Una cuestión de olfato

dra.despedida

Desde la puerta del hospital partía un monte de eucaliptus atravesado por un sendero de tierra. Comenzaba en una garita de vigilancia abandonada. Terminaba en un hall imperial con paredes de mármol que evocaban una remota época de opulencia. Bajo unos techos barrocos, con las paredes repletas de placas conmemorativas, varios perros  flacos dormían indiferentes a ese pasado de gloria. Sobre la vereda una  señora paraguaya llamada Gladys vendía chipá y torta de chicharrón. Desplegaba una tabla sobre dos caballetes como un improvisado mostrador. Usaba un guante de plástico transparente para simular una higiene que la multitud de moscas posadas sobre la mercadería desmentían a cada momento. Eran unos insectos enormes y perezosos. Apenas se movían cuando ella las espantaba agitando los brazos como las aspas de un molino. Las personas llegaban a pie desde la estación del tren. Caminaban unas diez cuadras. Los enfermos se sostenían del hombro de los sanos. Algunos usaban muletas o se desplazaban sobre sillas de ruedas remendadas y ruidosas arrastradas por algún joven de la familia. Saltaban sobre los asientos o avanzaban con una inclinación que los ponía al borde de la caída. Otros tenían que detener la marcha cada cincuenta metros y hacer una pausa que les permitiera recuperar el aliento. Las madres llevaban a un bebé en los brazos y a dos o tres chicos un poco más grandes caminando alrededor.  Los más privilegiados llegaban en remises clandestinos. Unos autos destartalados y viejos. Los choferes eran casi todos gordos y rubicundos. Hombres panzones con dientes amarillos y una franela descolorida ubicada entre el volante y el abdomen. La gente entraba al edificio cuando el sol apenas empezaba a asomarse. Se organizaban en largas filas que daban vueltas sobre sí mismas. Se disponían a una espera interminable para recibir un número. Resignados y sin lamentos. Nadie hablaba. Se escuchaban el sonido de los zapatos arrastrándose sobre el suelo o el llanto de algún pibe. Toses, escupitajos, el ruido sibilante de la respiración.

Los médicos y enfermeras entraban por la calle de atrás. Accedían a través de un portón de hierro macizo con forma de tranquera que por las noches se cerraba con una cadena oxidada y un candado. Bajaban de sus coches cargando sus maletines o con pilas de hojas sueltas dentro de carpetas improvisadas con folletos de propaganda de medicamentos. Solían caerse y desparramarse arrastradas por el viento. Las enfermeras traían la bolsa de las compras, un paquete con facturas calientes, revistas robadas en las salas de espera de algún consultorio que se intercambiaban entre ellas. Cargaban los termos para el mate en la cocina antes de subir a sus puestos de trabajo. Algunas dejaban a sus hijos en la guardería. El ambiente se disponía para empezar una jornada de trabajo. Era el prolegómeno de lo que sucedería un rato más tarde. Las cosas se encendían. Salían de su letargo nocturno. La actividad se haría febril e incesante. Todo se vería superado por la desproporcionada demanda y por la escasez de recursos. Mientras tanto los movimientos parecían amortiguados. Como en un film proyectado en cámara lenta.

En el sector de la guardia de Emergencias estacionaban dos o tres ambulancias. Algunas con el motor en marcha y la luz roja de la sirena todavía encendida. Desde los patrulleros bajaban a los detenidos esposados. Casi siempre eran adolescentes desnutridos, maltratados por la vida y por la brutalidad policial. Venían a buscar asistencia enviados por los jueces o a consecuencia de las heridas que habían sufrido en las horas previas. Los médicos eran casi todos muy jóvenes. Estaban en general exhaustos. Insomnes, sin afeitar, con los ojos hinchados. Las mujeres despeinadas y sin maquillaje. Algunos se dormían rendidos sobre unos bancos de madera. Esperaban a sus remplazos que llegarían unas horas más tarde. No les quedaban energías ni para hablar entre ellos. Unos parecían interrogarse acerca de qué misteriosa voluntad los había puesto en ese inhóspito lugar. Otros mostraban la satisfacción de haber sobrevivido al vértigo del trabajo y a las inclemencias de la madrugada.

