cortó sin darme la oportunidad de responderle.

Un mañana de Enero en la que ni el calor ni el trabajo nos habían dado tregua durante toda la noche la encontré, como siempre, hipnotizada frente la ventana. Salía el sol sobre el horizonte. Las cosas se teñían de anaranjado. Mariana estaba de espaldas, ausente. Estaba más hermosa que de costumbre. O eso me pareció a mí. Se había desabrochado las sandalias. El calor y las horas en que permanecíamos parados nos hinchaban los pies a todos. Dejé su vaso con mate cocido sobre su mano. Bebió el primer sorbo. Se estremeció. Repitió la serie automatizada de movimientos que ya le conocía. Corrí la cola de caballo de su cabello con los dedos. Hundí mi nariz en su nuca. Aspiré profundo. Dos veces. Por primera vez no le dije nada. Ella esperó unos segundos. Se dio vuelta asombrada. –“¿Y?”- Me interrogó frunciendo los dedos mientras subía y bajaba la mano. –“Nada, creo que hoy no puedo hacerlo”. Me fui caminado por el pasillo apurado. Pensé en lo estúpido que había sido creer que yo podía oler sus hormonas. Volqué el café. Escuché sus pasos corriendo detrás de mí. El taconeo enloquecido de sus sandalias sueltas. El resbalón de la suela cuando perdió una de ellas en la carrera. Me tomó del brazo. Tenía un pie descalzo sostenido en el aire. Parecía un tero. La punta de la sandalia perdida asomaba la nariz desde debajo de una camilla. –“¿Qué te pasa?” No quería mirarla. Bajé los ojos. Me había quemado la pierna y mi pantalón tenía una mancha marrón que se expandía hasta la altura de la rodilla. Me apretó con una fuerza que no le conocía. –“¡Hablá, no seas turro!”. Quise soltarme pero no pude. –“Vos no te vas si no me decís qué carajo pasa”. La abracé. Volví a meter mi nariz entre su cabello. Supe que estaba llorando. Un cambio tenue en la frecuencia de su respiración. El sonido húmedo del paso del aire a través de la nariz. Un temblor minúsculo que su cuerpo le transmitía al mío. Le acaricié la cabeza. Le hablé en voz muy baja al oído. –“Estás embarazada muñeca. Estás embarazada”.