El hospital se desperezaba. Asomaba la cabeza hacia la luz incipiente de la mañana. Un momento impreciso que demoraba el paso del tiempo. Entre el fin de la noche y el comienzo del día. Todo fluía lento, ocre, triste.

A Mariana le gustaba mirar ese espectáculo desde el cuarto piso del hospital. Después de una noche de trabajo incesante. Muerta de sueño y agotada. Se apoyaba sobre el antepecho de la ventana y observaba hipnotizada a esa multitud de puntitos de colores que se desplazaban como hormigas somnolientas. Conocía el significado de cada movimiento. Podía imaginar los sonidos, incluso algunos de los diálogos entre las personas. Las mañanas, después de una guardia, la ponían de un humor raro. Una melancolía sin motivo aparente. Como si un peso se descargara sobre sus hombros. La agobiaba ese interludio de tiempo vacío entre algo que terminaba y lo que todavía no había empezado. –“No quiero quedarme. Necesito irme. Este es el peor momento de mis guardias”, me decía cuando le preguntaba qué era lo que le ocurría.

Tenía el cabello largo, castaño. Atado con una gomita elástica que le formaba una cola de caballo que le caía hasta debajo de los hombros. Delgada, de espalda pequeña, las manos con dedos largos y finos. Con formas femeninas delicadas. La ropa siempre le quedaba grande. Jamás se pintaba sus ojos verdes y enormes. La boca parecía no pertenecerle. Más sensual y agresiva de lo que podría esperarse. Los dientes blancos, los labios gruesos. Tenía un tic que le hacía sonar la lengua y tragar saliva cuando estaba nerviosa y sola. Pero lo reprimía cuando había otras personas delante.

Estábamos en el último año de nuestra residencia. Nos conocíamos con la intimidad que dan las horas compartidas en circunstancias muchas veces dramáticas. Su familia era humilde, había hecho un gran esfuerzo para que ella pudiese estudiar. La habían educado con normas estrictas y un espíritu conservador. Sus principios eran inflexibles aunque ella los consideraba naturales. Eran los únicos que conocía y no permitía que nadie los pusiera en duda. Su título de médica la instaló en un mundo nuevo que, no pocas veces, entraba en conflicto con los valores de su propio hogar. Todavía le avergonzaban las conversaciones sobre sexo, los chistes groseros, la conducta de algunos de sus compañeros. Especialmente la mía. Era ingenua y vergonzosa. Me veía hacer cosas que desaprobaba pero aun así me apañaba sin recriminarme.

A veces llegábamos extenuados a la habitación. En esa época yo empezaba a padecer mis primeras lumbalgias que me acompañarían desde entonces y hasta ahora. Ella me hacía acostar boca abajo sobre la cama. Se sentaba a mi lado con los pies descalzos apoyados en el piso. Me levantaba la chaqueta y me frotaba con movimientos circulares de la mano con “Voltaren gel”. Era una pasta pegajosa y fría. El primer contacto con la piel me hacía temblar. Pero más tarde me producía un calor reconfortante que procedía más de su mano que de esa sustancia. Se esmeraba en atenderme con una actitud maternal y sincera. Sufría con mi propio dolor. Me contaba que eso lo aliviaba a su hermano que trabajaba en la construcción y tenía problemas parecidos. Mientras me pasaba la crema me decía cosas que facilitaran que yo pudiese relajarme. Visualizaciones, pensamientos positivos. Me describía paisajes bucólicos o me invitaba a imaginar el sonido del agua cayendo desde una cascada sobre las rocas. Yo me quedaba callado pero jamás pensaba en nada de eso. El tacto me transmitía una suavidad húmeda reforzada por los movimientos. Mi cabeza se hundía en la almohada hasta que ingresaba en un estado placentero que me hacía desear que no terminara jamás. El olor del medicamento, su voz y la cercanía de su cuerpo me ofrecían un paraíso transitorio que me sacaban durante un rato del infierno del hospital. Cuando ella creía que me había dormido retiraba su mano de mi espalda procurando no despertarme. Yo me daba vuelta y le decía: -“No te vayas, pero dejá de tocarme o te voy a arrancar la chaqueta con los dientes”. Salía espantada con los zapatos en la mano. Me tiraba con lo primero que encontraba a su paso mientras me gritaba, -“Sos un asqueroso, un degenerado, un enfermito”. Construimos una complicidad solidaria y de pocas palabras. Yo confiaba en ella y ella en mí. Tenía un novio desde el colegio secundario. Creo que los dos se aburrían bastante. Él no quería que ella trabajara en un hospital. Casi nunca me hablaba de ese tema.

Idolatraba a su padre, carpintero. Le gustaba traerlo al hospital. Solía decirme que también yo debería traer al mío. –“Pero mi viejo es médico. Nada de lo que vea acá lo va a sorprender”, le respondía. –“Vos lo vas a sorprender. Pero sos tan, pero tan idiota… No entendés nada”, me decía furiosa. Ahora me doy cuenta que tenía razón. Ella acomodaba a su papá en la sala de médicos. Le daba besos en la frente. Le arreglaba el cuello de la camisa, lo peinaba. Lo abrazaba y se sentaba en sus rodillas rodeándole el cuello con los brazos y apoyando la cabeza sobre su pecho. Le preguntaba a cada rato si estaba bien, si no se aburría, si necesitaba algo. El hombre nos cebaba mate durante horas. A veces arreglaba cosas que no funcionaban como la cafetera eléctrica o cambiaba las lamparitas quemadas o reparaba el depósito del baño, las canillas que goteaban desde hacía meses, la estufa a gas. Tenía una extraordinaria habilidad y se sentía bien haciendo cosas que mejoraran el lugar donde su hija pasaba tanto tiempo. Nos armó una biblioteca con estantes de madera que amuró a la pared y que todavía está en uso.

Una vez trajo un álbum de fotos viejas con tapas de cuerina marrón. Me obligó a jurarle que nunca se lo contaría a Mariana. Lo hice. Me  mostró imágenes de la familia con sus hijos todavía bebés, las fotos de la escuela en las que ella aparecía seria, con el cabello corto y las piernas tan flacas que parecían dos palitos. Un acto del Día de la Raza para el que la habían disfrazado de indiecita con una pollera hecha con una bolsa de arpillera con flecos y una pluma caída sobre la frente. La entrega del título en el aula magna de la facultad de medicina. El padre estiraba la mano con el rollo apretado entre los dedos. Ella mostraba una solemnidad en la actitud erguida del cuerpo y una mirada desfalleciente y líquida.

Traía a su viejo una o dos veces al mes a pasar la tarde con nosotros. Él disfrutaba mirando ir a venir a Mariana vestida de blanco con su estetoscopio colgado del cuello. Casi nunca ingresaba al área de atención de pacientes. Una tarde atravesó con un cable toda la sala para instalar una antena nueva en el televisor. Hasta ese momento usábamos una lata de dulce de membrillo invertida con dos agujas de tejer clavadas que movíamos en todas direcciones buscando una orientación que atenuara la lluvia que cubría la pantalla. Caminaba con el rollo de cable que iba desplegando sobre el zócalo cuando vio su hija a través del ventanal de una sala de aislamiento. Ella le tomaba muestras para hemocultivos a un paciente en coma con asistencia respiratoria mecánica. La observó manipular los tubos, las jeringas, vestida con un camisolín verde, gorro, barbijo y botas. Se quedó congelado. Inmóvil, petrificado. Su respiración dejaba una mancha de vapor sobre el vidrio que cambiaba de forma como si estuviese viva. Yo me detuve a observarlo. Cuando ella terminó su tarea y se estaba sacando la ropa descartable, se dio vuelta y caminó hacia la salida con paso rápido. Al advertir mi presencia se detuvo.  –“Decile que salí a un tomar poco de fresco”. Tenía los dientes apretados. Las cejas fruncidas, los músculos de la frente arrugados. Una lágrima le bajaba por la mejilla. –“Tu hija es una médica extraordinaria Manuel. Acá todos la admiramos mucho. Tenés que sentirte muy orgulloso de ella”, le dije mirándolo a los ojos y apoyándole mi mano sobre el hombro. No pudo hablarme. Lo vi salir caminando de espaldas a mí. Su silueta se fue empequeñeciendo. Antes de perderlo de vista, lo vi sacando del bolsillo trasero del pantalón, del que asomaba una cinta métrica amarilla, un pañuelo arrugado.

Mariana y yo teníamos un ritual. Lo repetimos durante años como si en cada oportunidad fuese la primera vez que lo hacíamos. Ocurría en momentos diferentes pero casi siempre cuando la encontraba al amanecer mirando a través de la ventana después de una noche de guardia. Yo le pedía a Manuela que nos preparase un café para mí y un mate cocido para ella. Era nuestra enfermera más querida y le gustaba cuidarnos como una madre. Dejaba lo que estuviese haciendo y  se desplazaba con su cuerpo enorme hacia una hornalla que había sobre la mesada del office de la sala de internados. Siempre sonriente, siempre dispuesta. Calentaba agua en una pava tan grande y pesada como jamás he vuelto a ver. Batía una mezcla de azúcar y café durante un largo rato. Colaba la yerba con una gasa sobre la que echaba el agua caliente y la dejaba reposar durante unos minutos. Me entregaba dos vasos de vidrio envueltos con servilletas de papel para que no nos quemáramos los dedos. Al entregármelos me repetía la misma frase: -“No le digas chanchadas, esa chica no es como las demás. Portate bien con ella”.

Mariana sentía el olor a medida que yo me acercaba. Estiraba una mano sin quitar la vista de la ventana. Daba un sorbo pequeño. El paso del líquido por su esófago parecía estremecerla. Hacía un movimiento complejo. Una secuencia que comenzaba en los hombros que subían y bajaban. Giraba el cuello al mismo tiempo. Después sacudía la espalda y daba un pequeño saltito sin despegar los pies del piso. El extraño movimiento se concentraba en la flexión de las rodillas. Se agotaba al descender hasta hacerla ponerse en puntas de pie por una fracción de segundo. Yo la tomaba del cabello desde atrás. Lo corría hacia un lado y olía su nuca. Despacio, profundamente. Ella me dejaba hacerlo. A veces inclinaba la cabeza hacia adelante y sostenía su pelo con la mano. A mí me gustaban su olor, el bretel del corpiño subiendo por los hombros apretado contra su piel. La desnudez minúscula de su cuello ofreciéndose a mi nariz. Sabía lo que le iba a decir. Lo esperaba sin moverse. –“Día catorce”, le susurraba al oído. Se daba vuelta sorprendida. –“¡Hijo de puta! ¿Cómo lo hacés?”- Yo la miraba sin decir nada. –“Por favor decime cómo lo hacés”. Me separaba unos pasos. –“Es tu olor muñeca. El perfume de tus hormonas”. Se enojaba. Me enfrentaba indignada: -“¿Cómo te tengo que pedir que no me llames muñeca?”. La escena se repitió durante varios años. No le gustaba que le dijeran que era linda, ni que elogiaran nada que tuviese que ver con su cuerpo. Siempre me pareció que no quería ser deseada. Aunque en el ambiente donde vivíamos eso resultaba imposible.

Por alguna razón, que nunca entendí, el hospital era un lugar donde el sexo y los cuerpos adquirían una relevancia exagerada. No se trataba de un culto a la belleza. Más bien todo lo contrario. Casi nadie se preocupaba por su aspecto ni por su ropa. Pero todos habíamos aprendido a encontrar la sensualidad oculta detrás de esa despreocupación que las circunstancias obligaban a ejercer sobre nuestra apariencia personal.  Esto incomodaba a Mariana que nunca logró acostumbrarse. Yo lo sabía aunque jamás respeté ese pudor. Tal vez debido a nuestra cercanía ella terminó por permitírmelo con ciertos límites.

Compartíamos la habitación de médicos de guardia. Alguna vez la había visto entrar al baño con una bolsita de tampones. Anoté la fecha tallándola con el filo de una tijera sobre una de las barandas de la cama. Desde entonces contaba los días y los marcaba. Dibujaba cuadrados con una diagonal en el medio como en un partido de truco. De ese modo tenía un control de sus ciclos todas las semanas. Nunca se lo dije. Con el paso del tiempo empecé a creer que en verdad yo podía adivinarlo por su olor. Adquirí una confianza absurda en esa habilidad que los hechos me confirmaban cada semana. Cuando lo razonaba me daba cuenta de que no podía ser verdad. Pero sentía de un modo inexpresable que yo era capaz de percibir las oscilaciones de sus hormonas por señales sutiles imposibles de traducir en palabras. Finalmente dejé de interrogarme y me abandoné a mis  sensaciones. Ahora sé que fue así. Estoy seguro de que aprendí a reconocer sus momentos con el olfato. Ya no resultó necesario que tallara la fecha todas las semanas sobre la madera de la cama. Creo que a los dos nos gustaba ese espacio de misterio que contradecía los rigores de la lógica. Nos preservaba de la estúpida idea, de que la ciencia podía explicarlo todo. A nuestro modo lo disfrutábamos. Aunque más tarde nos llevaría a un límite que nos llenó de miedo y acabaría para siempre con nuestro juego.

Faltaban pocos meses para que finalizara nuestra residencia. En el servicio comenzaba a hablarse sobre la elección del próximo jefe de residentes. Eran conversaciones informales, de pasillo. Los médicos con mayor antigüedad usaban esa forma indirecta para dar a conocer sus opiniones acerca de los temas conflictivos. Casi nunca lo decían de frente o en público durante las reuniones de trabajo o en los ateneos clínicos. Había una costumbre muy arraigada que los llevaba a tejer alianzas, a generar consensos o rechazos en la oscuridad de los rincones, en las mesas de café o en el estacionamiento del hospital. El procedimiento podría ser éticamente cuestionable, pero de lo que nadie dudada era de su efectividad. Nosotros habíamos aprendido eso muy pronto. Cualquier selección o concurso era una pantomima para confirmar acuerdos ya establecidos en las sombras. Los actos públicos sólo servían para legitimar los conciliábulos informales. Se privilegiaba el sostenimiento de un modo de hacer las cosas sobre cualquier cambio, por más provechoso que pudiese parecer.  El cargo se decidiría entre alguno de nosotros.

Ella era mucho mejor que yo, los dos lo sabíamos. Su dedicación a los enfermos y el rigor con que estudiaba me superaban sin lugar a dudas. Pero todo indicaba que me elegirían a mí. Y eso también lo sabíamos ambos. Había una tradición sustentada en el prejuicio que señalaba los inconvenientes de que una mujer ocupara ese puesto. Aunque el desempeño de ellas contradecía esa creencia todos los días. Entre quienes tenían el poder para tomar decisiones eso no tenía ninguna importancia. Eran ciegos a los hechos. Respetaban una costumbre y suponían tener argumentos para justificarla. La amenaza latente de la maternidad y la licencia prolongada que eso suponía, la atención de su familia, para quienes ya la habían formado, y otras tonterías por el estilo formaban su arsenal de excusas. No se cuestionaban lo que les parecía una verdad a secas. Nosotros casi nunca hablábamos de eso. Yo no estaba seguro de tener la dignidad suficiente como para renunciar a mi designación por más injusta que fuese. Ella, creo, no quería ponerme ante esa situación y dejaba que corriese el tiempo.

Un domingo, después de almorzar, se lo comenté a mi viejo. Le planteé el conflicto entre dos compañeros que se querían mucho y que se verían en una situación en la que había que elegir a uno solo de ellos. Era un hombre de pocas palabras. Pensaba lo que iba a decir haciendo unas pausas que a mí me exasperaban. Pero sabía que lo que me diría sería justo y ecuánime sin importar que yo fuese su hijo. –”Ella tiene más méritos que yo. ¿Qué pasa si me eligen a mí y lo acepto?”, le pregunté. Hubo un silencio que me pareció interminable. Frunció los labios como si estuviese saboreando los argumentos. Cuando yo era muy chico solía decirme que entre “sabor” y “saber” había fuertes relaciones etimológicas. –”¿Ella es mejor que vos para ese puesto?”  Yo comenzaba a impacientarme que era lo que me ocurría cada vez que hablaba con él de cualquier tema. –”Sí, es mejor”, le respondí. Afirmaba con movimientos de la cabeza mientras seguía procesando la información. -“Si te eligen, y vos aceptás, sólo se estaría confirmando lo que acabás de decirme“. Dio media vuelta y se fue. Así eran las cosas con él. Una vez que extraía una conclusión, la enunciaba de un modo lacónico y te dejaba solo para que pensaras en ella. Yo quería ahorcarlo. Él lo sabía, y sospecho que lo disfrutaba. Creo que era su propia versión del método socrático.

Si hasta ese momento tenía dudas de poder resistir a mi deseo de ser jefe de residentes pese a que sabía que no era justo, ahora había comprado un seguro de que iba a hacer lo correcto. Me sentía capaz de traicionar a mi conciencia. Pero me era imposible traicionarlo a él.

Al día siguiente encontré a Mariana llevando a una paciente en una silla de ruedas a  radiología. Nos detuvimos un momento en mitad del pasillo. –”Dejame a mí, yo empujo la silla y vos me acompañás”, le dije. Al llegar nos sentamos a esperar a que terminaran de hacerle el estudio. –“Ayer me inscribí en la carrera de especialista de la UBA. El año próximo ya no tendré que venir a este hospital y quiero planificar con tiempo lo que voy a hacer”. Se puso de pie frente a mí. –“No te hagas el tonto, vos sabés que serás jefe de residentes el próximo año”. Llamaron para retirar a la paciente. Nos detuvimos frente al ascensor esperando a que llegase. –“La jefa de residentes serás vos. Estás mucho mejor capacitada que yo para esa función”, le respondí mientras se abrían las puertas y una multitud nos empujaba para entrar. Subimos hasta el cuarto piso apretados entre la gente. Dejamos a la enferma en su cama. Le dio un beso, le acomodó las sábanas y volvió a ponerle la máscara de oxígeno. Nos separamos en la puerta de la habitación. Ella se sentó en el escritorio para actualizar la historia clínica. Yo entré a la Unidad Coronaria. Manuela me llamó unos segundos más tarde para que atendiese el teléfono. Escuché su voz serena pero firme: –“gracias, sos muy noble. Pero los dos sabemos que eso no será posible”. Cortó sin darme la oportunidad de decir nada.

Un mañana de Enero en la que ni el calor ni el trabajo nos habían dado tregua durante toda la noche la encontré, como siempre, hipnotizada frente la ventana. Salía el sol sobre el horizonte sobre un monte de eucaliptus. Las cosas se teñían de anaranjado. Mariana estaba de espaldas, ausente. Estaba más hermosa que nunca. O eso me pareció a mí. Se había desabrochado las sandalias. El calor y las horas en que permanecíamos parados le hinchaban los pies. Dejé el vaso con mate cocido sobre su mano. Bebió el primer sorbo. Se estremeció. Repitió la serie automatizada de movimientos que ya le conocía. Corrí la cola de caballo de su cabello con los dedos. Hundí mi nariz en su nuca. Aspiré profundo. Dos veces. Por primera vez no le dije nada. Ella esperó unos segundos. Se dio vuelta asombrada. –“¿Y?”- Me interrogó frunciendo los dedos mientras subía y bajaba la mano. –“Nada, creo que hoy no puedo hacerlo”.

Me fui caminado por el pasillo apurado. Pensé en lo estúpido que había sido creer que podía oler sus hormonas. Volqué el café. Escuché sus pasos corriendo detrás de mí. El taconeo enloquecido de sus sandalias sueltas. El resbalón de la suela cuando perdió una de ellas en la carrera. Me tomó del brazo. Tenía un pie descalzo sostenido en el aire. Parecía un tero. La punta de la sandalia perdida asomaba la nariz desde debajo de una camilla. –“¿Qué te pasa?” No quería mirarla. Bajé los ojos. Me había quemado la pierna y mi pantalón tenía una mancha marrón que se expandía hasta la altura de la rodilla. Me apretó con una fuerza que no le conocía. –“¡Hablá, no seas turro!”. Quise soltarme pero no pude. –“Vos no te vas si no me decís qué carajo pasa”. La abracé. Volví a meter mi nariz entre su cabello. Supe que estaba llorando. Un cambio tenue en la frecuencia de su respiración. El sonido húmedo del paso del aire a través de la nariz. Un temblor minúsculo que su cuerpo le transmitía al mío. Le acaricié la cabeza. Le hablé en voz muy baja al oído. –“Estás embarazada muñeca. Estás embarazada”.